Las vacaciones tienen olor a verano recién estrenado,
a ruta tibia que vibra bajo las ruedas
y a mate compartido mientras el horizonte se abre como una promesa.
El calor cae despacio sobre la piel
y todo se vuelve más liviano:
la ropa, los horarios, las preocupaciones.
El cuerpo respira.
Se estira al sol sin culpa,
con esa libertad antigua de quien vuelve a sentirse naturaleza.
La vida sucede afuera.
En patios, playas, banquinas,
en sobremesas que se alargan hasta que el cielo se vuelve naranja.
Las risas se mezclan con el viento,
los pies descalzos descubren texturas nuevas,
y cada kilómetro recorrido es una pequeña aventura.
En la ruta, el mate pasa de mano en mano
como un ritual sagrado y sencillo.
Las ventanas bajas dejan entrar el aire caliente
que enreda el cabello y despierta historias.
Se canta sin vergüenza,
se sueña en voz alta,
se viaja no solo hacia un destino,
sino hacia una versión más libre de uno mismo.
Y está también el placer íntimo y luminoso
de habitar el propio cuerpo.
De usar poca ropa no por mostrar,
sino por sentir.
La tela ligera rozando la piel dorada por el sol,
la curva natural de las caderas,
los hombros descubiertos que guardan calor,
la sensualidad suave y segura
de saberse mujer bajo el cielo abierto.
Las vacaciones son eso:
un permiso para expandirse,
para vibrar con el calor,
para recordar que el cuerpo es territorio vivo
y que la libertad, a veces,
empieza con un mate en la mano
y el viento recorriendo la piel.

a ruta tibia que vibra bajo las ruedas
y a mate compartido mientras el horizonte se abre como una promesa.
El calor cae despacio sobre la piel
y todo se vuelve más liviano:
la ropa, los horarios, las preocupaciones.
El cuerpo respira.
Se estira al sol sin culpa,
con esa libertad antigua de quien vuelve a sentirse naturaleza.
La vida sucede afuera.
En patios, playas, banquinas,
en sobremesas que se alargan hasta que el cielo se vuelve naranja.
Las risas se mezclan con el viento,
los pies descalzos descubren texturas nuevas,
y cada kilómetro recorrido es una pequeña aventura.
En la ruta, el mate pasa de mano en mano
como un ritual sagrado y sencillo.
Las ventanas bajas dejan entrar el aire caliente
que enreda el cabello y despierta historias.
Se canta sin vergüenza,
se sueña en voz alta,
se viaja no solo hacia un destino,
sino hacia una versión más libre de uno mismo.
Y está también el placer íntimo y luminoso
de habitar el propio cuerpo.
De usar poca ropa no por mostrar,
sino por sentir.
La tela ligera rozando la piel dorada por el sol,
la curva natural de las caderas,
los hombros descubiertos que guardan calor,
la sensualidad suave y segura
de saberse mujer bajo el cielo abierto.
Las vacaciones son eso:
un permiso para expandirse,
para vibrar con el calor,
para recordar que el cuerpo es territorio vivo
y que la libertad, a veces,
empieza con un mate en la mano
y el viento recorriendo la piel.

1 comentarios - Chau vacaciones!!!
quisiera reposar con ese cuerpo bello encima mio