
Tercera
Esa misma noche, después de la cena tensa donde Yessica y yo apenas cruzamos palabras más allá de lo necesario, nos metimos a la cama temprano, exhaustos por la acumulación de preocupaciones. Pero el descanso fue un lujo que no nos concedieron. Desde la casa de Don Braulio, la música ranchera empezó a filtrarse a través de las paredes delgadas como cuchillos, un volumen que no era ensordecedor pero sí insistente, como un pulso que latía en el fondo de nuestra habitación. Al principio, eran risas: las de él y sus amigos, roncas y cargadas de alcohol, mezcladas con voces femeninas agudas, chillidos juguetones que sugerían una fiesta improvisada. Yessica se removió a mi lado, su cuerpo curvilíneo pegado al mío bajo las sábanas ligeras, su respiración agitada. “Ese viejo no para, Albert. ¿Oyes eso? Suenan como putas de bar”, murmuró, su acento dominicano acentuado por la irritación, girándose para mirarme en la penumbra iluminada por la luz de la calle que se colaba por las cortinas.
Asentí, tratando de sonar calmado, pero por dentro me bullía una mezcla de celos y curiosidad malsana. Las risas dieron paso a algo más: gemidos. Al principio sutiles, como suspiros amplificados por la noche quieta, pero pronto se volvieron inconfundibles. Gemidos de placer, de “folladera” como diría Yessica en sus momentos de crudeza caribeña, acompañados de golpes rítmicos contra paredes o muebles, risas entrecortadas y órdenes masculladas en voz baja. “¡Ay, papi!”, oí a una mujer exclamar, seguida de la risa gutural de Don Braulio. Yessica se tensó como un resorte, su mano apretando la mía con fuerza. “Dios mío, ¿están… están follando ahí mismo? Con la ventana abierta, como animales”, susurró, su voz un hilo de incredulidad y disgusto. Yo no respondí; solo me quedé allí, escuchando, mi mente pintando cuadros que no quería ver: Don Braulio con esas “negras ruidosas” que mencionaría después, sus amigos uniéndose, un caos de cuerpos en su sala desordenada. La excitación perversa me traicionó de nuevo, mi cuerpo respondiendo involuntariamente, pero Yessica no lo notó; estaba demasiado intranquila, volteándose una y otra vez, hasta que finalmente nos dormimos en un sueño ligero e interrumpido, con el eco de esos gemidos persiguiéndonos como fantasmas.
Al día siguiente, domingo, el barrio amaneció en una tranquilidad engañosa. El sol texano golpeaba con fuerza, secando el sudor de la noche anterior, y no hubo rastro de Don Braulio o sus compinches. Su patio estaba vacío, solo latas de cerveza aplastadas y colillas de cigarro como evidencia de la juerga. Yessica y yo pasamos el día en casa, fingiendo normalidad: ella cocinando un arroz con gandules que llenó la cocina de aromas reconfortantes, yo poniendo vinilos de Metallica a volumen bajo, tratando de ahogar mis pensamientos. Hablamos poco del vecino; era como si un pacto silencioso nos impidiera revivir la tensión. Pero por dentro, yo hervía. Al día siguiente, lunes, en el trabajo, los números en mi pantalla de contabilidad se desdibujaban mientras mi mente volvía una y otra vez a las nalgas exageradas de Yessica, esas curvas legendarias que ahora imaginaba marcadas por las manos ásperas de Don Braulio. ¿La había abofeteado con fuerza? ¿Le había visto el coño, expuesto y vulnerable cuando bajó sus leggings? ¿Había olido su esencia, como un animal reclamando territorio? ¿Le habría metido un dedo, probando su humedad, riéndose de su resistencia? Las preguntas me torturaban, una espiral de celos y excitación que me dejaba con el estómago revuelto y una erección involuntaria que ocultaba bajo el escritorio. Conducía de regreso a casa con la mente nublada, bajando la velocidad sin darme cuenta, cuando a lo lejos vi una escena que me heló la sangre: Yessica, parada en la acera frente a nuestra casa, platicando con Don Braulio. Estaban muy cerca, demasiado para mi gusto; él inclinado hacia ella, su barriga prominente casi rozando su cadera, y ella con los brazos cruzados bajo sus pechos voluptuosos, pero no retrocediendo.
Estacioné el auto a una cuadra de distancia, el corazón martilleándome en el pecho como un tambor de guerra. Me bajé sigilosamente, acercándome a pie, escondiéndome detrás de un árbol viejo y una camioneta oxidada estacionada en la calle. El viento traía fragmentos de su conversación, y agucé el oído, sintiéndome como un espía en mi propia vida. “Qué bueno que ya estás calmada, morena. Llevemos la fiesta en paz. Eso que me platicaste está muy bien, cuenta conmigo”, dijo él, su voz ronca y confiada, como si compartieran un secreto. Yessica respondió con tono cauteloso: “Le repito, ya no quiero problemas y aceptaré sus disculpas, aunque aún me duelen las nalgas”. Él soltó una carcajada profunda, esa risa que resonaba como un trueno lejano. “Jajaja, perdóname, nena, pero son muy grandes, pensé que no te dolería”. Y entonces, vi cómo acercaba su mano a la cintura de ella, un gesto casual pero invasivo, rozando la curva de su cadera. “Yo soy un borracho loco, no me mido”. Yessica retrocedió un paso, quitando su mano con un gesto firme pero no agresivo. “Ey, ey, quite su mano, confianzudo. Yo no soy una zorra como las que llevó este fin de semana a su casa”. Él rio más fuerte, inclinando la cabeza hacia atrás. “Jajaja, muy ruidosas esas negras, verdad. Todavía tengo mis trucos, mis hombres y yo las hicimos mierda. Deberían venir tú y Albert a una barbacoa”. Ella negó con la cabeza, su cabello negro azabache ondeando. “Ni loca iría. Bueno, tengo cosas que hacer”. Se despidieron con un saludo tenso, y ella entró a la casa, su culo rebotando con ese vaivén hipnótico que me dejó hipnotizado incluso en mi escondite.
Esperé unos minutos antes de llegar, fingiendo que acababa de aparcar. Entré con una sonrisa forzada, besándola en la mejilla mientras ella picaba verduras en la cocina. “¿Cómo estuvo tu día, Yessica?”, pregunté, mi voz saliendo más casual de lo que sentía. “Bien, amor. Hablé con el viejo”, respondió ella, sin mirarme directamente, concentrada en el cuchillo. “¿Qué te dijo?”, insistí, sentándome en la mesa, mi pulso acelerado. “Pues me pidió disculpas, que no hiciera escándalo, que no volvería a ocurrir. Fue una locura de él. Llevaremos la fiesta en paz, amor, y cada quien en su lado”. Asentí, pero por dentro ardía. Fingí ser un macho, inflando el pecho. “Esto no se puede quedar así. Nadie le toca el culo a mi mujer ni la maltrata”. Ella me miró de reojo, una sonrisa escéptica curvando sus labios, y siguió lavando trastes sin decir nada, como si no se creyera mi postura. Esa noche era nuestro “día de sexo”, una rutina que habíamos establecido para mantener la chispa, pero se sintió diferente. Yessica se desvistió lentamente, su cuerpo moreno brillando bajo la luz tenue de la lámpara, y noté que estaba más húmeda de lo normal cuando la toqué, su excitación palpable y desconcertante. “No me maltrates el culo, amor”, pidió en un susurro, y al mirarlo vi unas marcas leves, rojas y difusas, como huellas de una mano grande. Le unté crema refrescante con cuidado, mis dedos temblando, y la follé despacio, como siempre lo hago, con movimientos suaves y predecibles. Pero ella gimió más fuerte de la cuenta, arqueando la espalda, como si quisiera fingir o hacerse escuchar, sus gemidos resonando en la habitación quieta. Terminé precipitadamente dentro del condón, exhausto y confundido, y nos acostamos lado a lado, el sudor enfriándose en nuestra piel.
En la oscuridad, ella rompió el silencio: “Amor, debo ser sincera. ¿No te enojas?”. Mi corazón se aceleró. “Dime”. “Me gustó sentirme sometida. No vayas a creer que por ese viejo. Solo el hecho de sentirme maniatada encendió algo en mí. No vayas a pensar mal”. Tragué saliva, los pensamientos cuckold rugiendo en mi cabeza. “¿Te gusta el viejo o qué? Tiene un big cock”. Ella se sonrojó, visible incluso en la penumbra, y negó vehementemente. “No, no, cómo crees, me da asco. Ay, no sé por qué te platico esto. No lo tomes por ese lado”. Nos dormimos ambos pensativos, su cabeza en mi pecho, pero mi mente dando vueltas como un torbellino.
Al día siguiente, martes, al salir para el trabajo, me topé con Don Braulio en el patio compartido, regando sus plantas marchitas con una manguera. “Ey, ven para acá, Albert. Platiquemos”. Dudé, pero entré a su patio, el miedo paralizándome como siempre. Olía a cerveza rancia y humo de cigarro. “Quiero que sepas que lo que escuchaste de tu mujer puede estar algo exagerado, y ya hicimos la paz. Apreciaría que no hagas alguna tontería, nada de cops, porque mi gente me aprecia aún y tengo unos sobrinos en Dallas muy locos”. Sus palabras eran una amenaza velada, sus ojos oscuros clavados en mí como dagas. Asentí, la voz temblorosa: “Sí, todo en paz, Don Braulio. Es mejor así”. Antes de irme, me paró con una mano en el hombro. “Ey, wero, qué suerte tienes, pinche culote moreno de tu esposa. Cuídala”. Reí de nervios, un sonido forzado y patético, pero sus palabras hicieron eco en mi cabeza todo el día, amplificando mis inseguridades.
Pasaron dos días de pura rutina: trabajo monótono, cenas silenciosas, Yessica actuando normal pero con una sombra en sus ojos. El jueves, al regresar del trabajo, la vecina Margaret me llamó desde su porche, su figura gorda meciéndose en la silla con urgencia. “Ey, Albert, ven. Tengo algo que me quema decirte. Ten cuidado, tu mujer dejó entrar a ese viejo a tu casa ayer por la tarde”. Sus palabras me golpearon como un balde de agua fría. Me acerqué, mi boca seca. “¿Qué? ¿Estás segura, Margaret?”. Ella asintió, bajando la voz como si temiera ser oída. “Sí, lo vi claro como el día. Yo estaba aquí, tomando el fresco, y vi a Don Braulio tocar la puerta. Yessica abrió, discutieron un poco en el umbral –ella parecía molesta al principio–, pero luego lo dejó pasar. Cerró la puerta y… bueno, estuvo adentro como media hora. No sé qué pasó, pero salió con una sonrisa en la cara, ese viejo desgraciado. Y tu mujer se asomó después, mirando alrededor como si no quisiera que nadie viera. Pensé que debías saberlo, hijo. Ese tipo es veneno”.
Me quedé paralizado, el mundo girando a mi alrededor. ¿Qué había pasado en esa media hora? ¿Otra “lección”? ¿O algo peor? La excitación perversa se mezcló con el pánico, imaginando a Don Braulio en mi sala, sus manos en las curvas de Yessica, su aliento rancio en su cuello. Regresé a casa con pasos pesados, fingiendo normalidad una vez más. Yessica estaba en la cocina, preparando cena, su trasero prominente moviéndose al ritmo de una canción que tarareaba bajito. “¿Todo bien, amor?”, pregunté, besándola. “Sí, ¿por qué no estaría?”, respondió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. No le dije nada de Margaret; el miedo me atenazaba, y una parte de mí no quería saber la verdad. Esa noche, mientras yacía despierto, oyendo su respiración pausada, me pregunté cuánto más podría durar esta fachada. El barrio parecía cerrarse sobre nosotros, y Don Braulio era el centro de la telaraña, tejiendo hilos que me atrapaban cada vez más. Al día siguiente, viernes, decidí vigilar la casa desde el trabajo, llamando a Yessica cada hora con excusas tontas, pero ella respondía normal. Sin embargo, al llegar, encontré una cerveza vacía en nuestra basura –una marca que no bebíamos–, y mi estómago se revolvió. ¿Coincidencia? O ¿evidencia de su visita? La tensión crecía, un preludio a algo inevitable, y yo me sentía más inadecuado que nunca, atrapado entre el deseo y el terror
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