Al escribir este relato corto me di cuenta de cuánto me inspiró esta persona. Y cuánto de él todavía está en mí. Aunque quizás sólo sea un acto reflejo propio de un adoctrinamiento poético. En todo caso me regaló a mí misma. Y siempre le voy a estar agradecida por eso.
Hace unos meses vi una noticia donde acusaban a un famoso sicólogo de haber tenido relaciones con algunas pacientes. Vi el reel en cuestión -hermoso el hombre, por cierto-, y él sólo dijo algunas verdades posibles de una forma que no cayó bien, digamos. No encontré testimonios de las supuestas víctimas pero lo que captó mi atención de ese quilombo fue que cuando yo era adolescente me enamoré de mi sicólogo. Y fue quizás la experiencia más "instructiva" que tuve en mi vida...
Tenía catorce. Mi papá ya nos había dejado, y se veía que mi mamá no iba a soportar tener otra "hija". Así que no tuvo mejor idea que llevarme por la fuerza al psicólogo. A esa altura ya tenía mi melena rubia medio larga, y mi hermana me había regalado muchas de sus prendas (otras se las robé impunemente, jaja). Yo me había negado categóricamente a tomar suplementos para aumentar la testosterona, y me encantaba mi cuerpito redondeado e ir a la escuela perfumada y con ropa unisex que más bien era de nena pero a nadie le importaba ni me decían nada. De hecho notaba mucha atención de parte de los chicos.
La tarde que teníamos que asistir al consultorio del psicólogo estaba muy enojad@ con mi mamá por pensar en su ignorancia que la terapia me iba a "sacar lo gay". Yo me sentía una nena desde antes de ir a jardín de infantes. Así que ese día me puse un outfit 90% femenino. Lo único que podría decirse que era "de chico" eran mis Converse. Hasta me delineé los ojos y me puse brillo de labios, para que ese viejo de mierda se rindiera antes de que empezáramos a hablar. En el hall de espera había personas realmente tristes o preocupadas, y con una evidente ansiedad. Por alguna razón me dejaron para el último. Yo me sentía re gauchita y combativa, pero toda mi performance se cayó cuando me nombraron en voz alta y me paré afuera del consultorio. No había ningún viejo de mierda, pelado y de anteojos anticuados, sino un hombre joven y alto con un aire a Superman cuando se disfrazaba de Clark Kent. Eso es lo que me pareció, y una corriente que se encendió en mi pija me subió por el abdomen hasta los pezones. Me quedé viendo a ese hombre perfecto, de aspecto cansado y paternal, que por su talante distante y ocupado ni siquiera parecía notar mi frágil presencia. Hasta que su mirada de rayos x se enfocó en mí y me penetró toda. Literalmente sentí que me cogía con los ojos. Me flaquearon las rodillas y tuve que afirmarme al marco de la puerta antes de entrar. Miré a mi mamá para decirle que me espere afuera, que no la necesitaba, pero la voz no me salía. Kent me leyó la mente y con un tono tranquilizador pero imponente le dijo que espere afuera, o que vaya a tomar un café porque la entrevista iba a durar un poco. Y le cerramos la puerta en la cara.
Recuperé un poco de mi confianza y me senté en un sillón pisándolo con mis zapatillas. Él suspiró. No hablaba ni me miraba. Parecía calcular una ecuación que no le salía. Finalmente se abrió el cuello de la camisa y sólo dijo: "Bien...". Yo sentí el preseminal humedecer la bombachita de encaje blanco que tenía debajo del jean.
Me preguntó cómo me llamaba y por qué estaba ahí. Y le conté todo. Lo que me salió atolondradamente de tantas noches de llorar en mi cama, de pelear con mi mamá, de soportar burlas y de no saber qué hacer para parecer normal, para encajar, para no tener una pija entre mis piernas. Al hablar de mi papá me quebré y lloriqueé como una boba pero una vez más me contuve. Quería que este alien me viera fuerte y resuelta, aunque mi postura y mis lágrimas dijeran lo contrario. Él se veía bastante relajado, con el ceño apenas fruncido, mostrando que estaba pensando en una solución. Después de escucharme, preguntar y anotar, dejó su cuaderno, se relajó, sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció discretamente uno. Yo pensé: "Qué??... Señor, tengo catorce años!". Pero ese gesto me hizo sentir incluida en el mundo adulto; una igual. No podía ser más excitante! El tipo que tenía que quitarme lo prohibido simplemente me lo estaba ofreciendo. Pero lo rechacé. No sabía fumar y no quería quedar como una tonta inexperta. Él hizo como que leía sus notas y finalmente me dijo: "Lo que tu mamá quiere no se puede hacer. Por lo menos yo no lo hago. Ni vi a ningún colega hacerlo. Eso es del siglo pasado... Vos te autopercibís claramente como una chica. Más allá de lo que me contás, lo decís con tu ropa, tus gestos, tu maquillaje...". Se acercó a mí y puso su cara frente a la mía. Me secó las lágrimas con unos dedos fuertes y ásperos, y con esa mirada penetrante me dijo: "Querés que te ayude a ser una chica...?". Acurrucada y lacrimosa, abrazándome a mí misma, me sentía como si acabara de vomitar un tsunami. La puerta estaba con pasador, y yo era la última paciente. Y mi mamá probablemente seguía sorbiendo su café en la vereda de una confitería tal como le gustaba hacer. No podía ser más perfecto, era en ese momento o nunca. Pero también me moría de miedo. Me repitió la pregunta, llamándome por el diminutivo del nombre femenino que yo había elegido y que todavía ni figuraba en mi documento. Incapaz de decir una palabra, no por el temor sino más bien por la excitación, y la suerte de exorcismo que había experimentado al dejar salir de golpe toda esa rabia y frustración presionadas, asentí con la cabeza, y un gemidito de putita prácticamente virgen que me delataba. Él se paró frente a mí, con ese bulto de acero a la altura de mi cara; se bajó la bragueta y estrujándose la pija me dijo: "Vení...".
Hace unos meses vi una noticia donde acusaban a un famoso sicólogo de haber tenido relaciones con algunas pacientes. Vi el reel en cuestión -hermoso el hombre, por cierto-, y él sólo dijo algunas verdades posibles de una forma que no cayó bien, digamos. No encontré testimonios de las supuestas víctimas pero lo que captó mi atención de ese quilombo fue que cuando yo era adolescente me enamoré de mi sicólogo. Y fue quizás la experiencia más "instructiva" que tuve en mi vida...
Tenía catorce. Mi papá ya nos había dejado, y se veía que mi mamá no iba a soportar tener otra "hija". Así que no tuvo mejor idea que llevarme por la fuerza al psicólogo. A esa altura ya tenía mi melena rubia medio larga, y mi hermana me había regalado muchas de sus prendas (otras se las robé impunemente, jaja). Yo me había negado categóricamente a tomar suplementos para aumentar la testosterona, y me encantaba mi cuerpito redondeado e ir a la escuela perfumada y con ropa unisex que más bien era de nena pero a nadie le importaba ni me decían nada. De hecho notaba mucha atención de parte de los chicos.
La tarde que teníamos que asistir al consultorio del psicólogo estaba muy enojad@ con mi mamá por pensar en su ignorancia que la terapia me iba a "sacar lo gay". Yo me sentía una nena desde antes de ir a jardín de infantes. Así que ese día me puse un outfit 90% femenino. Lo único que podría decirse que era "de chico" eran mis Converse. Hasta me delineé los ojos y me puse brillo de labios, para que ese viejo de mierda se rindiera antes de que empezáramos a hablar. En el hall de espera había personas realmente tristes o preocupadas, y con una evidente ansiedad. Por alguna razón me dejaron para el último. Yo me sentía re gauchita y combativa, pero toda mi performance se cayó cuando me nombraron en voz alta y me paré afuera del consultorio. No había ningún viejo de mierda, pelado y de anteojos anticuados, sino un hombre joven y alto con un aire a Superman cuando se disfrazaba de Clark Kent. Eso es lo que me pareció, y una corriente que se encendió en mi pija me subió por el abdomen hasta los pezones. Me quedé viendo a ese hombre perfecto, de aspecto cansado y paternal, que por su talante distante y ocupado ni siquiera parecía notar mi frágil presencia. Hasta que su mirada de rayos x se enfocó en mí y me penetró toda. Literalmente sentí que me cogía con los ojos. Me flaquearon las rodillas y tuve que afirmarme al marco de la puerta antes de entrar. Miré a mi mamá para decirle que me espere afuera, que no la necesitaba, pero la voz no me salía. Kent me leyó la mente y con un tono tranquilizador pero imponente le dijo que espere afuera, o que vaya a tomar un café porque la entrevista iba a durar un poco. Y le cerramos la puerta en la cara.
Recuperé un poco de mi confianza y me senté en un sillón pisándolo con mis zapatillas. Él suspiró. No hablaba ni me miraba. Parecía calcular una ecuación que no le salía. Finalmente se abrió el cuello de la camisa y sólo dijo: "Bien...". Yo sentí el preseminal humedecer la bombachita de encaje blanco que tenía debajo del jean.
Me preguntó cómo me llamaba y por qué estaba ahí. Y le conté todo. Lo que me salió atolondradamente de tantas noches de llorar en mi cama, de pelear con mi mamá, de soportar burlas y de no saber qué hacer para parecer normal, para encajar, para no tener una pija entre mis piernas. Al hablar de mi papá me quebré y lloriqueé como una boba pero una vez más me contuve. Quería que este alien me viera fuerte y resuelta, aunque mi postura y mis lágrimas dijeran lo contrario. Él se veía bastante relajado, con el ceño apenas fruncido, mostrando que estaba pensando en una solución. Después de escucharme, preguntar y anotar, dejó su cuaderno, se relajó, sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció discretamente uno. Yo pensé: "Qué??... Señor, tengo catorce años!". Pero ese gesto me hizo sentir incluida en el mundo adulto; una igual. No podía ser más excitante! El tipo que tenía que quitarme lo prohibido simplemente me lo estaba ofreciendo. Pero lo rechacé. No sabía fumar y no quería quedar como una tonta inexperta. Él hizo como que leía sus notas y finalmente me dijo: "Lo que tu mamá quiere no se puede hacer. Por lo menos yo no lo hago. Ni vi a ningún colega hacerlo. Eso es del siglo pasado... Vos te autopercibís claramente como una chica. Más allá de lo que me contás, lo decís con tu ropa, tus gestos, tu maquillaje...". Se acercó a mí y puso su cara frente a la mía. Me secó las lágrimas con unos dedos fuertes y ásperos, y con esa mirada penetrante me dijo: "Querés que te ayude a ser una chica...?". Acurrucada y lacrimosa, abrazándome a mí misma, me sentía como si acabara de vomitar un tsunami. La puerta estaba con pasador, y yo era la última paciente. Y mi mamá probablemente seguía sorbiendo su café en la vereda de una confitería tal como le gustaba hacer. No podía ser más perfecto, era en ese momento o nunca. Pero también me moría de miedo. Me repitió la pregunta, llamándome por el diminutivo del nombre femenino que yo había elegido y que todavía ni figuraba en mi documento. Incapaz de decir una palabra, no por el temor sino más bien por la excitación, y la suerte de exorcismo que había experimentado al dejar salir de golpe toda esa rabia y frustración presionadas, asentí con la cabeza, y un gemidito de putita prácticamente virgen que me delataba. Él se paró frente a mí, con ese bulto de acero a la altura de mi cara; se bajó la bragueta y estrujándose la pija me dijo: "Vení...".
0 comentarios - Como loquita