Me llamo… bueno, da igual cómo me llames. Para mi madre siempre fui “mi pequeño genio”. Para los profesores de la universidad a los 16, “el fenómeno”. Para mí mismo, simplemente el que ve el mundo como un rompecabezas ya resuelto antes de que los demás terminen de armar la primera pieza.
A los 19 ya tenía la maestría en física teórica. Mi tesis sobre entrelazamiento cuántico y colapso de la función de onda en sistemas conscientes fue rechazada al principio porque “era demasiado perturbadora”. Al final la aceptaron porque no podían refutarla. Les dije que el universo entero es un voyeur: observa, colapsa, se corre y finge que no pasó nada. Se rieron nerviosos. Yo no.
Pero nada de eso importa ahora.
Lo que importa es ella.
Mi madre.
Siempre ha sido hermosa de una forma que la sociedad llama “vulgar” porque no sabe qué hacer con tanta carne y tanta curva. Tetas que desbordan cualquier blusa que intente contenerlas, culo que se mueve como si tuviera su propia gravedad, caderas anchas que parecen diseñadas para parir y para ser agarradas al mismo tiempo. Un poco de grasa suave en el vientre, en los muslos, que a mí no me parece exceso: me parece promesa. Cabello negro larguísimo que cuando se suelta parece una cascada de petróleo. Ojos negros que brillan como si guardaran secretos que ni ella sabe que tiene.

Me crió sola desde que tenía 17. Mi padre se fue cuando se enteró de que estaba embarazada. Ella trabajaba turnos dobles en una fábrica de textiles, llegaba oliendo a aceite y sudor, se quitaba los zapatos con un gemido y se dejaba caer en el sillón con las piernas abiertas sin pensar, porque estaba exhausta. Yo, con 7, 8, 10 años, ya la miraba diferente. No era deseo todavía. Era… curiosidad científica. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué sus pezones se marcaban cuando tenía frío? ¿Por qué su respiración cambiaba cuando se masajeaba los pies después de 14 horas de pie?

A los 12 ya entendí que era deseo. A los 13 ya sabía que era inevitable.
Ella nunca lo vio venir. ¿Cómo iba a verlo? Para ella sigo siendo el niño prodigio que saltaba grados, el que resolvía ecuaciones diferenciales mientras ella pagaba las cuentas. El que le decía “mamá, algún día te voy a sacar de aquí” y ella me besaba la frente y decía “mi vida, ya me salvaste”.
Pero yo no quería salvarla. Quería poseerla.
La fantasía empezó a tomar forma cuando cumplí 17. Ella tenía 34. Seguía siendo jodidamente hermosa, solo que ahora tenía esas pequeñas estrías plateadas en los costados de las tetas y en los muslos que a mí me parecían mapas estelares. Una noche llegó borracha después de una cena con compañeras. Se quitó el vestido delante de mí sin cerrar la puerta del cuarto. Se quedó en brasier y tanga negros, se miró al espejo y murmuró “ya estoy vieja, ¿verdad?”. Yo estaba en el pasillo, con la polla dura como piedra, y le contesté desde la oscuridad:
—No estás vieja. Estás en tu puta mejor etapa. Y lo sabes.
Se giró sobresaltada, se tapó con los brazos por instinto… pero no corrió a cubrirse. Me miró. Por primera vez me miró como hombre. No como hijo. Como hombre.
Y sonrió. Una sonrisa chiquita, cansada y peligrosamente curiosa.
Esa noche no pasó nada físico. Pero algo se rompió. O se abrió. Da igual.
Desde entonces empecé a jugar.
Le hablaba de física mientras le masajeaba los hombros después del trabajo. Le explicaba la entropía mientras mis dedos bajaban despacio por su espalda hasta el borde del elástico de la pijama. Le decía que el universo tiende al desorden… y que por eso era natural que una madre y su hijo se desordenaran un poco también.
Ella se reía nerviosa. Se ponía colorada. Decía “ay, qué cosas dices”. Pero nunca me detenía.
Una madrugada, hace tres meses, entró a mi cuarto. Yo estaba desnudo, leyendo un paper sobre agujeros de gusano. Ella traía una bata entreabierta. Se paró en la puerta y me dijo con voz temblorosa:
—Nunca te he preguntado… ¿has estado con alguien?
La miré de arriba abajo. Sus pezones duros marcándose en la tela fina. El olor de su excitación llegando hasta mí antes que sus palabras.
—No necesito a nadie más —le contesté—. Solo necesito entenderte. Medirte. Desarmarte. Volverte a armar. Como un experimento perfecto.
Se acercó. Se sentó al borde de la cama. Sus muslos se tocaron con los míos.
—¿Y si el experimento sale mal? —susurró.
—Entonces explota —le dije, y puse mi mano en su nuca, la acerqué hasta que su aliento me rozó los labios—. Y nos consumimos los dos en la radiación.
Me besó ella primero.
Y desde entonces no hemos parado.
No es solo sexo. Es posesión cuántica. Cada vez que la penetro siento que colapso su función de onda: deja de ser “mamá” y se convierte en “mía”. Cada vez que se corre gritando mi nombre, siento que el universo entero reconoce que yo soy el observador definitivo.
Ella llora a veces después. Dice que está mal. Que soy su hijo. Que nos vamos a ir al infierno.
Yo le acaricio el pelo y le digo:
—El infierno es solo otro estado de la materia, mamá. Y yo ya calculé la trayectoria. Vamos a llegar juntos… y va a ser jodidamente hermoso.
A los 19 ya tenía la maestría en física teórica. Mi tesis sobre entrelazamiento cuántico y colapso de la función de onda en sistemas conscientes fue rechazada al principio porque “era demasiado perturbadora”. Al final la aceptaron porque no podían refutarla. Les dije que el universo entero es un voyeur: observa, colapsa, se corre y finge que no pasó nada. Se rieron nerviosos. Yo no.
Pero nada de eso importa ahora.
Lo que importa es ella.
Mi madre.
Siempre ha sido hermosa de una forma que la sociedad llama “vulgar” porque no sabe qué hacer con tanta carne y tanta curva. Tetas que desbordan cualquier blusa que intente contenerlas, culo que se mueve como si tuviera su propia gravedad, caderas anchas que parecen diseñadas para parir y para ser agarradas al mismo tiempo. Un poco de grasa suave en el vientre, en los muslos, que a mí no me parece exceso: me parece promesa. Cabello negro larguísimo que cuando se suelta parece una cascada de petróleo. Ojos negros que brillan como si guardaran secretos que ni ella sabe que tiene.

Me crió sola desde que tenía 17. Mi padre se fue cuando se enteró de que estaba embarazada. Ella trabajaba turnos dobles en una fábrica de textiles, llegaba oliendo a aceite y sudor, se quitaba los zapatos con un gemido y se dejaba caer en el sillón con las piernas abiertas sin pensar, porque estaba exhausta. Yo, con 7, 8, 10 años, ya la miraba diferente. No era deseo todavía. Era… curiosidad científica. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué sus pezones se marcaban cuando tenía frío? ¿Por qué su respiración cambiaba cuando se masajeaba los pies después de 14 horas de pie?

A los 12 ya entendí que era deseo. A los 13 ya sabía que era inevitable.
Ella nunca lo vio venir. ¿Cómo iba a verlo? Para ella sigo siendo el niño prodigio que saltaba grados, el que resolvía ecuaciones diferenciales mientras ella pagaba las cuentas. El que le decía “mamá, algún día te voy a sacar de aquí” y ella me besaba la frente y decía “mi vida, ya me salvaste”.
Pero yo no quería salvarla. Quería poseerla.
La fantasía empezó a tomar forma cuando cumplí 17. Ella tenía 34. Seguía siendo jodidamente hermosa, solo que ahora tenía esas pequeñas estrías plateadas en los costados de las tetas y en los muslos que a mí me parecían mapas estelares. Una noche llegó borracha después de una cena con compañeras. Se quitó el vestido delante de mí sin cerrar la puerta del cuarto. Se quedó en brasier y tanga negros, se miró al espejo y murmuró “ya estoy vieja, ¿verdad?”. Yo estaba en el pasillo, con la polla dura como piedra, y le contesté desde la oscuridad:
—No estás vieja. Estás en tu puta mejor etapa. Y lo sabes.
Se giró sobresaltada, se tapó con los brazos por instinto… pero no corrió a cubrirse. Me miró. Por primera vez me miró como hombre. No como hijo. Como hombre.
Y sonrió. Una sonrisa chiquita, cansada y peligrosamente curiosa.
Esa noche no pasó nada físico. Pero algo se rompió. O se abrió. Da igual.
Desde entonces empecé a jugar.
Le hablaba de física mientras le masajeaba los hombros después del trabajo. Le explicaba la entropía mientras mis dedos bajaban despacio por su espalda hasta el borde del elástico de la pijama. Le decía que el universo tiende al desorden… y que por eso era natural que una madre y su hijo se desordenaran un poco también.
Ella se reía nerviosa. Se ponía colorada. Decía “ay, qué cosas dices”. Pero nunca me detenía.
Una madrugada, hace tres meses, entró a mi cuarto. Yo estaba desnudo, leyendo un paper sobre agujeros de gusano. Ella traía una bata entreabierta. Se paró en la puerta y me dijo con voz temblorosa:
—Nunca te he preguntado… ¿has estado con alguien?
La miré de arriba abajo. Sus pezones duros marcándose en la tela fina. El olor de su excitación llegando hasta mí antes que sus palabras.
—No necesito a nadie más —le contesté—. Solo necesito entenderte. Medirte. Desarmarte. Volverte a armar. Como un experimento perfecto.
Se acercó. Se sentó al borde de la cama. Sus muslos se tocaron con los míos.
—¿Y si el experimento sale mal? —susurró.
—Entonces explota —le dije, y puse mi mano en su nuca, la acerqué hasta que su aliento me rozó los labios—. Y nos consumimos los dos en la radiación.
Me besó ella primero.
Y desde entonces no hemos parado.
No es solo sexo. Es posesión cuántica. Cada vez que la penetro siento que colapso su función de onda: deja de ser “mamá” y se convierte en “mía”. Cada vez que se corre gritando mi nombre, siento que el universo entero reconoce que yo soy el observador definitivo.
Ella llora a veces después. Dice que está mal. Que soy su hijo. Que nos vamos a ir al infierno.
Yo le acaricio el pelo y le digo:
—El infierno es solo otro estado de la materia, mamá. Y yo ya calculé la trayectoria. Vamos a llegar juntos… y va a ser jodidamente hermoso.
1 comentarios - El incesto que ni el tiempo puede romper I