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📑La Tetona Peluda

📑La Tetona Peluda
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La puerta de la oficina se abrió y él levantó la vista… y casi se le olvida respirar.

Ella entró con paso seguro, falda oscura ceñida al cuerpo, blusa blanca que apenas contenía sus curvas delanteras, y unos labios color vino que parecían decir muérdeme sin hablar.

—Buenos días, vengo por el puesto de secretaria —dijo ella, dejando caer una carpeta sobre el escritorio.

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Él intentó mantener la compostura, pero sus ojos viajaban sin permiso por cada curva del escote.

Revisó los papeles, carraspeó, y murmuró:

—Tus estudios son… aceptables. Pero… —la miró de nuevo, tragando saliva— Te falta experiencia.

Ella sonrió de lado, como quien ya ganó la partida antes de jugarla.

Dio la vuelta al escritorio, acercándose lentamente.

Sus caderas se movían como si caminar fuera un arte prohibido.

Se inclinó a su lado, dejando que sus atributos quedaran a la altura de su rostro.

—¿Experiencia? —susurró ella, con voz aterciopelada—. Estoy segura de que eso… se puede obviar.

Llevó un dedo a su propio escote, bajándolo apenas un centímetro.

—Tengo dos buenas razones para convencerlo.

El aire se volvió espeso.

Él ya no pensaba como jefe, ni como profesional… solo como hombre.

Con la mano temblorosa, deslizó los dedos por su cintura, atrayéndola.

Ella tomó su mano y la guio despacio hacia atrás, hasta su falda entallada.

La levantó apenas, dejando ver una diminuta prenda oscura.

Cuando él la rozó, descubrió algo que lo dejó sin aliento:
un pequeño triángulo de tela cubría una zona con un vello suave, espeso, perfectamente cuidado, como una invitación antigua y salvaje.

—La tengo peludita —susurró ella, guiñándole—. ¿Le… gusta?

Él cerró los ojos un instante, perdido.

—Mucho más de lo que debería —gruñó.

Ella se acomodó sobre su regazo, moviéndose apenas, haciéndolo perder la cordura.

Lo tomó del cuello, bajando su boca a la de él con un beso lento, húmedo, decidido.

—Entonces deme el puesto —susurró contra sus labios—.
Y yo… me encargaré de todo.

Su voz era promesa y amenaza a la vez.


—Bueno… —dijo, tragando saliva—. Para este puesto necesito… comprobar ciertas habilidades.

Ella sonrió, inclinándose sobre el escritorio de forma descaradamente calculada.

Sus enormes tetas quedaron apenas a centímetros de su rostro.

—¿Quiere que le muestre por qué merezco el puesto? —susurró, mordiéndose el labio.

Él ya no podía razonar.

—Muéstramelas —dijo con voz ronca—. Las dos.

Ella se irguió lentamente y, sin ninguna prisa, se desabotonó la blusa.

Las tetas suaves saltaron libres, firmes, enormes, perfectas.

El entrevistador quedó sin aire, como si lo hubieran golpeado en el pecho.

Sin pedir permiso, él extendió las manos y las atrapó, hundiendo los dedos en esa carnesita cálida. Ella gimió bajito, empujando sus tetas contra su boca. Él las besó, las lamió, las devoró con hambre reprimida.

—Así que estas… —murmuró él entre besos— son tus dos razones principales.

—¿Le parecen suficientes? —jadeó ella.

Él ya estaba perdido. Se levantó, la arrinconó contra el escritorio y deslizó la mano por debajo de la falda.

La tanga apenas era un hilito… pero lo que había debajo lo dejó sin habla.

—Dios… —susurró él—. Esto sí que no me lo esperaba.

—A muchos les encanta —sonrió ella—. ¿Usted también?

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Él ni respondió. Solo bajó la tanga lentamente, disfrutando cada centímetro de esa selva deliciosa.

Su propia pija salió a la luz, tensa, apuntando hacia ella con urgencia.

Ella lo tomó con una mano, lo frotó despacio, y se abrió un poco más para él.

— Metemela —pidió con voz suave, pero autoritaria—. Quiero sentir cómo se pierde en mi espesura.

Él la alzó, la sentó en el escritorio, y con un solo empuje le metió la pija en esa concha Peluda cálida y húmeda, la sensación del bello suave rozando su base lo volvió loco.

Ella arqueó la espalda, clavando las uñas en sus hombros.

—Así… así se aprende rápido —gemía—. Vas a querer que venga todos los días… jefe.

Él descargando todo, solo pudo contestarle. " Bienvenida a tu nuevo trabajo ".

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La oficina ya estaba en silencio cuando Él asomó la cabeza por fuera de su puerta.

—Necesito que te quedes unos minutos más, para que me ayudes con un informe —murmuró con la voz baja, casi ronca.

Ella, con sus lentes apoyados al borde de la nariz y esa blusa que parecía estar siempre a punto de rendirse ante sus “montañas”, sonrió con picardía.

—¿Para qué soy buena, jefe? —le dijo mientras cerraba la puerta con llave desde dentro.

Él la miró fijo.
Sabía que estaba cruzando un límite… pero hacía semanas que esa mujer lo tenía al borde de la locura.

—Para tentarme, seguro —respondió él, perdiendo la compostura.

La tomó de la cintura, la atrajo contra sí y la besó con hambre contenida.

Ella se dejó llevar, se aferró a su camisa, y cuando él deslizó las manos hacia su pecho, liberó sus tetas que parecían saltar para saludarlo, firmes, pesadas, irresistibles.

Él perdió toda cordura.
Se inclinó, las atrapó con la boca, alternando besos y mordiscos suaves, mientras ella soltaba suspiros calientes contra su oído.

Ella, sin decir palabra, bajó lentamente la tanga negra.

El bosque oscuro que escondía bajo la tela quedó a la vista, una espesura perfumada que lo enloqueció.

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—Dios… cómo me encanta que lo tengas así —susurró él, casi temblando.

Ella se mordió el labio, empujando su cadera hacia adelante.

Él no lo soportó más.

Se abrió el pantalón y sacó su pija, dura, pesada, palpitante.

Ella la tomó con ambas manos, la acarició desde la base hasta la punta con lentitud pecaminosa, antes de inclinarse para darle un beso húmedo justo en la corona, haciendo que él exhalara como si fuera a perder el control en ese instante.

—Póntela entre las tetas… quiero sentirte ahí —susurró el, levantando sus montañas suavemente.

Élla obedeció, atrapando su pija entre ellas, prisionero en ese valle apretado y caliente.

Ella lo apretó con los brazos, creando un túnel suave, masturbandolo, mientras le dedicaba pequeñas lamidas juguetonas en la punta cada vez que su pija asomaba entre los pliegues.

Él casi pierde la cabeza.

Sin poder resistir, la tomó del brazo, la acostó sobre el escritorio, haciendo que los papeles y carpetas cayeran al suelo.

—Te quiero así, —gruñó él, tomándola de las tetas — bien ofrecida para mí.

Ella arqueó la cadera, abriéndose para él con descaro.

—Cogeme fuerte, jefe… como sé que querés hacerlo desde el primer día.

Él acomodó la punta en la entrada de su vagina húmeda y la deslizó de un envión, profundo, haciéndola gemir con un sonido que se perdió entre los muros vacíos de la oficina.

Las estocadas eran largas, intensas, marcadas.
Sus caderas chocaban contra ella, sus dedos tirando del bello pubico, sus manos moldeando su cintura.

Ella lo alentaba con gemidos roncos, para sentirlo más adentro, más fuerte.

El escritorio crujía.
Ella temblaba.
Él ardía.

Finalmente se la sacó y terminó sobre esa concha peluda 

Era el momento que ambos venían guardando bajo llave desde el día de la entrevista.

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La semana había sido un infierno.
Papeleo, reuniones, llamados… y lo peor: ni un segundo a solas entre ellos.

Él estaba al borde de perder la cordura. Ella, con sus “ 2 razones” firmes bajo la blusa y ese follaje oscuro escondido bajo la falda, era una tortura diaria.

Cada vez que él intentaba rozarla, tocarla siempre entraba alguien.

Un empleado.
Una asistente.
Un cliente.
Un mensajero.
Siempre alguien arruinando el momento.

Hasta que, al final del viernes, ya casi de noche, él cerró la puerta de su oficina con llave y la miró con una mezcla de hambre y desesperación.

—Acompáñame al motel de la esquina —le dijo con voz ronca—. Hoy no pienso contenerme.

Ella sonrió, cruzando las piernas despacio, dejando ver un destello del bosquecito oscuro entre la tela.

—Sabía que ibas a explotar, jefe… vamos.

Apenas entraron, él la acorraló contra la pared y besó su cuello con hambre acumulada.

Sus manos bajaron directo a sus pechos suaves, sacándolas del sostén como si las hubiese estado soñando toda la semana.

—Dios… tus tetas me enloquecen, murmuró él, enterrando la cara entre ellas, chupando, apretando, perdiendo la cordura.

Ella gimió, hundiendo los dedos en su cabello.

—Desquítate… yo también te extrañé.

Él se arrodilló y deslizó la falda hacia arriba, encontrándose con la espesura oscura, húmeda, cálida, perfumada.

—Sabía que venías así…, dijo él antes de hundir la lengua en ese follaje tibio, saboreándola con ansiedad mientras ella se aferraba a la pared.

—No pares… sigue ahí… ahí…
Su voz temblaba.

Él se levantó de golpe, la cargó y la tiró sobre la cama del motel, abriéndole las piernas con desesperación.

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En un movimiento brusco, puso su pija palpitante justo en la entrada húmeda de su concha.

La embistió con fuerza contenida, agarrándola de las caderas, de las tetas. 

Los golpes eran profundos, húmedos, intensos.

—Dámelo todo, jefe… así… más fuerte…
Ella temblaba.

Él la giró y la puso en cuatro, sosteniéndole las caderas como un hombre que lleva días al borde de la locura.

La penetraba con más hambre que nunca, chocando contra ella con ritmo firme, mientras sus tetotas rebotaban con cada impulso.

Ella gemía sin control.

—Dame tu culo, pidió él jadeando al oído.

—Quiero meter mi pija ahí… toda la semana lo pensé…

Ella rió, ahogada en el placer.

—Primero… quiero que te desates… quiero sentirte perder el control.

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Él aumentó el ritmo, la tomó más fuerte, la hizo retorcerse, hasta que ella misma se acomodó y le ofreció el culo, muy despacio, mordiéndose el labio.

—Solo un poco… quiero sentir cómo te desesperas.

Él entró con cuidado, ella gemía ronco, agarrada a las sábanas. Mientras él la cogia y la nalgueaba. 

La sensación lo volvió salvaje.

Cuando ella se giró para cabalgarlo, él ya estaba al borde.

Ella se sentó encima de su pija, bajó lentamente y se lo metió en el culo, lo apretó, lo movió, lo exprimió hasta que él no pudo aguantar más.

Ella sonrió satisfecha, cubriéndose con su cabello largo.

—Así quería que terminaras… completamente rendido.

Se bajó despacio, aún caliente, y con voz traviesa le dijo:

—Cuando quieras repetir… me mandas un mensaje.

Mis tetas, estarán siempre listas para ti, jefe.

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La semana había sido un infierno en la oficina: reuniones, entregas, clientes encima… y cero momentos a solas.

Ella caminaba por los pasillos con esa falda ajustada que él conocía demasiado bien, moviendo las caderas como si supiera el efecto que causaba.

Y quizá sí lo sabía.

Ese día, al salir de su despacho, lo vio:
La secretaria inclinada sobre el escritorio del nuevo pasante, sonriendo, hablando demasiado cerca… tocándole el brazo con confianza.

Una chispa oscura se encendió en él.

El pasante, que no tenía idea del peligro, sonreía como un idiota enamorado.

Ella levantó la mirada, vio a su jefe en la puerta… y su sonrisa se congeló.

No dijo nada.
Solo la observó con esos ojos fríos que significaban una sola cosa:
la conversación pendiente sería privada. Muy privada.

Cuando todos se fueron, él le pidió que entrara a su oficina y cerrara la puerta.

Ella obedeció, tragando saliva.

—¿Lo pasaste bien con el pasante? —preguntó él sin levantar la voz.
Ese tono era peor que los gritos.

—Solo hablábamos —contestó ella, nerviosa—. Nada malo.

Él se acercó lento, acorralándola contra el escritorio.
Su perfume fuerte, de hombre que manda, la envolvió.
Su mano subió al mentón de ella y la obligó a mirarlo a los ojos.

—No me mientas. Lo vi. Y no me gustó.

El ambiente se volvió eléctrico, espeso, cargado.

—Estabas… coqueteando —susurró él, rozándole el cuello con los labios sin llegar a tocarla realmente—.
Y eso tiene consecuencias.

Ella respiró temblando.

—¿Estás… celoso? —se atrevió a preguntarle.

Él sonrió de una forma peligrosa.

—Celoso no. Furioso.

La tomó por la cintura, inclinándola sobre el escritorio en un gesto firme, posesivo, que dejó claro quién dominaba ahí.

—Voy a dejarte muy claro —murmuró contra su oído, mientras le Subía la falda y bajaba su tanga — que aquí no hay espacio para otros. Ni pasantes. Ni nadie.
Solo yo. Y le metió la pija en la concha, fuerte duro.

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Ella cerró los ojos, estremeciéndose por completo.

La oficina quedó llena de susurros, respiraciones tensas, cuerpos rozándose, la cogia fuerte, apretando sus tetas. La nalgueaba con una intensidad que la dejó sin aliento.

Cuando la dejó incorporarse, ella estaba temblando.

—Eres mía —le dijo él, acomodándole la ropa con calma, como quien apaga un incendio que él mismo encendió—.
Y ese chico… mañana estará fuera.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Lo vas a despedir?

—No me gusta cuando algo mío recibe atención que no corresponde.

Ella sonrió, mordiendo su labio.

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La habitación del motel tenía la luz baja, suficiente para que el reflejo dorado de las lámparas dibujara curvas y sombras sobre la piel de ella. Apenas cerraron la puerta, él la tomó de la cintura con un impulso contenido durante días.

—Ven acá —gruñó, acercándola contra su pecho.

Ella respondió con una sonrisa cansada pero ardiente, como quien por fin llega al lugar donde la estaban esperando. Con ambas manos, rodeó su cintura, y se inclinó a besar su bulto por encima del pantalón, sintiendo cómo palpitaba para ella.

—Extrañé esto —susurró, deslizándose hacia abajo.

Él aflojó el cinturón apenas lo suficiente. Ella liberó su pija con suavidad, y lo envolvió con un beso húmedo y lento, como si probara un dulce ansiado. Lo sostuvo con una mano mientras con la otra juntaba sus tetas para envolverlo y masturbarlo con ellas, subiendo y bajando entre su suavidad.

—Me vas a volver loco… —exhaló él, apretando los dientes.

Ella levantó la mirada, traviesa.

—Ese es el punto, jefe…

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Él la levantó sin esfuerzo y la llevó hasta la cama. La giró, la puso boca abajo sobre las sábanas, y luego la haló de los cabellos hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. Sus caderas quedaron perfectas, listas para él.

—¿Quieres que te recuerde quién manda aquí? —le murmuró en el oído.

—Sí… —respiró ella, temblorosa.

Él penetró su concha peluda con una embestida firme, profunda y feroz. Ella soltó un gemido ahogado, aferrándose a las sábanas mientras sus caderas chocaban contra ella una y otra vez. La fuerza, el ritmo, la intensidad… todo hablaba de celos, de deseo acumulado, de propiedad.

La cogio así, sin piedad, hasta que sus piernas le flaquearon.

Entonces la levantó por la cintura y la obligó a ponerse en cuatro con la espalda muy arqueada. Él se acomodó detrás, pasó una mano por su cintura y con la otra abrió suave pero firmemente sus nalgas.

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Él avanzó despacio, presionando la punta de su pija por el culo hasta abrir paso. Ella se mordió los labios, los dedos de los pies se curvaron, y su espalda se tensó cuando él se hundió por completo en ese culo apretado. Él le estiró del cabello para obligarla a levantar la mirada al espejo de la habitación.

—Mírate. Míranos. Solo yo puedo tenerte así.

Ella jadeaba, rota y feliz, entregándose completamente, con sus tetotas sacudiendose, mientras él la embestía con un ritmo que la dejaba sin aire. Cuando sus fuerzas ya no daban más, él la tomó de la mano, la tiró sobre él y la obligó a montarlo.

—Ahora tú —ordenó.

Ella dejó caer su concha peluda y caliente sobre su pija, deslizándose hasta el fondo, y empezó a cabalgarlo con una pasión frenética. Él se aferró a sus tetas, hundiendo el rostro entre ellas, respirándola como un animal desesperado. Sus movimientos eran salvajes, rítmicos, profundos. Ella subía y bajaba como si aquello fuera su razón de existir.

Cuando él estuvo a punto de explotar, ella se inclinó hacia adelante y apoyó su pecho sobre el de él, gimiendo contra su boca. Los cuerpos se tensaron al mismo tiempo, y él la sostuvo tan fuerte que casi la parte en dos mientras la llenaba por dentro.

Cayó sobre su pecho, exhausta, cálida, temblando.

Él le acarició el cabello lentamente, aún respirando hondo.

—Te ganaste un ascenso —dijo él, todavía sin soltarla.

Ella sonrió, victoriosa, con la mejilla sobre su pecho.

—¿Como asistente? —preguntó con tono juguetón.

Él la levantó de la barbilla para mirarla a los ojos.

—No. Como mi nueva pareja… Dejé a mi esposa.

Ella abrió los labios, sorprendida, la respiración temblorosa.

Él la atrajo hacia sí y la besó profundo, posesivo.

—Desde hoy… eres solo mía.

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