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Emilia cumplió mi sueño

Tenía 19 años y mi vida estaba a punto de cambiar de una forma que ni en mis sueños más locos me imaginaba. Vivía en Santa Fe, una ciudad tranquila pero con ese calor pegajoso del verano argentino que te hace sudar solo por existir. Un día, revisando grupos de WhatsApp de laburos eventuales, vi un anuncio: necesitaban staff para un concierto masivo en el predio ferial. La cabeza de cartel era Emilia Mernes

No lo podía creer. Emilia, la reina del pop urbano argentino, con esa voz ronca y sexy, esos bailes que te dejan hipnotizado, y un cuerpo que parece esculpido por los dioses. Había visto todos sus videos, guardado cada foto hot que subía a Instagram. Mandé mi info y, para mi sorpresa, me llamaron al día siguiente. 

- Estás adentro, pibe. Llevá remera negra y pantalón corto por el calor -. Iba a estar ahí, a metros de ella, ayudando en producción backstage. Mi corazón latía fuerte solo de pensarlo. Quería sacarme una foto con ella, sí o sí. Algo para presumir con los amigos, pero en el fondo, era más que eso: era la chance de acercarme a esa diosa que me tenía obsesionado.

Los días previos al show fueron una locura interna. No podía concentrarme en nada. En la facu, durante clases de administración, mi mente divagaba a sus curvas, a esa sonrisa pícara que ponía en los lives. Por las noches, solo en mi habitación, abría su perfil de Instagram y me perdía en sus stories archivadas. Tenía capturas de ella en bikini, con el agua del mar chorreando por su piel bronceada, o en tops ajustados que marcaban sus pezones duros por el frío del aire acondicionado. 

Imaginaba que era yo el que le bajaba ese shortcito deportivo que usaba en los ensayos, que mis dedos exploraban esa concha depilada y húmeda que se insinuaba en fotos. Me masturbaba con furia, pensando en su boca alrededor de mi pija, en sus gemidos mientras la cogía por atrás. Me corría en chorros, manchando las sábanas, y después me quedaba exhausto, mirando su foto de perfil, deseando que el tiempo volara hasta el día del concierto. Era una ansiedad sexual que me consumía, mezclada con nervios de fanático. No dormía bien, soñaba con ella, y al despertar tenía la verga dura otra vez.

Finalmente llegó el día. El sol pegaba como un horno, el aire era espeso y húmedo. Nos reunimos temprano en el predio, y el coordinador nos dijo: - Por el calor, vayan en short y remera del staff. Nada de jeans -. Elegí un short gris claro, finito, que se ajustaba bien a mis muslos. Error garrafal. 

Mientras armábamos el escenario y probábamos luces, abrí Instagram por costumbre. Emilia había subido una storie: estaba en su habitación de hotel, con un vestido blanco ceñido al cuerpo, escote en V profundo que dejaba ver el inicio de sus tetas, y la cámara bajando lento hasta sus piernas cruzadas, donde un pedacito de tanga negra asomaba. La caption: "Lista para romperla esta noche 🔥💋"

Emilia cumplió mi sueño

Lo reproduje en loop. La sangre bajando, mi pija hinchándose sin control. El short era elástico pero delgado, y sin bóxer debajo (por el calor), se marcó todo. El bulto grueso, la cabeza redonda presionando la tela, hasta las venas palpitantes visibles. Intenté disimular cruzando las manos, caminando encorvado, pero cada movimiento lo empeoraba. Tenía que concentrarme en el laburo, pero mi mente estaba en esa foto, imaginando qué había debajo de ese vestido.

Tiempo después el show arrancó con todo. Emilia salió al escenario como una tormenta: conjunto plateado brillante, shortcito que apenas cubría su culo redondo, top crop que dejaba al descubierto su abdomen tonificado y sudado. 

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Bailaba con una energía sexual brutal, moviendo las caderas en círculos, tirando besos al público, sudando bajo las luces. Cada canción era un escalón más en mi excitación. Entre temas, se metía backstage para cambios de ropa rápidos. Yo estaba asignado a pasillos laterales, ayudando con transiciones.

En uno de esos breaks, pasó lo inesperado. Estaba ajustando un biombo cuando lo vi: el camarín de Emilia tenía una cortina mal corrida, y la luz filtraba. Ella estaba de espaldas, quitándose el short plateado. Solo en tanga negra y sostén sin tirantes. Se inclinó para agarrar el siguiente outfit, un body negro translúcido con brillos. Su culo perfecto, firme, con la tanga hundida entre las nalgas, la piel reluciente de sudor. Se dio vuelta un instante, y capté el perfil de una teta escapando del corpiño, el pezón rosado asomando. Me quedé petrificado, con la boca seca y la verga latiendo fuerte contra el short. Ella no me vió. Se enfundó el body en segundos y volvió al escenario. Yo me quedé ahí, respirando agitado, con la imagen grabada en la retina. Mi excitación era insoportable; tuve que ajustar el short disimuladamente para no delatarme.

Durante el resto del show, pasé varias veces cerca del camarín principal. La puerta estaba entreabierta por el ir y venir de maquilladores y asistentes. En un momento de descuido total, cuando el pasillo quedó vacío, entré como un fantasma. El aire estaba cargado de su perfume: vainilla dulce, coco tropical, mezclado con sudor fresco. Sobre una mesa, ropa desordenada, toallitas húmedas, brillantina… y en una silla, una tanga negra de encaje, todavía tibia y con un leve aroma a ella. No lo dudé. La agarré, la estrujé en mi puño y la metí en el bolsillo del short. Salí rápido, el corazón a mil. La tela era suave, con un toque húmedo en la parte delantera. La apreté contra mi muslo mientras volvía a mi puesto, sintiendo una oleada de culpa y calentura. Era como tener un pedacito de ella conmigo.

El concierto terminó en éxtasis. Emilia se despidió con un cierre brutal, tirándose al piso, mandando besos, el público enloquecido. Desapareció hacia el backstage. Esperé unos 25 minutos, fingiendo chequear cables. Mi jefe estaba ocupado al otro lado. Caminé al camarín, golpeé suave.

- ¿Sí? ¿Quién es? - su voz sonó agotada pero cálida.

- Disculpá, Emilia. Soy del staff. Solo quería pedirte algo rápido. -

- Pasá, dale. -

Abrí la puerta. Ahí estaba: con el último atuendo, pollera negra con brillos cortísima, top a juego ajustado, botas altas. Pelo suelto y húmedo, maquillaje corrido sexy. Me sonrió.

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- ¿Qué pasó? - preguntó ella.

- Eh… ¿podría sacarme una foto con vos? Sé que estás cansada, pero… -

- Ayy, obvio. No hay problema. Pasá. - Cerró la puerta detrás mío.

El camarín era íntimo, con espejos, luces suaves, su perfume envolviéndolo todo. Mi pija ya se estaba endureciendo solo por el olor.

- ¿Cómo la querés? - preguntó, acomodándose el pelo.

- Frente al espejo, quizás. Así se ve que estuve en tu camarín. Queda más auténtico. -

Sonrió con un brillo pícaro. - Dale, me encanta. -

Nos paramos: ella adelante, yo atrás. Saqué el celular. - ¿La sacás vos? Creo que va a ser mejor así. -

- De una, dámelo. -

Al pasárselo, mis manos aterrizaron en su cintura. La apreté fuerte, sintiendo su calor a través de la tela. Ella no se apartó; al contrario, empujó el culo hacia atrás sutilmente.

- Acercate más, te ves lejos - susurró, mirándome por el espejo.

Me pegué. Mi bulto duro chocó contra su culo. Ella lo sintió y se movió despacio, frotándose. Empezó a sacar fotos mientras se movía lento de lado a lado.

- No estés nervioso… - dijo bajito, con voz ronca.

La fricción era eléctrica. Le agarré las caderas con más fuerza y empecé a empujar seco, como si ya la estuviera penetrando. Ella gemía suave, arqueando la espalda, sacando foto tras foto con caras de placer.

- Te gusta, ¿no? - jadeó.

- Demasiado… - respondí, y le di una nalgada firme. El sonido seco rebotó.

- Ayy… más. -

Le di otra, más fuerte, dejando una marca rosada en su nalga. Ella empujó contra mí, gimiendo.

- Sacame la pollera… tócame. -

Le subí la pollera hasta la cintura. Debajo, tanga roja mínima. Recordé la negra en mi bolsillo, pero esta era fuego. Le bajé la tanga despacio, exponiendo su concha rosada, depilada, ya brillante de humedad. Le metí dos dedos de una, bombeando profundo. Ella soltó un gemido largo, apoyándose en el espejo.

- Sos un hijo de puta… me estás mojando toda - rió entre jadeos.

- Y vos una puta caliente - le susurré al oído, lamiéndole el cuello mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.

Sus jugos chorreaban por mis dedos. Le metí la lengua en el oído, luego bajé arrodillado y le chupé el culo, saboreando su sabor. Ella temblaba, empujando contra mi cara. Se vino rápido, un chorrito caliente mojando el piso, sus piernas temblando.

Se dio vuelta, ojos brillantes de lujuria. Se arrodilló y me bajó el short de un tirón.

- Mirá esta verga… gruesa, venosa. No podés andar así, amor - dijo, agarrándola con ambas manos, acariciando la cabeza hinchada.

Se la metió entera. Chupaba con ruido obsceno, saliva cayendo en hilos por su barbilla, labial rojo manchándome la piel. Su lengua giraba alrededor del glande, succionando fuerte, haciendo sonidos de pop cada vez que la sacaba. Le agarré el pelo en un puño y la empujé hasta la garganta. Ella se ahogaba, gargantas profundas, lágrimas rodando por sus mejillas, pero no paraba. Gemía vibrando alrededor de mi pija, sus manos masajeándome las bolas.

- Sacá fotos - ordené, con voz ronca.

Agarró mi celular con una mano libre y sacó varias fotos mientras chupaba como poseída, su cabeza subiendo y bajando en ritmo frenético. El labial rojo cubría mi verga como un tatuaje.

No aguanté más. La saqué de su boca y la senté en el sillón. Se subió encima, piernas abiertas, su concha goteando sobre mi regazo. Se acomodó la cabeza en la entrada y bajó lento al principio, gimiendo mientras me tragaba centímetro a centímetro.

- Ahhh… qué grande, papi… me llena toda - jadeó, ojos cerrados.

Empezó a moverse despacio, subiendo y bajando, sus tetas rebotando bajo el top. Le saqué el top de un tirón, exponiendo sus pechos perfectos, pezones duros y rosados. Los pellizqué fuerte, torciéndolos, haciendo que gritara de placer.

- Más rápido, pendeja de mierda - gruñí, dándole un cachetazo suave en la cara.

- Sí, papi… cógeme como quieras - respondió, acelerando.

Ahora cabalgaba con furia: sentones profundos, su culo chocando contra mis muslos con palmadas ruidosas. Cada bajada era un gemido agudo, su concha apretándome como un puño húmedo. Le agarré las nalgas, separándolas, metiendo un dedo en su ojete mientras ella saltaba.

- Mmm… ahhh… Emilia, sos una puta increíble - gemía yo, embistiendo hacia arriba para clavarla más profundo.

Ella rotaba las caderas en círculos, frotando su clítoris contra mi pelvis. Sudábamos los dos, el camarín oliendo a sexo crudo. Pasamos así minutos eternos: ella gritando - ¡Ay, papi! ¡Me vas a romper! -, yo respondiendo con nalgadas que dejaban sus cachetes rojos e hinchados.

- Ponete en cuatro - ordené, empujándola.

Se posicionó en el sillón, culo en alto, concha y ojete expuestos. Le di un cachetazo brutal que la hizo gritar.

- Ayyy… sí, más… -

Apoyé la verga en su entrada anal. Estaba lubricada por sus jugos y mi saliva de antes.

- No… por el culo no, amor… me vas a partir - protestó, pero su voz era de anticipación.

- Calladita, pendeja - le dije, dándole otro cachetazo. - Abrí ese orto para mí. -

Le clavé la cabeza despacio, sintiendo la resistencia inicial. Ella jadeó, empujando hacia atrás. Entré centímetro a centímetro, su ano apretado como un anillo de fuego alrededor de mi tronco.

- Ahhh… despacio, boludo… duele -, gemía.

Una vez adentro, empecé a bombear lento al principio, saliendo casi todo y clavando profundo. Ella enterraba la cara en la almohada, mordiéndola, sus manos aferradas al respaldo. Aceleré: embestidas fuertes, mis bolas chocando contra su concha. Le agarré el pelo, tirando su cabeza hacia atrás, arqueándola.

- Te estoy rompiendo el culo, ¿entendiste? Sos mía ahora - gruñí.

- Sí, papi… rompeme el orto… ahhh… no pares - lloriqueaba de placer, lágrimas de éxtasis.

Le metía con todo: ritmo salvaje, alternando profundo y rápido. Su cuerpo temblaba, su concha chorreando jugos por sus muslos. No aguanté. Sentí el orgasmo subiendo.

- Date vuelta. Abrí la boca, puta. -

Se arrodilló rápido, cara roja, ojos vidriosos. Sacó la lengua ansiosa. Le tiré la primera chorreada en la mejilla, espesa y blanca. Luego directo en la boca, llenándola hasta que rebalsó por las comisuras. Tosió un poco, pero tragó lo que pudo, el resto chorreando por su barbilla y tetas.

- Mirá qué linda quedaste - dije, sacando fotos: primer plano de su cara cubierta, una selfie con mi verga goteando al lado de su sonrisa satisfecha.

- Limpiala ahora - ordené.

Se acercó despacio, lengua fuera, lamiendo desde la base hasta la punta. Chupaba suave, girando la lengua alrededor del glande sensible, succionando los restos de semen y sus propios jugos. Hacía sonidos húmedos, mirándome a los ojos con esa mirada sumisa. Metió la verga entera otra vez, cabeceando lento, limpiando cada vena, cada pliegue. Sus labios rojos, hinchados, dejaban marcas frescas. Jugaba con la lengua en el frenillo, haciendo que me estremeciera de placer post-orgasmo. Pasaron minutos así: ella arrodillada, adorando mi pija con devoción, sacando hasta la última gota. Finalmente, la dejó brillante, reluciente, como nueva.

Nos vestimos rápido, riendo nerviosos. Intercambiamos números: - Para repetirlo -, dijo ella con un guiño.

Antes de irme, la besé profundo, lenguas enredadas, saboreando mi propio semen en su boca.

- Chau, mi vida - susurró, con restos de leche en la comisura.

Llegué a casa exhausto. Me duché largo, agua caliente lavando el sudor y los recuerdos. Me tiré en la cama desnudo. Justo cuando cerraba los ojos, vibró el celular.

**Emilia Mernes:** Que descanses, papi 💦

Adjuntó una foto: ella en la cama del hotel, en tanga negra de encaje (idéntica a la que tenía en mi bolsillo), mordiéndose el dedo, tetas apenas cubiertas por una sábana, mirada provocativa.

Me dormí con la verga dura otra vez, soñando con la próxima vez.

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