Nelly se miró en el espejo del baño, ajustando el escote de su top deportivo que apenas contenía sus voluptuosos pechos, fruto de esa “tuneada” que le había pedido a Fernando después del nacimiento de su hijo. A los 32 años, su cuerpo era una obra de arte esculpida por el cirujano: caderas anchas que se balanceaban con cada paso, un trasero firme y redondo que atraía miradas indiscretas, y unos senos que desafiaban la gravedad, grandes y provocadores. Su piel morena brillaba bajo la luz matutina, y su cabello negro azabache caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Llevaba gafas de montura delgada que le daban un aire intelectual, pero sus labios pintados de un rojo intenso y sus pendientes grandes gritaban algo más salvaje. En Instagram, @nellycurvesmx, tenía miles de seguidores que babeaban con sus fotos en el gym, moviendo el culo en squats o posando con sudores ajustados que marcaban cada curva. Pero en casa, era la esposa perfecta: cocinaba, cuidaba del pequeño Mateo de 4 años y apoyaba a su marido en todo.

Fernando, de 35 años, era el pilar de la familia. Alto, delgado, con gafas de contable y un traje siempre impecable, trabajaba en una maquiladora en la frontera, manejando números y balances con precisión quirúrgica. Antes de casarse con Nelly, sabía de su pasado turbulento: fiestas interminables, drogas que la llevaban a éxtasis artificiales y una cadena de amantes que la dejaban exhausta pero insaciable. Él la había “rescatado” de eso, o al menos eso creía. La convenció de dejarlo todo atrás, de formar una familia. Y por cuatro años, funcionó. Nelly se transformó en una dama respetable, dedicada al hogar, al niño y a él. Pero en el fondo, Fernando ignoraba que esos demonios no se iban tan fácilmente; solo dormían, esperando el momento para despertar.
Todo empezó un lunes por la mañana. Nelly había olvidado revisar el aceite del coche, un descuido tonto pero típico de ella cuando su mente divagaba en recuerdos prohibidos. El motor hizo un ruido extraño en el camino al kinder, y de pronto, humo saliendo del capó. Tuvo que llamar a Fernando, quien suspiró resignado al teléfono. “Dos semanas, amor. Las refacciones tardan en llegar de Estados Unidos. No puedes usar el transporte público con Mateo; es peligroso en esta ciudad.” Fernando pensó en Omar, un chofer de DiDi que conocía de la empresa. Omar llevaba y traía ejecutivos, siempre puntual, con una sonrisa amable y anécdotas divertidas de la carretera. Parecía un tipo confiable, un señor de 56 años con experiencia, que hablaba de su familia lejana y de cómo la vida lo había endurecido pero no amargado. “Le pediré el favor. Te llevará a donde necesites: kinder, gym, supermercado. Solo por estas dos semanas.”
Lo que Fernando no sabía era la verdad detrás de esa fachada. Omar era un lobo disfrazado de oveja. Alto, fornido pese a la edad, con piel oscura y tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa, había salido de prisión hacía 10 años. Robo a mano armada en una gasolinera, cargos por posesión de drogas que lo mandaron al infierno de las celdas mexicanas. Allí aprendió a ser paciente, a leer a la gente, a oler la debilidad. Ahora, con su DiDi, cazaba de otra forma: mujeres insatisfechas, esposas aburridas que caían en su red de palabras crudas y miradas penetrantes. Había visto a Nelly en Instagram, gracias a un enlace que Fernando le pasó una vez en broma: “Mira a mi esposa, está en forma, ¿eh?” Omar se había masturbado esa noche pensando en ella, en cómo movería ese culo en su asiento trasero, en cómo sus tetas rebotarían con cada bache.
El primer día, Omar llegó puntual a la casa en su sedán negro, con una gorra de béisbol calada y una camisa holgada que no ocultaba sus brazos fuertes, marcados por venas y más tatuajes. “Buenos días, señora Nelly. Su esposo me dijo que la ayude. Soy Omar, para servirle.” Su voz era grave, con ese acento de barrio que hacía vibrar algo en el estómago de Nelly. Ella lo miró de arriba abajo: mayor, rudo, con una cicatriz sutil en la mejilla que le daba un aire peligroso. Recordaba a esos tipos de su juventud, los que la tomaban sin pedir permiso, los que la hacían gritar en moteles baratos. “Gracias, Omar. Vamos primero al kinder, por favor.” Subió al coche con Mateo en brazos, su falda ajustada subiéndose un poco al sentarse, revelando muslos suaves y bronceados.
Durante el trayecto, Omar hablaba poco al principio, pero sus ojos se desviaban al retrovisor, admirando el escote de Nelly que se asomaba cada vez que se inclinaba para ajustar el asiento del niño. “Bonito día, ¿no? Usted se ve muy bien, señora. Como esas modelos de revista.” Nelly rio nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el vientre. “Gracias, pero soy solo una mamá. Voy al gym después.” Omar asintió, su sonrisa ladeada. “Lo sé, la vi en Instagram. Mueve usted el cuerpo como nadie. Esos ejercicios… inspiran.” Nelly sintió un rubor subirle a las mejillas, y algo más: un palpitar sutil entre las piernas. Hacía años que no sentía eso con un extraño. Fernando era tierno, pero predecible. Omar olía a colonia barata y a peligro, a esos machos alfa que la dominaban en su pasado.
Al dejar a Mateo en el kinder, Omar esperó fuera, fumando un cigarro mientras observaba a Nelly caminar: sus caderas ondulando, el vestido rosa tie-dye pegándose a su figura como una segunda piel. Cuando volvió, él abrió la puerta con galantería fingida. “Al gym, entonces. ¿Quiere música? Pongo algo movido.” Puso reggaetón viejo, de esos con letras explícitas que hablaban de perreo y sudor. Nelly se mordió el labio, recordando noches de baile en clubes, cuerpos pegados, manos explorando. “Hace tiempo que no escucho esto,” murmuró ella. Omar la miró por el espejo. “Usted parece de las que bailaban hasta el amanecer. Se le nota en la mirada.” Nelly giró la cabeza, pero no negó. El coño le palpitaba levemente, imaginando cómo serían esas manos grandes en su cintura.
En el gym, Omar aparcó y dijo que esperaría. Pero en realidad, se bajó discretamente y la observó desde la ventana: Nelly en leggings ajustados, haciendo sentadillas, su trasero subiendo y bajando, sudando, gimiendo bajito con el esfuerzo. Él se ajustó los pantalones, sintiendo la erección crecer. “Paciencia, Omar,” se dijo. “Gánate su confianza. Ella caerá sola.” Cuando la recogió, ella estaba sonrojada, con el cabello pegado a la frente, el top húmedo marcando pezones erguidos por el aire acondicionado. “Uf, qué sesión intensa,” dijo Nelly, abanicándose. Omar le pasó una botella de agua. “Tome, señora. Se ve acalorada. ¿Quiere que pare en algún lado por un refresco?” Sus ojos se detuvieron un segundo de más en su pecho, y Nelly lo notó, pero en vez de ofenderse, sintió un escalofrío placentero.
El resto del día fue similar: supermercado, donde Omar la ayudó con las bolsas, rozando accidentalmente su brazo con el suyo, sintiendo la suavidad de su piel. “Cuidado, señora, no vaya a lastimarse esas manos tan bonitas.” Nelly rio, pero su mente divagaba: ¿cómo se sentirían esas manos ásperas en sus tetas, apretando, pellizcando? Al llegar a casa, Omar se despidió con una mirada intensa. “Mañana a la misma hora. Cuídese, que está usted para comérsela.” Nelly cerró la puerta, apoyándose en ella, respirando agitada. Su mano bajó instintivamente a su entrepierna, pero se detuvo. “No, soy una mujer casada.” Pero esa noche, mientras Fernando dormía a su lado, Nelly no pudo evitar pensar en Omar, en su labia de barrio, en cómo la hacía sentir viva de nuevo.
Los días siguientes intensificaron el morbo. Omar contaba anécdotas “inofensivas” de su vida: “En mis tiempos jóvenes, andaba con mujeres como usted, fuertes, con curvas que volvían loco a cualquiera.” Nelly preguntaba más, curiosa, excitada. “¿Y qué hacías con ellas?” Omar sonreía. “Las llevaba a bailar, a lugares oscuros donde el sudor se mezcla con el deseo.” Ella sentía el palpitar crecer, cruzando las piernas para contenerlo. Él la admiraba abiertamente ahora, comentando su outfit: “Ese vestido rosa le queda pintado, resalta todo lo bueno.” Nelly se vestía más provocativa sin darse cuenta, escotes más profundos, faldas más cortas, como si quisiera probarlo.

Omar ganaba terreno: un roce de mano al pasar el cambio, una mirada sostenida en el espejo, un cumplido crudo disfrazado de broma. “Si no estuviera casada, la invitaría a un paseo largo.” Nelly reía, pero su cuerpo traicionaba: pezones endurecidos, humedad creciente. Sabía que él era ese tipo rudo, malo, que la atraía como un imán. Él, por su parte, planeaba: la había visto en IG, moviendo el culo en videos, y ahora la tenía cerca, oliendo su perfume mezclado con sudor. No apresuraría; el morbo era el preludio, la tensión que hacía explotar todo después.
Fernando, ajeno a todo, llamaba para chequear: “¿Todo bien con Omar?” Nelly respondía: “Sí, amor, es un caballero.” Pero en su mente, Omar era todo menos eso. Era el depredador que despertaba su pasado, y ella, poco a poco, caía en la trampa, conteniendo el deseo que amenazaba con desbordarse. Las dos semanas apenas empezaban, y el aire en el coche se cargaba de electricidad, de promesas no dichas, de un morbo que palpitaba en silencio.

Fernando, de 35 años, era el pilar de la familia. Alto, delgado, con gafas de contable y un traje siempre impecable, trabajaba en una maquiladora en la frontera, manejando números y balances con precisión quirúrgica. Antes de casarse con Nelly, sabía de su pasado turbulento: fiestas interminables, drogas que la llevaban a éxtasis artificiales y una cadena de amantes que la dejaban exhausta pero insaciable. Él la había “rescatado” de eso, o al menos eso creía. La convenció de dejarlo todo atrás, de formar una familia. Y por cuatro años, funcionó. Nelly se transformó en una dama respetable, dedicada al hogar, al niño y a él. Pero en el fondo, Fernando ignoraba que esos demonios no se iban tan fácilmente; solo dormían, esperando el momento para despertar.
Todo empezó un lunes por la mañana. Nelly había olvidado revisar el aceite del coche, un descuido tonto pero típico de ella cuando su mente divagaba en recuerdos prohibidos. El motor hizo un ruido extraño en el camino al kinder, y de pronto, humo saliendo del capó. Tuvo que llamar a Fernando, quien suspiró resignado al teléfono. “Dos semanas, amor. Las refacciones tardan en llegar de Estados Unidos. No puedes usar el transporte público con Mateo; es peligroso en esta ciudad.” Fernando pensó en Omar, un chofer de DiDi que conocía de la empresa. Omar llevaba y traía ejecutivos, siempre puntual, con una sonrisa amable y anécdotas divertidas de la carretera. Parecía un tipo confiable, un señor de 56 años con experiencia, que hablaba de su familia lejana y de cómo la vida lo había endurecido pero no amargado. “Le pediré el favor. Te llevará a donde necesites: kinder, gym, supermercado. Solo por estas dos semanas.”
Lo que Fernando no sabía era la verdad detrás de esa fachada. Omar era un lobo disfrazado de oveja. Alto, fornido pese a la edad, con piel oscura y tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa, había salido de prisión hacía 10 años. Robo a mano armada en una gasolinera, cargos por posesión de drogas que lo mandaron al infierno de las celdas mexicanas. Allí aprendió a ser paciente, a leer a la gente, a oler la debilidad. Ahora, con su DiDi, cazaba de otra forma: mujeres insatisfechas, esposas aburridas que caían en su red de palabras crudas y miradas penetrantes. Había visto a Nelly en Instagram, gracias a un enlace que Fernando le pasó una vez en broma: “Mira a mi esposa, está en forma, ¿eh?” Omar se había masturbado esa noche pensando en ella, en cómo movería ese culo en su asiento trasero, en cómo sus tetas rebotarían con cada bache.
El primer día, Omar llegó puntual a la casa en su sedán negro, con una gorra de béisbol calada y una camisa holgada que no ocultaba sus brazos fuertes, marcados por venas y más tatuajes. “Buenos días, señora Nelly. Su esposo me dijo que la ayude. Soy Omar, para servirle.” Su voz era grave, con ese acento de barrio que hacía vibrar algo en el estómago de Nelly. Ella lo miró de arriba abajo: mayor, rudo, con una cicatriz sutil en la mejilla que le daba un aire peligroso. Recordaba a esos tipos de su juventud, los que la tomaban sin pedir permiso, los que la hacían gritar en moteles baratos. “Gracias, Omar. Vamos primero al kinder, por favor.” Subió al coche con Mateo en brazos, su falda ajustada subiéndose un poco al sentarse, revelando muslos suaves y bronceados.
Durante el trayecto, Omar hablaba poco al principio, pero sus ojos se desviaban al retrovisor, admirando el escote de Nelly que se asomaba cada vez que se inclinaba para ajustar el asiento del niño. “Bonito día, ¿no? Usted se ve muy bien, señora. Como esas modelos de revista.” Nelly rio nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el vientre. “Gracias, pero soy solo una mamá. Voy al gym después.” Omar asintió, su sonrisa ladeada. “Lo sé, la vi en Instagram. Mueve usted el cuerpo como nadie. Esos ejercicios… inspiran.” Nelly sintió un rubor subirle a las mejillas, y algo más: un palpitar sutil entre las piernas. Hacía años que no sentía eso con un extraño. Fernando era tierno, pero predecible. Omar olía a colonia barata y a peligro, a esos machos alfa que la dominaban en su pasado.
Al dejar a Mateo en el kinder, Omar esperó fuera, fumando un cigarro mientras observaba a Nelly caminar: sus caderas ondulando, el vestido rosa tie-dye pegándose a su figura como una segunda piel. Cuando volvió, él abrió la puerta con galantería fingida. “Al gym, entonces. ¿Quiere música? Pongo algo movido.” Puso reggaetón viejo, de esos con letras explícitas que hablaban de perreo y sudor. Nelly se mordió el labio, recordando noches de baile en clubes, cuerpos pegados, manos explorando. “Hace tiempo que no escucho esto,” murmuró ella. Omar la miró por el espejo. “Usted parece de las que bailaban hasta el amanecer. Se le nota en la mirada.” Nelly giró la cabeza, pero no negó. El coño le palpitaba levemente, imaginando cómo serían esas manos grandes en su cintura.
En el gym, Omar aparcó y dijo que esperaría. Pero en realidad, se bajó discretamente y la observó desde la ventana: Nelly en leggings ajustados, haciendo sentadillas, su trasero subiendo y bajando, sudando, gimiendo bajito con el esfuerzo. Él se ajustó los pantalones, sintiendo la erección crecer. “Paciencia, Omar,” se dijo. “Gánate su confianza. Ella caerá sola.” Cuando la recogió, ella estaba sonrojada, con el cabello pegado a la frente, el top húmedo marcando pezones erguidos por el aire acondicionado. “Uf, qué sesión intensa,” dijo Nelly, abanicándose. Omar le pasó una botella de agua. “Tome, señora. Se ve acalorada. ¿Quiere que pare en algún lado por un refresco?” Sus ojos se detuvieron un segundo de más en su pecho, y Nelly lo notó, pero en vez de ofenderse, sintió un escalofrío placentero.
El resto del día fue similar: supermercado, donde Omar la ayudó con las bolsas, rozando accidentalmente su brazo con el suyo, sintiendo la suavidad de su piel. “Cuidado, señora, no vaya a lastimarse esas manos tan bonitas.” Nelly rio, pero su mente divagaba: ¿cómo se sentirían esas manos ásperas en sus tetas, apretando, pellizcando? Al llegar a casa, Omar se despidió con una mirada intensa. “Mañana a la misma hora. Cuídese, que está usted para comérsela.” Nelly cerró la puerta, apoyándose en ella, respirando agitada. Su mano bajó instintivamente a su entrepierna, pero se detuvo. “No, soy una mujer casada.” Pero esa noche, mientras Fernando dormía a su lado, Nelly no pudo evitar pensar en Omar, en su labia de barrio, en cómo la hacía sentir viva de nuevo.
Los días siguientes intensificaron el morbo. Omar contaba anécdotas “inofensivas” de su vida: “En mis tiempos jóvenes, andaba con mujeres como usted, fuertes, con curvas que volvían loco a cualquiera.” Nelly preguntaba más, curiosa, excitada. “¿Y qué hacías con ellas?” Omar sonreía. “Las llevaba a bailar, a lugares oscuros donde el sudor se mezcla con el deseo.” Ella sentía el palpitar crecer, cruzando las piernas para contenerlo. Él la admiraba abiertamente ahora, comentando su outfit: “Ese vestido rosa le queda pintado, resalta todo lo bueno.” Nelly se vestía más provocativa sin darse cuenta, escotes más profundos, faldas más cortas, como si quisiera probarlo.

Omar ganaba terreno: un roce de mano al pasar el cambio, una mirada sostenida en el espejo, un cumplido crudo disfrazado de broma. “Si no estuviera casada, la invitaría a un paseo largo.” Nelly reía, pero su cuerpo traicionaba: pezones endurecidos, humedad creciente. Sabía que él era ese tipo rudo, malo, que la atraía como un imán. Él, por su parte, planeaba: la había visto en IG, moviendo el culo en videos, y ahora la tenía cerca, oliendo su perfume mezclado con sudor. No apresuraría; el morbo era el preludio, la tensión que hacía explotar todo después.
Fernando, ajeno a todo, llamaba para chequear: “¿Todo bien con Omar?” Nelly respondía: “Sí, amor, es un caballero.” Pero en su mente, Omar era todo menos eso. Era el depredador que despertaba su pasado, y ella, poco a poco, caía en la trampa, conteniendo el deseo que amenazaba con desbordarse. Las dos semanas apenas empezaban, y el aire en el coche se cargaba de electricidad, de promesas no dichas, de un morbo que palpitaba en silencio.
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