
Soy Raissa, tengo 27 años y soy la esposa del pastor Adrián. Tengo un buen cuerpo, hago ejercicio a menudo, mido 1.60 cm, destaca de mi mi cara, mis piernas y mis tetas grandes. Todos en la iglesia me ven como la esposa perfecta: siempre sonriendo, con vestidos largos y modestos, cantando en el coro con voz dulce, organizando los grupos de oración... pero por dentro me estoy consumiendo. Adrián me trata como si fuera de cristal: me da besitos en la frente, me llama “mi reina santa”, y cuando estamos en la cama es todo rápido, en silencio, con la luz apagada. Nunca me ha agarrado las tetas con ganas, nunca me ha dicho nada sucio, nunca me ha hecho sentir como mujer de verdad. Y yo... llevo años rogando en silencio que alguien las use, las apriete, las llene.
Esa tarde en el salón pastoral todo se fue al carajo.
Dos ancianos que son parte del consejo Eugenio de 70 y Salvador de 71 años. Ambos con esposa pero hambrientos de mujeres jóvenes.
Eugenio cerró la puerta con llave y me miró de arriba abajo con esa sonrisa de viejo pervertido.
—Raissa, zorrita santa... ¿vienes sola a “arreglar las flores”? No nos jodas. Vienes porque sabes que estas tetotas que traes reventando el vestido necesitan atención de verdad. Se te marcan los pezones desde el púlpito, como si estuvieran gritando “chúpennos, viejos cabrones”.
Me quedé paralizada, pero sentí cómo se me mojaban las bragas al instante.
Salvador se pegó a mi espalda, sus manos ya subiendo por mis costados, rozando el borde inferior de mis tetas.
—No finjas que no, mamacita. Hueles a coño mojado desde que entramos. Dime, ¿cuántas noches te has metido los dedos pensando en que un par de viejos te metan la verga entre esas chichotas mientras tu esposo Adrián está rezando en la otra habitación?
—No... por favor... no digan eso... —susurré, pero mi voz salió temblorosa, casi suplicante.
Eugenio se abrió el cierre despacio, sacó su verga gruesa, venosa, ya dura como roca a pesar de los 70 años.
—Mírala bien, puta del pastor. A mi edad todavía se para para hembras como tú. ¿Quieres que te la meta entre las tetas? ¿O prefieres que te la meta primero en la boca para que aprendas a cerrar esa boquita de santa mentirosa?
Salvador se bajó los pantalones también. Su polla era más larga, curvada, el glande morado y goteando.
—Abre las piernas un poquito, Raissa. Quiero oler si ya estás chorreando. Quítate las bragas y muéstranos ese coñito empapado que Adrián nunca toca como se debe.
Mis rodillas se doblaron solas. Caí de rodillas frente a ellos, el piso frío me lastimó, pero el calor entre mis piernas ardía más fuerte.
Eugenio me miró fijo.
—Sácalas ya, zorra. Enséñanos esas tetas de puta que escondes en el coro. Quiero ver cómo rebotan cuando te las follamos como si fueras una cualquiera de la calle.
Con las manos temblando me bajé los tirantes. El brasier negro cayó al suelo. Mis tetas se liberaron con un rebote pesado. Pesadas, redondas, pezones duros apuntando directo hacia ellos.
Salvador dijo
—Joder... mira estas chichotas. Ni en los peores burdeles he visto unas así de ricas. ¿Cuánto pesan, eh? Dime, puta, ¿Adrián te las ha chupado alguna vez o solo las mira como si fueran objetos sagrados?
—Nunca... nunca me las chupa... solo... solo me toca suave... —confesé con la voz rota, casi llorando de vergüenza y deseo.
Eugenio se rio bajito.
—Pues nosotros sí te las vamos a chupar, a apretar y a llenar. Ven, envuélveme esa verga con tus tetotas de zorra. Apriétamelas fuerte, como si quisieras ordeñarme hasta la última gota.
Tomé su polla con mis tetas. La apreté con toda mi fuerza, creando un canalillo caliente y profundo. Empecé a subir y bajar, sintiendo cada vena palpitar contra mi piel sensible.
—Así, puta... muévelas más rápido. Haz que reboten como tetas de puta barata. Quiero oír el sonido de tus chichotas golpeando mis huevos. ¿Te gusta sentir una verga vieja entre tus tetas santas?
—Sí... sí me gusta... mucho... —gemí sin poder contenerme, acelerando el movimiento.
Salvador me agarró el pelo con brutalidad, tirando mi cabeza hacia atrás.
—Abre esa boquita de santa, Raissa. Quiero que me la chupes hasta el fondo mientras le haces la rusa al Eugenio. Trágatela toda, como la puta reprimida que has sido toda tu vida. Di que quieres que te llenemos la garganta de leche.
Me metió su verga de un empujón profundo. Me atraganté, lágrimas corrieron por mis mejillas, baba espesa chorreó por mi barbilla y cayó sobre mis tetas.
Eugenio empujaba entre mis tetas con violencia.
—Mírala... babeando verga como profesional. ¿Qué diría Adrián si te viera ahora, eh? De rodillas en el salón de su propia iglesia, con mis huevos golpeándote las tetas y la boca llena de polla. Di que eres nuestra puta de iglesia. Di que estas tetas son para que las llenemos de semen cuando nos dé la gana.
Entre arcadas, con la boca llena, balbuceé:
—Soy... soy su puta... estas tetas son para ustedes... úsenlas... llévenme... corranse en mí... por favor...
Salvador empujó más profundo, hasta que mi nariz se enterró en su pubis canoso.
—Claro que sí, zorra. Porque Adrián te deja
frustrada. Di que prefieres vergas viejas y arrugadas antes que la polla floja de tu esposo. Di que quieres que te usemos como nuestro desahogo cada vez que vengas a “orar”.
Tragué saliva y precum.
—Prefiero... prefiero sus vergas viejas y grandes... úsenme... soy su puta... por favor...
Eugenio aceleró, follando mis tetas con furia.
—Voy a correrme, puta... voy a pintarte estas chichotas de blanco espeso. Quiero que camines por la iglesia oliendo a mi semen, que Adrián te abrace y sienta el olor a viejo en tu piel. ¿Te gusta la idea, eh? ¿Que tu esposo huela a nuestra leche en tus santas tetas?
—Sí... sí... cúbranme... quiero oler a ustedes... quiero que Adrián lo huela sin saber... —gemí, frotándome el clítoris con desesperación bajo el vestido.
Salvador me sujetó la cabeza con las dos manos.
—Y yo te voy a vaciar directo en la garganta. Traga todo, puta santa. No dejes ni una gota. Quiero que sientas mi semen bajando mientras piensas en Adrián.
Eugenio se tensó y se corrió
—Toma... ¡toma mi leche, zorra del pastor! ¡Cúbrete toda!
Chorros calientes y abundantes me golpearon: uno en la cara, dos directos entre mis tetas, el resto resbalando lento por mi canalillo, goteando hasta mis muslos. El semen espeso olía fuerte, salado, prohibido.
Salvador empujó hasta el fondo y se corrió
—Traga, puta... ¡traga toda mi leche caliente!
Sentí los chorros espesos bajando por mi garganta. Tosí, tragué lo que pude, pero el resto me salió por las comisuras, cayó en hilos gruesos sobre mis tetas ya empapadas.
Cuando terminaron, Eugenio me dio una palmada fuerte en la mejilla.
—Buena puta. Ahora ve y arréglate esa cara de zorra satisfecha. Pero no te limpies del todo... quiero que sientas nuestra leche secándose en tus tetas mientras sonríes al lado de Adrián mañana en el púlpito.
Salvador se subió el cierre y añadió con voz baja:
—La próxima vez trae falda corta, sin bragas. Queremos meterte los dedos mientras rezas el padrenuestro. Y si Adrián pregunta por qué hueles a sexo, dile que fue el Espíritu Santo quien te visitó. ¿Entendido, Raissa?
Asentí, temblando, con la voz ronca:
—Entendido... volveré... lo prometo...
Se fueron riendo bajito.
Me quedé de rodillas, cubierta de semen que se enfriaba y cuajaba en mi piel. Me miré en el reflejo de la ventana: tetas brillantes de leche espesa, pezones hinchados, boca roja e hinchada, lágrimas y baba por todas partes.
Lloré de culpa, de vergüenza... pero mi mano volvió a meterse entre las piernas. Me froté el clítoris con furia, untando su semen en mis dedos, metiéndomelos profundo mientras repetía bajito:
—Soy su puta... soy su puta de iglesia...
Me corrí tan fuerte que un chorro caliente mojó el piso. Grité ahogado, mordiéndome el puño para que nadie oyera.
Después me limpié lo justo. Me arreglé el vestido. Salí como si nada hubiera pasado.
Anoche Adrián me abrazó en la cama y me dijo:
—Eres mi bendición, Raissa. Tan pura, tan mía...
Sonreí con dulzura, como siempre.
Pero cerré los ojos y todavía sentía el peso caliente de esas vergas viejas entre mis tetas. El sabor salado en la lengua. El semen secándose en mi piel.
Y aunque la culpa me quema hasta el alma... sé que volveré al salón. Porque por primera vez en mi vida me sentí deseada de verdad. Usada. Llena de leche prohibida.
Sucia hasta los huesos... pero más viva que nunca. Y con un hambre que no se apaga, no podía parar, quería follar con todos los hombres del mundo.


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