Unos días después de esa cogida brutal en la cocina, no podía dejar de pensar en Héctor. Su verga gruesa abriéndome, su leche caliente llenándome hasta desbordar… me masturbaba tres, cuatro veces al día recordándolo. Pero necesitaba más. Necesitaba contárselo a alguien.
Quedé con mis dos amigas más cachondas: Barbara y Sofía. Las tres nos conocemos desde el colegio, y entre nosotras no hay secretos sucios. Nos vemos en el departamento de Barbara, pedimos unas cervezas frías y nos sentamos en el sofá en ropa interior, como siempre que hablamos de pollas y coños.
—Chicas… me lo tiré —solté de golpe, con una sonrisa de puta satisfecha.
Barbara abrió los ojos como platos, casi escupe la cerveza.
—¿Al tiito? ¿Al marido de tu tía? ¡No mames, Raquel! Cuéntanos todo, perra.
Sofía se acercó más, ya se le marcaban los pezones duros bajo la camiseta fina.
—Detalles. Todos. ¿Cómo te la metió? ¿Se vino adentro?
Les conté todo, sin filtro: cómo me arrodillé en la cocina, cómo le chupé esa verga venosa hasta babearme las tetas, cómo me puso en cuatro contra la encimera y me la clavó hasta los huevos. Les describí el sonido de sus bolas chocando contra mi culo, cómo me tapó la boca para que no gritara cuando me corrí squirteando, y cómo después me tragué la mezcla de su leche y mis jugos.
Las dos se quedaron mudas un segundo… y luego explotaron.
—Eres una maldita diosa —dijo Barbara, tocándose el coño por encima de la tanga—. Yo quiero uno así.
—Y yo quiero verlo —agregó Sofía, mordiéndose el labio—. Imagínate si lo hacemos las tres… un show para tu tiito.
Ahí se prendió la mecha.
La idea surgió natural: la fiesta de disfraces que organizaba mi tía en dos semanas por Halloween. Casa grande, mucha gente, alcohol a raudales, luces bajas, música fuerte. Mi tía siempre se disfraza de bruja sexy. Héctor estaría ahí, disfrazado de algo simple como vaquero o policía, pero con esa cara de hombre serio que me pone loca.
—Hagámosle un show —propuse, con la concha ya palpitando solo de imaginarlo—. Nos disfrazamos las tres de putas temáticas: yo de diablita, con cuernos rojos, cola, tanga roja diminuta y brasier que apenas me cubra las areolas. Ustedes… una de enfermera cachonda con bata abierta y liguero, y la otra de gatita con orejas, cola y body de red que deje todo a la vista.
Barbara se rió maliciosa.
—Y el plan: bailamos para él, lo provocamos en grupo. Le rozamos las tetas, le metemos mano disimuladamente mientras la gente baila alrededor. Luego lo llevamos a un rincón oscuro… o mejor, al cuarto de visitas del fondo, donde nadie entra.
Sofía agregó, ya tocándose el clítoris por encima de la tela:
—Y ahí le hacemos un trío inolvidable. Le chupamos la verga las tres al mismo tiempo, turnándonos, babeándola toda. Tú le montas mientras nosotras le lamemos los huevos y el culo. Luego nos turnamos para que nos coja a las tres, una tras otra, mientras las otras se comen el coño mutuamente.
Me relamí los labios.
—Y al final… que nos venga en la cara a las tres. Quiero ver su leche espesa chorreando por nuestras tetas, por nuestras lenguas. Quiero que nos mire mientras nos lamemos entre nosotras, limpiándonos la una a la otra.
Las tres nos miramos, calientes, mojadas, riéndonos como locas.
—Va a ser épico —dijo Barbara—. Pero hay que planearlo bien. Nada de que tu tía nos descubra… aunque, quién sabe, quizás hasta le gustaría ver cómo su marido se coge a su sobrina y a sus amigas.
Dos semanas después, la noche de la fiesta llegó.
La casa estaba llena: luces neón, calabazas con velas, música reggaetón y trap a todo volumen. Mi tía ya iba por la tercera copa de ron, disfrazada de bruja con escote pronunciado, riéndose fuerte con sus amigas.
Yo entré primero: diablita roja infernal. Cuernos brillantes, cola larga que terminaba en corazón, tanga de encaje rojo que se me metía entre las nalgas, brasier push-up que hacía que mis tetas parecieran a punto de reventar, pezones oscuros apenas cubiertos por dos triángulos diminutos. Medias de red hasta los muslos, tacones altos. Cada paso hacía que mi culo rebotara.
Barbara vino de enfermera puta: bata blanca abierta hasta el ombligo, sostén negro transparente, liguero, tanga blanca con cruz roja, estetoscopio colgando entre las tetas.
Sofía de gatita negra: body de malla transparente que dejaba ver todo, orejas felinas, cola plug metida (sí, con plug de verdad), bigotes pintados, guantes largos.
Las tres nos movíamos por la fiesta como depredadoras. Bailábamos juntas, rozándonos tetas con tetas, culo con culo, besándonos el cuello disimuladamente. Todos los hombres nos miraban, pero solo buscábamos uno.
Lo encontramos en la barra improvisada del patio: Héctor disfrazado de vaquero mexicano, camisa a cuadros abierta un botón de más, sombrero, jeans ajustados donde ya se le marcaba el bulto cuando nos vio acercarnos.
—Tiito… ¿te gusta nuestro disfraz? —le dije con voz ronca, pegándome a él por delante mientras Barbara se pegaba por detrás y Sofía se ponía a un lado, rozándole el brazo con sus tetas.
Él tragó saliva, miró alrededor nervioso.
—Raquel… ¿qué carajos…?
Barbara le susurró al oído:
—Tranquilo, tiito… solo queremos darte un regalito de Halloween. Tu sobrina nos contó todo… y queremos participar.
Sofía le pasó la mano por el pecho, bajando despacio hasta apretarle la verga por encima del pantalón.
—Está dura ya… qué rico.
Lo arrastramos casi a la fuerza hacia el pasillo oscuro que llevaba al cuarto de visitas. Nadie nos vio; la fiesta estaba en su punto más alto.
Cerramos la puerta con llave. Luces apagadas, solo la luz de la luna entrando por la ventana.
Nos arrodillamos las tres frente a él al mismo tiempo.
Yo le bajé el cierre, saqué esa verga gruesa que tanto amaba. Ya goteaba precum.
—Chúpensela juntas —ordené.
Las tres lenguas al mismo tiempo: yo en la cabeza, lamiendo el glande, succionando el precum; Barbara en el tronco, recorriendo las venas con la lengua plana; Sofía chupándole los huevos, metiéndoselos en la boca uno por uno.
Héctor gemía, agarrándonos del pelo.
—Puta madre… tres bocas… no aguanto…
Lo chupamos turnándonos: yo me la metía hasta la garganta, babeándola toda; luego Barbara la tragaba profunda mientras Sofía y yo nos besábamos con la verga en medio, lenguas entrelazadas alrededor del tronco.
Luego lo empujamos a la cama. Yo me subí encima, me quité la tanga y me la metí de un solo movimiento, gimiendo alto cuando me llenó entera.
—Tiito… cógeme mientras ellas me comen las tetas…
Barbara y Sofía se subieron a la cama, cada una chupándome un pezón, mordiéndolos, lamiéndolos mientras yo rebotaba en su verga, mi culo chocando contra sus muslos.
—Córrete en nosotras —suplicó Sofía.
Héctor aguantó lo que pudo. Nos turnó: me folló a mí un rato más, luego a Barbara en perrito mientras yo le lamía el clítoris a ella; después a Sofía de lado, metiéndosela profundo mientras Barbara y yo nos besábamos y nos metíamos dedos mutuamente.
Al final, nos puso de rodillas otra vez.
—Vengan… abran la boca…
Eyaculó como nunca: chorros potentes, espesos, calientes. Primero en mi boca, llenándome la lengua; luego en la de Barbara, salpicándole las tetas; después en la de Sofía, chorreándole por la barbilla.
Nos lamimos entre nosotras: yo limpié la leche de las tetas de Barbara con la lengua, Sofía me besó tragándose lo que quedaba en mi boca, Valeria lamió la barbilla de Sofía.
Héctor se quedó sentado en la cama, jadeando, mirando el desastre de semen y saliva en nuestras caras y cuerpos.
Yo me acerqué, todavía con la boca llena de su leche, y le di un beso profundo, pasándosela un poco.
—Feliz Halloween, tiito… esto solo es el principio.
Y salimos del cuarto riéndonos, con el sabor de su semen todavía en la lengua, listas para volver a la fiesta como si nada… pero sabiendo que él ya era nuestro juguete compartido.
Quedé con mis dos amigas más cachondas: Barbara y Sofía. Las tres nos conocemos desde el colegio, y entre nosotras no hay secretos sucios. Nos vemos en el departamento de Barbara, pedimos unas cervezas frías y nos sentamos en el sofá en ropa interior, como siempre que hablamos de pollas y coños.
—Chicas… me lo tiré —solté de golpe, con una sonrisa de puta satisfecha.
Barbara abrió los ojos como platos, casi escupe la cerveza.
—¿Al tiito? ¿Al marido de tu tía? ¡No mames, Raquel! Cuéntanos todo, perra.
Sofía se acercó más, ya se le marcaban los pezones duros bajo la camiseta fina.
—Detalles. Todos. ¿Cómo te la metió? ¿Se vino adentro?
Les conté todo, sin filtro: cómo me arrodillé en la cocina, cómo le chupé esa verga venosa hasta babearme las tetas, cómo me puso en cuatro contra la encimera y me la clavó hasta los huevos. Les describí el sonido de sus bolas chocando contra mi culo, cómo me tapó la boca para que no gritara cuando me corrí squirteando, y cómo después me tragué la mezcla de su leche y mis jugos.
Las dos se quedaron mudas un segundo… y luego explotaron.
—Eres una maldita diosa —dijo Barbara, tocándose el coño por encima de la tanga—. Yo quiero uno así.
—Y yo quiero verlo —agregó Sofía, mordiéndose el labio—. Imagínate si lo hacemos las tres… un show para tu tiito.
Ahí se prendió la mecha.
La idea surgió natural: la fiesta de disfraces que organizaba mi tía en dos semanas por Halloween. Casa grande, mucha gente, alcohol a raudales, luces bajas, música fuerte. Mi tía siempre se disfraza de bruja sexy. Héctor estaría ahí, disfrazado de algo simple como vaquero o policía, pero con esa cara de hombre serio que me pone loca.
—Hagámosle un show —propuse, con la concha ya palpitando solo de imaginarlo—. Nos disfrazamos las tres de putas temáticas: yo de diablita, con cuernos rojos, cola, tanga roja diminuta y brasier que apenas me cubra las areolas. Ustedes… una de enfermera cachonda con bata abierta y liguero, y la otra de gatita con orejas, cola y body de red que deje todo a la vista.
Barbara se rió maliciosa.
—Y el plan: bailamos para él, lo provocamos en grupo. Le rozamos las tetas, le metemos mano disimuladamente mientras la gente baila alrededor. Luego lo llevamos a un rincón oscuro… o mejor, al cuarto de visitas del fondo, donde nadie entra.
Sofía agregó, ya tocándose el clítoris por encima de la tela:
—Y ahí le hacemos un trío inolvidable. Le chupamos la verga las tres al mismo tiempo, turnándonos, babeándola toda. Tú le montas mientras nosotras le lamemos los huevos y el culo. Luego nos turnamos para que nos coja a las tres, una tras otra, mientras las otras se comen el coño mutuamente.
Me relamí los labios.
—Y al final… que nos venga en la cara a las tres. Quiero ver su leche espesa chorreando por nuestras tetas, por nuestras lenguas. Quiero que nos mire mientras nos lamemos entre nosotras, limpiándonos la una a la otra.
Las tres nos miramos, calientes, mojadas, riéndonos como locas.
—Va a ser épico —dijo Barbara—. Pero hay que planearlo bien. Nada de que tu tía nos descubra… aunque, quién sabe, quizás hasta le gustaría ver cómo su marido se coge a su sobrina y a sus amigas.
Dos semanas después, la noche de la fiesta llegó.
La casa estaba llena: luces neón, calabazas con velas, música reggaetón y trap a todo volumen. Mi tía ya iba por la tercera copa de ron, disfrazada de bruja con escote pronunciado, riéndose fuerte con sus amigas.
Yo entré primero: diablita roja infernal. Cuernos brillantes, cola larga que terminaba en corazón, tanga de encaje rojo que se me metía entre las nalgas, brasier push-up que hacía que mis tetas parecieran a punto de reventar, pezones oscuros apenas cubiertos por dos triángulos diminutos. Medias de red hasta los muslos, tacones altos. Cada paso hacía que mi culo rebotara.
Barbara vino de enfermera puta: bata blanca abierta hasta el ombligo, sostén negro transparente, liguero, tanga blanca con cruz roja, estetoscopio colgando entre las tetas.
Sofía de gatita negra: body de malla transparente que dejaba ver todo, orejas felinas, cola plug metida (sí, con plug de verdad), bigotes pintados, guantes largos.
Las tres nos movíamos por la fiesta como depredadoras. Bailábamos juntas, rozándonos tetas con tetas, culo con culo, besándonos el cuello disimuladamente. Todos los hombres nos miraban, pero solo buscábamos uno.
Lo encontramos en la barra improvisada del patio: Héctor disfrazado de vaquero mexicano, camisa a cuadros abierta un botón de más, sombrero, jeans ajustados donde ya se le marcaba el bulto cuando nos vio acercarnos.
—Tiito… ¿te gusta nuestro disfraz? —le dije con voz ronca, pegándome a él por delante mientras Barbara se pegaba por detrás y Sofía se ponía a un lado, rozándole el brazo con sus tetas.
Él tragó saliva, miró alrededor nervioso.
—Raquel… ¿qué carajos…?
Barbara le susurró al oído:
—Tranquilo, tiito… solo queremos darte un regalito de Halloween. Tu sobrina nos contó todo… y queremos participar.
Sofía le pasó la mano por el pecho, bajando despacio hasta apretarle la verga por encima del pantalón.
—Está dura ya… qué rico.
Lo arrastramos casi a la fuerza hacia el pasillo oscuro que llevaba al cuarto de visitas. Nadie nos vio; la fiesta estaba en su punto más alto.
Cerramos la puerta con llave. Luces apagadas, solo la luz de la luna entrando por la ventana.
Nos arrodillamos las tres frente a él al mismo tiempo.
Yo le bajé el cierre, saqué esa verga gruesa que tanto amaba. Ya goteaba precum.
—Chúpensela juntas —ordené.
Las tres lenguas al mismo tiempo: yo en la cabeza, lamiendo el glande, succionando el precum; Barbara en el tronco, recorriendo las venas con la lengua plana; Sofía chupándole los huevos, metiéndoselos en la boca uno por uno.
Héctor gemía, agarrándonos del pelo.
—Puta madre… tres bocas… no aguanto…
Lo chupamos turnándonos: yo me la metía hasta la garganta, babeándola toda; luego Barbara la tragaba profunda mientras Sofía y yo nos besábamos con la verga en medio, lenguas entrelazadas alrededor del tronco.
Luego lo empujamos a la cama. Yo me subí encima, me quité la tanga y me la metí de un solo movimiento, gimiendo alto cuando me llenó entera.
—Tiito… cógeme mientras ellas me comen las tetas…
Barbara y Sofía se subieron a la cama, cada una chupándome un pezón, mordiéndolos, lamiéndolos mientras yo rebotaba en su verga, mi culo chocando contra sus muslos.
—Córrete en nosotras —suplicó Sofía.
Héctor aguantó lo que pudo. Nos turnó: me folló a mí un rato más, luego a Barbara en perrito mientras yo le lamía el clítoris a ella; después a Sofía de lado, metiéndosela profundo mientras Barbara y yo nos besábamos y nos metíamos dedos mutuamente.
Al final, nos puso de rodillas otra vez.
—Vengan… abran la boca…
Eyaculó como nunca: chorros potentes, espesos, calientes. Primero en mi boca, llenándome la lengua; luego en la de Barbara, salpicándole las tetas; después en la de Sofía, chorreándole por la barbilla.
Nos lamimos entre nosotras: yo limpié la leche de las tetas de Barbara con la lengua, Sofía me besó tragándose lo que quedaba en mi boca, Valeria lamió la barbilla de Sofía.
Héctor se quedó sentado en la cama, jadeando, mirando el desastre de semen y saliva en nuestras caras y cuerpos.
Yo me acerqué, todavía con la boca llena de su leche, y le di un beso profundo, pasándosela un poco.
—Feliz Halloween, tiito… esto solo es el principio.
Y salimos del cuarto riéndonos, con el sabor de su semen todavía en la lengua, listas para volver a la fiesta como si nada… pero sabiendo que él ya era nuestro juguete compartido.
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