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Jugando fuerte con mi hermana.

Soy Carlos, y han pasado diez años desde aquellas locuras en Salou que os conté en mis relatos anteriores. Ahora tengo 31 años, y la vida me ha dado un buen repaso. Ya no soy el chaval impulsivo de 21 que se dejaba llevar por el morbo y las fiestas. He madurado a hostias, literalmente. Terminé mis estudios de ingeniería mecánica hace unos años, pero nunca pude ejercer. Mi pasado me persigue como una sombra jodida. Ahora estoy preparando oposiciones para la administración del Estado, técnico en el Ministerio de Fomento. Creo que ya saqué una plaza en la última convocatoria, pero las notas definitivas aún no han salido, y hay otra oposición en unos meses, así que sigo estudiando por si acaso. No quiero jugármela.

Esta mañana, como todas, me levanté temprano en esta casa vieja que heredamos de los abuelos. Está en el campo, a las afueras de un pueblo pequeño cerca de Madrid –no tan aislada como parece, a solo cinco kilómetros de la autovía que nos lleva a la capital en media hora. Pero se siente solitaria: rodeada de olivos y tierra seca, sin vecinos cerca. Mis padres la reformaron un poco cuando nos mudamos aquí hace tres años, huyendo del ruido de la ciudad y de los recuerdos tóxicos. Vivo con ellos y con mi hermana Marta, que ahora tiene 25 y ha sacado la oposición de derecho –está esperando la publicación definitiva y el destino en el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana–. La familia se unió más después de todo el lío, pero costó sangre, sudor y lágrimas –sobre todo dinero.
Estaba en mi habitación, que hace de estudio improvisado: mesa llena de temarios, códigos civiles y administrativos, apuntes garabateados. Llevaba tres horas metido en el bloque de derecho constitucional, pero la cabeza no me daba para más. Me dolían los ojos, y un nudo en el estómago me recordaba que el café solo no basta. “Joder, necesito un descanso”, murmuré para mí mismo. Me levanté, cogí el paquete de tabaco del cajón –solo fumo uno o dos al día ahora, nada que ver con aquellos paquetes enteros en balcones ajenos– y salí al porche trasero. El sol de junio era brutal, el aire caliente y pegajoso con olor a tierra quemada. Encendí el cigarro y di una calada profunda, dejando que el humo me calme los nervios.

Mientras fumaba, mirando el horizonte de campos resecos, los recuerdos me asaltaron como siempre. Pensé en Rosa, mi exnovia transexual. La conocí a través de Princesa y Yolanda, en aquellas fiestas descontroladas. Al principio fue pasión pura: nos fuimos a vivir juntos a un piso cutre en Barcelona, donde ella trabajaba como masajista y yo intentaba encontrar curro de ingeniero. Pero todo se torció con las drogas y el sexo. Recordaba aquellas noches: cuerpos enredados, pollas grandes y duras, semen por todas partes, cristal y coca para alargar el éxtasis. Yo sometido, ellas dominando –o al revés, dependiendo del ciego. Era morbo puro, pero destructivo. Me arrepiento tanto... Tuve problemas serios de adicción; el cristal me enganchó como un demonio, y la coca era el remate. Llegué a gastar fortunas que no tenía, pidiendo prestado a camellos que luego me perseguían.

Y lo peor: la disfunción eréctil. A los dos nos pasó. Al principio, la viagra lo tapaba, pero con el tiempo, las drogas nos jodieron el cuerpo. Ella no podía mantener erecciones estables, y yo... bueno, llegó un punto en que ni con pastillas respondía. Era frustrante, humillante. Discutíamos por eso, y el sexo se convirtió en una obligación tóxica en vez de placer. Publicamos videos en internet –estupidez mía, pensando que era “caliente”–. Se me veía sometido, consumiendo, todo expuesto. Esos clips se viralizaron en foros y páginas porno, y mi nombre salió a la luz. Mala fama total: “el ingeniero vicioso”, decían. Nadie me contrataba; las entrevistas se torcían cuando googleaban mi nombre. Perdí oportunidades en empresas grandes, y al final, ni en talleres pequeños me querían.
Mi familia sufrió lo indecible. Cuando Rosa me dejó –harta de mis recaídas y deudas–, volví a casa de mis padres con la cola entre las piernas. Tenía deudas enormes con camellos, miles de euros que casi nos arruinan. Mis padres pagaron todo, vendiendo el coche viejo y pidiendo un préstamo. Me internaron en un centro de desintoxicación en las afueras de Madrid, tres meses de infierno: terapias, abstinencia fría, noches sudando y llorando. Salí limpio, pero el daño económico fue brutal. Tuvimos que mudarnos aquí, a la casa de los abuelos, para ahorrar y empezar de cero. Vendimos el piso en la ciudad, y con lo justo pagamos hipotecas pendientes. Sobrevivimos, pero mis padres envejecieron diez años de golpe. Marta fue mi apoyo; ella me visitaba en el centro, me traía libros, y ahora vive conmigo, ayudando en casa.

Di otra calada al cigarro, apagándolo en el cenicero improvisado. “Qué coño he hecho con mi vida”, pensé. Aquellos recuerdos eróticos ahora me daban más pena que excitación. El morbo de ser usado, de tragar semen, de pollas grandes follándome... fue adictivo, pero me destruyó. Ahora, solo quiero estabilidad: aprobar la oposición, un sueldo fijo, olvidar el pasado.

Volví al estudio, pero la mente seguía vagando. Me senté delante del portátil, abrí el navegador por enésima vez esa semana y tecleé la web oficial del BOE y la del Ministerio para ver si ya habían publicado las listas definitivas de la oposición. Nada. El mismo mensaje de “en proceso de revisión” que llevaba semanas. Intenté refrescar la página un par de veces más, pero entonces me acordé: mis padres habían cambiado el proveedor de internet a Starlink hace meses porque la fibra antigua fallaba constantemente en este sitio tan aislado. Pero el instalador parecía incapaz de encontrar esta casita en mitad de la nada. Llevaban meses prometiendo: “La semana que viene”, “El mes próximo”. No les culpaba del todo; el pueblo más cercano está a 10 km, y para llegar aquí hay que tomar un camino de tierra que ni siquiera está asfaltado durante los primeros 2 km –un traqueteo de cojones que destroza los coches. Luego sales a la carretera secundaria que une el pueblo con la autovía, y en media hora estás en Madrid. Pero para un técnico con GPS, somos como un punto ciego en el mapa.
Ahora solo teníamos el paquete de datos del móvil familiar, y el mío se había quedado sin gigas hacía dos días. Ni para consultar el correo podía ya. Cerré el portátil de un golpe suave, frustrado. Era sábado por la mañana, casi la hora de comer, y la casa estaba en silencio. Mis padres se habían ido de vacaciones solos unos días antes –ya no hacíamos planes juntos desde hacía tiempo–. La convivencia era tensa; no me echaban en cara tanto la mala fama o el dinero que perdimos, sino que arrastré a Marta en mi caída. Ellos saben que ella consume, y ya ni les escandaliza la marihuana –tienen hasta unas macetas en el pequeño invernadero al lado de la casa, para “uso medicinal”–. Pero les aterra que vuelva a más, que recaiga como yo. Lo que más desean es que los dos saquemos las oposiciones y nos larguemos de una puta vez. Yo también, la verdad.

Me levanté y caminé por el pasillo hacia la habitación de Marta. La puerta estaba entreabierta. Ella había llegado de madrugada; alguien de su grupo de amigas la trajo en coche porque no tiene uno propio y el familiar se lo llevaron mis padres. Seguro que habían estado celebrando que sacó la oposición –la de derecho, la que ya le han confirmado que aprobó, solo falta el destino definitivo–. Bebieron como cosacos, y quién sabe si algo más. Empujé la puerta con cuidado.

Allí estaba ella, tirada boca abajo en la cama, completamente desnuda. La sábana apenas le tapaba la mitad del culo; el resto quedaba a la vista, imponente, musculado de tanto gym, redondo y firme. La ropa tirada por el suelo de cualquier manera: tanga negro, top deportivo, leggings, zapatillas... Todo olía a tabaco, perfume barato y algo dulce, como hierba fresca. Me quedé un segundo parado en el umbral, sintiendo una punzada rara en el pecho. No era la primera vez que la veía así –en mis años locos en Barcelona, en alguna fiesta descontrolada, habíamos coincidido en situaciones mucho peores, macroorgías donde todo el mundo acababa desnudo y colocado–. Pero nunca me había afectado de esta forma.

Me acerqué, cogí la sábana del suelo y se la subí por encima del culo con cuidado, tapándola. Luego le puse una mano en el hombro.

—Marta... venga, que ya es casi la hora de comer.

Murmullo ronco, sin abrir los ojos:

—Déjame en paz... me duele todo...

Vi el porro en la mesilla, medio consumido, con el filtro mordido. La tentación me ganó en dos segundos. Lo cogí, lo encendí con el mechero que había al lado y di una calada profunda. La marihuana era fuerte, de la buena que cultivan en el invernadero: relaja los músculos, quita dolores, te pone en modo zen. Di otra calada, soltando el humo despacio. Pensé: “Si se me olvida algo del temario, qué más da. Estoy seguro de que saqué la plaza. Sigo estudiando solo para que papá y mamá no me miren como si fuera un fracasado”.

En plan de broma, me acerqué a la cama y le eché un poco de humo a la cara. Ella arrugó la nariz, pero sin moverse.

—Pásamelo, cabrón...

Con los ojos aún cerrados, estiró la mano. Se lo puse entre los dedos. Se incorporó un poco, solo lo justo para dar unas pitadas por la comisura de los labios, sin levantarse del todo. Nos fuimos pasando el porro en silencio, el humo flotando en la habitación calurosa. Pleno verano, sin aire acondicionado, el calor pegajoso.

De repente, ella se sentó en la cama de golpe. No se tapó nada. Las tetas operadas, grandes y firmes, con piercings plateados en los pezones. El cuerpo tatuado de arriba a abajo –dragones, flores, frases en latín–, músculos marcados de gym y defensa personal. Totalmente depilada en la entrepierna, suave y expuesta. Me miró con los ojos entreabiertos, todavía medio dormida, pero con esa desinhibición que le sale cuando está colocada o resacosa.
Yo no pude evitar mirarla. Las tetotas, los piercings brillando con la luz que entraba por la persiana, el coño depilado... Sentí un tirón en la entrepierna. Casi una erección. Hacía tanto tiempo que no follaba, que no consumía nada fuerte, que mi cuerpo empezaba a responder de nuevo. Me quedé quieto, con el porro en la mano.

—¿No te vas a vestir? —le pregunté, intentando sonar normal.

Ella se encogió de hombros, estirándose como un gato.

—Hace mucho calor... y tú ya me has visto desnuda.

Pensé: “Es cierto. La he visto desnuda muchas veces, y en situaciones muy sexuales”. Recordé flashes de Barcelona: fiestas donde todos acabábamos en pelotas, ella riendo, colocada, participando en orgías como si nada. Pero nunca me había excitado así. Supongo que es por la abstinencia. El tiempo sin drogas, sin sexo, me está devolviendo la sensibilidad... y también los problemas.

Nos quedamos los dos allí, fumando el porro en silencio, el humo denso llenando la habitación.

Mientras bajábamos las escaleras hacia la cocina, el calor del verano se hacía más pesado, pero el porro nos tenía en una nube ligera y cómoda. Marta abrió el frigorífico y sacó la botella de vino tinto abierta que mamá había dejado. Sirvió dos copas grandes sin preguntar, y nos sentamos a la mesa con el guiso de patatas y carne.
El vino en frío entraba suave, fresco, y nos abrió aún más el apetito. Di un sorbo largo y me di cuenta de que ya no era el mismo que antes: en mis años locos prefería la cerveza helada, directa y sin complicaciones, pero ahora me gustaba de verdad un buen tinto. El cuerpo, los taninos, ese regusto a fruta madura y madera que se quedaba en la boca. Nos bebimos la botella casi sin darnos cuenta, hablando de tonterías, riéndonos por nada.

Marta miró el fondo vacío y, con una sonrisa traviesa, empezó a cantar bajito esa canción de Estopa sobre el vino que entra fácil. Su voz salió clara, bonita, con ese tono ronco que le quedaba después de la resaca pero que sonaba bien de verdad. Yo no pude resistirme y me uní a ella. A mí no se me da mal cantar, nunca me ha dado vergüenza, y esa tarde, con el vino subiendo y el porro aún flotando, nos salió natural. Cantamos los dos juntos, desafinando un poco al principio pero cogiendo ritmo, riéndonos cada vez que nos mirábamos.

Abrimos otra botella, esta vez del botellero que aún conservábamos de la antigua vida: un Rioja reserva, uno de los pocos lujos que no habíamos vendido. Nos la bebimos igual de rápido, copa tras copa, mientras terminábamos el guiso.

Ya estábamos entonadillos, pero todo bajo control: risas flojas, mejillas calientes, esa calidez agradable que te sube desde el estómago.

De postre, mamá nos había dejado una tarta de “wisky” casera (así lo escribe ella en la nota pegada con celo en el táper: “Tarta de wisky”). Nos miramos cómplices y nos reímos.

—Tu madre no se defiende con el inglés —dijo Marta, sacando el táper.

—Ni con el whisky —añadí yo—. Pero para cocinar sirve.
Sacamos la botella de licor que mamá usa para guisar: el más barato del Lidl, un whisky genérico que sabe a alcohol quemado y caramelo barato. Regamos la tarta con generosas cucharadas. Cada bocado era una bomba: dulce, pegajoso, con ese regusto áspero del licor. Nos comimos la mitad entre risas y comentarios tontos sobre cómo mamá siempre hace postres “de los de antes”.

Cuando terminamos, ya estábamos achispados de verdad. El vino, el porro residual, el licor… todo se acumulaba en una nube agradable. Recogimos los platos, fregamos lo mínimo y cada uno se fue a su cuarto. Yo me tiré en la cama con la intención de echar una buena siesta. Quería despertarme descansado, renovado, con la cabeza clara para seguir estudiando por la tarde. El techo giraba suave, el cuerpo pesado y relajado. Cerré los ojos, respirando profundo.

Pero justo cuando empezaba a dormirme, oí un grito desde el cuarto de Marta. No entendí bien las palabras, solo maldiciones furiosas sobre internet. “¡Joder, maldito internet!”, “¿Dónde coño está?”, “¡No me jodas!”. Sonaba cabreada de verdad, y eso me preocupó. ¿Era algo importante? ¿Problema con el móvil, con el banco, con la oposición? Me incorporé de golpe, el corazón acelerado, y me levanté tambaleándome un poco por el vino. Fui rápido a su habitación, empujando la puerta abierta.

Marta estaba sentada en la cama, con un dildo grande y morado en una mano y el móvil en la otra. Me vio entrar y ni se inmutó. Soltó una risa seca, como si la hubiera pillado en medio de algo tan normal como cepillarse los dientes.

—Joder, Carlos, qué timing —dijo, sin soltar el dildo—. ¿Qué pasa, vienes a ver el espectáculo?

—Tú eres la que ha gritado como si te estuvieran matando —le contesté, apoyándome en el marco de la puerta—. ¿Qué pasa con el internet?
Ella bufó, dejando el móvil boca abajo en la cama y tirando el dildo al cajón de la mesilla sin ceremonia.

—Estoy segura de que tengo paquete de datos para ver algún vídeo porno y hacerme una paja en paz. Pero nada. Ni carga, ni señal decente. Llevo diez minutos intentando y no hay manera.

Se pasó las manos por la cara, frustrada pero sin ningún pudor.

—Necesito desahogarme, joder. La resaca, el porro, el vino… estoy que ardo.

Yo me quedé callado un segundo, procesando. El vino me tenía suelto, pero no tanto como para decir nada raro.

—Vamos a mi cuarto —le dije—. Tengo una app que mide la cobertura de móvil en la zona. A lo mejor vemos si es cosa tuya o de toda la casa.

Ella asintió, todavía un poco cabreada pero dispuesta. Se levantó, se ajustó los pantaloncitos cortos y la camiseta grande, y me siguió por el pasillo hasta mi habitación.

Llegamos a mi cuarto. Cerré la puerta detrás de nosotros por costumbre. El portátil estaba en la mesa, el móvil en el cargador. Encendí la pantalla y abrí la app de cobertura.

La app tardó unos segundos en cargar el mapa de la zona. Cuando apareció, el resultado fue clarísimo: un gran círculo rojo alrededor de nuestra casa, marcado como “zona muerta – sin cobertura de datos”. La explicación salía en letras pequeñas: “Antena principal fuera de servicio por mantenimiento imprevisto. Ningún pueblo de la zona afectado. Restablecimiento estimado: 24-48 horas”.

Los dos nos quedamos mirando la pantalla en silencio. Al mismo tiempo, sin mirarnos, dijimos exactamente lo mismo:

—Qué llegue ya Starlink…

Nos miramos y estallamos en una risa cansada, de esas que salen cuando ya no queda otra.

—¿Qué te pasa? —le pregunté con calma, sin juzgar.

Ella suspiró, se pasó una mano por el pelo tatuado y se sentó de nuevo en la cama.

—Necesito correrme, Carlos. La comida me ha sentado de puta madre, el vino, el porro… pero tengo un nerviosismo interno que me está comiendo viva. Y solo se me va cuando llego al orgasmo. Para eso necesito cierta estimulación externa. Nunca he sido buena haciéndome pajas solo imaginando. Me hace falta ver algo, oír algo, que me ponga a tope.

Me quedé callado, procesando. El vino aún me daba vueltas suaves en la cabeza, pero la conversación se estaba poniendo seria.

—Revisa tu móvil —le dije—. Seguro que tus amigas te han mandado videos guarros con los que inspirarte.

Marta soltó una risa amarga.

—En condiciones normales algo tendría, sí. Pero tuve que resetear el móvil hace dos semanas por un virus de mierda y perdí todas las fotos y vídeos que tenía guardados. Todo limpio. Nada.

Silencio pesado.

—¿Tú tienes algo de porno en el móvil o en el PC? —preguntó ella, directa.

Me puse colorado al instante. No pude evitarlo. Marta se dio cuenta al segundo y sonrió de lado.

—Venga, no me jodas. Sí tienes.

—Es muy personal —murmuré, mirando al suelo—. Son videos de los que en su día vendí por internet… teniendo sexo con mi ex. No quiero que los veas.

Marta insistió, con tono suave al principio.

—Venga, Carlos. Solo para inspirarme. No voy a juzgarte.

—No —dije firme—. No.
Por primera vez en su vida, se enfadó conmigo de verdad. Se levantó de golpe, los ojos encendidos.

—Joder, Carlos. ¿En serio? Después de todo lo que hemos pasado, ¿me vas a negar esto? ¡Eres mi hermano! ¡No seas capullo!

No cedí. Negué con la cabeza.

—No. Son míos. Punto.

Marta bufó, dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo suave pero cargado de rabia. Me quedé solo, con el corazón latiendo fuerte y una culpa rara en el pecho.

Al cabo de cinco minutos volvió. Entró sin llamar, con una bolsita de plástico con zip en la mano. La dejó sobre la mesita del PC y sacó una tarjeta de crédito vieja que usaba para cortar.

Organizó una raya fina, perfecta, en el borde de la mesa. Se inclinó y se esnifó la mitad con un solo tiro limpio. Se enderezó, ojos brillantes, y me miró.

—Esto es lo que no sobró de la fiesta de ayer —dijo, señalando la bolsita—. Todavía debe quedar un gramo. Te lo doy entero si me dejas ver tus videos.

La miré fijamente. La tentación me golpeó como un puñetazo en el estómago. Hacía un año había tenido una pequeña recaída. Nadie se enteró excepto ella. Fui solo a Madrid, a un spa de gays que conocía de los viejos tiempos. Me dejé sodomizar a cambio de un gramo de MDMA. Al final me lo folló todo el spa: uno tras otro, sin parar. Lo disfruté en el momento, el subidón, el abandono total… pero después vinieron unos remordimientos tremendos. Me odié durante semanas. Marta tuvo que ir a buscarme porque no respondía al teléfono. Me encontró en un banco del Retiro, hecho mierda, y me trajo de vuelta sin decir una palabra de reproche. Solo me abrazó en el coche todo el camino.

Ahora me estaba mirando, con la bolsita en la mano y los ojos brillantes por la raya que acababa de meterse.

—No, Marta —dije, con voz ronca—. No voy a volver a caer. Y tú tampoco deberías.

Ella se quedó callada un segundo, evaluándome. Luego dejó la bolsita sobre la mesa, sin insistir más.

—Vale —dijo simplemente—. Pero si cambias de idea, ya sabes dónde está.

Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome solo con el móvil, la app de cobertura aún abierta y un nudo en la garganta que no se iba.

Marta salió de la habitación dando un portazo suave, pero cargado. Me quedé solo, mirando la bolsita con zip sobre la mesita del PC. El gramo de cocaína brillaba bajo la luz tenue del flexo, como si me estuviera llamando. Intenté resistir. Me dije que no, que ya había caído una vez y casi me destruye, que no podía volver a eso, que Marta se iba a enfadar más, que los padres volverían y todo se iría a la mierda otra vez.

Pero la tentación era más fuerte que yo. Siempre lo había sido.

Saqué la llave del bolsillo –la misma que usaba para abrir latas o cualquier mierda en los viejos tiempos–, la metí con cuidado en la bolsita y saqué una pequeña cantidad. La acerqué a la nariz y aspiré con fuerza. Todo entró de golpe: el pinchazo frío en las fosas nasales, el sabor metálico que baja por la garganta, el subidón inmediato que te expande el pecho y te acelera el corazón. Era coca de la buena, pura, limpia, no speed cortado ni mierda de calle. Ni siquiera sabía qué era cuando abrí la bolsita; podía haber sido lo peor y me habría dado igual. Ya había caído.

Me temblaban las manos. Saqué el cajón del escritorio con cuidado, palpando debajo hasta encontrar el trozo de cinta aislante que sujetaba la memoria USB. La arranqué con un tirón seco y la miré un segundo: pequeña, negra, rayada, de hace diez años. Contenía todo lo que había intentado enterrar.

Bajé al salón con la memoria en el puño. La TV gigante seguía allí, hoy en día anticuada, con su marco grueso y botones físicos, recuerdo de viejos y mejores tiempos cuando aún teníamos dinero y no nos importaba nada. Todo en el salón tenía ese aire decadente: sofá de piel gastada pero de buena calidad, mesa baja con marcas de vasos, lámparas de pie que ya no daban tanta luz. Usado de más, pero sólido.

Metí la memoria en el puerto USB lateral de la TV y seleccioné una secuencia aleatoria de videos. Había muchos: unos largos de horas, otros cortos de quince minutos. Todos en alta definición para la época, todos con mi ex y yo, con otros, con todo lo que vendí por internet en aquellos años locos.

Llamé a Marta desde abajo.

—Marta… baja.

Al poco bajó las escaleras con la misma ropa: pantaloncitos cortos y camiseta grande. En la mano llevaba el dildo morado, balanceándolo como si fuera un juguete normal.

—Así que te has decidido —dijo, con una media sonrisa.

—Sí —respondí, con la voz ronca—. Pero si vamos a hacer una fiesta, vamos hasta el fondo. Si quieres que le dé al play, métete otra raya.

Ella se acercó a la mesa baja del salón, donde ya había preparado unas rayas finas con lo que quedaba de la bolsita. Se inclinó y aspiró una con naturalidad, sin ceremonia. Yo hice lo mismo con la otra. El subidón volvió más fuerte, más claro.

Marta se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—Dame la memoria y la veo en mi PC.

—No —dije—. En tu PC no se ve. Es una memoria tan vieja que tiene problemas de compatibilidad. Solo funciona en esta TV porque ambos son de la misma época.

Ella bufó.
—Pues lárgate. Cuando acabe te llevo la memoria.

—Ni de coña me voy. Esa memoria no va a salir de mi alcance visual.

Nos miramos enfadados, pero ya empezábamos a estar colocados. El corazón nos latía rápido, la piel sensible, las pupilas dilatadas.

—¿Cómo lo hacemos entonces? —preguntó ella.

—Te sientas en el sofá y te tocas lo que te tengas que tocar. Yo me siento en esta silla que queda detrás del sofá y así no te veo nada. Cuando me digas, cambio de video.

—Ok, como quieras.

Sin pudor ninguno, se bajó los pantaloncitos hasta los tobillos y se quitó la camiseta por la cabeza. Por unos segundos le vi todo: el cuerpo tatuado, las tetas operadas con piercings, el culo musculado, la entrepierna depilada. Se sentó en el sofá, abrió las piernas y se acomodó.

—Dale al video. A ver qué me seleccionas.

Yo estaba tan nervioso que me acerqué de nuevo a la mesa y me preparé otra raya. Marta me oyó esnifar y se rió.

—¿No invitas?

Me acerqué y dejé la mitad del contenido restante en la mesa. Tuve el pensamiento fugaz de dejarlo todo, de no tocar más, pero las ganas de colocarme me pudieron. Me quedé con la mitad. Oí cómo ella se preparaba una raya y se la esnifaba. Yo seguí metiendo la llave y esnifando de mi bolsita, poco a poco. “Solo un poco más y lo dejo”, me decía, pero no podía parar. De a pocos me estaba metiendo todo.

Por fin le di al play.

El video empezó. Se veía a mí mismo penetrando a una chica en cuatro patas. Los planos eran cercanos: se veía todo, el vaivén, los gemidos, la piel sudada. Alguien más estaba en la habitación filmando; la cámara se movía un poco. Yo no pude evitar empalmarme. La polla se me puso dura casi al instante, presionando contra los pantalones. Me extrañó: llevaba casi medio gramo en las venas, debería estar imposible, pero la situación era tan morbosa, tan prohibida, que el empalme era de campeonato.

En el video, el que filmaba se acercó por detrás y me metió un par de dedos con lubricante en el culo. Luego la imagen se alejó y se notó que ponían la cámara en un trípode. Yo seguía penetrando a la chica, pero ahora entraba en escena una transexual alta, no muy bonita, pero con una polla realmente grande. De una me enculó. Hicimos un trenecito perfecto: yo dentro de ella, la transexual dentro de mí, todos gimiendo.

Bajé los pantalones hasta los tobillos y empecé a masturbarme, lento al principio, sin quitar ojo a la pantalla. El subidón de la coca me tenía la piel ardiendo, los sentidos a mil.

Marta en el sofá ya estaba tocándose, dedos dentro, la otra mano en una teta pellizcando el piercing. No decía nada, solo respiraba fuerte.

Los videos fueron cambiando uno tras otro. Yo tenía el mando en una mano y la otra en mi polla, dura como una piedra desde hacía rato. Los planos se sucedían: tríos, trenecitos, corridas en la cara, anales dobles, todo lo que había grabado y vendido. Los gemidos salían de la TV gigante, llenando el salón decadente con ecos de un pasado que ya no quería recordar pero que ahora me tenía atrapado.

Marta seguía a lo suyo en el sofá, de espaldas a mí. Por los ruidos –gemidos ahogados, respiraciones aceleradas, el sonido húmedo de dedos moviéndose rápido– supe que se había corrido un par de veces. Quizás más. Su cuerpo se tensaba, se relajaba, volvía a tensarse. Pero yo no podía. La erección no se iba, al contrario: estaba tan dura que empezaba a doler, como si la sangre no pudiera circular bien. Llevábamos casi una hora así. La coca ya se había acabado hacía rato; la bolsita estaba vacía sobre la mesa, solo restos de polvo blanco pegados al plástico. El subidón se había convertido en un zumbido constante en la cabeza, pero el orgasmo no llegaba. Nada.

De repente, Marta habló, con la voz ronca y satisfecha:
— Yo ya me he corrido… mogollón de veces. Pero como has tenido la deferencia de no verme masturbarme, yo quiero tener la misma consideración contigo. Así que córrete y dejemos esto.

Me quedé quieto, mano en la polla, mirando la pantalla sin verla realmente.

—No puedo… me falta algo.

—¿Qué te falta? —preguntó ella, sin girarse.

—No lo sé… creo que algo en el culo.

Silencio un segundo. Luego oí cómo se movía en el sofá.

—Si quieres te presto el dildo.

—Sí… por favor.

Me levanté del sillón, me bajé los pantalones del todo y me senté en el sofá donde ella había estado. El cuero aún estaba caliente y húmedo por sus fluidos. Cogí el dildo que me tendía –grande, morado, con venas marcadas– y lo miré un segundo.

—Voy a tumbarme aquí y me lo meto mientras veo los videos.

En esa extraña lucidez que te da el colocón de coca, no quería perder de vista la memoria USB. Estaba clavada en la TV, pero si alguien la quitaba o se perdía… no. Necesitaba la estimulación visual para correrme, pero también necesitaba tenerlo todo bajo control.

—Por favor, Marta… vete a tu cuarto. Te devolveré el dildo limpio.

Ella se levantó despacio, desnuda aún por unos segundos. Noté su silueta moverse, pero cerré los ojos con fuerza. No quería verla. Oí cómo se ponía los pantaloncitos y la camiseta, el roce de la tela, los pasos descalzos por el suelo de madera.

—Gracias, hermano —dijo con voz suave, casi cariñosa—. Me he corrido mogollón de veces. Ahora me ha venido el cansancio y quiero aprovechar para dormir.

Salió del salón sin decir más. Oí sus pasos subir las escaleras y la puerta de su habitación cerrarse.

Me quedé solo.

Me tumbé de mala manera en el sofá, abrí las piernas y de una me metí el dildo. Me hice daño al principio; hacía tiempo que no me entraba nada por ahí y el cuerpo se había cerrado. El dolor fue agudo, pero lo aguanté y seguí empujando hasta que entró entero. Perdí la erección por un momento, la polla se me ablandó un poco con el susto, pero la coca aún me tenía el corazón a mil y el cuerpo hipersensible.

Intenté masturbarme con una mano, cambiar de video con la otra y mover el dildo con la tercera… pero no tenía manos suficientes. El mando se me cayó al suelo, el dildo se me resbalaba, la polla no respondía del todo. Todo era frustración, calor, sudor, el zumbido de la coca en la cabeza.

Y entonces empecé a llorar.

Lágrimas calientes, silenciosas al principio, luego con sollozos que me sacudían el pecho. No era solo por no correrme. Era por todo: por la memoria USB con mi vida rota, por la coca que acababa de meterme otra vez, por haberle pedido el dildo a mi hermana, por el salón decadente que olía a pasado, por mí mismo.

Lloré por la memoria USB que seguía clavada en la TV, reproduciendo mi vergüenza en bucle. Lloré por Marta, que había bajado con el dildo en la mano como si nada, por cómo la había arrastrado indirectamente a su propia espiral. Lloré por mis padres, que se habían ido de vacaciones solos porque ya no aguantaban vernos así. Lloré por mí, por el chaval de 21 que se creía invencible y por el hombre de 31 que seguía cayendo en los mismos agujeros.

El llanto se hizo más fuerte, casi un grito ahogado. Me tapé la boca con el antebrazo para que no se oyera arriba, pero los sollozos seguían saliendo, entrecortados, con mocos y lágrimas que me empapaban la cara y el cuello de la camiseta.

El dildo seguía dentro, la polla en la mano, la TV reproduciendo un video donde me corrían en la cara mientras yo gemía como un animal. Todo era ridículo, patético, triste.

No sé cuánto tiempo estuve así. Minutos, quizás más. Hasta que oí pasos suaves bajando las escaleras otra vez. Marta apareció en el umbral, todavía con los pantaloncitos cortos y la camiseta grande del Boca. Me miró desde arriba, con el pelo revuelto y los ojos un poco hinchados de sueño o de lo que fuera que había hecho antes.

—¿Qué te pasa, caco? —preguntó bajito.

Caco. De niña no sabía decir mi nombre y le salía así: caco. Con los años dejó de usarlo, solo lo sacaba cuando quería ser cariñosa, cuando bajaba todas las defensas. Me llegó directo al pecho, como un abrazo viejo.

Tontamente, entre lágrimas y mocos, le respondí lo primero que me salió:

—No me dan las manos…

Antes de que pudiera decir nada más, le pregunté con voz rota:

—¿Tienes más coca… o lo que sea?

Marta se acercó despacio y se sentó en el brazo del sofá, a mi lado pero sin tocarme.

—Solo marihuana, te lo juro —dijo, con voz suave—. Y perdona por haberte hecho recaer. A veces se me olvida que no tienes límite… que no eres como yo.

Me fastidió ese toque de superioridad, ese “no eres como yo”. Pero en el fondo tenía razón. Ella podía parar, podía controlar. Yo nunca había sabido. Me limpié la cara con la manga y asentí, sin fuerzas para discutir.

Marta siguió, mirándome con preocupación real:

—Puedo ayudarte. Me pongo detrás y así no te veo nada, pero con el mando voy cambiando de video. Porque por lo que veo no te funciona el aleatorio.

Miré la TV. El menú seguía congelado en el mismo video que había dejado antes.

—Efectivamente —murmuré—. No sé qué coño pasa pero el puto aleatorio no funciona, y los videos largos no se ven bien. Un día este USB dejará de funcionar… y será mejor así.

Marta se inclinó un poco, sin invadir mi espacio.

—¿Te ayudo entonces?

—Sí… por favor.

Ella se levantó y se colocó detrás del sofá, de pie, con el mando en la mano. Yo puse las piernas sobre la mesita baja, el cuerpo hundido en el sofá, las rodillas dobladas. Con una mano me masturbaba despacio, intentando recuperar algo de sensibilidad. Con la otra movía el dildo, suave al principio, intentando que no doliera tanto.

Marta pulsó play. El video volvió a empezar, pero esta vez cambió cuando yo se lo pedí. Primero uno corto: yo chupando una polla grande mientras me follaban por detrás. Luego otro: un trenecito con tres transexuales y yo en medio. Ella cambiaba sin preguntar, sin comentar, solo pulsando el botón cuando yo decía “siguiente” o “este no”.

El salón estaba en silencio excepto por los gemidos de la pantalla y mi respiración entrecortada. Marta no decía nada, solo cambiaba de video con paciencia. Yo seguía moviendo el dildo, masturbándome más fuerte, intentando llegar. El dolor del culo se mezclaba con el placer residual de la coca que aún tenía en las venas. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora más lentas, como si el cuerpo estuviera soltando todo lo que había acumulado.

Poco a poco, la erección volvió: no perfecta al principio, pero sólida, caliente, casi dolorosa de lo hinchada que estaba. La masturbaba con la mano derecha, lenta, intentando llegar, pero el orgasmo seguía escapándose. Cada vez que sentía que me acercaba, algo me bloqueaba.

Marta lo notó. Su voz llegó suave desde atrás:

—Caco, te vas a hacer daño. ¿Te traigo lubricante? O algo.

—Sí… por favor —respondí, con la voz ronca y entrecortada.
Se alejó sin hacer ruido. Oí sus pasos descalzos por el pasillo y la escalera. Volvió al cabo de un minuto. Esta vez no se quedó detrás: vino delante del sofá, se puso en cuclillas entre mis piernas abiertas y me miró directamente.

Me vio: el dildo metido hasta el fondo, la polla colorada, en una medio erección patética que subía y bajaba con cada latido. No dijo nada. Solo abrió un bote de crema hidratante que había traído –la típica de bote blanco grande que mamá usa para las manos–, se puso un poco en los dedos y, sin pedir permiso, empezó a extenderla por mis testículos y el perineo.

El contacto fue eléctrico. La crema fría al principio, luego cálida por el roce de sus dedos. Me untaba suave pero firme, masajeando los huevos, bajando por el perineo hasta rozar donde entraba el dildo. Se me puso como una piedra al instante. La polla se endureció del todo, venosa, palpitante, apuntando al techo. Marta seguía cambiando de video con la otra mano, el mando en alto, sin mirar la pantalla, solo mirando mis reacciones.

No sabía si cerrar los ojos o mirar la TV. Los gemidos de los videos seguían sonando, pero ya no importaban tanto como sus dedos.

De repente me dijo, bajito:

—Cierra los ojos. Céntrate en la sensación.

Obedecí. Cerré los ojos fuerte. Noté cómo apartaba mis manos: una de las suyas fue directa a mi polla y empezó a masturbarme, lento pero con ritmo perfecto. Con la otra mano agarró el dildo y empezó a meterlo y sacarlo de mi culo, profundo, constante. El movimiento era experto, preciso. No sabía quién le había enseñado eso, pero en mi cabeza apareció la imagen de su puto ex novio latino, el que la trató como mierda pero que, al parecer, le había enseñado técnicas que ahora usaba conmigo.

El placer subió como una ola. Estaba a punto de correrme cuando noté su aliento caliente muy cerca de mi polla.

—No abras los ojos —susurró.

Y entonces se metió mi polla en la boca. La lengua caliente, los labios cerrándose alrededor, succionando fuerte. Al mismo tiempo sacó el dildo entero y metió dedos –no sé cuántos, porque mi culo estaba tan dilatado que ahí cabía ya cualquier cosa–. Empezó a estimularme el punto G con movimientos circulares, presionando justo donde más lo necesitaba.

Le avisé con voz ahogada:

—Marta… voy a correrme ya…

Ella no retiró la boca. Siguió chupando, más rápido, más profundo. Los dedos seguían dentro, presionando sin parar.

La corrida fue tremenda. Hacía días que no descargaba, y la larga excitación acumulada hizo que saliera un chorro tras otro, grueso, abundante. No sé cuánto, pero sentí cómo llenaba su boca, cómo tragaba sin apartarse. El orgasmo fue intenso, de los que te recorren todo el cuerpo: ondas de placer que empezaban en la polla, subían por los huevos, se extendían al culo y luego por la espalda, los brazos, hasta la punta de los dedos. Gemí fuerte, sin control, el cuerpo temblando en el sofá.

Cuando terminé, ella se apartó despacio. Noté cómo me subía los pantalones con cuidado, limpiándome con la camiseta que se había quitado antes. Oí el sonido de su garganta al tragar lo último.

Abrí los ojos por fin. Marta estaba de pie delante de mí, con la camiseta en la mano, la boca un poco hinchada, pero con una sonrisa tranquila.

—No voy a dejar que ensucies de semen el salón —dijo, encogiéndose de hombros—. Y no hace falta que lo escupa. No engorda… y sé que estás sano.

Nos miramos un segundo. Luego nos pusimos de pie, frente a frente. Sonreímos como si hubiéramos hecho una travesura de niños, de hermanos. Cuando éramos pequeños, Marta siempre me seguía en todo: robaba galletas conmigo, se subía a los árboles, me defendía de los matones del colegio. Me habría seguido al puto infierno si se lo hubiera pedido. Y ahora, después de todo lo que había pasado, seguía aquí.

—Gracias —murmuré.

Ella me dio un beso suave en la mejilla, como cuando éramos críos.

—Duerme un rato, caco. Mañana hablamos.

Se dio la vuelta y subió las escaleras. Yo me quedé en el salón, con los pantalones puestos, el cuerpo agotado pero relajado por primera vez en mucho tiempo. Apagué la TV, saqué la memoria USB y la guardé en el bolsillo.

Me tiré en la cama, cerré los ojos y, por fin, me dormí.

0 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana.