

Liborio subió las escaleras cojeando, su rodilla aún resentida, pero eso no importaba ahora. Su cara estaba roja como un tomate maduro, el corazón latiéndole fuerte en el pecho, y su polla medio dura presionando contra los pantalones manchados de su corrida anterior. El morbo lo consumía: saber que su esposa, esa hembra voluptuosa con tetas como ubres y culo gordo como una invitación a la lujuria, estaba siendo follada por ese chaparro con polla de monstruo en la habitación del bebé. Abrió la puerta del departamento sin hacer ruido, como un ladrón en su propia casa, y el sonido lo golpeó de inmediato: el mete-saca acuoso, chapoteante, como si alguien estuviera removiendo un pistón en un charco de jugos calientes. Provenía de la habitación del bebé, decorada con ositos de peluche azules y móviles colgando del techo, un contraste pervertido con los gemidos ahogados y los golpes de carne contra carne.
Se acercó sigiloso a la puerta semiabierta, su polla endureciéndose por completo al asomarse. Allí estaba la escena morbosa, como sacada de sus fantasías más sucias: Dalila en cuatro patas sobre la alfombra suave del piso, su cuerpo desnudo y sudoroso brillando bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Sus tetas enormes colgaban pesadas, rebotando como melones maduros con cada embestida, pezones oscuros erectos rozando el suelo; su barriga suave temblando, y ese culo gordo, redondo y protuberante alzado en el aire, nalgas separadas mostrando el coño hinchado y chorreante, labios gordos estirados alrededor de la polla negra y venosa de El Tronco. El chaparro, bajo y compacto como un enano pervertido, la montaba por detrás como un perro chihuahua follándose a una perra grande en celo: sus manos agarrando esas caderas carnosas, tirando de ellas para enterrar su troncote descomunal hasta el fondo, bolas grandes golpeando los muslos gruesos de ella con un plaf-plaf húmedo. El condón roto colgaba hecho trizas en la base de su verga, y sin que Dalila lo supiera, chorros de precum ya se mezclaban con sus jugos fértiles, arriesgando un embarazo de ese macho insolente. El aire olía a sexo crudo: sudor, coño mojado y semen preñador.


Dalila gemía como una puta poseída, su voz ronca y alta rompiendo el silencio: “¡Siiii, siii! ¡Estoy enamorada de ti, Tronco! ¡Quiero coger tu enorme polla por siempre! ¡Llévame al altar, mi culo es tuyooo!!!!”. Sus palabras salían entre jadeos, el cuerpo temblando, su coño contrayéndose alrededor de esa verga monstruosa que tocaba paredes internas como el pepino que se había metido días antes, pero mucho más grueso, más vivo, más pervertido. El Tronco empujaba salvaje, gruñendo: “¡Sí, puta fértil! ¡Grita que eres mía, que mi polla te preña mientras meces a tu crío!”. El contraste era deliciosamente morboso: la habitación infantil con paredes azul pastel, juguetes esparcidos, la cuna al lado donde el bebé dormía ajeno a todo, y ellos follando como animales, el chaparro pareciendo un juguete sexual montando una montaña de carne voluptuosa.
Liborio se quedó parado en la puerta, su polla dura como una barra de hierro palpitando en sus pantalones, una gota de precum manchando la tela. El Tronco lo vio de reojo, sus ojos brillando con malicia cornuda, y soltó una risa ronca, gutural, sin detenerse: “¡Mira quién llegó, el cornudo! Únete al show, carnal”. Siguió follándola fuerte, sus caderas chocando contra el culo gordo de Dalila, haciendo que sus nalgas temblaran como gelatina. Dalila, en medio de un gemido, volteó la cabeza sudorosa, sus labios carnosos entreabiertos, y lo vio: sus ojos se abrieron en pánico, vergüenza y un morbo traicionero. “¡Liborio! ¡Dios, no…!”, exclamó, intentando quitarse, empujando hacia atrás para sacar esa polla de su coño, pero su cuerpo la traicionaba –el coño apretaba, no quería soltarla, un chorro de jugos escapando por sus muslos gordos.
Liborio levantó una mano, su voz calmada pero temblorosa de excitación morbosa, la cara aún roja y los ojos clavados en la unión de sus cuerpos: “No te preocupes, amor… continúen follando. Yo cuido al bebé. Mejor vayan a nuestra recámara matrimonial para que estén más cómodos”. Sus palabras colgaban en el aire, pervertidas, como una bendición cornuda. Dalila lo miró confundida, su coño aún palpitando alrededor de la verga de El Tronco, un calor húmedo subiendo por su vientre fértil. “¿Qué…? ¿Liborio, estás loco?”, murmuró, pero el morbo la dominaba –el subidón de ser pillada, de que su marido lo aprobara, la ponía más caliente, como una perra en celo expuesta.
El Tronco no perdió tiempo: sacó su polla con un plop acuoso, chorros de jugos mixtos goteando al piso, y la tomó de la mano como un macho posesivo. “Vamos, reina voluptuosa… tu cornudo nos da permiso”. Dalila, confundida pero ardiendo por dentro –su coño hinchado, sensible por los días fértiles, rogando por más–, se dejó llevar, caminando desnuda por el pasillo, tetas rebotando pesadas, culo meneándose, un hilo de humedad resbalando por sus muslos internos. Entraron a la recámara matrimonial, la cama grande con sábanas revueltas donde Liborio y ella solían follar –ahora profanada por este intruso chaparro.
Allí, El Tronco la empujó a la cama con rudeza amorosa, su polla monstruosa erecta, venas palpitantes, bolas cargadas listas para preñar. Empezó follándola en misionero perverso: ella abierta de piernas, muslos gruesos envolviéndolo, sus tetas aplastadas contra su pecho peludo mientras empujaba profundo, golpeando su útero desprotegido. “¡Toma, puta casada! ¡Siente mi troncote en tu cama de cornuda!”, gruñía, besándola con lengua babosa, bigote rozando sus labios carnosos. Dalila gemía fuerte, alto, los sonidos rebotando en las paredes: “¡Ahhh, sí, chaparro! ¡Me rompes el coño con esa verga negra!”. Cambiaron a vaquera invertida: ella montándolo, su culo gordo alzado, nalgas rebotando sobre sus caderas bajas, la polla desapareciendo en su coño chorreante mientras pellizcaba sus propios pezones, tirando de ellos como una puta lactante. El contraste morboso: ella alta y voluptuosa cabalgando a ese enano con polla de gigante, como si lo estuviera usando como un dildo vivo.
Luego, la empinó de nuevo, follándola en doggy style salvaje: azotando ese culo carnoso con palmadas que dejaban marcas rojas, tirando de su cabello mientras empujaba, sus bolas golpeando su clítoris hinchado. “¡Grita que me amas, que quieres mi semen en tu barriga!”, ordenaba. Dalila obedecía, gemidos ensordecedores: “¡Te amo, Tronco! ¡Preña mi coño fértil, hazme tu puta casada!”. El aire de la habitación olía a sexo puro: sudor, jugos y precum, la cama crujiendo bajo sus embestidas.
Liborio, mientras, había dormido al bebé con una nana suave, meciendo la cuna mientras su polla se endurecía de nuevo al oír los gemidos lejanos. Entró a la recámara sigiloso, sentándose en una silla al rincón, sacando su polla pequeña y dura, masturbándose lento al ver la escena: su esposa siendo follada como una hembra en varias posiciones perversas, el chaparro dominándola con esa verga descomunal, chorros de squirt saliendo de su coño cada vez que se corría. “¡Sí, amor… goza con tu macho!”, murmuraba Liborio, su mano subiendo y bajando, corriéndose de nuevo en un chorro patético sobre su mano, el morbo de cornudo consumiéndolo entero. El Tronco lo miró y rio: “Mira, carnal… así se folla a tu hembra gorda”. Dalila, perdida en el placer, solo gemía más fuerte, su cuerpo temblando en otro orgasmo, arriesgando todo por ese deseo prohibido.
El Tronco aceleró el ritmo en la cama matrimonial, esa misma cama donde Liborio y Dalila habían concebido a su bebé, ahora convertida en altar de profanación. Dalila estaba en posición de perrito profundo, las rodillas hundidas en el colchón, el culo gordo alzado como ofrenda, nalgas carnosas temblando con cada embestida salvaje. El chaparro, con sus manos cortas pero fuertes clavadas en las caderas anchas de ella, empujaba como un animal en celo, la polla negra y venosa desapareciendo por completo dentro del coño fértil y empapado. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, carne golpeando carne, los huevos pesados de él azotando contra el clítoris hinchado de ella.
“¡Me voy a correr dentro, reina! ¡Te voy a preñar en la cama de tu cornudo!”, gruñó El Tronco con voz ronca, el sudor corriendo por su pecho peludo.
Dalila, perdida en el placer, arqueó la espalda y gritó:
“¡Sí, mi macho! ¡Lléname! ¡Llena este coño casado con tu semen caliente! ¡Quiero sentirlo chorreando hasta el útero!”.
Liborio, sentado en la silla del rincón, se masturbaba con furia contenida. Su polla pequeña goteaba precum sobre su mano, pero no se atrevía a interrumpir. Veía cómo la verga monstruosa de El Tronco entraba y salía del coño de su esposa, estirándolo obscenamente, los labios gordos rojos y abiertos como una flor carnívora. El chaparro dio un último empujón brutal, enterrándose hasta la raíz, y soltó un rugido gutural.
“¡Toma, puta! ¡Todo para ti!”.
Dalila sintió los chorros potentes: uno, dos, tres… cuatro… cinco chorros gruesos y calientes disparando directo contra su cérvix, inundando su interior. Su coño se contrajo en espasmos violentos, ordeñando cada gota, un squirt traicionero saliendo en chorros que empaparon las sábanas y las bolas del chaparro. “¡Ahhhhhh… sí… me estás preñando… lo siento dentro… tan caliente… tan espeso…!”. El orgasmo la dejó temblando, las piernas flojas, el cuerpo convulsionando mientras el semen de su amante se acumulaba en su matriz fértil.
El Tronco se quedó dentro, sin prisa por salir. Se inclinó sobre la espalda sudorosa de Dalila, besándole el cuello mientras su polla aún palpitaba, soltando los últimos restos. Ella se dejó caer de lado, exhausta, y él la siguió, quedándose pegado a su espalda como una cuchara posesiva. La verga, aún semi-dura y goteante, seguía dentro del coño, manteniendo el semen bien adentro. Dalila suspiró, rodeó con un brazo al chaparro y lo abrazó fuerte, ignorando por completo a su esposo.
Liborio los observaba fijamente, respirando agitado, la mano todavía en su polla que ya se ablandaba. Dalila, con voz ronca y satisfecha, le habló al Tronco sin siquiera mirar a Liborio:
“Mi amor… tengo que hablar con él. Espérame un momento”.
Se separó con cuidado, soltando un gemido cuando la polla salió con un plop húmedo. Un hilo espeso de semen blanco y cremoso brotó inmediatamente de su coño abierto, resbalando por sus muslos gordos y cayendo en las sábanas. Se levantó temblorosa, el cuerpo brillando de sudor y jugos, y caminó desnuda hacia la puerta, dejando un rastro de semen en el piso.
El Tronco se vistió con calma, subiéndose los pants Adidas, el bulto todavía impresionante. Dalila lo acompañó hasta la puerta del departamento, aún con el coño chorreando. Antes de abrir, lo besó profundo, lengua con lengua, una mano acariciando su paquete.
“Gracias por devolverme la luz… en los dos sentidos, chaparro pervertido”, susurró ella con una sonrisa lasciva.
Él sonrió, le pellizcó un pezón y subió el switch del cuadro eléctrico. Las luces del departamento volvieron de golpe. El Tronco guiñó un ojo:
“Cuando quieras, reina. Tu coño ya tiene dueño”.
Cerró la puerta. Dalila se quedó un segundo ahí, apoyada en la madera, sintiendo el semen caliente deslizarse por sus piernas. Luego caminó hacia Liborio, que seguía sentado, con la cara roja y los ojos vidriosos.
Se paró frente a él, desnuda, con las tetas pesadas subiendo y bajando, el coño hinchado y goteando semen ajeno. Lo miró con una mezcla de ternura y desprecio morboso.
“Liborio… esto es lo mejor que nos ha pasado. Mira cómo me ha follado. Mira cómo me ha llenado. Nuestro matrimonio estaba apagado… y ahora volvió la luz. La luz de verdad. El Tronco me hace sentir mujer de nuevo. Y tú… tú eres perfecto así. Como cornudo servicial”.
Liborio tragó saliva, la polla volviéndose a endurecer.
“Sí, amor… lo sé. Quiero verte feliz. Quiero que él te folle cuando quieras. Yo cuido al bebé. Yo limpio después. Yo… yo soy tu cornudo”.
Dalila sonrió, se acercó y le dio un beso suave en la frente, como a un niño.
“Entonces está decidido. Cada vez que queramos… él vendrá aquí. A nuestra cama. Mientras tú cuidas al bebé o lo duermes. Y yo me corro gritando su nombre. ¿Te gusta la idea?”
“Me encanta”, murmuró Liborio, masturbándose lento otra vez.
Pasaron los meses. El Tronco se convirtió en visitante habitual. Venía casi todas las noches, follaba a Dalila en la cama matrimonial, la preñaba una y otra vez (el vientre de ella empezó a crecer con el hijo del chaparro), y Liborio los servía: traía agua, cambiaba al bebé, limpiaba el semen que chorreaba por las piernas de su esposa cuando terminaban.
Y llegó el día que habían planeado durante semanas: la boda morbosa.
La habitación matrimonial fue decorada con luces tenues, velas negras y pétalos rojos esparcidos en la cama. Dalila se vistió como una novia pervertida: un conjunto de encaje blanco translúcido que apenas cubría nada. El corpiño apretaba sus tetas enormes, dejando los pezones oscuros visibles a través del tejido; la tanga diminuta de encaje blanco se hundía entre sus nalgas gordas; llevaba ligueros blancos con medias traslúcidas que subían hasta los muslos carnosos, tacones altos que hacían que su culo se alzara aún más provocativo. En la cabeza: un velo corto de novia, y en la mano: un ramo de rosas rojas. Se miró al espejo y se mordió el labio: parecía una puta nupcial lista para ser entregada.
El Tronco entró vestido solo con un speedo negro ajustado y un moño de smoking rojo en el cuello. Su polla monstruosa se marcaba obscenamente, el bulto enorme tensando la tela, la cabeza gruesa casi asomando por la cintura. Parecía un stripper de bodas prohibidas.


Liborio, el “sacerdote” de la ceremonia, llevaba una sotana negra improvisada… y debajo, una jaula de castidad de metal que encerraba su polla pequeña. Las llaves colgaban del cuello de El Tronco como trofeo.
La “ceremonia” fue breve y sucia. Liborio, con voz temblorosa, leyó votos pervertidos:
“Do you, Dalila, tomar a El Tronco como tu macho alfa, tu dueño de coño y culo, para que te folle cuando quiera, te preñe cuantas veces quiera, y te convierta en su puta esposa mientras tu cornudo esposo mira y sirve?”
Dalila, mirándolo con ojos brillantes:
“Sí, lo acepto. Mi coño y mi culo son suyos”.
Liborio se volvió a El Tronco:
“Y tú, El Tronco, ¿tomas a esta hembra voluptuosa como tu mujer, para follarla en la cama matrimonial, preñarla y humillar a su cornudo cada vez que quieras?”
“Sí, la tomo. Y voy a empezar ahora mismo”.
Entonces llegó el momento: la “primera noche de casados” en la misma ceremonia.
Dalila se arrodilló en la cama, el velo aún puesto, el culo alzado hacia su nuevo “esposo”. El Tronco se bajó el speedo, liberando la polla negra y venosa, dura como piedra. Liborio, con la jaula apretándole los huevos, se sentó en la silla, mirando fijamente.
El Tronco untó lubricante en su verga y en el agujero virgen del culo de Dalila –ese agujero rosado y apretado que ni siquiera Liborio había tocado jamás.
“Este culo nunca fue tuyo, cornudo. Hoy se casa conmigo también”, dijo mirando a Liborio con una sonrisa cruel.
Dalila gimió cuando la cabeza gruesa empezó a presionar. “¡Despacio, mi amor… es virgen…!”. El Tronco empujó centímetro a centímetro, abriendo el esfínter apretado, estirando el ano virgen hasta que las bolas tocaron las nalgas gordas. Dalila gritó de placer y dolor mezclado:
“¡Ahhhh… me estás rompiendo el culo… sí… mételo todo, esposo mío!”.
El Tronco empezó a bombear lento, luego rápido, follándole el culo con fuerza mientras Dalila gemía como una perra en celo. El velo se le cayó sobre la cara, las tetas rebotaban, el ramo quedó olvidado en la cama. Liborio se masturbaba dentro de la jaula, gimiendo de frustración y excitación, viendo cómo su esposa entregaba su último orificio al macho que ahora era su marido.
Cuando El Tronco se corrió dentro del culo virgen, chorros calientes llenando el intestino de Dalila, ella se corrió también, el coño chorreando sin ser tocado, mientras gritaba:
“¡Te amo, Tronco! ¡Soy tu mujer! ¡Mi culo y mi coño son tuyos para siempre!”.
Liborio, humillado y feliz, se acercó gateando y limpió con la lengua el semen que salía del culo recién desvirgado de su esposa, mientras ella y su nuevo marido se besaban profundamente en la cama matrimonial.
Dalila era ahora la mujer del Tronco.
Liborio era el cornudo testigo perfecto: sirviente, cuidador de bebé, limpiador de semen y espectador eterno de la lujuria de su esposa.
Y la luz… nunca más se apagó en esa casa.
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