Tras continuar besuqueándonos durante un rato más, ella me pregunto si quería ir a más. Asentí, todavía un poco impresionado por lo que había sucedido.
Algo nervioso me recosté en la cama, ella ávidamente se puso a mi costado besando mi cuello y boca, comenzó a desabotonar mi camisa celeste, la cual estaba perdida de manchas de todo tipo, hasta que finalmente me la quitó. Otra vez su mirada, esa camisa era un trofeo de guerra para ella, la prueba tangible de que me había vencido. La prueba de una chica trans jovencita usando tan solo sus armas de mujer y su confianza había sido capaz de doblegar a un heterosexual varios años más mayor que ella.
Estaba orgullosa de logro, se sabía fuerte en su sexualidad y en esa habitación, ella tenía todo el poder, ganado a pulso a base de puro erotismo.
Tras guardar su trofeo, no recuperé nunca esa camisa, volvió a acurrucarse a mi lado mientras besada, lamia y chupaba todo mi cuerpo desnudo. La luz de la tarde se filtraba a través de las ventanas su cuerpo color canela resplandecía.
Me invitó a usar mi dedos y vaselina para dilatar su ano, no fue necesario estimularlo mucho para que cediera. Todo esto mientras me masturbaba y me decía aun te tocas guarradas al oído que me ponían muy cachondo, cuando estuvimos listo me pregunto si quería penetrarla.
Claro que quería. Me dispuse a levantarme para indicarle que se pusiera de perrito, se negó en rotundo, voy a cabalgarte respondió, serena, segura de sí misma, no era una negociación ni nada similar, ya había decidido que quería hacer conmigo aquella tarde. Con firmeza pero con amor, como una madre que corrige aún hijo revoltoso, me indicó que me volviera a tumbar boca arriba.
Rápidamente, se colocó sobre mi miembro e introdujo, primero sólo el hongo, para luego continuar con el resto del pene. El inicio del coito fue plácido, muy despacio ajustando el acople de nuestros cuerpos, para poco a poco ir incrementando el ritmo, en esta face nuestros cuerpos formaban un L ella estaba encima disfrutando de su poder sobre mí, usándome para su propio placer.
Llegando un momento decidió inclinarse hacia mi, sin dejar salir mi pene de su culo, acercó sus labios a mi oído y me dijo que me iba a volver loco; acto segudo manteniéndose en esa pose y besándome empieza a incrementar bruscamente la velocidad. Nuestros cuerpos perfectamente sincronizados se encontraban en lo que Shakespeare denominó la bestia de las dos espaldas, un frenesí de sexo que deformó mi percepción del tiempo. Realmente, me estaba volviendo loco de placer aquella chica que apenas acababa de conocer.
Mis manos acertaban a nalguearla duramente, a lo que mi compañera respondía con gemidos y variando la velocidad de su cuerpo. Todo así hasta que exhausto fui derrotado de nuevo, eyaculé varias veces en el interior de mi compañera. Ya con mi pene medio flácido, recuperó ella la verticalidad y en un alarde de superioridad comenzó a mover sus caderas lentamente aun con mi pene en su ano, hondonadas de placer inundaban mi sistema nervioso. De nuevo ella había salido victorias a al verme absolutamente rendido a ella.
Su mirada cada vez más felina, expresaba una satisfacción inmensa, su ego y confianza seguían creciendo a cada momento que compartíamos juntos.
Al terminar esta sesión de sexo estábamos exhaustos ambos, cubiertos de sudor. Le propuse ir a la ducha, aceptó y cuando se disponía a acceder al baño volvió a lanzarme otra mirada abrumadora, todavía no había acabado su plan para/conmigo.
Algo nervioso me recosté en la cama, ella ávidamente se puso a mi costado besando mi cuello y boca, comenzó a desabotonar mi camisa celeste, la cual estaba perdida de manchas de todo tipo, hasta que finalmente me la quitó. Otra vez su mirada, esa camisa era un trofeo de guerra para ella, la prueba tangible de que me había vencido. La prueba de una chica trans jovencita usando tan solo sus armas de mujer y su confianza había sido capaz de doblegar a un heterosexual varios años más mayor que ella.
Estaba orgullosa de logro, se sabía fuerte en su sexualidad y en esa habitación, ella tenía todo el poder, ganado a pulso a base de puro erotismo.
Tras guardar su trofeo, no recuperé nunca esa camisa, volvió a acurrucarse a mi lado mientras besada, lamia y chupaba todo mi cuerpo desnudo. La luz de la tarde se filtraba a través de las ventanas su cuerpo color canela resplandecía.
Me invitó a usar mi dedos y vaselina para dilatar su ano, no fue necesario estimularlo mucho para que cediera. Todo esto mientras me masturbaba y me decía aun te tocas guarradas al oído que me ponían muy cachondo, cuando estuvimos listo me pregunto si quería penetrarla.
Claro que quería. Me dispuse a levantarme para indicarle que se pusiera de perrito, se negó en rotundo, voy a cabalgarte respondió, serena, segura de sí misma, no era una negociación ni nada similar, ya había decidido que quería hacer conmigo aquella tarde. Con firmeza pero con amor, como una madre que corrige aún hijo revoltoso, me indicó que me volviera a tumbar boca arriba.
Rápidamente, se colocó sobre mi miembro e introdujo, primero sólo el hongo, para luego continuar con el resto del pene. El inicio del coito fue plácido, muy despacio ajustando el acople de nuestros cuerpos, para poco a poco ir incrementando el ritmo, en esta face nuestros cuerpos formaban un L ella estaba encima disfrutando de su poder sobre mí, usándome para su propio placer.
Llegando un momento decidió inclinarse hacia mi, sin dejar salir mi pene de su culo, acercó sus labios a mi oído y me dijo que me iba a volver loco; acto segudo manteniéndose en esa pose y besándome empieza a incrementar bruscamente la velocidad. Nuestros cuerpos perfectamente sincronizados se encontraban en lo que Shakespeare denominó la bestia de las dos espaldas, un frenesí de sexo que deformó mi percepción del tiempo. Realmente, me estaba volviendo loco de placer aquella chica que apenas acababa de conocer.
Mis manos acertaban a nalguearla duramente, a lo que mi compañera respondía con gemidos y variando la velocidad de su cuerpo. Todo así hasta que exhausto fui derrotado de nuevo, eyaculé varias veces en el interior de mi compañera. Ya con mi pene medio flácido, recuperó ella la verticalidad y en un alarde de superioridad comenzó a mover sus caderas lentamente aun con mi pene en su ano, hondonadas de placer inundaban mi sistema nervioso. De nuevo ella había salido victorias a al verme absolutamente rendido a ella.
Su mirada cada vez más felina, expresaba una satisfacción inmensa, su ego y confianza seguían creciendo a cada momento que compartíamos juntos.
Al terminar esta sesión de sexo estábamos exhaustos ambos, cubiertos de sudor. Le propuse ir a la ducha, aceptó y cuando se disponía a acceder al baño volvió a lanzarme otra mirada abrumadora, todavía no había acabado su plan para/conmigo.
0 comentarios - Niñata trans 2