
Don Fernando llevaba semanas postrado, con el cuerpo cansado y el ánimo a medias. A sus más de 70 años, la enfermedad lo habÃa obligado a aceptar ayuda, algo que siempre le costó. Su hija hacÃa lo imposible, pero el trabajo no esperaba, y cuidar a su padre demandaba más tiempo del que podÃa ofrecer.
Fue asà como pensó en Mara, la vecina del frente. TenÃa 39 años, una presencia serena y una forma de moverse por la vida que inspiraba confianza. Aceptó ayudar sin dudar: preparar las comidas, recordar los medicamentos, acompañarlo en las rutinas diarias.

Desde el primer dÃa, Don Fernando notó algo distinto. No era solo la juventud de Mara, sino su calidez. No lo trataba como a un anciano frágil, sino como a un hombre que atravesaba una etapa difÃcil.
Una mañana, mientras lo asistÃa con el aseo, el baño se llenó de vapor y silencio. Mara se movÃa con profesionalismo, lavando sus genitales, cuidando cada gesto,. Don Fernando, con una picardÃa que aún le brillaba en los ojos, dejó una mano en su nalga un segundo más de lo debido, casi acariciándola.
—Don Fernando… —lo reprendió ella con suavidad—. Ya no está para esas cosas. Concéntrese en recuperarse.
Él sonrió, acercándose lo justo para que su voz fuera un susurro.
—Ayúdeme una vez hermosa mujer —pidió—. Solo a sentirme vivo. Quiero volver a estar con una mujer hermosa como usted.
Mara se quedó quieta, sorprendida, pero no ofendida. Retiró con calma su mano y lo miró con atención.
—Veré qué puedo hacer —respondió, sin prometer nada, sin cerrar la puerta del todo.
Al dÃa siguiente regresó con una pequeña bolsita de hierbas y un frasco oscuro que contenia algunas pastillas de color azul.
—Es algo natural —explicó mientras preparaba una infusión—. Para el ánimo… y la vitalidad.
Don Fernando observó la taza humeante como si fuera un tesoro antiguo y se lo bebio junto con la pastilla. Tal vez no sabÃa qué despertarÃa ese gesto, pero sà entendÃa una cosa: no todas las ayudas curan el cuerpo… algunas, simplemente, le recuerdan al corazón que aún late.
—No basta con tomar la medicina —le explicó ella con calma—. A veces también hace falta… estimulación.
—Tómelo con calma —añadió ella.

Entonces, sin dramatismos, Mara dejó caer la ropa con naturalidad, desnudandose como si el gesto fuera parte de un ritual antiguo. La escena le arrancó a Don Fernando un suspiro largo, profundo, seguido de una sonrisa inevitable.
—Mara… estás hecha un monumento —murmuró
—. Cómo quisiera ser jardinero para cuidar esa flor de concha.
Ella soltó una risa pÃcara, auténtica.
—Relájese, Don Fernando —le dijo—. ConfÃe.
Se acercó despacio, con manos seguras, empezó a acariciarle los testiculos, y su pija dormida, despertando en él una energÃa que creÃa olvidada. No hubo apuro, solo guÃa paciente, palabras suaves, un ritmo pensado para acompañarlo, no para exigirle nada. Cuando su pija comenzó a endurecerse en sus manos, le dijo:
—Tranquilo, ya hizo efecto —susurró—. Yo lo guÃo.
Mara se acomodó, guiándo su pija, al interior de su vagina, marcando el compás con suavidad, Don Fernando acariciándole las tetas, la cintura y las nalgas , hasta que Don Fernando le dijo — Mara, que rica concha tienes.Â
— Usted también tiene una rica pija, don Lázaro, cabalgándolo con más intensidad, hasta que el le llenó la concha, dejando escapar todo lo que habÃa contenido: cansancio, deseo, vida. Cuando ella se aquietó, él la rodeó con los brazos, como quien abraza algo valioso.
Ella apoyó la cabeza en su pecho un instante, escuchando ese corazón que seguÃa latiendo con fuerza inesperada.
El remedio habÃa funcionado, sÃ.
Pero no solo en el cuerpo.

Mara permaneció un instante más entre sus brazos, escuchando su respiración ya tranquila. Con una sonrisa cómplice, levantó el rostro y le habló casi en secreto.
—Don Fernando… —susurró—. Parece que todavÃa tiene el pene duró. ¿Quiere probar otra vez?
Él soltó una risa baja, cargada de orgullo recuperado.
—Claro que sà —respondió—. Haré todo lo que haga falta para complacerla.
Mara lo miró con aprobación. Luego, con un movimiento suave pero decidido, lo invitó a girarse y se acomodó de modo que ahora fuera él quien quedara arriba, dándole espacio, confianza, el control que tanto le habÃa faltado durante su convalecencia.
—Despacio —le indicó—. Marque su propio ritmo.
Don Fernando apoyó las manos con firmeza, embistiendo su concha a un compás sereno, como quien vuelve a caminar sin bastón. Su presencia se volvió más segura, más entera. Mara lo acompañó con miradas, suspiros y jadeos, celebrando cada gesto, cada avance.
Cuando volvió a llenarla, ella lo rodeó una vez más, apoyando la mejilla en su hombro.
—¿Ve? —dijo, satisfecha—. A veces solo hacÃa falta creer un poco más en usted.
Don Fernando cerró los ojos, sonriendo. No era solo el remedio. Era la complicidad, el cuidado… y esa sensación inconfundible de seguir estando vivo.

Don Fernando amaneció con un ánimo distinto, casi juvenil. La vitalidad parecÃa haberle vuelto al cuerpo y al carácter. Cuando Mara llegó con los medicamentos, él la miró con esa chispa traviesa que ya no intentaba ocultar.
—¿No crees que hoy me vendrÃa bien un poco más de esa medicina? —preguntó, fingiendo inocencia.
Mara negó con la cabeza, divertida.
—No se debe abusar —respondió—. Eso no es diario, Don Fernando. Hay que saber esperar.
Él suspiró exageradamente, como un niño al que le niegan un capricho.
—Entonces me portaré bien —dijo—. DÃme qué tengo que hacer.
Mara lo pensó un segundo y sonrió.
—Si se porta bien… me baño con usted.
El vapor comenzó a llenar el cuarto poco después. El agua tibia caÃa constante, envolviéndolos en una intimidad tranquila. Don Fernando, más seguro de sus movimientos, tomó el jabón y se ofreció a ayudarla también.
—Ahora me toca cuidar a mà —dijo con orgullo sereno.
Sus manos recorrieron con atención, como quien riega una planta valiosa, deteniéndose a enjabonarle las tetas, la vagina, manoseandola disfrutando del momento sin prisa. Mara cerró los ojos, gimiendo, dejándose acompañar, sonriendo.
—Va muy bien —comentó ella—. Excelente comportamiento.
Don Fernando rió bajo, satisfecho, mientras el agua seguÃa cayendo sobre ambos. No habÃa urgencia ni exceso, solo complicidad, cuidado mutuo y esa sensación compartida de estar disfrutando algo que no se fuerza, que simplemente sucede.
El baño terminó entre miradas largas y silencios cómodos. La medicina podÃa esperar. Aquella cercanÃa, en cambio, era un remedio inmediato.
Mientras Mara cocinaba, el aroma de la comida llenaba la casa con una calma engañosa. Don Fernando, inquieto, habÃa encontrado las pastillas y, llevado por el entusiasmo, tomó una a escondidas. No tardó en sentir ese calor conocido recorriéndole el cuerpo, despertándole la pija una urgencia torpe.
Fue hasta la cocina con pasos inseguros.
—Mara… ayúdame —dijo en voz baja—. Creo que me equivoqué de pastilla.
Ella se giró de inmediato. Antes de que pudiera reaccionar, Don Fernando la sostuvo desde atrás, buscando apoyo más que dominio. Mara percibió su dureza rozándole las nalgas, mientras el le manoseaba las tetas.
— Tranquilo Don Fernando, le dijo mientras le bajaba el pantalon y lo masturbaba, luego se levantó el vestido para que el pudiera tomarla por atrás.
—. Perdón Mara, querÃa sentir otra vez esta concha tuya, cogiendola desde atrás, golpendola como podÃa. Una vez que logro terminarle adentro Mara se acomodó el vestidoÂ
y lo ayudó a incorporarse.

Con paciencia, Mara lo acompañó fuera de la cocina y lo llevó a la habitación, acomodándolo con cuidado, como habÃa aprendido a hacerlo.
—No me dejes —pidió él, con una vulnerabilidad nueva.
Ella le acomodó la almohada y le acarició la frente.
—Iré a ver la comida —respondió—. Luego regreso… y vemos cómo seguimos con calma.
Don Fernando, con el corazón acelerado por la anticipación, tomó otra pastilla convencido de que aún podÃa regalarse un momento más de plenitud. Cuando Mara regresó, lo encontró distinto: la mirada encendida, la respiración profunda y la pija apuntando al techo.
—¿Otra vez, Don Fernando? —preguntó con una mezcla de sorpresa y ternura.
Él la miró con una sinceridad que no necesitaba adornos.
—Eres tu… —dijo—. Eres tu quien me pone el pene asà de duró.
Mara suspiró, como aceptando una verdad inevitable.
—Entonces le ayudaré —respondió.
Se despojó del vestido con calma, quedando desnuda frente a él. Don Fernando se incorporó con una determinación que no habÃa mostrado en semanas.
— Es hora de que te coja como merecés —murmuró—..
Ella sonrió, dejando que el se suba encima enterrandole la pija en la concha, bombeandola como no lo habÃa hecho antes, haciéndola gemir y estremecerse.

— Eres una mujer muy hermosa, con una rica concha, le dijo. Mientras la embestia con ganas.
— Solo una mujer caliente por usted. —contestó.
Lo guió, lo giró con suavidad, acomodándose sobre él para marcar un ritmo intenso y envolvente, dejándose llevar por el placer, lo cabalgo más intenso, su concha apretandole la pija, sus tetas rebotando, en un vaivén donde el tiempo pareció disolverse. Don Fernando cerró los ojos, aferrado a su cintura y dejó escapar un gemido profundo, pronunciando su nombre, Maraaa...Â

Mara cayó sobre su pecho, jadeando escuchando su respiración… que poco a poco se aquietó. Cuando levantó el rostro, lo vio: Don Fernando se habÃa ido, con una sonrisa en los labios, como quien se duerme después de un buen dÃa.
Más tarde llegó la hija. Mara la recibió con los ojos húmedos, pero en calma.
—Se fue dormido —dijo ella—. Tranquilo. Con una sonrisa.
La hija la abrazó, agradecida.
—Gracias por cuidarlo —susurró—. Se notaba que estaba en paz.
Mara asintió, con una chispa pÃcara y tierna a la vez.
—Disfrutó sus últimos dÃas —respondió—. Eso es lo que importa.
Y mientras la casa quedaba en silencio, Mara entendió que no todas las despedidas son tristes. Algunas son el cierre perfecto de una vida que, hasta el final, supo sentirse viva.

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