


Era una de esas noches calurosas en que Vianna se quedó a dormir en casa después de una salida con mi hermana y otras amigas. Mi hermana se durmió temprano como siempre, pero Vianna... de 24 años, esa cubanita de 1.58 con ese culo descomunal que parecía desafiar la gravedad, se quedó dando vueltas por la casa con una camisita corta y unos shorts que apenas le cubrían la mitad de esas nalgas redondas y firmes.
Yo con 19 años, ya tenía el plan en la cabeza desde que la vi llegar con esas chanclas gastadas que usaba para estar en casa. Dejé la puerta de mi cuarto entreabierta, como si nada, la luz de la lámpara encendida, y me puse a "dormir" en bóxer, con la verga ya medio dura solo de imaginarla pasando por el pasillo rumbo al baño.
Pasaron como veinte minutos cuando escuché sus pasitos descalzos. Se detuvo justo en la rendija de la puerta. No entró, pero tampoco siguió caminando. Me hice el dormido un rato, respirando profundo, y luego empecé a mover la mano despacio por encima del bóxer, marcando bien el bulto. Bajé la tela poco a poco hasta sacarme la verga entera, gruesa, venosa, ya mojada de lo cachondo que estaba. La agarré fuerte y empecé a pajearme lento, con ruido, dejando que el cuero se deslizara entre mis dedos.
—Coño… qué grande la tienes, cabrón… —susurró ella desde el marco de la puerta, con esa voz ronca de cubana.
No respondí. Solo seguí, más rápido, mirándola de reojo. Ella se mordió el labio y metió una mano dentro de sus shorts. Se tocaba el coño mientras me veía, respirando agitada.
—Te gusta mirarme, ¿verdad, Vianna? —le dije sin parar el movimiento.
—Callate, cabron… me estás poniendo caliente… mira cómo me tienes la tanguita mojada.
Se acercó dos pasos, entró al cuarto y cerró la puerta con el pie, pero sin hacer ruido. Se paró al lado de la cama, mirándome fijo la verga.
—Ven, quítate las chanclas… quiero sentir esos piecitos cubanos —le ordené en voz baja.
Se rió bajito, se las quitó y se subió a la cama de rodillas. Sus pies eran chiquitos, talla 35-36, pero con las uñas pintadas de rojo y un olor fuerte a sudor del día entero, a cuero de chancla, a piel caliente. Me los puso uno a cada lado de la verga.
—Te gustan mis piecitos sudados, ¿eh? Huelen a hembra de verdad, no a vainilla barata —dijo mientras empezaba a frotármela con las plantas, apretando los dedos contra el glande.
Joder, qué rico se sentía. Los piececitos resbalosos por el sudor, el olor subiendo directo a la nariz, ella moviendo los tobillos como experta. Me pajeaba con los pies mientras se tocaba el clítoris con una mano y con la otra se jalaba un pezón por encima de la camisita.
—Ay, papi… qué rica pinga… mira cómo te la estoy ordeñando con mis patitas…
—Sigue así, coño… no pares… —gemí.
Estuvo un buen rato así, hasta que se me empezó a hinchar más y ella se dio cuenta de que iba a acabar pronto.
—Para, para… no quiero que me lo tires encima todavía —dijo jadeando—. Ven… quiero que me des por el culo, pero rapidito, no uses mi vagina mi novio mañana me va a querer meterla y no quiero que note nada raro.
Se puso en cuatro, y con las dos manos se abrió las nalgas ella misma. Su culote es enorme y su ano era espectacular. El olor a culo caliente y hembra se llenó el cuarto al instante.
—Métemela despacito primero… pero después dale duro, que me gusta sentirla abrirme —ordenó.
Le escupí directo en el agujero, le metí la punta y ella empujó hacia atrás. Entró de una, apretadísimo. Gemí fuerte...
—Shhh, cabrón… que no se despierte tu hermana… dale, métemela toda… ábreme mi culo
Le di como 15 minutos seguidos, bombeando profundo, sintiendo cómo el anillo me apretaba la verga cada vez que salía y entraba. Ella se abría más y más las nalgas con las manos, gimiendo bajito.
—Ay, sí… así… párteme el culo, papi… déjamelo bien flojito… pero no me toques el coño, eh… ese es solo para mi novio… este culo es tuyo esta noche.
Estaba tan apretado y caliente que no aguanté más. Me corrí a chorros gruesos justo dentro de su culote, que ya no se cerraba del todo. El semen le escurría a la puta
—Coño… mira cómo me dejaste el culo… bien abierto y chorreando… ahora huelo a lechita y a culo sudado —dijo riéndose bajito mientras se limpiaba un poco con los dedos y se los metía a la boca.
Se subió los shorts sin limpiarse bien, se puso las chanclas y me miró con cara de mala.
—Tu cuarto ahora va a oler a mi culo toda la noche, cabrón… me dejaste el culo hecho un desastre.
Se fue de puntillas al pasillo, moviendo esas nalgas que todavía tenían mi semen adentro. Cerró la puerta de mi hermana y yo me quedé ahí, con la verga todavía palpitando y el cuarto impregnado de ese olor fuerte a culo caliente, sudor y sexo prohibido.
Al día siguiente, cuando pasó por el pasillo rumbo a la cocina, me guiñó un ojo y susurró:
—Sigue oliendo rico a mí, ¿verdad? No te lo laves todavía… déjalo así pa’ que te acuerdes de esta cubana.








1 comentarios - La amiga culona de mi hermana es cubana.