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Una rubia con un secreto oscuro

Una rubia con un secreto oscuro
Wendy y la habitación contigua
Wendy y Rosa vivían juntas en un piso antiguo, de pasillos largos y paredes demasiado finas. Siempre había sido así: puertas cercanas, silencios compartidos, miradas que evitaban cruzarse. Madre e hija unidas no por amor, sino por dependencia.
Wendy sabía exactamente cómo hacerla sufrir.
A veces era dulce. Excesivamente dulce. Preparaba café por la mañana, le besaba la mejilla, le preguntaba cómo había dormido. Se movía por la casa con una suavidad casi infantil, como si no hubiera nada roto dentro de ella.
Y Rosa, ingenua o cansada, bajaba la guardia.
Pero otras veces… Wendy era otra cosa.
Caminaba por el piso con ropa mínima, sin mirar a nadie, dejando caer comentarios como alfileres:
—Hoy llego tarde. Mucho trabajo.
—No me esperes despierta.
—He quedado con un cliente.
No necesitaba explicar más. La palabra cliente flotaba en el aire como una amenaza. Rosa fingía no oírla, pero Wendy notaba cómo se tensaban sus hombros, cómo apretaba los labios, cómo se le humedecían los ojos.
Eso la excitaba. No sexualmente. Emocionalmente.
Wendy había aprendido pronto que el dolor ajeno podía ser una forma de control. Y el control, un alivio momentáneo para su ansiedad feroz, esa que le cerraba el pecho por las noches y le hacía temblar las manos cuando estaba sola.
Porque Wendy estaba sola.
Toda la familia le había dado la espalda.
Tíos que ya no llamaban. Primos que cruzaban de acera. Susurros en comidas familiares que dejaron de invitarla. Nadie decía “cine para adultos”, pero todos pensaban algo peor.
Escort.
Wendy lo sabía. Y lo usaba.
Rosa también lo sabía. O lo intuía. Nunca preguntaba. Nunca confirmaba. Vivía en esa tierra intermedia donde el amor se convierte en miedo. Dormían en habitaciones contiguas, separadas solo por un tabique que parecía respirar por las noches.
Wendy, tumbada en la cama, escuchaba a su madre moverse al otro lado. A veces llorar en silencio. A veces rezar. A veces simplemente quedarse quieta, como si aguantara la respiración.
Entonces Wendy sonreía.
Pero no siempre.
Había noches en las que la ansiedad la devoraba. Se sentaba en el suelo del baño, abrazándose las rodillas, incapaz de parar el temblor. En esos momentos odiaba a todos. A su madre. A su familia. A sí misma.
Y al día siguiente volvía a ser dulce.
—¿Te preparo algo, mamá?
Rosa la miraba como si no supiera quién era esa chica. Como si temiera que cualquiera de las dos versiones pudiera romperla del todo.
Wendy jugaba con esa ambigüedad.
La necesitaba.
Porque si Rosa dejaba de sufrir…
quizá dejaría de mirarla.
Y Wendy no soportaba no ser mirada.
Cuando salió del reality, Wendy creyó que la fama sería distinta. Durante tres meses su cuerpo había sido observado como un objeto de debate: demasiado libre, demasiado segura, demasiado sensual. En la casa todos opinaban; fuera, aún más.
Las luces se apagaron rápido.
Pasó de las galas a los castings cutres, de las entrevistas a los silencios incómodos. Madrid empezó a olerle a café frío y a oportunidades a medias. Fue entonces cuando un fotógrafo la citó en un estudio pequeño, con paredes desnudas y una música suave que parecía pensada para bajar las defensas.
—No es lo que crees —le dijo—. Es cine adulto, sí… pero bien hecho.
Wendy no respondió enseguida. Se quitó la chaqueta despacio. No por provocación, sino por decisión.
Había aprendido algo en el reality: la mirada ajena no te define; tu forma de sostenerla, sí.
El primer rodaje no fue brusco ni obsceno. Fue extraño, íntimo, casi coreografiado. El calor de los focos, el roce de una piel desconocida, la sensación de estar siendo observada sin ser juzgada. Su respiración se volvió protagonista. Su voz, un arma nueva. Cuando terminó, supo que ya no había marcha atrás.
Y no quiso volver.
Su carrera creció rápido. Un nombre artístico, entrevistas en webs especializadas, seguidores que no la conocían por lo que decía, sino por cómo se entregaba a la cámara. Wendy se transformó. Más segura. Más dueña de sí. Más consciente de su cuerpo como lenguaje.
Solo había una grieta: su madre, Vicenta.

—Te veo muy guapa últimamente.
—Trabajas mucho, ¿no?
—Madrid cambia a la gente…
Wendy sonreía al otro lado del teléfono, desnuda a veces, envuelta en sábanas que aún conservaban el olor del rodaje. Sabía que su madre no quería saber. Y al mismo tiempo… sospechaba.
Una tarde, Rosa 🌹 encontró una revista olvidada en la sala de espera del dentista. No hacía falta leer el texto. Reconoció los ojos. Esa forma de mirar que Wendy tenía desde niña cuando sabía que estaba haciendo algo prohibido… y necesario.
No dijo nada.
Cuando se vieron semanas después, se abrazaron más tiempo del habitual. Vicenta le acarició el pelo, como cuando era pequeña, y solo dijo:
—Mientras seas tú… y no te pierdas.
Wendy no respondió. Cerró los ojos. Sintió algo parecido al perdón.
Esa noche, frente a una cámara, volvió a desnudarse. Pero esta vez no fue solo el cuerpo. Fue la certeza de que el deseo también puede ser un camino, incluso cuando no todos se atreven a mirarlo de frente.

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