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Familia México-Colombiana 4

Alejandra
Me llamo Alejandra, 40 años, paisa de pura cepa, de esas que te miran y ya tienen la verga parada. Mi cuerpo es un pecado capital: tetas 36D que pesan y se mueven solas cuando camino, pezones oscuros grandes como monedas de 500 pesos, areolas anchas y rugosas que se arrugan cuando estoy cachonda. Mi culo es de esos que hacen que los hombres se tropiecen: redondo, parado, con esa curva perfecta que invita a abrirlo y meterle la lengua hasta el fondo. Y sí, soy todo lo que dicen de las colombianas: caliente, cachonda, sin vergüenza ni límites. Me mojo solo de pensar en vergas ajenas, pero sobre todo en la de mi marido.
Héctor, mi mexicano delicioso. Morenito, fuerte, manos grandes que me agarran el culo como si fuera suyo (y lo es), y esa verga… Dios mío, esa verga de 19 cm bien gruesos, venosa, con una cabeza ancha y morada que parece hecha para abrir coños. Cuando está dura brilla de pura saliva y jugos, y cuando se la saca de otra mujer viene chorreando, oliendo a coño ajeno, y yo me muero por limpiarla con la boca.
Todo cambió aquella tarde. Invite a Erika, mi hermana a tomar algo y bailar y los escuché: gemidos profundos, chupadas húmedas, bolas golpeando contra barbilla. Entré despacio y ahí estaba Erika, arrodillada como perra en celo entre las piernas de Héctor. Tenía el pelo revuelto, la blusa abierta dejando ver esos tetones enormes que todavía se paran solos, y la boca llena hasta la garganta de la verga de mi marido. Lo mamaba como experta: lengua plana lamiendo toda la base, succionando la cabeza con fuerza, una mano masajeando los huevos mientras con la otra se frotaba el clítoris por debajo de la falda.
Héctor me vio y no paró. Solo sonrió con esa cara de cabrón satisfecho y me dijo bajito:
—Ven, mi bebé… mira cómo tu hermana se la come toda. ¿Te gusta ver cómo se la traga hasta las bolas?
Me quité la blusa en dos segundos, me senté en el sillón frente a ellos, abrí las piernas y metí tres dedos en mi coño empapado. Le contesté con voz ronca:
—Sigan,… no paren. Quiero ver cómo te la chupa hasta que te vengas en su boca. Y después quiero que me la metas a mí con su saliva todavía caliente.
Erika ni siquiera se sacó la verga para hablar. Solo gruñó y la metió más profundo, haciendo esos ruidos de glup-glup que me ponen loca. Héctor le agarró la cabeza y empezó a bombearle la boca como si fuera un coño.
—Así, Erika… trágatela toda, zorrita. Siente cómo late por ti… ¿te gusta la verga de tu cuñado?
Ella sacó la verga un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgando de los labios:
—Sí, cuñis… me encanta… está tan gruesa… me llena la boca… quiero que me la metas por el culo después, como la última vez.
Me corrí solo de oírla decir eso. Héctor se vino fuerte, gruñendo, llenándole la boca de leche caliente. Erika se lo tragó casi todo, pero dejó un poco en la lengua para besarme. Me acercó la boca y me metió la lengua. Sentí el semen de mi marido mezclado con la saliva de mi hermana. Me corrí otra vez, temblando, mientras ella me susurraba:
—Prueba a tu macho, hermanita… está rico, ¿verdad? Ahora te toca ver cómo me la mete por el culito.
Desde ese día, mi mayor placer es saber que Héctor se coge a quien quiera. Y cuanto más cerca sean de mí, más me mojo.
Raquel, mi sobrina de 26 años, fue la siguiente en caer. Una noche, después de la cena familiar, Erika me mandó un audio: “Hermanita, tu marido me dijo que Raquel quiere probar esa verga mexicana… ¿te molesta si la preparamos para él?” Le respondí con un video mío metiéndome un dildo enorme mientras gemía: “Que la parta en dos, que le haga gritar mi nombre. Quiero verla chorreando después”.
A las dos de la mañana los oí. Me acerqué a la puerta de la habitación de visitas, entreabierta. Raquel estaba a cuatro patas, culo en pompa, tanga corrida a un lado. Héctor la tenía agarrada por las caderas y se la metía lento pero hasta el fondo.
—Ay tíito… está muy gruesa… me estás abriendo toda… que rico… más despacio… no, más fuerte… ¡sí, así!
Héctor le dio una nalgada fuerte que resonó.
—Te gusta, ¿verdad, bonita? El coño de tu tía es apretado, pero el tuyo está más joven… apriétamela más… así… buena niña.
Yo me apoyé en el marco, me bajé la tanga y empecé a frotarme el clítoris viendo cómo mi marido le partía el coño a mi sobrina. Raquel se corrió gritando:
—¡Tíito, me vengo… me vengo en tu verga… ay Dios, estás hasta adentro!
Héctor salió de ella, la verga brillante de sus jugos blancos y espesos. Me miró y dijo:
—Ven, mi bebé… limpia a tu sobrina de mí.
Me arrodillé, me la metí toda a la boca. Saboreé el coño joven y dulce de Raquel mezclado con el sabor salado de Héctor. Raquel, todavía temblando, me miró con ojos vidriosos:
—Tía… está deliciosa… ¿quieres que te la chupe yo también?
La puse a cuatro patas al lado mío. Héctor nos fue cogiendo alternadamente: cinco embestidas profundas en mi coño, cinco en el de ella. Cada vez que entraba en mí yo gemía:
—Más duro, papi… rómpeme… quiero que me dejes marcada.
Cuando entró en Raquel ella chillaba:
—¡Tíito, me vas a partir… sí, así… lléname… quiero tu leche dentro!
Al final nos puso a las dos de rodillas frente a él. Se pajeó rápido y nos vino en la cara a las dos. Semen caliente chorreando por mis tetas y las de ella. Después nos besamos, compartiendo su leche, mientras Héctor nos decía:
—Mis dos putas favoritas… mañana quiero verlas comerse el coño la una a la otra mientras yo miro y me la jalo.
Y lo hicimos. Muchas veces.
Laura, la vecina divorciada de 42, cuerpo de gimnasio, tetas operadas pero perfectas. La semana pasada la invitamos a “tomar algo”. Terminó en el sofá cabalgando a Héctor mientras yo le chupaba los pezones duros y le metía dos dedos en el culo.
—Ay Héctor… tu verga es enorme… me estás llenando toda… Ale, métemelos más profundo… quiero correrme así, con tu marido adentro y tus dedos en mi culo.
Héctor le agarró las tetas y le dijo:
—Cabalga más rápido, zorra… apriétame… quiero sentir cómo te corres en mi verga.
Laura se vino gritando tan fuerte que creo que los de la cuadra oyeron. Después me miró y dijo:
—Ahora tú, Alejandra… quiero verte cómo te la mete por el culo mientras yo te lamo el coño.
Y lo hice. Héctor me puso en cuatro, me abrió el culo y me la metió despacio hasta las bolas. Laura se metió debajo y me lamía el clítoris mientras Héctor me sodomizaba.
—Así, mi amor… siente cómo te abro el culo… ¿te gusta que tu vecina te coma mientras te cojo?
Me corrí tan fuerte que le chorree en la cara a Laura.
Camila, mi amiga de toda la vida, siempre decía: “Los mexicanos tienen fama, pero no será para tanto”. La callamos esa misma noche. Héctor se la metió por la garganta hasta que se le salieron las lágrimas.
—Trágatela toda, Cami… siente cómo late… ¿te gusta la verga de mi marido?
Ella, con la boca llena, solo asintió. Después la pusimos en medio de la cama: Héctor por detrás, yo lamiéndole el clítoris. Se corrió tres veces seguidas, gritando:
—¡No paren… me están matando de placer… Héctor, métemela más profundo… Ale, chúpame más fuerte!
Al final nos pidió dormir entre los dos, toda pegajosa de semen y jugos.
Y Erika… mi hermana sigue siendo la reina. A sus 50 años todavía se pone en cuatro y me pide:
—Hermanita, ábreme el culo… quiero que Héctor me lo parta mientras tú me lames el coño.
Lo hacemos. Yo le abro las nalgas, le lamo el ano mientras Héctor se la mete despacio. Ella gime:
—Ay sí… métemela toda… Alejandra, lame más profundo… quiero sentir tu lengua y la verga de tu marido al mismo tiempo.
Cuando Héctor se viene dentro de su culo, yo le chupo el semen que chorrea, y después Erika me besa y me dice:
—Tu macho es el mejor… pero tú eres la que más me pone cachonda, putita.
Y yo… yo soy la más feliz. Cada vez que Héctor llega oliendo a otra, me cuenta los detalles mientras me coge:
—Hoy me la cogí a Raquel en el baño de la oficina… se arrodilló y me la chupó hasta que me vine en su garganta… después me pidió que le llenara el coño.
Yo me corro solo de escucharlo, apretando mi coño alrededor de su verga.
—Cuéntame más, papi… dime cómo gritaba… quiero olerla en ti.
Esta noche, mientras escribo, Héctor está arriba con Erika en la habitación de al lado. La escucho gemir mi nombre:
—Ale… ven… tu hermana necesita que le abras el culo para tu marido…
Dejo el celular, me quito la tanga y voy.
Porque así somos nosotros.
Así soy yo: la colombiana que no solo permite que su macho se coja a medio mundo… sino que lo disfruta más que nadie, y siempre quiere más.

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