Candy tenía veintiséis años, un cuerpo escultural que volvía locos a los hombres, y una pasión secreta por la lencería más provocativa. Esa noche, se había puesto su favorito: un babydoll rojo transparente que apenas cubría sus curvas, con una tanga diminuta que dejaba ver el brillo de su plug anal plateado, el que Tony le había regalado para que se sintiera aún más traviesa.
Tony, su marido de treinta y dos años, estaba sentado en la silla del dormitorio, con el corazón latiéndole fuerte. Era su cornudo consentido, el que adoraba verla disfrutar con otros. Habían acordado todo: el chico sería Alex, un chavo de dieciocho años que Candy había conocido en la uni, alto, atlético, con esa energía juvenil que la ponía loca.
Alex llegó nervioso pero excitado. Candy lo recibió en la puerta con una sonrisa pícara, el babydoll flotando alrededor de sus muslos. Lo llevó de la mano al cuarto, donde Tony los esperaba en silencio.
“Siéntate aquí, amor”, le dijo Candy a Tony, besándolo en la frente. “Vas a ver lo que te gusta.”
Empezaron despacio. Candy besaba a Alex con hambre, sus manos jóvenes recorriendo su cuerpo. Se arrodilló frente a él, bajándole los pantalones, y tomó su polla dura en la boca mientras Tony observaba, tocándose por encima del pantalón.
Luego, Candy se puso en cuatro sobre la cama, el plug anal brillando entre sus nalgas, la tanga corrida a un lado. “Póntelo, cielo”, le dijo a Alex, pasándole un condón. El chico se lo puso torpemente, excitado, y entró en ella despacio. Candy gemía fuerte, mirando a Tony a los ojos. “Mira cómo me llena este chavo joven, cariño… es tan duro…”
Alex embestía cada vez más fuerte, agarrando las caderas de Candy, el babydoll subiéndose. Ella se tocaba el clítoris, el plug moviéndose con cada golpe.
De repente, Alex se detuvo un segundo. Candy sintió cómo salía, y luego… volvió a entrar, pero diferente. Más caliente, más directo. Sin barrera.
“¿Qué hiciste?”, murmuró ella, pero sin enojo, solo con un jadeo.
“Se lo quité… no aguanto más, quiero sentirte de verdad”, respondió Alex, acelerando.
Candy miró a Tony, que estaba rojo, excitado como nunca. “Él… se lo quitó, amor. Me está follando sin condón…”
Tony solo asintió, incapaz de hablar, viéndolo todo.
Alex la cogió con furia, piel contra piel, hasta que no pudo más. Se corrió dentro de ella, profundo, llenándola mientras Candy gritaba de placer, orgasmeando fuerte.
Después, Alex se fue, dejando a la pareja sola. Candy se acercó a Tony, aún con el semen del chico goteando, y lo besó. “Gracias por dejarme ser tu hotwife, cornudo mío. La próxima vez… quizás lo planeemos sin condón desde el principio.”
Tony la abrazó, sabiendo que esto solo era el comienzo.
Tony, su marido de treinta y dos años, estaba sentado en la silla del dormitorio, con el corazón latiéndole fuerte. Era su cornudo consentido, el que adoraba verla disfrutar con otros. Habían acordado todo: el chico sería Alex, un chavo de dieciocho años que Candy había conocido en la uni, alto, atlético, con esa energía juvenil que la ponía loca.
Alex llegó nervioso pero excitado. Candy lo recibió en la puerta con una sonrisa pícara, el babydoll flotando alrededor de sus muslos. Lo llevó de la mano al cuarto, donde Tony los esperaba en silencio.
“Siéntate aquí, amor”, le dijo Candy a Tony, besándolo en la frente. “Vas a ver lo que te gusta.”
Empezaron despacio. Candy besaba a Alex con hambre, sus manos jóvenes recorriendo su cuerpo. Se arrodilló frente a él, bajándole los pantalones, y tomó su polla dura en la boca mientras Tony observaba, tocándose por encima del pantalón.
Luego, Candy se puso en cuatro sobre la cama, el plug anal brillando entre sus nalgas, la tanga corrida a un lado. “Póntelo, cielo”, le dijo a Alex, pasándole un condón. El chico se lo puso torpemente, excitado, y entró en ella despacio. Candy gemía fuerte, mirando a Tony a los ojos. “Mira cómo me llena este chavo joven, cariño… es tan duro…”
Alex embestía cada vez más fuerte, agarrando las caderas de Candy, el babydoll subiéndose. Ella se tocaba el clítoris, el plug moviéndose con cada golpe.
De repente, Alex se detuvo un segundo. Candy sintió cómo salía, y luego… volvió a entrar, pero diferente. Más caliente, más directo. Sin barrera.
“¿Qué hiciste?”, murmuró ella, pero sin enojo, solo con un jadeo.
“Se lo quité… no aguanto más, quiero sentirte de verdad”, respondió Alex, acelerando.
Candy miró a Tony, que estaba rojo, excitado como nunca. “Él… se lo quitó, amor. Me está follando sin condón…”
Tony solo asintió, incapaz de hablar, viéndolo todo.
Alex la cogió con furia, piel contra piel, hasta que no pudo más. Se corrió dentro de ella, profundo, llenándola mientras Candy gritaba de placer, orgasmeando fuerte.
Después, Alex se fue, dejando a la pareja sola. Candy se acercó a Tony, aún con el semen del chico goteando, y lo besó. “Gracias por dejarme ser tu hotwife, cornudo mío. La próxima vez… quizás lo planeemos sin condón desde el principio.”
Tony la abrazó, sabiendo que esto solo era el comienzo.
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