You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Sebastián y su hija

Sebastián llegó a casa pasadas las cinco, el sol todavía tibio en la piel, oliendo a asfalto caliente y a gasolina de los buses que subían la cuesta. Antes de abrir la reja, un repartidor le tendió un paquete para su hija Carlita: cartón liso, pesado, con un leve aroma a plástico nuevo que se escapaba por las juntas de la cinta adhesiva. Lo dejó sobre la mesa de centro; la madera crujió ligeramente bajo el peso.

Diez minutos después, la puerta principal se abrió de golpe. Carlita entró jadeando, el cabello pegado a la frente por el sudor de la carrera, oliendo a sol, a perfume barato de vainilla y a algo más íntimo: el leve almizcle de excitación que ya empezaba a emanar de entre sus muslos. Sus mejillas ardían, los labios entreabiertos, respirando rápido.

Sebastián y su hija

—¿Llegó algo para mí? —preguntó casi en un susurro ronco.

Sebastián señaló la caja. Ella se acercó, las zapatillas chirriando contra el piso de cerámica. Al verla de cerca notó cómo temblaban ligeramente sus dedos al tocar el paquete.

—Perdón… no debiste recibirlo tú —murmuró, la voz quebrándose—. Qu évergüenza…

—¿Qué es? —insistió él, la voz más grave de lo que pretendía.

Carlita intentó mentir, pero las palabras se le enredaron. Finalmente bajó la cabeza, el cabello cayéndole como cortina sobre la cara sonrosada.

—Es un vibrador… lo pedí por internet. A veces… siento cosas, necesidades. Perdóname, papá. No quería que lo supieras.

El silencio se llenó del tic-tac del reloj de pared y del latido acelerado que Sebastián sentía en las sienes. Ella agarró la caja con las dos manos, el cartón arrugándose bajo sus dedos, y subió las escaleras casi corriendo. Cada peldaño hizo crujir la madera vieja; el sonido reverberó en el pecho de él.

Se quedó solo en la sala, el aire quieto oliendo a su colonia barata y al leve rastro de vainilla que ella había dejado. De pronto la vio distinta: las caderas balanceándose al subir, el culo redondo tensando la tela de los jeans ajustados, los lentes deslizándose un poco por la nariz sudorosa. Recordó las noches en que la había visto bajar en camiseta de tirantes fina, los pezones oscuros transparentándose cuando se inclinaba a sacar algo del refrigerador, el aroma suave de su piel recién duchada mezclándose con el jabón de coco.

No era su sangre, pero era suya. Desde los dos años. Desde que la madre murió y el mundo se quedó en ellos dos.

Subió a su habitación. Se detuvo frente a la puerta de Carlita. Pegó la oreja a la madera fría. Al principio nada. Luego, muy tenue, un zumbido eléctrico, casi inaudible, acompañado de un jadeo ahogado, de sábanas rozando piel. Se apartó como si lo hubieran quemado, el miembro ya duro apretando contra la tela del pantalón.

hija

Más tarde, en la terraza, el viento caliente de la tarde le trajo el olor a detergente y a tela húmeda. Allí estaban las bragas de ella: algodón blanco sencillo, pero también una tanga negra de encaje tan fina que parecía humo, y otra roja con tiras que apenas cubrirían nada. El sostén push-up negro tenía transparencias en los bordes; imaginó sus pechos pequeños empujando contra esa tela, los pezones rozando los bordes bordados. Se quedó mirando, la brisa moviendo las prendas, el sol calentándole la nuca, la verga latiendo dolorosamente.

Esa tarde, cuando Carlita bajó a merendar, el aire de la cocina se llenó de su olor: sudor fresco, excitación reciente, el leve aroma metálico y dulce de su coño después del orgasmo. Llevaba una camiseta blanca de algodón tan fina que los pezones oscuros se marcaban como monedas bajo la tela, duros, puntiagudos. El pantalón de pijama gris era liviano; al caminar se adivinaba la ausencia total de ropa interior, el contorno de los labios mayores insinuándose contra la tela cada vez que daba un paso. Los ojos le brillaban, vidriosos, las pupilas dilatadas.

Sebastián tragó saliva, el sabor amargo de la culpa en la lengua.

—Voy a salir con los amigos —dijo, la voz ronca.

—Está bien… —respondió ella, y la forma en que pronunció esas dos palabras sonó como una caricia.

Los días siguientes fueron tortura pura. Cada vez que pasaba cerca, percibía el calor que emanaba de su cuerpo, el roce accidental de su cadera contra la suya al cruzar en el pasillo, el aroma almizclado que dejaba en el baño después de ducharse. Por las noches, cuando el zumbido llegaba desde la habitación contigua —ahora más claro, acompañado de gemiditos ahogados, de resortes de cama crujiendo—, Sebastián se masturbaba en la oscuridad, la mano resbaladiza de precum, el olor de su propia excitación llenando la habitación, pero siempre se detenía antes del clímax, el remordimiento quemándole el pecho.

Hasta esa noche.

Se desnudó por completo. La sábana olía a su sudor acumulado de días. Se tendió boca arriba, la verga gruesa ya goteando, el glande brillante bajo la luz tenue de la lámpara. Empezó a pajearse lento al principio, la piel caliente y suave deslizándose sobre las venas hinchadas, el sonido húmedo y rítmico llenando el silencio. Aceleró, imaginando el coño de Carlita: rosado, hinchado, brillante de jugos, apretándolo mientras ella gemía su nombre. El orgasmo llegó brutal: el primer chorro salió con fuerza, caliente y espeso, salpicándole el abdomen, el pecho, un hilo grueso aterrizando en su barbilla. Gritó, un rugido ronco que reverberó en las paredes.

Diez segundos después, la puerta se abrió sin tocar.

Carlita apareció en el umbral, iluminada por la luz del pasillo. Solo llevaba una camisita de satén rosa pálido, tan corta que apenas le cubría el culo. Los pezones tiesos empujaban la tela fina, oscuros y prominentes. Entre sus muslos brillaba un rastro húmedo; olía intensamente a sexo: a coño mojado, a lubricante de silicona, a su propio orgasmo reciente. El cabello revuelto, las gafas torcidas, los labios hinchados de morderlos.

Se quedó paralizada al verlo: la verga todavía dura, palpitante, semen goteando por los dedos y por el tronco.

fantasia

—Papá… ¿estás…?

Sebastián intentó taparse con la sábana, pero el movimiento solo hizo que más semen se escurriera por su vientre.

—Hija… lo siento… —jadeó—. Te imagino todo el tiempo… en vez de ese vibrador… quiero ser yo… quiero metértela… quiero follarte hasta que grites.

Carlita respiró hondo, el pecho subiendo y bajando rápido. Dio un paso adelante. Su voz salió temblorosa pero cargada:

—Y yo… siempre me corro pensando en tu verga, papi… imaginando que eres tú el que me abre el coñito… que me llenas con tu leche caliente…

No hubo más palabras.

Se lanzaron. Él la levantó por las nalgas, las manos hundiéndose en carne suave y caliente. La estampó contra la pared; la camisita se rasgó al tironearla hacia arriba. Los pechos quedaron libres: pequeños, firmes, los pezones duros como piedritas oscuras. Los chupó con hambre, la lengua rodeándolos, saboreando la sal de su piel, el leve sabor a jabón y a excitación. Ella gimió, le arañó la espalda, las uñas dejando surcos rojos.

Bajó la mano, agarró la polla todavía húmeda de semen y saliva. La apretó, la masturbó con fuerza, el pulgar frotando el glande sensible.

—Fóllame… por favor… métemela ya…

Sebastián la cargó hasta la cama, la tiró boca arriba. Le abrió las piernas de golpe. El coño estaba hinchado, los labios mayores rojos y brillantes, el clítoris asomando como un botón inflamado, los jugos goteando hacia el ano. Olía intensamente: dulce, salado, animal. Apoyó la punta gruesa contra la entrada estrecha, sintió el calor abrasador, y empujó de una vez. Ella gritó, las paredes vaginales apretándolo como un puño caliente y mojado.

—Así… papi… toda… rómpeme…

Empezó a bombear con fuerza, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne, los huevos golpeando contra sus nalgas. El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, semen, coño empapado. Carlita gemía sin control, las gafas se le cayeron, las lanzó al suelo. Le clavó las uñas en los hombros.
—Más duro… métemela hasta el fondo… quiero sentirte en la matriz…

La volteó a cuatro patas. Las nalgas redondas temblaban con cada embestida. Le dio una nalgada fuerte; la piel se enrojeció al instante, el sonido seco resonando. Ella empujó hacia atrás, tragándosela entera.

—Te voy a llenar… te voy a dejar goteando mi leche…

—Córrete dentro… lléname… quiero sentir cómo palpitas…

Aceleró, los testículos golpeando el clítoris hinchado. Carlita empezó a temblar, el orgasmo la atravesó: su coño se contrajo violentamente, ordeñándolo, chorros calientes salpicando sus muslos. Eso lo desató. Se hundió hasta el fondo, gruñó y eyaculó con fuerza: chorros espesos y calientes inundándola, goteando por fuera cuando ya no cabía más.

Se quedaron pegados, jadeando, sudorosos. Él todavía dentro, palpitando débilmente. El semen se escurría lento por los muslos de ella, mezclado con sus jugos. Carlita giró la cabeza, los ojos vidriosos, las mejillas encendidas.

—Esto no puede ser la última vez… ¿verdad, papi?

Sebastián le acarició la espalda húmeda, hundió los dedos en su cabello, olió su nuca: sudor, vainilla, sexo.

—No, mi niña… esto apenas empieza. Y la próxima vez… voy a hacer que te corras tantas veces que no puedas caminar.

Sebastián la tenía todavía dentro, su verga semidura palpitando en el coño empapado de Carlita, el semen caliente mezclándose con los jugos de ella y goteando lento por los muslos temblorosos. El aire de la habitación estaba espeso: olor a sudor salado, a sexo crudo, a vainilla del perfume de ella que se había mezclado con el almizcle de su excitación. Respiraban los dos agitados, el pecho de Carlita subiendo y bajando contra el suyo.

Ella giró la cabeza, los labios hinchados rozando la barba incipiente de él, y susurró con voz ronca, todavía entrecortada por los jadeos:

—¿Sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti, papi?… —Le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja, lenta, húmeda—. Me metía el vibrador hasta el fondo y cerraba los ojos imaginando que eras tú… que tu verga gruesa me abría así… que me llenabas con tu leche caliente hasta que me chorreaba por las piernas…

Sebastián gruñó bajito, sintiendo cómo su polla volvía a endurecerse dentro de ella solo con esas palabras. Le agarró las caderas con más fuerza, moviéndose apenas, un vaivén lento que hacía que el semen se removiera dentro.

—Joder, Carlita… —murmuró contra su cuello, oliendo el sudor dulce allí—. No tienes idea de lo que me hacías pasar. Cada vez que te oía gemir al otro lado de la pared… ese zumbidito… tus gemiditos ahogados… me pajeaba como loco imaginando que era yo el que te hacía gritar así. Quería entrar, arrancarte ese juguete de mierda y follarte hasta que no pudieras ni caminar.

Ella soltó una risita entrecortada, traviesa, y apretó el coño alrededor de él, un espasmo deliberado que lo hizo jadear.

—¿Te ponías duro solo de oírme, papi? —preguntó, girándose un poco más para mirarlo a los ojos, las pupilas dilatadas, brillantes—. ¿Te corrías pensando en mi coñito apretado? Dime… dime qué hacías…
Sebastián le mordió el hombro con suavidad, dejando una marca roja.

—Me la meneaba fuerte… imaginando tus tetitas rebotando mientras te la metía… imaginando cómo gemirías mi nombre… “papi, más duro, rómpeme”… —Le deslizó una mano entre las piernas desde atrás, rozó el clítoris hinchado con los dedos empapados de sus propios jugos—. Y ahora estás aquí… abierta para mí…chorreando mi semen…

Carlita gimió bajito, empujando las caderas hacia atrás para que la penetrara más profundo.

—Sigue hablando… me encanta cuando me dices cosas sucias… —susurró, la voz temblorosa de deseo—. Dime qué quieres hacerme… quiero oírlo todo…

Él la volteó con cuidado pero firme, la puso boca arriba otra vez. Se inclinó sobre ella, la verga resbaladiza rozando el interior de sus muslos. Le besó el cuello, bajó hasta un pezón y lo chupó con fuerza antes de hablar:
—Quiero comerte el coño hasta que me ruegues que pare… quiero que me mojes la cara entera… —Le separó los labios mayores con los dedos, miró cómo su semen seguía saliendo lento—. Luego te voy a follar de nuevo… despacito al principio…para que sientas cada centímetro entrando… y después duro, hasta que grites mi nombre y te corras temblando…

Carlita arqueó la espalda, los pezones tiesos rozando el pecho de él.

—Hazlo… cómeme… —suplicó, abriendo más las piernas—. Quiero tu lengua en mi clítoris… quiero que me chupes mientras todavía tengo tu leche dentro… que me hagas correrme en tu boca…

Sebastián bajó sin dudar. El olor era embriagador: semen, jugos femeninos, piel caliente. Apoyó la lengua plana contra el clítoris y lamió despacio, saboreando la mezcla salada-dulce. Carlita soltó un gemido largo, le agarró el cabello con las dos manos.

—Así… papi… justo ahí… no pares… —jadeó—. Me encanta sentir tu barba raspándome… me pone tan cachonda… chúpame más fuerte… méteme la lengua dentro…

Él obedeció, hundió la lengua en la entrada todavía dilatada, saboreó su propio semen mezclado con ella. Carlita empezó a mover las caderas contra su boca, frotándose.

—Voy a correrme otra vez… —advirtió entre gemidos—. ¿Quieres que te chorree en la cara, papi? ¿Quieres tragarte todo lo que me hagas salir?

Sebastián levantó la mirada, los labios brillantes.

—Quiero todo… córrete en mi boca, mi niña… empápame…

Aceleró la lengua, succionó el clítoris con fuerza. Carlita se tensó, las piernas temblando, y gritó su nombre mientras el orgasmo la atravesaba: un chorro caliente le salpicó la barbilla, la boca, el mentón. Él no se apartó, lamió cada gota, gruñendo de placer.

Cuando ella dejó de temblar, la subió de nuevo sobre él. Carlita se sentó ahorcajadas, la verga dura deslizándose de nuevo en su coño resbaladizo con unsonido húmedo.

—Mírame… —susurró ella, empezando a moverse lento, arriba y abajo—. Mira cómo te la trago entera… cómo mi coñito se abre para ti… —Le agarró las manos y las puso en sus tetas—.
Apriétamelas… pellízcame los pezones… quiero sentirte en todas partes…

Sebastián obedeció, pellizcó los pezones duros mientras ella aceleraba el ritmo, las nalgas chocando contra sus muslos.

—Eres tan puta para mí… —gruñó él, la voz ronca—. Mi puta… mi niña cachonda…dime que eres mía…
Carlita se inclinó, los labios rozando los de él.

—Soy tuya, papi… toda tuya… —susurró contra su boca—. Fóllame cuando quieras… lléname cuando quieras… quiero despertarme con tu verga dentro… quiero dormirme con tu leche chorreándome…
Él la abrazó fuerte, invirtió las posiciones de nuevo y empezó a bombear con fuerza, profundo.
—Te voy a follar todos los días… —prometió entre embestidas—. En la cocina…en la ducha… en tu cama… hasta que no puedas pensar en nada más que en mi polla…

Carlita clavó las uñas en su espalda, el segundo orgasmo acercándose.

—Córrete conmigo… lléname otra vez… quiero sentir cómo palpitas… cómo me dejas llena…
Se vinieron casi al mismo tiempo: él gruñendo su nombre, eyaculando chorros calientes dentro de ella; ella temblando, el coño contrayéndose alrededor, ordeñándolo hasta la última gota.

Se quedaron abrazados, sudorosos, respirando el mismo aire cargado de sexo.

Carlita le besó el cuello, lenta, sensual.

—No pares nunca de decirme cosas así… —murmuró—. Me hace correrme solo de oírtelo…

Sebastián sonrió contra su cabello, todavía enterrado en ella.

—No pararé, mi niña… te voy a decir todo lo sucio que se me ocurra… hasta que te corras solo con mi voz.

Y la besó profundo, saboreando todavía el sabor de los dos en su lengua.

0 comentarios - Sebastián y su hija