Estaba tirado en el sillón de mi casa, un domingo de la puta madre, sin ganas de nada. El celular en la mano, pasando reels sin verlos realmente, y esa sensación de vacío que a veces te agarra y no te suelta. Yo, que siempre me consideré 100% hetero, igual abrí Grindr. No sé, curiosidad, aburrimiento, lo que sea. Al principio puro desierto: perfiles fantasmas, tíos a 50 km, o caras que no me decían nada.
Y de repente aparece su nombre. Lo reconocí al toque. Era el pibe con el que había quedado hace como dos meses. La primera vez no pasó nada serio: nos encontramos en mi depto, nos besamos un rato, nos tocamos por encima de la ropa, pero yo me calenté tanto que me terminé haciendo una paja rapidísima en el baño y se me bajó todo. Él se quedó medio caliente y medio frustrado, y cada uno se fue por su lado sin drama.
Me escribió un “qué hacés?” seco, sin vueltas. Le contesté “aburrido en casa, vos?”. Y en menos de diez mensajes ya estaba la foto de siempre: él en calzoncillo, la pija medio parada marcando, nada del otro mundo en tamaño, pero esa forma que tiene de posar, como sabiendo que no necesita ser enorme para que yo me muera de ganas.
“¿Vengo?” me puso.
Yo dudé dos segundos y le dije que sí.
Cuando llegó ya traía esa energía distinta. No era el de la primera vez que estaba medio tímido. Esta vez entró, cerró la puerta con llave, me miró de arriba abajo y me dijo textual:
—Hoy no te vas a hacer la paja solo, putita.
Y no sé qué me pasó, pero esas palabras me pegaron directo en la entrepierna. Me puse duro al instante.
Me agarró del cuello de la remera y me llevó casi a rastras hasta el sillón. Me hizo arrodillarme entre sus piernas mientras él se sentaba. Se bajó el cierre despacio, sacó la pija —no es gigante, pero está gruesa, con esa vena marcada que me vuelve loco— y me la puso en la cara sin decir nada más. Solo me miró fijo y dijo:
—Abrí la boca.
Y abrí.
Empecé chupándosela despacio, como probando, pero él no tenía paciencia. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza como si fuera un juguete. Me la metía hasta el fondo, me hacía atragantar un poco, y cuando me veía con los ojos llorosos se reía bajito y me decía:
—Mirá cómo te gusta, zorra. Te encanta que te usen así, ¿no?
Yo solo gemía con la boca llena, asintiendo como idiota. Me sentía sucio, usado, y me encantaba. Cada vez que me la sacaba para que respirara me babeaba toda la barbilla, y él me limpiaba la cara con la pija misma, restregándomela por las mejillas, por la frente, como marcándome.
En un momento me miró y me dijo:
—No te voy a avisar cuando me corra. Vas a recibir todo en la cara y te vas a quedar quietito hasta que termine.
Y cumplió.
Empezó a bombear más rápido, más fuerte, agarrándome la nuca con una mano mientras con la otra se pajeaba la base. Yo tenía la boca abierta, la lengua afuera como perrito esperando, y de repente sentí el primer chorro caliente pegándome en la mejilla, luego otro en la nariz, otro en la frente, y el último directo en la lengua. Gruñó fuerte, como animal, y me apretó la cabeza contra su pubis hasta que dejó de temblar.
Cuando terminó me soltó. Me quedé ahí arrodillado, con la cara empapada de leche, respirando agitado, todavía con la pija dura dentro del bóxer. Él se recostó en el sillón, todavía medio parado, mirándome con una sonrisa de ganador.
—Qué linda putita desesperada sos —me dijo mientras se subía el cierre—. La próxima te cojo el culo también, pero hoy con esto te ganaste el premio.
Se levantó, me dio una palmada suave en la mejilla (la que tenía semen todavía), y se fue sin decir mucho más.
Yo me quedé ahí un rato largo, sentado en el piso, tocándome la cara con los dedos, sintiendo la leche tibia resbalándome, y masturbándome como loco mientras revivía cada segundo en mi cabeza.
Nunca pensé que me iba a gustar tanto que me traten así. Pero me encanta. Y ya estoy esperando que me escriba de nuevo.
Y de repente aparece su nombre. Lo reconocí al toque. Era el pibe con el que había quedado hace como dos meses. La primera vez no pasó nada serio: nos encontramos en mi depto, nos besamos un rato, nos tocamos por encima de la ropa, pero yo me calenté tanto que me terminé haciendo una paja rapidísima en el baño y se me bajó todo. Él se quedó medio caliente y medio frustrado, y cada uno se fue por su lado sin drama.
Me escribió un “qué hacés?” seco, sin vueltas. Le contesté “aburrido en casa, vos?”. Y en menos de diez mensajes ya estaba la foto de siempre: él en calzoncillo, la pija medio parada marcando, nada del otro mundo en tamaño, pero esa forma que tiene de posar, como sabiendo que no necesita ser enorme para que yo me muera de ganas.
“¿Vengo?” me puso.
Yo dudé dos segundos y le dije que sí.
Cuando llegó ya traía esa energía distinta. No era el de la primera vez que estaba medio tímido. Esta vez entró, cerró la puerta con llave, me miró de arriba abajo y me dijo textual:
—Hoy no te vas a hacer la paja solo, putita.
Y no sé qué me pasó, pero esas palabras me pegaron directo en la entrepierna. Me puse duro al instante.
Me agarró del cuello de la remera y me llevó casi a rastras hasta el sillón. Me hizo arrodillarme entre sus piernas mientras él se sentaba. Se bajó el cierre despacio, sacó la pija —no es gigante, pero está gruesa, con esa vena marcada que me vuelve loco— y me la puso en la cara sin decir nada más. Solo me miró fijo y dijo:
—Abrí la boca.
Y abrí.
Empecé chupándosela despacio, como probando, pero él no tenía paciencia. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza como si fuera un juguete. Me la metía hasta el fondo, me hacía atragantar un poco, y cuando me veía con los ojos llorosos se reía bajito y me decía:
—Mirá cómo te gusta, zorra. Te encanta que te usen así, ¿no?
Yo solo gemía con la boca llena, asintiendo como idiota. Me sentía sucio, usado, y me encantaba. Cada vez que me la sacaba para que respirara me babeaba toda la barbilla, y él me limpiaba la cara con la pija misma, restregándomela por las mejillas, por la frente, como marcándome.
En un momento me miró y me dijo:
—No te voy a avisar cuando me corra. Vas a recibir todo en la cara y te vas a quedar quietito hasta que termine.
Y cumplió.
Empezó a bombear más rápido, más fuerte, agarrándome la nuca con una mano mientras con la otra se pajeaba la base. Yo tenía la boca abierta, la lengua afuera como perrito esperando, y de repente sentí el primer chorro caliente pegándome en la mejilla, luego otro en la nariz, otro en la frente, y el último directo en la lengua. Gruñó fuerte, como animal, y me apretó la cabeza contra su pubis hasta que dejó de temblar.
Cuando terminó me soltó. Me quedé ahí arrodillado, con la cara empapada de leche, respirando agitado, todavía con la pija dura dentro del bóxer. Él se recostó en el sillón, todavía medio parado, mirándome con una sonrisa de ganador.
—Qué linda putita desesperada sos —me dijo mientras se subía el cierre—. La próxima te cojo el culo también, pero hoy con esto te ganaste el premio.
Se levantó, me dio una palmada suave en la mejilla (la que tenía semen todavía), y se fue sin decir mucho más.
Yo me quedé ahí un rato largo, sentado en el piso, tocándome la cara con los dedos, sintiendo la leche tibia resbalándome, y masturbándome como loco mientras revivía cada segundo en mi cabeza.
Nunca pensé que me iba a gustar tanto que me traten así. Pero me encanta. Y ya estoy esperando que me escriba de nuevo.
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