Hola, cómo les va? Les traigo la segunda parte de este relato. Repito que es totalmente ficticio. Tengan paciencia, es una historia que consta de nueve partes. Se pone interesante por la mitad, más o menos. Voy a ir publicando los Jueves a la noche, casi Viernes. Como ya dije, todos los aportes son bienvenidos. Que lo disfruten.
Capítulo II — Los Primeros Pasos
Las clases empezaban a la semana siguiente: Martes y Jueves de seis a ocho. Llegado el día, me vestí muy casual: vaqueros azules y polera liviana, amarilla, que después me di cuenta que me quedaba chica. Llevé un cuadernillo rayado con el escudo de Central y un par de lapiceras. Estaba ansiosísima. Pasé a buscar a Lili, que estaba aún más producida que yo, y fuimos para el centro. Llegamos y nos metimos al aula, que en realidad era un dormitorio de la casa, reacondicionado. Por costumbre de la secundaria nos sentamos en los pupitres del fondo. Después de nosotras, entraron otras ocho personas: cuatro mujeres y cuatro hombres, de distintas edades. Noté cómo los cuatro muchachos nos miraban atentamente a Lili y a mí. No miento si digo que me sentí halagada.

Luego de un rato de espera silenciosa, llegó el profesor. Un cuarentón muy buen mozo. Morocho, alto, bien vestido, muy fachero. Físicamente no aparentaba la edad. Sonreía arrogantemente, consciente de su pinta. Por un momento me resultó parecido a Carlín Calvo, galán del cual había estado enamorada platónicamente, a la distancia. Inconscientemente me imaginé el tendal de mujeres que habrá dejado con los años. Entró al aula, caminó hacia el pizarrón, dijo “Buenas tardes”, nos miró a todos, uno por uno, y empezó su función.
—Antes que nada, gracias por venir. Estoy muy contento de que un grupo de gente tan variopinto haya decidido emprender el camino de la actuación. Les voy a comentar quién soy. Mi nombre es Ricardo Carnevalli, soy actor desde los dieciséis años, y hace veinte que doy clases, similares a ésta, en distintos lugares. No soy Stanislavsky ni Grotowski, ni siquiera Lito Cruz, pero me defiendo. Espero que con mis métodos, pero más que nada con la experimentación, pueda darles las herramientas… No, mejor dicho, cultivar y desarrollar las herramientas que ustedes ya tienen para desempeñarse en una obra de cualquier tipo. Puede ser teatro, televisión, cine, o incluso en la vida misma. Mi objetivo es que salgan de acá pensando como actores. Con esa mentalidad. Encarando las situaciones cotidianas como un actor encarando un papel.
Me gustó la propuesta, y por cómo la vi, a Lili también. Ricardo siguió dando su discurso introductorio y pasó a hacernos presentar individualmente para él y para el resto de la clase. Cada uno debía pararse, decir su nombre, edad, ocupación, y por qué quería volcarse a la actuación. Lili dijo lo que yo más o menos sabía, que lo hacía porque toda su vida quiso ser actriz. Cuando llegó mi turno, me iluminé, evidentemente inspirada por el discurso del profe, y dije algo como que quería dejar de ser yo para empezar a ser quien yo quisiera según el momento. El profesor me miró, sorprendido, sonrió y aplaudió, incentivando a los demás.
—Muy bien señorita. No pasó ni una clase y ya está compenetrada con la causa. La felicito. Siguiente.
No quise aclarar que era señora para no entrar a discutir desde temprano. La clase siguió muy amena, y al terminar, nos despedimos, y nos fuimos con Lili. Estuvimos todo el camino de vuelta hablando de la clase, diseccionando cada aspecto de la misma, ambas con un entusiasmo descomunal. Arreglamos para ir juntas, un día en su auto, y otro en el mío. Parecíamos dos adolescentes.
A la hora de la cena, le comenté a mi familia lo que había hecho durante el día. Mi marido ni se inmutó. Con bastante apatía me dijo que se alegraba de que en pocos días hubiera conseguido algo para pasar el rato. Mis hijos se alegraron de verdad. Me imagino que pensaron que iba a saltar directo a Hollywood, y les permitiría mandar al carajo la escuela, los viajes en colectivo, y demás. Pero seguramente se alegraron porque querían quedarse con la casa a su disposición.
A lo largo de las clases, fuimos aprendiendo, de manera muy didáctica, las distintas técnicas, los métodos, la filosofía de la actuación. Vimos ejemplos prácticos, pero sobre todo, poníamos en práctica haciendo mini-escenas de cinco minutos, al azar, en el aula. La cosa iba muy bien, y ya empecé a ver resultados en la forma de hablar, la forma de moverme, de mirar, en las expresiones faciales. Ensayábamos con guiones de series, o novelas, porque según el profesor, las obras de teatro todavía eran demasiado largas. No eran guiones oficiales, sino transcripciones que había hecho él mismo, justamente para los alumnos.
Ricardo tenía un don para la actuación, pero aún más importante, para fomentar lo que quería de nosotros. Era un maestro excelente, y varias veces con Lili nos preguntamos qué hacía dando cursos baratos en una escuelita tan chica. Había varios institutos importantes, escuelas dependientes de los mismos teatros, conservatorios, y demás organizaciones con el suficiente prestigio como para incorporarlo. Y no era una cuestión de formalismo académico, como le podría pasar a un simple abogado que no puede acceder a Harvard (por ejemplo) por falta de credenciales, ya que el ambiente de la actuación, en sus más altas esferas, tenía su cuota de bohemios, locos e improvisados. Supusimos que tendría algún otro tipo de problema, y que más adelante le podríamos preguntar. No fue necesario, porque nos enteramos más tarde, por las malas.
Capítulo II — Los Primeros Pasos
Las clases empezaban a la semana siguiente: Martes y Jueves de seis a ocho. Llegado el día, me vestí muy casual: vaqueros azules y polera liviana, amarilla, que después me di cuenta que me quedaba chica. Llevé un cuadernillo rayado con el escudo de Central y un par de lapiceras. Estaba ansiosísima. Pasé a buscar a Lili, que estaba aún más producida que yo, y fuimos para el centro. Llegamos y nos metimos al aula, que en realidad era un dormitorio de la casa, reacondicionado. Por costumbre de la secundaria nos sentamos en los pupitres del fondo. Después de nosotras, entraron otras ocho personas: cuatro mujeres y cuatro hombres, de distintas edades. Noté cómo los cuatro muchachos nos miraban atentamente a Lili y a mí. No miento si digo que me sentí halagada.

Luego de un rato de espera silenciosa, llegó el profesor. Un cuarentón muy buen mozo. Morocho, alto, bien vestido, muy fachero. Físicamente no aparentaba la edad. Sonreía arrogantemente, consciente de su pinta. Por un momento me resultó parecido a Carlín Calvo, galán del cual había estado enamorada platónicamente, a la distancia. Inconscientemente me imaginé el tendal de mujeres que habrá dejado con los años. Entró al aula, caminó hacia el pizarrón, dijo “Buenas tardes”, nos miró a todos, uno por uno, y empezó su función.
—Antes que nada, gracias por venir. Estoy muy contento de que un grupo de gente tan variopinto haya decidido emprender el camino de la actuación. Les voy a comentar quién soy. Mi nombre es Ricardo Carnevalli, soy actor desde los dieciséis años, y hace veinte que doy clases, similares a ésta, en distintos lugares. No soy Stanislavsky ni Grotowski, ni siquiera Lito Cruz, pero me defiendo. Espero que con mis métodos, pero más que nada con la experimentación, pueda darles las herramientas… No, mejor dicho, cultivar y desarrollar las herramientas que ustedes ya tienen para desempeñarse en una obra de cualquier tipo. Puede ser teatro, televisión, cine, o incluso en la vida misma. Mi objetivo es que salgan de acá pensando como actores. Con esa mentalidad. Encarando las situaciones cotidianas como un actor encarando un papel.
Me gustó la propuesta, y por cómo la vi, a Lili también. Ricardo siguió dando su discurso introductorio y pasó a hacernos presentar individualmente para él y para el resto de la clase. Cada uno debía pararse, decir su nombre, edad, ocupación, y por qué quería volcarse a la actuación. Lili dijo lo que yo más o menos sabía, que lo hacía porque toda su vida quiso ser actriz. Cuando llegó mi turno, me iluminé, evidentemente inspirada por el discurso del profe, y dije algo como que quería dejar de ser yo para empezar a ser quien yo quisiera según el momento. El profesor me miró, sorprendido, sonrió y aplaudió, incentivando a los demás.
—Muy bien señorita. No pasó ni una clase y ya está compenetrada con la causa. La felicito. Siguiente.
No quise aclarar que era señora para no entrar a discutir desde temprano. La clase siguió muy amena, y al terminar, nos despedimos, y nos fuimos con Lili. Estuvimos todo el camino de vuelta hablando de la clase, diseccionando cada aspecto de la misma, ambas con un entusiasmo descomunal. Arreglamos para ir juntas, un día en su auto, y otro en el mío. Parecíamos dos adolescentes.
A la hora de la cena, le comenté a mi familia lo que había hecho durante el día. Mi marido ni se inmutó. Con bastante apatía me dijo que se alegraba de que en pocos días hubiera conseguido algo para pasar el rato. Mis hijos se alegraron de verdad. Me imagino que pensaron que iba a saltar directo a Hollywood, y les permitiría mandar al carajo la escuela, los viajes en colectivo, y demás. Pero seguramente se alegraron porque querían quedarse con la casa a su disposición.
A lo largo de las clases, fuimos aprendiendo, de manera muy didáctica, las distintas técnicas, los métodos, la filosofía de la actuación. Vimos ejemplos prácticos, pero sobre todo, poníamos en práctica haciendo mini-escenas de cinco minutos, al azar, en el aula. La cosa iba muy bien, y ya empecé a ver resultados en la forma de hablar, la forma de moverme, de mirar, en las expresiones faciales. Ensayábamos con guiones de series, o novelas, porque según el profesor, las obras de teatro todavía eran demasiado largas. No eran guiones oficiales, sino transcripciones que había hecho él mismo, justamente para los alumnos.
Ricardo tenía un don para la actuación, pero aún más importante, para fomentar lo que quería de nosotros. Era un maestro excelente, y varias veces con Lili nos preguntamos qué hacía dando cursos baratos en una escuelita tan chica. Había varios institutos importantes, escuelas dependientes de los mismos teatros, conservatorios, y demás organizaciones con el suficiente prestigio como para incorporarlo. Y no era una cuestión de formalismo académico, como le podría pasar a un simple abogado que no puede acceder a Harvard (por ejemplo) por falta de credenciales, ya que el ambiente de la actuación, en sus más altas esferas, tenía su cuota de bohemios, locos e improvisados. Supusimos que tendría algún otro tipo de problema, y que más adelante le podríamos preguntar. No fue necesario, porque nos enteramos más tarde, por las malas.
2 comentarios - Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo II
Es sólo lo que pienso.
Es sólo lo que pienso.