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Era mí mamá

Hola a todos sean bienvenidos a una nueva adaptación vintage convertida a relato erótico para la página .

Era mí mamá



En un pequeño pueblo cerca de Nápoles, donde el Vesubio se recorta contra el cielo como un recordatorio permanente de que todo puede terminar de golpe, vivía la familia De Luca.
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Cuando Vincenzo murió de un infarto a los cuarenta y tres años, dejó atrás deudas que olían a camorra desde kilómetros. Deudas con gente que no acepta excusas ni planes de pago a plazos.
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Cassandra tenía treinta y nueve años entonces. Todavía conservaba esa belleza mediterránea que hacía girar cabezas en la plaza: pelo negro larguísimo, ojos verdes casi irreales, cintura estrecha y caderas que parecían dibujadas por alguien que no entendía la palabra “moderación”.
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Pero sobre todo tenía miedo. Miedo real. El tipo de miedo que te despierta a las tres de la mañana con la certeza de que alguien ya decidió tu destino.

El primer contacto fue educado.

Demasiado educado. Un hombre de traje gris impecable, cincuenta y pico de años, voz suave y manos cuidadas, se presentó en la puerta de la casa una tarde de octubre. Dijo llamarse Don Salvatore.

No era necesario que dijera más. Todos en el barrio sabían quién era.—Signora De Luca —le explicó con calma mientras tomaba un café que ella le había servido con manos temblorosas—, su marido nos debía una cantidad considerable. No le voy a mentir: esa deuda no desaparece con la muerte.

Pero usted es una mujer razonable… y hermosa. Podemos llegar a un acuerdo que beneficie a todos

Cassandra entendió inmediatamente. No hizo falta que lo explicitaran. Esa misma noche, después de acostar a Tino —su hijo pequeño que era un bebé y soñaba con ser como Insigne—

lloró en silencio en la cocina hasta que se le secaron las lágrimas.La primera vez fue en una villa en Posillipo con vistas al golfo.
Le pagaron tres mil euros en billetes usados. Le dijeron que era “solo el comienzo”. La filmaron con dos cámaras profesionales.
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Ella mantuvo los ojos cerrados casi todo el tiempo. Cuando terminaron, uno de los hombres —un tal Ciro, con tatuajes hasta el cuello— le puso una mano en la mejilla y le dijo:—Brava, Cassandra. Hai fatto la cosa giusta.Al mes siguiente ya eran cuatro o cinco citas por semana. A veces en hoteles discretos de la costa amalfitana, a veces en apartamentos del centro histórico de Nápoles.
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Siempre la misma rutina: la recogían en un Alfa Romeo negro con vidrios polarizados, le vendaban los ojos durante el trayecto, la llevaban a un lugar que olía a perfume caro y a tabaco cubano, la desvestían con cuidado casi ritual, la filmaban durante horas y después la devolvían a su casa con un sobre lleno de billetes.Cassandra aprendió a desconectarse.
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A convertirse en otra persona mientras sucedía. Se repetía que lo hacía por Tino: por la escuela privada, por los botines nuevos de fútbol, por la nevera que nunca más estaría vacía, por la esperanza de que algún día él pudiera irse de ese pueblo y no terminar como su padre.
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Los videos empezaron a circular en la deep web italiana bajo el nick “Cassandra Napoletana”.
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Primero en foros cerrados de aficionados al contenido amateur-real. Después en páginas de pago más profesionales. Alguien en la organización se dio cuenta de que había mercado. Mucho mercado. Una mujer guapa, de clase media, madre de familia, obligada por necesidad…

era el sueño húmedo de cierto tipo de consumidor.Cassandra nunca lo supo. Nadie se lo dijo.
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Simplemente el dinero empezó a llegar en cantidades mayores. Y las sesiones se volvieron más largas. Más intensas. Más variadas.Tino cumplió dieciocho años. Ya no jugaba tanto al fútbol. Pasaba horas frente a la computadora. Era callado, observador. Siempre había sido así. Una tarde de verano, aburrido y con curiosidad malsana, terminó en uno de esos sitios que empiezan recomendándote “amateur italiano real” después de ver porno convencional.El primer video que le apareció tenía una miniatura borrosa: una mujer de espaldas, pelo negro larguísimo, arrodillada frente a dos hombres. Algo en la forma de la espalda, en la curva del cuello, le produjo un pinchazo extraño en el estómago.
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Hizo clic.La cámara enfocó el rostro cuando ella levantó la cabeza.Era su madre.No había dudas. Ni maquillaje excesivo, ni peluca, ni filtros. Era Cassandra. Desnuda. Sudada. Con los ojos vidriosos y la boca entreabierta mientras recibía una y otra vez.
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La voz en off de uno de los hombres diciendo en napolitano cerrado:—Dai, bella… fammi vedere quanto ti piace…Tino se quedó inmóvil.

El sonido del ventilador de la notebook era lo único que se oía en la habitación. El video duraba veintisiete minutos. Él lo vio entero. Dos veces. La segunda vez con el volumen bajo y las manos temblando sobre el teclado.Cuando terminó, cerró la laptop con tanta fuerza que casi la rompe.Esa noche no cenó. Se encerró en su cuarto. Cassandra llegó tarde, como siempre últimamente. Traía olor a perfume caro y a cigarrillo.

Le preguntó si había comido. Él dijo que sí. Ella le dio un beso en la frente y se fue a duchar.

Tino esperó a que el agua corriera. Abrió otra vez la laptop. Buscó más. Encontró siete videos diferentes. En uno de ellos ella lloraba mientras la tomaban por detrás. En otro se reía, fingiendo placer, mirando directo a cámara. En el último —el más reciente— llevaba un collar de perlas que él le había regalado por su cumpleaños.
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Al día siguiente, cuando Cassandra salió temprano “a hacer unas diligencias”, Tino fue al cajón donde ella guardaba el dinero. Sacó un fajo. Contó.

Había casi quince mil euros en billetes de cincuenta y cien.

Se sentó en la cama con el dinero en las manos y empezó a llorar como no lo hacía desde que murió su padre.No sabía si odiaba más a los hombres que la usaban, a su madre por aceptarlo, o a sí mismo por haber seguido mirando hasta el final.Solo sabía una cosa con claridad absoluta:Esa mujer de los videos…

ya no era solo su mamá.Era Cassandra Napoletana.Y él ya no sabía cómo volver a llamarla “mamá” sin que se le quebrara la voz.

Fin (adaptación de Selen de rosa y la película traición en Nápoles 1994)

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