Capitulo 3: La Seducción
Al día siguiente, entré al estudio con una mezcla de nerviosismo y expectación. Jerry me recibió en su oficina con entusiasmo. "¡Nunca me había divertido tanto con una sesión boudoir! Eres tan natural", dijo, y sus palabras me hicieron sonrojar, recordando lo natural que me había sentido, especialmente con Robert.
Sobre su escritorio había un elegante folleto de cuero negro y un gran marco cubierto. "Me tomé la libertad de hacer tu álbum y elegir la foto para tu esposo", explicó.
Al abrir el folleto, me vi transformada. Página tras página, era una modelo segura, sensual, dueña de su cuerpo. Hasta que llegamos a esa foto. La del corsé blanco en el sofá, mis pechos a punto de escapar, la curva de mi trasero en alto. "¡Oh, mierda!", jadeé, tapándome la boca.

—Hace mucho calor, ¿eh? —bromeó Jerry, y yo solo pude asentir, al borde de las lágrimas por verme tan poderosa.
Luego reveló el gran marco: era esa misma foto, impresa en un tamaño espectacular. Brian la vería así, a diario. La idea era vertiginosa.
Jerry también me entregó una memoria USB. "Estas son las fotos que no creo que quieras que nadie más vea", dijo con una sonrisa pícara. Sabía a qué se refería: los momentos más atrevidos, los ángulos más íntimos.
En ese momento, una voz familiar resonó detrás de mí. "Hola, preciosa". Era Robert. Su mano se posó en mi hombro, un contacto firme y posesivo que me hizo estremecer. "Me alegra que estés aquí. ¿Te gustaría participar en la planificación?".
Me sonrojé al encontrarme con sus ojos azules brillantes. "Buenos días", murmuré.
—Te ves tan impresionante como siempre —dijo, dejando que su mirada recorriera mi cuerpo de arriba abajo, sin prisas.
—Basta —protesté, pero mi voz sonó débil, sin convicción.
Robert se puso manos a la obra. Quería acelerar el calendario: tres motos por sesión, incluso los sábados. Me recliné en mi asiento, preocupada. ¿Cómo justificaría tanto tiempo fuera? "Puedo hacer que funcione", dije, con una preocupación evidente en mi rostro.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Robert, girándose hacia mí. Su mano, que antes estaba en mi hombro, se deslizó hasta mi rodilla.
El contacto me electrizó. "Um, no hace falta. Solo necesito encontrar a alguien para los chicos el sábado", logré decir.
—¡Genial! —exclamó, dándome una palmadita en el muslo, pero su mano no se fue. Se quedó allí, cálida y pesada, mientras se giraba a hablar con Jerry sobre la producción. Quería que cada mes tuviera una temática, que mi ropa combinara con las motos.
Mientras hablaban de bikinis temáticos y de cuántos hombres me verían expuesta en esas páginas, sentí una humedad familiar. Me separé un poco los muslos, supuestamente por comodidad, pero en realidad era una invitación tácita. Una señal para Robert, cuya mano todavía descansaba en mi muslo, de que podía explorar, que yo no me detendría. Su dedo pulgar comenzó a dibujar círculos lentos sobre mi piel, un secreto compartido en medio de la reunión de negocios. Cada círculo era una promesa de lo que estaba por venir, y yo, en lugar de apartarme, me acomodé en la silla, aceptando el juego peligroso que había comenzado.
Sentí que mis piernas se separaban ligeramente, concediéndole a su mano un acceso aún más íntimo a la cara interna de mi muslo. Él aprovechó, deslizándola más arriba, bajo mi falda. "No limitemos a Amy a los bikinis", dijo, girándose hacia mí como si discutiera negocios. "¿Te gustaría usar lencería u otros conjuntos?".
—Sí, claro —logré decir, tratando de que mi voz no sonara quebrada—. Un bikini de tiras no te permite hacer mucho.
Él siguió sugiriendo ideas para los meses, como un minivestido para julio, mientras sus dedos jugaban en mi piel. En un arranque de atrevimiento —o tal vez para distraerme de la sensación—, solté una idea: "¿Y si para julio usamos pintura corporal, en lugar de ropa, con las tres motos juntas?".
A Jerry le encantó la idea. Robert, por su parte, acarició con los dedos mis labios vaginales a través de la tela de mis bragas. "¡Genial!", dijo, como si solo hablara del proyecto. Siguió acariciando, trazando círculos húmedos mientras planeábamos mayo y junio, su toque un contrapunto secreto y electrizante a la conversación profesional.
Cuando la charla derivó hacia un Ferrari Enzo amarillo y una posible foto para su garaje, sentí que me perdía. Hasta que, de repente, su dedo encontró mi entrada y penetró ligeramente. Un jadeo me escapó. Me incorporé de golpe, fingiendo toser. Jerry me miró con preocupación.
—¿Qué es un Enzo? —pregunté para cubrir mi confusión, mientras sentía cómo Robert retiraba su dedo con lentitud deliberada.
—Un Ferrari —respondió él, metiéndose el mismo dedo en la boca como para morderse la uña, un gesto obsceno que solo yo entendí—. ¿Qué te parece un vestido negro ajustado?
Acepté, todavía aturdida. Cuando supe que él era dueño de varios Ferraris, la realidad de su mundo chocó con la mía.
—Deberíamos ir a comprar ese vestido negro —propuso Robert de pronto—. ¿Ahora? ¿Tienes tiempo antes de recoger a los niños?
Mi corazón dio un vuelco. "Sí, supongo que sí", asentí, pensando: Dios, cualquier cosa por estar más con él.
En el camino, en su coche lujoso y silencioso, finalmente me armé de valor para preguntar a dónde íbamos.
—Conozco unas boutiques en el centro de la ciudad. —dijo, y luego, bajando la mirada a mis piernas, añadió—: Esto es solo una excusa para tenerte para mí por unas horas.
—¡Dios mío, qué mal estás! —me reí, nerviosa, pero descrucé las piernas, deseando su atención.
—Puede que me porte un poco mal —admitió, con una sonrisa—. No puedo evitarlo estando contigo. Y gracias por dejarme tocarte esta mañana
Me tapé la cara, avergonzada por el audaz movimiento que le había permitido casi sin pensar.
—Me alegro de que lo hicieras —continuó él—. Eso me demuestra que estás desnuda debajo de esta fachada de esposa amorosa. —Y, sin apartar la vista de la carretera, subió el borde de mi falda por mis muslos, exponiéndome—.
—Me dijiste que te obedeciera—murmuré, separando las piernas en un acto de sumisión que me excitó tanto como a él.
—Y buena chica. Me encanta lo obediente que eres —dijo, deslizando su mano por la parte interna de mi muslo hasta encontrar mi coño completamente desnudo y húmedo—. ¿Te gusta esto? —preguntó, haciendo círculos sobre mi clítoris mientras conducía.
—Mmm, sí —jadeé—. Pero… me encanta cuando dices 'buena chica'. Me encanta complacerte. No sé por qué.
—Me gusta —dijo él, con una risa baja—. Me gusta cuando sueltas las cosas sin pensar. —Retiró sus dedos y los posó sobre mis labios—. ¿Te gustaría ser mi niñita buena?
La pregunta, directa y cargada de implicaciones, flotó en el aire del coche. Yo, con el sabor de mi propia excitación en los labios y su mirada fija en la carretera, supe que ya no había vuelta atrás. Había cruzado una línea, y la única dirección posible era hacia adelante, hacia donde él me llevara.
Tomé su mano entre las mías y llevé sus dedos a mis labios. Los besé, limpiando suavemente con mi lengua los rastros de mis propios fluidos. Un acto de sumisión total. "Sí. Quiero ser eso para ti. Lo que tú quieras", dije, temblando por el compromiso enorme y vago que estaba haciendo.
—Eso significa ser completamente obediente. Ser mía —dijo, girándose para mirarme, sus ojos escudriñando los míos—. Podrías experimentar cosas nuevas. ¿Podrás soportarlo?
—Creo que sí. Lo intentaré —respondí, aferrándome a su mano.
—Eso no basta, cariño. «Creo que sí» no funciona. Tienes que entregarte por completo.
"¡Está bien, lo haré!", acepté apresuradamente, antes de que el miedo pudiera detenerme.
Él estableció las reglas, simples y absolutas: obediencia inmediata, sin dudas. Pensar solo en complacerlo. Y si fallaba, habría un castigo correctivo. "¿Entiendes?".
—Sí, señor. Lo entiendo —respondí, sintiendo cómo el título «señor» cambiaba el aire entre nosotros.
Cuando le agradecí por todo lo que ya había hecho por mí, por hacerme sentir tan viva y deseada, él solo rió entre dientes. "Todavía no he hecho nada". Pero sus dedos, guiados por mí hacia mis muslos, estaban a punto de llevarme al borde cuando el coche se detuvo frente al lujoso Hotel Grand Hyatt.
Salí del Porsche, todavía temblorosa, notando las miradas de la gente mientras Robert me guiaba, su mano posesiva en la parte baja de mi espalda. "Recuerda, voy a poner a prueba tu obediencia", susurró en mi oído antes de abrir la puerta de una boutique exclusiva.
Dentro, una vendedora joven y esbelta, Sophie, nos recibió. "Buscamos un vestido negro sexy y sofisticado para *mi niña*", anunció Robert, acariciando mi espalda. Sus palabras, "mi niña", encendieron una chispa de excitación humillante y deliciosa dentro de mí.
Una joven me tomó de la mano y me llevó a una sección privada. Encontró un vestido negro que Robert aprobó de inmediato. "¿Te gustaría probártelo?", preguntó. Miré a Robert, buscando permiso.
—Gran idea. Vamos a ver cómo te queda, nena —dijo él con una sonrisa que era una orden disfrazada.
En el probador, vi la etiqueta: $699. El precio me dejó sin aliento. Me quité mi ropa y me puse el vestido. Era de un solo hombro, dejando mi ombligo y una franja de mi estómago al descubierto. Mi sujetador se veía, arruinando la línea. Me giré, viendo cómo realzaba mis curvas. Nerviosa, abrí la puerta.
"¡Se ve genial!", dijo Robert, pero su mirada era evaluadora, no de admiración total.
La joven se acercó y, con una voz suave pero firme que solo yo podía oír, me dio el primer mandato de este nuevo juego: "Tienes que quitarte el sostén con un vestido como este". Sus palabras no eran una sugerencia; eran la voz de Robert, transmitida a través de ella. Era mi primera prueba. Y allí, de pie frente a ellos, en el vestido caro y revelador, supe lo que tenía que hacer. La obediencia había comenzado.
De vuelta en el probador, Robert me detuvo. Sus manos en mis caderas me fijaron en su lugar. "Te queda increíble. Quítate el sostén", ordenó, y dio un paso atrás para observar.
Sin dudar, desabroché el hombro del vestido, dejando al descubierto mi sujetador rojo. Luego, con movimientos torpes pero determinados, me lo quité y lo dejé caer al suelo.

—Mucho mejor —sonrió él.
Me giré para que viera todos los ángulos, sintiendo mis pezones endurecerse y rozar la tela del vestido. La vendedora, Sophie, sugirió joyas corporales. Robert acarició mi estómago desnudo. "Un piercing en el ombligo, cariño. ¿Quizás piercings para pezones para mantenerlos duros?", dijo, como si hablara de accesorios.
Me probé otro vestido, aún más pequeño y sin tirantes, y esta vez, bajo la atenta mirada de ambos, me desvestí por completo en el pequeño espacio. La expresión de la vendedora fue de shock y admiración. El nuevo vestido era una nube de seda y tulle transparente que dejaba ver trozos de mi piel. Me ajusté los pechos, mis pezones duros claramente.

—Un poquito más aquí —indicó Robert, bajando el escote. Luego me giró y posó su mano en mi trasero—. Dobla la cintura, nena.
Me incliné hacia adelante, ofreciéndole mi trasero a su vista. Sentí su mano ahuecar mi humedad a través de la tela delgada. "Este culo está buenísimo", susurró, y luego, con una audacia que me dejó sin aliento, deslizó un dedo dentro de mí, penetrándome justo allí, frente a Sophie. "Se pone tan mojada cuando le tocan el culo", le dijo a ella, como comentando el tiempo. "¿A ti no, cariño?".
—Sí, papi —gemí, abandonándome a la humillación excitante.
Salimos de la tienda con todas las compras. Yo, en mi nuevo vestido, me sentía transformada. Frente al valet parking, Robert me dio mi siguiente prueba. "Ve a buscar mi llavero, nena". Yo tenía las manos llenas de bolsas. "Que el valet te lo ponga entre las tetas", ordenó, dándome una palmada en el trasero.
Vacilé, pero obedecí. Me acerqué al joven valet, sonriendo nerviosamente. "Tengo las manos ocupadas", dije, levantando las bolsas. "¿Puedes dejarlo... aquí?". Señalé mi escote. Con una sonrisa de incredulidad y deseo, deslizó el llavero de metal frío entre mis pechos, sus dedos rozando mi piel. Mis pezones se endurecieron al instante. "Gracias", susurré.
—Eso debe ser lo más sexy que he visto —dijo Robert, besándome junto al coche.
En el camino, no pudo evitar tocar mis muslos. Yo guié su mano hacia mi coño, necesitándolo. Estaba al borde del orgasmo cuando él retiró la mano. "Ya casi llegamos", dijo, con una sonrisa que prometía más.
Llegamos a su casa, una mansión imponente. El garaje era una galería de arte automotriz: pisos pulidos, luces perfectas, y una colección de coches exóticos. Allí estaba el Ferrari Enzo amarillo. "¡Guau!", fue todo lo que pude decir.
Mientras yo acariciaba la pintura impecable, él sacó su teléfono y comenzó a tomarme fotos. Sonreí, posé. Me incliné sobre el capó del coche, mi vestido subiéndose, ofreciendo una vista de mis piernas y trasero.
Entonces, vino la orden, clara y directa, en el silencio sagrado del garaje: "Quítate el vestido".
Le miré, sabiendo que este era el punto de no retorno. Me puse de pie, empujé el vestido hasta el suelo y desabroché el corsé. Quedé completamente desnuda en el centro de su garaje sagrado, bajo la luz fría y las miradas de los coches exóticos.
"Ponte de rodillas". Obedecí, luego me puse a cuatro patas. "Arrástrate hacia mí". Gateé sobre el suelo frío y pulido, balanceando las caderas, hasta sus pies. Sin que me lo pidiera, desabroché su cinturón y liberé su polla, enorme y pesada, en mis manos. La llevé a mi boca, ahogándome en su tamaño, saboreando su sabor, dejando que la baba corriera por mi barbilla hasta mis pechos mientras él gemía de aprobación.

"Levántate". Lo hice, temblorosa. Me ordenó inclinarme sobre el costado de un Corvette negro. La pintura estaba fría contra mi piel. Lo sentí acercarse, su polla dura rozando mi espalda. "He estado queriendo esto todo el día", gruñó, y empujó dentro de mí con una embestida que me arrancó un grito. Me llenó de una manera brutal, profunda, que borró todo pensamiento.
El sexo fue un torbellino de posesión. Me folló contra el coche, con embestidas largas y duras que hacían temblar el metal. Cada golpe contra mi cuello uterino era una descarga de dolor y placer puro. Me llamó puta, zorra, y cada palabra grosera, en lugar de herirme, me encendió como un fósforo. Su mano azotó mi trasero, dejando marcas rojas en mi piel pálida. Tiró de mi pelo, arqueando mi espalda. Y yo lo suplicaba. "¡Otra vez, papi!".

El primer orgasmo me golpeó como un tren, un espasmo violento que me dobló las rodillas. Grité, un sonido animal que nunca había salido de mi garganta. Él rugió su aprobación.
Pero no había terminado. Me giró, levantó mi pierna sobre el guardabarros, abriéndome completamente de pie, y volvió a entrar. Esta vez más lento, más tortuoso, frotando su polla empapada por todo mi coño y mi trasero. Su pulgar encontró mi ano, acariciando el anillo tenso. "Nunca te han tocado el culo, ¿verdad, nena?". Negué con la cabeza, aterrorizada y excitada.
Me llevó en brazos hasta un sofá de cuero. Me puso a cuatro patas otra vez. "Relájate", ordenó, y penetró mi coño desde atrás. Mientras se movía dentro de mí, su pulgar, lubricado con mis fluidos, presionó contra mi ano. "Solo el primer nudillo, nena. Relájate y empújame hacia afuera". Respiré hondo, y con un gemido de shock y placer, su pulgar se deslizó dentro. La sensación fue extraña, invasiva, y luego, increíblemente excitante. Comenzó a mover el pulgar, follándome el culo con el dedo al mismo ritmo que su polla en mi coño. Era una sobrecarga de sensaciones, una corrupción total. Grité, suplicando que no parara.

"¡Sé una buena tetona y haz que me corra!", gruñó él. La palabra "tetona" me impactó, y luego me electrificó. "¡Joder, sí!", grité, perdida en un éxtasis ininteligible. Sentí cómo se tensaba y explotaba dentro de mí, llenándome con su calor. Mi propio orgasmo estalló en una ola secundaria, más intensa por la invasión doble. Me derrumbé en el sofá, temblando, sin aliento.
Cuando me recuperé lo suficiente, vi su polla, aún húmeda y ablandándose, frente a mi cara. Sin pensarlo, la llevé a mi boca, limpiándola con mi lengua, saboreando nuestro sexo mezclado. Él me acarició el pelo. "Eres tan bueno conmigo".
—Te encanta ser mi zorra chupapollas, ¿verdad, cariño? —preguntó, su voz baja.
Asentí, avergonzada pero honesta. "Me encanta cuando me dices eso", murmuré.
—¿Qué te gusta que te diga, nena? —insistió, obligándome a confesar.
—Cuando me llamas... ya sabes... puta —logré decir, mirando al suelo.
Él sonrió. No era un insulto; era un collar que me colocaba. "¿Eres mi zorra tetona y chupapollas, nena?"
Sonreí, sintiendo una liberación extraña. "Lo soy. Me encanta ser tu puta tetona, papi".
Él me ayudó a levantarme. "Es liberador explorar tus deseos, ¿no?", dijo. Yo asentí, de repente tímida, tratando de cubrirme. Él apartó mis manos. "No te cubras. Debes estar orgullosa".
Miró su reloj. La realidad, como un cubo de agua fría. "Vístete. No querrás llegar tarde a recoger a los niños".
Mientras me ponía mi ropa de "Ama" de nuevo, la mujer sencilla y madre, sintiendo aún su marca en mi piel y su sabor en mi boca, supe que nada volvería a ser igual. Había descubierto un abismo dentro de mí, y Robert era el único que tenía el mapa.
—Tendremos más tiempo para jugar y explorar —prometió, dándome una última palmada en el trasero, un recordatorio de mi nuevo rol—. Ahora, vístete.
Y yo obedecí.
Intenté lavar el día en la ducha, el olor a Robert, la sensación de su semen, pero era como querer borrar una tatuaje fresco. Colgué la foto del boudoir en el armario, puse el álbum negro en la cómoda de Brian y escondí la memoria USB con los secretos más íntimos. Cuando Brian llegó, lo besé con la misma boca que había usado para complacer a Robert, sintiendo una desconexión extraña y poderosa.
—Tengo una sorpresa para ti —le dije, llevándolo al dormitorio. Al principio pensó que era sexo, y su queja ("no tengo energía") confirmó la rutina en la que estábamos atrapados.
Le mostré la foto grande enmarcada. Su reacción no fue de celos, sino de un asombro excitado. "¡Mierda, Amy! ¿Eres tú?". Se obsesionó con los detalles: ¿estaba desnuda? ¿Se le veían los pezones?
—¿Quién tomó la foto? —preguntó, y noté cómo su mirada se clavaba en la imagen, no en mí.
—Un fotógrafo. En un estudio —respondí, y vi, con un escalofrío de triunfo, cómo la protuberancia en sus pantalones crecía.
"¿Entonces un tipo tomó esto? ¿Te vio desnuda así?", preguntó, y su tono no era de ira, sino de una curiosidad profunda, casi morbosa.
Le mostré el álbum. Mientras pasaba las páginas, sus ojos brillaban, y su erección era inconfundible. Jugué con fuego. "¿Te excitan mis fotos o la idea de que otro hombre me vea semidesnudo?", pregunté, acercándome.
Él bajó la cabeza, avergonzado. "Sí. Lo siento". Fue una confesión que lo cambió todo.
Lo presioné, queriendo escarbar en esa fantasía secreta. "¿Te gusta que otros hombres se pongan duros mirando a tu mujer, verdad?".
—Sí —admitió, y fue como abrir una compuerta. Me confesó que a veces se masturbaba pensando en otros hombres deseándome, incluso fantaseando con que yo estuviera con ellos.
El descubrimiento fue electrizante. No era rabia lo que sentía, sino un poder inmenso. Su mayor fantasía era mi nueva realidad. Lo puse a prueba. Lo hice masturbarse frente a mí mientras le mostraba las fotos más atrevidas, describiendo cómo me había sentido al posar, cómo el fotógrafo me había mirado. "Estaba empapada mostrándole mi trasero desnudo", susurré, y eso fue suficiente para hacerlo llegar al clímax.
Después, mientras se limpiaba, dejó caer la pregunta más peligrosa: "¿Tú? ¿Te toca? ¿Tienes sexo con él?".
—No, cariño. Estoy casada. ¿Crees que haría eso? —mentí con una sonrisa dulce, mientras me recostaba desnuda en la cama, ofreciéndome.
Le ordené que me lamiera, que usara sus dedos. Él obedeció, torpe pero dispuesto. Mientras su boca trabajaba entre mis piernas, yo pensaba en Robert, en sus dedos expertos, en su polla gruesa. Le guié, le enseñé cómo complacerme, convirtiendo su sumisión en mi herramienta. Cuando llegué al orgasmo, cerré los ojos e imaginé que era Robert quien me provocaba esos espasmos.
El fin de semana fue una farsa tranquila. Brian ayudaba con los niños y miraba furtivamente mi foto en el armario cuando creía que no lo veía. Yo, mientras tanto, solo podía pensar en la próxima sesión de fotos, en las motos, en los bikinis, y en la próxima vez que Robert me follaría. Había descubierto el juego perfecto: alimentar la fantasía secreta de Brian con migajas de verdad, mientras yo me hartaba del banquete completo a sus espaldas. La mentira nos unía más que la verdad nunca lo había hecho...
La aventura continua, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas contenido.
Al día siguiente, entré al estudio con una mezcla de nerviosismo y expectación. Jerry me recibió en su oficina con entusiasmo. "¡Nunca me había divertido tanto con una sesión boudoir! Eres tan natural", dijo, y sus palabras me hicieron sonrojar, recordando lo natural que me había sentido, especialmente con Robert.
Sobre su escritorio había un elegante folleto de cuero negro y un gran marco cubierto. "Me tomé la libertad de hacer tu álbum y elegir la foto para tu esposo", explicó.
Al abrir el folleto, me vi transformada. Página tras página, era una modelo segura, sensual, dueña de su cuerpo. Hasta que llegamos a esa foto. La del corsé blanco en el sofá, mis pechos a punto de escapar, la curva de mi trasero en alto. "¡Oh, mierda!", jadeé, tapándome la boca.

—Hace mucho calor, ¿eh? —bromeó Jerry, y yo solo pude asentir, al borde de las lágrimas por verme tan poderosa.
Luego reveló el gran marco: era esa misma foto, impresa en un tamaño espectacular. Brian la vería así, a diario. La idea era vertiginosa.
Jerry también me entregó una memoria USB. "Estas son las fotos que no creo que quieras que nadie más vea", dijo con una sonrisa pícara. Sabía a qué se refería: los momentos más atrevidos, los ángulos más íntimos.
En ese momento, una voz familiar resonó detrás de mí. "Hola, preciosa". Era Robert. Su mano se posó en mi hombro, un contacto firme y posesivo que me hizo estremecer. "Me alegra que estés aquí. ¿Te gustaría participar en la planificación?".
Me sonrojé al encontrarme con sus ojos azules brillantes. "Buenos días", murmuré.
—Te ves tan impresionante como siempre —dijo, dejando que su mirada recorriera mi cuerpo de arriba abajo, sin prisas.
—Basta —protesté, pero mi voz sonó débil, sin convicción.
Robert se puso manos a la obra. Quería acelerar el calendario: tres motos por sesión, incluso los sábados. Me recliné en mi asiento, preocupada. ¿Cómo justificaría tanto tiempo fuera? "Puedo hacer que funcione", dije, con una preocupación evidente en mi rostro.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Robert, girándose hacia mí. Su mano, que antes estaba en mi hombro, se deslizó hasta mi rodilla.
El contacto me electrizó. "Um, no hace falta. Solo necesito encontrar a alguien para los chicos el sábado", logré decir.
—¡Genial! —exclamó, dándome una palmadita en el muslo, pero su mano no se fue. Se quedó allí, cálida y pesada, mientras se giraba a hablar con Jerry sobre la producción. Quería que cada mes tuviera una temática, que mi ropa combinara con las motos.
Mientras hablaban de bikinis temáticos y de cuántos hombres me verían expuesta en esas páginas, sentí una humedad familiar. Me separé un poco los muslos, supuestamente por comodidad, pero en realidad era una invitación tácita. Una señal para Robert, cuya mano todavía descansaba en mi muslo, de que podía explorar, que yo no me detendría. Su dedo pulgar comenzó a dibujar círculos lentos sobre mi piel, un secreto compartido en medio de la reunión de negocios. Cada círculo era una promesa de lo que estaba por venir, y yo, en lugar de apartarme, me acomodé en la silla, aceptando el juego peligroso que había comenzado.
Sentí que mis piernas se separaban ligeramente, concediéndole a su mano un acceso aún más íntimo a la cara interna de mi muslo. Él aprovechó, deslizándola más arriba, bajo mi falda. "No limitemos a Amy a los bikinis", dijo, girándose hacia mí como si discutiera negocios. "¿Te gustaría usar lencería u otros conjuntos?".
—Sí, claro —logré decir, tratando de que mi voz no sonara quebrada—. Un bikini de tiras no te permite hacer mucho.
Él siguió sugiriendo ideas para los meses, como un minivestido para julio, mientras sus dedos jugaban en mi piel. En un arranque de atrevimiento —o tal vez para distraerme de la sensación—, solté una idea: "¿Y si para julio usamos pintura corporal, en lugar de ropa, con las tres motos juntas?".
A Jerry le encantó la idea. Robert, por su parte, acarició con los dedos mis labios vaginales a través de la tela de mis bragas. "¡Genial!", dijo, como si solo hablara del proyecto. Siguió acariciando, trazando círculos húmedos mientras planeábamos mayo y junio, su toque un contrapunto secreto y electrizante a la conversación profesional.
Cuando la charla derivó hacia un Ferrari Enzo amarillo y una posible foto para su garaje, sentí que me perdía. Hasta que, de repente, su dedo encontró mi entrada y penetró ligeramente. Un jadeo me escapó. Me incorporé de golpe, fingiendo toser. Jerry me miró con preocupación.
—¿Qué es un Enzo? —pregunté para cubrir mi confusión, mientras sentía cómo Robert retiraba su dedo con lentitud deliberada.
—Un Ferrari —respondió él, metiéndose el mismo dedo en la boca como para morderse la uña, un gesto obsceno que solo yo entendí—. ¿Qué te parece un vestido negro ajustado?
Acepté, todavía aturdida. Cuando supe que él era dueño de varios Ferraris, la realidad de su mundo chocó con la mía.
—Deberíamos ir a comprar ese vestido negro —propuso Robert de pronto—. ¿Ahora? ¿Tienes tiempo antes de recoger a los niños?
Mi corazón dio un vuelco. "Sí, supongo que sí", asentí, pensando: Dios, cualquier cosa por estar más con él.
En el camino, en su coche lujoso y silencioso, finalmente me armé de valor para preguntar a dónde íbamos.
—Conozco unas boutiques en el centro de la ciudad. —dijo, y luego, bajando la mirada a mis piernas, añadió—: Esto es solo una excusa para tenerte para mí por unas horas.
—¡Dios mío, qué mal estás! —me reí, nerviosa, pero descrucé las piernas, deseando su atención.
—Puede que me porte un poco mal —admitió, con una sonrisa—. No puedo evitarlo estando contigo. Y gracias por dejarme tocarte esta mañana
Me tapé la cara, avergonzada por el audaz movimiento que le había permitido casi sin pensar.
—Me alegro de que lo hicieras —continuó él—. Eso me demuestra que estás desnuda debajo de esta fachada de esposa amorosa. —Y, sin apartar la vista de la carretera, subió el borde de mi falda por mis muslos, exponiéndome—.
—Me dijiste que te obedeciera—murmuré, separando las piernas en un acto de sumisión que me excitó tanto como a él.
—Y buena chica. Me encanta lo obediente que eres —dijo, deslizando su mano por la parte interna de mi muslo hasta encontrar mi coño completamente desnudo y húmedo—. ¿Te gusta esto? —preguntó, haciendo círculos sobre mi clítoris mientras conducía.
—Mmm, sí —jadeé—. Pero… me encanta cuando dices 'buena chica'. Me encanta complacerte. No sé por qué.
—Me gusta —dijo él, con una risa baja—. Me gusta cuando sueltas las cosas sin pensar. —Retiró sus dedos y los posó sobre mis labios—. ¿Te gustaría ser mi niñita buena?
La pregunta, directa y cargada de implicaciones, flotó en el aire del coche. Yo, con el sabor de mi propia excitación en los labios y su mirada fija en la carretera, supe que ya no había vuelta atrás. Había cruzado una línea, y la única dirección posible era hacia adelante, hacia donde él me llevara.
Tomé su mano entre las mías y llevé sus dedos a mis labios. Los besé, limpiando suavemente con mi lengua los rastros de mis propios fluidos. Un acto de sumisión total. "Sí. Quiero ser eso para ti. Lo que tú quieras", dije, temblando por el compromiso enorme y vago que estaba haciendo.
—Eso significa ser completamente obediente. Ser mía —dijo, girándose para mirarme, sus ojos escudriñando los míos—. Podrías experimentar cosas nuevas. ¿Podrás soportarlo?
—Creo que sí. Lo intentaré —respondí, aferrándome a su mano.
—Eso no basta, cariño. «Creo que sí» no funciona. Tienes que entregarte por completo.
"¡Está bien, lo haré!", acepté apresuradamente, antes de que el miedo pudiera detenerme.
Él estableció las reglas, simples y absolutas: obediencia inmediata, sin dudas. Pensar solo en complacerlo. Y si fallaba, habría un castigo correctivo. "¿Entiendes?".
—Sí, señor. Lo entiendo —respondí, sintiendo cómo el título «señor» cambiaba el aire entre nosotros.
Cuando le agradecí por todo lo que ya había hecho por mí, por hacerme sentir tan viva y deseada, él solo rió entre dientes. "Todavía no he hecho nada". Pero sus dedos, guiados por mí hacia mis muslos, estaban a punto de llevarme al borde cuando el coche se detuvo frente al lujoso Hotel Grand Hyatt.
Salí del Porsche, todavía temblorosa, notando las miradas de la gente mientras Robert me guiaba, su mano posesiva en la parte baja de mi espalda. "Recuerda, voy a poner a prueba tu obediencia", susurró en mi oído antes de abrir la puerta de una boutique exclusiva.
Dentro, una vendedora joven y esbelta, Sophie, nos recibió. "Buscamos un vestido negro sexy y sofisticado para *mi niña*", anunció Robert, acariciando mi espalda. Sus palabras, "mi niña", encendieron una chispa de excitación humillante y deliciosa dentro de mí.
Una joven me tomó de la mano y me llevó a una sección privada. Encontró un vestido negro que Robert aprobó de inmediato. "¿Te gustaría probártelo?", preguntó. Miré a Robert, buscando permiso.
—Gran idea. Vamos a ver cómo te queda, nena —dijo él con una sonrisa que era una orden disfrazada.
En el probador, vi la etiqueta: $699. El precio me dejó sin aliento. Me quité mi ropa y me puse el vestido. Era de un solo hombro, dejando mi ombligo y una franja de mi estómago al descubierto. Mi sujetador se veía, arruinando la línea. Me giré, viendo cómo realzaba mis curvas. Nerviosa, abrí la puerta.
"¡Se ve genial!", dijo Robert, pero su mirada era evaluadora, no de admiración total.
La joven se acercó y, con una voz suave pero firme que solo yo podía oír, me dio el primer mandato de este nuevo juego: "Tienes que quitarte el sostén con un vestido como este". Sus palabras no eran una sugerencia; eran la voz de Robert, transmitida a través de ella. Era mi primera prueba. Y allí, de pie frente a ellos, en el vestido caro y revelador, supe lo que tenía que hacer. La obediencia había comenzado.
De vuelta en el probador, Robert me detuvo. Sus manos en mis caderas me fijaron en su lugar. "Te queda increíble. Quítate el sostén", ordenó, y dio un paso atrás para observar.
Sin dudar, desabroché el hombro del vestido, dejando al descubierto mi sujetador rojo. Luego, con movimientos torpes pero determinados, me lo quité y lo dejé caer al suelo.

—Mucho mejor —sonrió él.
Me giré para que viera todos los ángulos, sintiendo mis pezones endurecerse y rozar la tela del vestido. La vendedora, Sophie, sugirió joyas corporales. Robert acarició mi estómago desnudo. "Un piercing en el ombligo, cariño. ¿Quizás piercings para pezones para mantenerlos duros?", dijo, como si hablara de accesorios.
Me probé otro vestido, aún más pequeño y sin tirantes, y esta vez, bajo la atenta mirada de ambos, me desvestí por completo en el pequeño espacio. La expresión de la vendedora fue de shock y admiración. El nuevo vestido era una nube de seda y tulle transparente que dejaba ver trozos de mi piel. Me ajusté los pechos, mis pezones duros claramente.

—Un poquito más aquí —indicó Robert, bajando el escote. Luego me giró y posó su mano en mi trasero—. Dobla la cintura, nena.
Me incliné hacia adelante, ofreciéndole mi trasero a su vista. Sentí su mano ahuecar mi humedad a través de la tela delgada. "Este culo está buenísimo", susurró, y luego, con una audacia que me dejó sin aliento, deslizó un dedo dentro de mí, penetrándome justo allí, frente a Sophie. "Se pone tan mojada cuando le tocan el culo", le dijo a ella, como comentando el tiempo. "¿A ti no, cariño?".
—Sí, papi —gemí, abandonándome a la humillación excitante.
Salimos de la tienda con todas las compras. Yo, en mi nuevo vestido, me sentía transformada. Frente al valet parking, Robert me dio mi siguiente prueba. "Ve a buscar mi llavero, nena". Yo tenía las manos llenas de bolsas. "Que el valet te lo ponga entre las tetas", ordenó, dándome una palmada en el trasero.
Vacilé, pero obedecí. Me acerqué al joven valet, sonriendo nerviosamente. "Tengo las manos ocupadas", dije, levantando las bolsas. "¿Puedes dejarlo... aquí?". Señalé mi escote. Con una sonrisa de incredulidad y deseo, deslizó el llavero de metal frío entre mis pechos, sus dedos rozando mi piel. Mis pezones se endurecieron al instante. "Gracias", susurré.
—Eso debe ser lo más sexy que he visto —dijo Robert, besándome junto al coche.
En el camino, no pudo evitar tocar mis muslos. Yo guié su mano hacia mi coño, necesitándolo. Estaba al borde del orgasmo cuando él retiró la mano. "Ya casi llegamos", dijo, con una sonrisa que prometía más.
Llegamos a su casa, una mansión imponente. El garaje era una galería de arte automotriz: pisos pulidos, luces perfectas, y una colección de coches exóticos. Allí estaba el Ferrari Enzo amarillo. "¡Guau!", fue todo lo que pude decir.
Mientras yo acariciaba la pintura impecable, él sacó su teléfono y comenzó a tomarme fotos. Sonreí, posé. Me incliné sobre el capó del coche, mi vestido subiéndose, ofreciendo una vista de mis piernas y trasero.
Entonces, vino la orden, clara y directa, en el silencio sagrado del garaje: "Quítate el vestido".
Le miré, sabiendo que este era el punto de no retorno. Me puse de pie, empujé el vestido hasta el suelo y desabroché el corsé. Quedé completamente desnuda en el centro de su garaje sagrado, bajo la luz fría y las miradas de los coches exóticos.
"Ponte de rodillas". Obedecí, luego me puse a cuatro patas. "Arrástrate hacia mí". Gateé sobre el suelo frío y pulido, balanceando las caderas, hasta sus pies. Sin que me lo pidiera, desabroché su cinturón y liberé su polla, enorme y pesada, en mis manos. La llevé a mi boca, ahogándome en su tamaño, saboreando su sabor, dejando que la baba corriera por mi barbilla hasta mis pechos mientras él gemía de aprobación.

"Levántate". Lo hice, temblorosa. Me ordenó inclinarme sobre el costado de un Corvette negro. La pintura estaba fría contra mi piel. Lo sentí acercarse, su polla dura rozando mi espalda. "He estado queriendo esto todo el día", gruñó, y empujó dentro de mí con una embestida que me arrancó un grito. Me llenó de una manera brutal, profunda, que borró todo pensamiento.
El sexo fue un torbellino de posesión. Me folló contra el coche, con embestidas largas y duras que hacían temblar el metal. Cada golpe contra mi cuello uterino era una descarga de dolor y placer puro. Me llamó puta, zorra, y cada palabra grosera, en lugar de herirme, me encendió como un fósforo. Su mano azotó mi trasero, dejando marcas rojas en mi piel pálida. Tiró de mi pelo, arqueando mi espalda. Y yo lo suplicaba. "¡Otra vez, papi!".

El primer orgasmo me golpeó como un tren, un espasmo violento que me dobló las rodillas. Grité, un sonido animal que nunca había salido de mi garganta. Él rugió su aprobación.
Pero no había terminado. Me giró, levantó mi pierna sobre el guardabarros, abriéndome completamente de pie, y volvió a entrar. Esta vez más lento, más tortuoso, frotando su polla empapada por todo mi coño y mi trasero. Su pulgar encontró mi ano, acariciando el anillo tenso. "Nunca te han tocado el culo, ¿verdad, nena?". Negué con la cabeza, aterrorizada y excitada.
Me llevó en brazos hasta un sofá de cuero. Me puso a cuatro patas otra vez. "Relájate", ordenó, y penetró mi coño desde atrás. Mientras se movía dentro de mí, su pulgar, lubricado con mis fluidos, presionó contra mi ano. "Solo el primer nudillo, nena. Relájate y empújame hacia afuera". Respiré hondo, y con un gemido de shock y placer, su pulgar se deslizó dentro. La sensación fue extraña, invasiva, y luego, increíblemente excitante. Comenzó a mover el pulgar, follándome el culo con el dedo al mismo ritmo que su polla en mi coño. Era una sobrecarga de sensaciones, una corrupción total. Grité, suplicando que no parara.

"¡Sé una buena tetona y haz que me corra!", gruñó él. La palabra "tetona" me impactó, y luego me electrificó. "¡Joder, sí!", grité, perdida en un éxtasis ininteligible. Sentí cómo se tensaba y explotaba dentro de mí, llenándome con su calor. Mi propio orgasmo estalló en una ola secundaria, más intensa por la invasión doble. Me derrumbé en el sofá, temblando, sin aliento.
Cuando me recuperé lo suficiente, vi su polla, aún húmeda y ablandándose, frente a mi cara. Sin pensarlo, la llevé a mi boca, limpiándola con mi lengua, saboreando nuestro sexo mezclado. Él me acarició el pelo. "Eres tan bueno conmigo".
—Te encanta ser mi zorra chupapollas, ¿verdad, cariño? —preguntó, su voz baja.
Asentí, avergonzada pero honesta. "Me encanta cuando me dices eso", murmuré.
—¿Qué te gusta que te diga, nena? —insistió, obligándome a confesar.
—Cuando me llamas... ya sabes... puta —logré decir, mirando al suelo.
Él sonrió. No era un insulto; era un collar que me colocaba. "¿Eres mi zorra tetona y chupapollas, nena?"
Sonreí, sintiendo una liberación extraña. "Lo soy. Me encanta ser tu puta tetona, papi".
Él me ayudó a levantarme. "Es liberador explorar tus deseos, ¿no?", dijo. Yo asentí, de repente tímida, tratando de cubrirme. Él apartó mis manos. "No te cubras. Debes estar orgullosa".
Miró su reloj. La realidad, como un cubo de agua fría. "Vístete. No querrás llegar tarde a recoger a los niños".
Mientras me ponía mi ropa de "Ama" de nuevo, la mujer sencilla y madre, sintiendo aún su marca en mi piel y su sabor en mi boca, supe que nada volvería a ser igual. Había descubierto un abismo dentro de mí, y Robert era el único que tenía el mapa.
—Tendremos más tiempo para jugar y explorar —prometió, dándome una última palmada en el trasero, un recordatorio de mi nuevo rol—. Ahora, vístete.
Y yo obedecí.
Intenté lavar el día en la ducha, el olor a Robert, la sensación de su semen, pero era como querer borrar una tatuaje fresco. Colgué la foto del boudoir en el armario, puse el álbum negro en la cómoda de Brian y escondí la memoria USB con los secretos más íntimos. Cuando Brian llegó, lo besé con la misma boca que había usado para complacer a Robert, sintiendo una desconexión extraña y poderosa.
—Tengo una sorpresa para ti —le dije, llevándolo al dormitorio. Al principio pensó que era sexo, y su queja ("no tengo energía") confirmó la rutina en la que estábamos atrapados.
Le mostré la foto grande enmarcada. Su reacción no fue de celos, sino de un asombro excitado. "¡Mierda, Amy! ¿Eres tú?". Se obsesionó con los detalles: ¿estaba desnuda? ¿Se le veían los pezones?
—¿Quién tomó la foto? —preguntó, y noté cómo su mirada se clavaba en la imagen, no en mí.
—Un fotógrafo. En un estudio —respondí, y vi, con un escalofrío de triunfo, cómo la protuberancia en sus pantalones crecía.
"¿Entonces un tipo tomó esto? ¿Te vio desnuda así?", preguntó, y su tono no era de ira, sino de una curiosidad profunda, casi morbosa.
Le mostré el álbum. Mientras pasaba las páginas, sus ojos brillaban, y su erección era inconfundible. Jugué con fuego. "¿Te excitan mis fotos o la idea de que otro hombre me vea semidesnudo?", pregunté, acercándome.
Él bajó la cabeza, avergonzado. "Sí. Lo siento". Fue una confesión que lo cambió todo.
Lo presioné, queriendo escarbar en esa fantasía secreta. "¿Te gusta que otros hombres se pongan duros mirando a tu mujer, verdad?".
—Sí —admitió, y fue como abrir una compuerta. Me confesó que a veces se masturbaba pensando en otros hombres deseándome, incluso fantaseando con que yo estuviera con ellos.
El descubrimiento fue electrizante. No era rabia lo que sentía, sino un poder inmenso. Su mayor fantasía era mi nueva realidad. Lo puse a prueba. Lo hice masturbarse frente a mí mientras le mostraba las fotos más atrevidas, describiendo cómo me había sentido al posar, cómo el fotógrafo me había mirado. "Estaba empapada mostrándole mi trasero desnudo", susurré, y eso fue suficiente para hacerlo llegar al clímax.
Después, mientras se limpiaba, dejó caer la pregunta más peligrosa: "¿Tú? ¿Te toca? ¿Tienes sexo con él?".
—No, cariño. Estoy casada. ¿Crees que haría eso? —mentí con una sonrisa dulce, mientras me recostaba desnuda en la cama, ofreciéndome.
Le ordené que me lamiera, que usara sus dedos. Él obedeció, torpe pero dispuesto. Mientras su boca trabajaba entre mis piernas, yo pensaba en Robert, en sus dedos expertos, en su polla gruesa. Le guié, le enseñé cómo complacerme, convirtiendo su sumisión en mi herramienta. Cuando llegué al orgasmo, cerré los ojos e imaginé que era Robert quien me provocaba esos espasmos.
El fin de semana fue una farsa tranquila. Brian ayudaba con los niños y miraba furtivamente mi foto en el armario cuando creía que no lo veía. Yo, mientras tanto, solo podía pensar en la próxima sesión de fotos, en las motos, en los bikinis, y en la próxima vez que Robert me follaría. Había descubierto el juego perfecto: alimentar la fantasía secreta de Brian con migajas de verdad, mientras yo me hartaba del banquete completo a sus espaldas. La mentira nos unía más que la verdad nunca lo había hecho...
La aventura continua, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas contenido.
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