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Bebiendo con mi sobrina

Bebiendo con mi sobrina
Desde siempre, como de costumbre, voy de visita a la casa de mi hermano. Nos ponemos a beber juntos, y luego me voy o me quedo a dormir en el sofá de la sala hasta que se me pasa la borrachera.
Mi sobrina —que tiene 17 años y es hija de mi cuñada de una relación anterior, antes de que ella se casara con mi hermano— vive con ellos. Mi hermano la crió como si fuera suya desde chica, pero no es su padre biológico. Eso nunca ha sido un secreto en la familia, aunque nadie lo menciona mucho. Dentro de la familia siempre han corrido rumores de que ella es bien puta con sus compañeros del colegio: decían que se metía en los baños con ellos, que siempre había quejas de chicos o profes, pero nadie le creía de verdad porque tiene una cara de inocente total, de niña buena que no rompe un plato. Yo mismo pensaba que eran puras habladurías de envidiosos.
Esa vez mi hermano y mi cuñada se habían ido de viaje a Tierra Santa, un peregrinaje que dura unos 8-12 días según el paquete (lo típico desde Latinoamérica). Mi hermano me lo había comentado semanas antes, pero se me olvidó por completo. Cuando llegué como siempre, mi sobrina me abrió la puerta. Al entrar pregunté por sus padres, y ella me dijo que estaban de viaje. Me quedé un segundo procesándolo, pero no dije nada; simplemente tomé asiento en una de las butacas de la sala, saqué la botella que siempre llevo y la abrí.
Mi sobrina fue al bar de la casa, agarró una copa y se sentó conmigo a charlar un rato. Le dije en tono solemne: “Sabes que es de muy mala educación dejar que el invitado beba solo”. Ella no tenía idea de que eso fuera “regla”, pero cuando le solté directo: “No seas mala anfitriona, búscate una copa para acompañarme”, fue y volvió con otra. Le serví un trago (un poco menos que el mío) y brindamos por el viaje de sus padres.
Ella no está acostumbrada a beber, pero por no ser descortés siguió mi ritmo. Al rato ya nos habíamos tomado casi media botella. Como siempre, me quité la camisa y me quedé en camiseta. Ella empezó a quejarse de que sentía un calor terrible por todo el cuerpo, pero siguió bebiendo y charlando de tonterías.
En un momento le pregunté si había algo para comer en la cocina. Se acordó de un queso, jamón y pan que había visto. Fue a buscarlo y volvió con todo. Seguimos bebiendo mientras comíamos. Ya estaba bien mareada cuando volvió a decir que se moría de calor. Le dije medio en broma: “Tienes suerte de que estás en tu casa. Si quieres, quítate todo, te aseguro que no voy a decir nada… a menos que no te atrevas”.
Ni lo pensó. Frente a mí se quitó la poca ropa que llevaba, quedando en panties y sostén. Vio que a mí no me importaba (o que no me molestaba), así que se quedó tranquila. Seguimos charlando de canciones, y de pronto le dio por cantar. Se subió a la mesa de centro como si estuviera en un escenario. Mientras cantaba, yo le veía el coño depilado a través de los panties transparentes. Entre risas le dije que tenía un “buen canto” (refiriéndome claramente a su coño), aunque ella pensó que hablaba de su voz.
Al bajarse de la mesa se dio cuenta de que yo también me había quitado la camiseta. Sin pensarlo mucho, se sacó el sostén. Mirando sus tetas paradas le dije: “Te voy a decir un secreto para que tus senos estén siempre firmes”. Llena de curiosidad se acercó. Agarré mi copa, mojé su pezón con el licor y le dije: “Con esto se ponen bien firmes”. Casi de inmediato empecé a mamársela. Se quedó paralizada al principio, pero al rato me confesó que ninguno de sus novios le había hecho algo así. Siguió un buen rato chupándole y mamándole las tetas, y ella misma empezó a mojar el otro pezón en su copa para que yo se lo chupara también.
Con toda intención derramé un poco de bebida entre sus piernas. Ella, ya muy ebria, se rio y dijo: “Ahora me dirás que eso es magnífico para tener un buen coño”. Le contesté riendo: “Tú lo dices en broma, pero es la pura verdad”. Sin perder tiempo le bajé los panties suavemente, le separé las piernas y metí la cara directo en su coño. Le lamí la vulva, los labios, el clítoris… se volvió loca de placer, casi se desmaya. Me restregaba todo el coño contra la cara mientras yo me quitaba los pantalones.
Cuando se dio cuenta, ya tenía mi verga dentro de su coño sabroso y mojado. Esa noche hice con ella lo que quise. En un momento empecé a acariciarle las nalgas y poco a poco le metí dedos en el culo apretado. Estaba extasiada. La penetraba fuerte por el coño, metiendo y sacando toda la verga, y en una de esas cambié y se la metí por el culo. Se quedó paralizada al principio mientras atravesaba el esfínter, pero al rato empezó a mover las caderas gustosa mientras yo le apretaba el coño con la mano.
Al final volví a su coño empapado, la embestí con todo hasta que no pude más y le llené la concha de leche caliente, descargando todo dentro de ella mientras gemía como loca. Quedó con el coño chorreando semen, goteando por sus muslos. Descansamos un rato corto y nos fuimos a bañar. En la ducha la puse a mamarme la verga un par de veces más. Luego volvimos a su cama y seguimos disfrutando mutuamente hasta tarde.
Al día siguiente, cuando se despertó, yo ya me estaba yendo. Me dijo que estaba confundida, que sí había estado con hombres antes, pero con ninguno de sus novios le pasaba lo mismo: “Ellos apenas te la meten y los muy pendejos se vienen rápido”. Terminó confesándome que estaba deseando que la vuelva a visitar antes de que regresen mi hermano y mi cuñada.

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