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Vida de campo con mi hija

Me llamo Jorge, soy un ganadero argentino de 45 años. Gran parte de mi vida la pasé lejos de las ciudades, siempre pegado al campo. Empecé a trabajar desde chico, y después de perder a mi esposa cuando mi hija Lucía tenía apenas 2 años, me dediqué solo a criarla y a sacar adelante el rancho. Nunca busqué otra mujer; el aislamiento y el trabajo me absorbían todo. Lucía creció fuerte, lista, pero sin amigos de su edad porque las escuelas están a más de tres horas. Le enseñé lo básico yo mismo: matemáticas, lenguaje, algo de historia y ciencias. Con el tiempo, con una tablet que compré con esfuerzo, ella siguió aprendiendo sola por YouTube y redes. En lo económico no nos va mal; podemos darnos algunos gustos, pero nada exagerado.
Vivimos en una humilde casa de campo vieja, de cemento, con paredes gruesas pero agrietadas por los años, techo de chapa y un par de habitaciones sencillas. No es lujosa, pero es sólida y nos cobija del viento patagónico.
Todo cambió hace unos años, cuando Lucía cumplió 18 y empezó a ayudar más en el campo. Yo tenía unos 38 entonces. Al principio no pensaba en nada raro. Ella empezó a cambiar alrededor de los 20: se ponía ropa más ajustada cuando trabajábamos juntos, me rozaba “sin querer” al pasar, o se quedaba mirándome mientras sudaba bajo el sol. Yo lo ignoraba, me decía que eran cosas de la edad. Pero una noche, después de un día largo con el ganado, volvimos exhaustos a la casa. Mientras cenábamos, sacó el tema de golpe: “Papá, ¿nunca extrañás tener a alguien? Yo veo cómo mirás a las mujeres en los videos de la tablet”. Me quedé helado. Le dije que no, que mi vida era el rancho y ella. Insistió: “Yo podría ser eso para vos. Nadie nos ve aquí, y te quiero más que nadie”.
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Me enojé fuerte. Le grité que era una locura, que éramos familia, que esas cosas no se hablaban. Me fui a dormir solo esa noche, pero no podía sacármelo de la cabeza. Pasaron semanas: ella se acercaba más, tocándome el brazo, durmiendo con menos ropa en la habitación que compartíamos por costumbre desde siempre. Yo la rechazaba, pero la soledad del campo jugaba en contra. No había nadie con quien desahogarme, y el deseo acumulado de años sin una mujer empezaba a pesar. Una tarde, en la cabaña del campo —un refugio viejo de madera y chapa que usamos para descansar cuando estamos lejos de la casa principal—, después de un trabajo pesado, ella se metió desnuda bajo la ducha improvisada que tenemos ahí. “Solo probemos, papá. Nadie se enterará, y nos hará bien a los dos”. Resistí lo que pude, pero su cuerpo joven, curtido por el trabajo, me dejó sin fuerzas.
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Esa misma tarde pasó por primera vez. Empezó con besos torpes; ella me guiaba porque decía que había visto videos en internet. Me sentí culpable como nunca, pensando que traicionaba todo, pero el placer fue demasiado. Duramos horas: la puse contra la pared de la cabaña, luego en la cama vieja pero cómoda que tenemos ahí (más mullida que la de la casa), probando posiciones que solo había imaginado. Ella gemía fuerte, pidiendo más, y yo no podía parar. Al terminar lloré un rato, le dije que nunca más, que era un error gravísimo. Pero al día siguiente, en la camioneta de vuelta, me tocó mientras manejaba y cedí de nuevo en casa.
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Poco a poco lo acepté. Al principio me justificaba: “Es solo físico, para no volvernos locos en esta soledad”. Con el tiempo se volvió rutina. Lucía lo disfrutaba, decía que me amaba de una forma que nadie más podía, y yo empecé a verlo como algo nuestro, privado, que nos mantenía unidos en este rincón donde nadie entra. Probamos todo: mamadas en el campo, sexo en la bañera (recuerdo que me orino encima por accidente la primera vez), misionero en la cama chupándole las tetas o los pies. Ya para cuando tenía 23 o 24, era parte normal del día.
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Hoy Lucía tiene 25 años y nuestra vida diaria es así:
Por las noches dormimos juntos en la misma habitación de la casa, como pareja. Casi siempre desnudos. La mayoría de las veces terminamos teniendo sexo intenso antes de dormirnos.
Al despertar seguimos: la pongo en cuatro, me monta ella, nos ponemos de cucharita o cualquier posición que nos apetezca. Es nuestro mañanero habitual.
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Después del desayuno seguimos con su educación. Usamos la tablet para videos; gran parte de lo que sabe lo aprendió así.
Al mediodía salimos al campo. Yo atiendo la ganadería y la tierra, ella me acompaña y sigue aprendiendo. En la cabaña del campo —que sigue siendo nuestro lugar preferido cuando queremos estar más cómodos— tenemos esa cama más mullida que la de la casa. Más de una vez me ha hecho una mamada ahí, o hemos pasado horas enteras follando y perdido la noción del tiempo.
Al atardecer volvemos en la camioneta a la casa. Ella suele quedarse dormida de lo agotada que queda.
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Esa es más o menos nuestra vida diaria. Tengo muchas más experiencias con mi nena, pero esto es lo principal.

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