Dalila entró al departamento con el corazón aún desbocado, su cuerpo voluptuoso temblando bajo la blusa escotada que dejaba ver el sudor perlando sus tetas pesadas y cremosas. Cerró la puerta de un golpe, apoyándose en ella como si las piernas gruesas y carnosas no la sostuvieran. Liborio, sentado en el sofá con su rodilla elevada, fingió sorpresa al verla así, pero por dentro su polla ya se endurecía imaginando los detalles morbosos: ese indigente manoseando el culo gordo de su esposa, El Tronco salvándola con sus manos bajando a esas nalgas redondas, apretando la carne suave como si ya fuera suya. “¡Amor, qué pasó? ¡Estás pálida!”, exclamó él, cojeando hacia ella para abrazarla, sintiendo cómo sus tetas se aplastaban contra su pecho, los pezones duros por la adrenalina rozando su camisa.
Dalila, con voz entrecortada, le contó todo: el callejón oscuro, el indigente mugroso con sus manos sucias rozando sus tetas abultadas, bajando al culo para apretar esas nalgas gordas como si fueran suyas, el aliento fétido en su cara mientras la acorralaba. “Me tocó, Liborio… me asustó tanto”, sollozó, pero en sus ojos brillaba un subidón perverso, un calor que ella misma no entendía. Luego, el salvamento: El Tronco apareciendo como un macho alpha, a pesar de su estatura baja, empujando al cerdo y abrazándola, sus manos posándose justo al inicio de sus nalgas, sintiendo la curva carnosa donde el culo comenzaba a protuberar. “Me salvó, amor… ese chaparro insolente me salvó”. Liborio sintió un chorro de precum en sus boxers al oírlo; imaginaba el pene monstruoso de El Tronco presionando contra los muslos de Dalila en ese abrazo. “Hijo de puta… le diré a la policía, amor. Mañana mismo reporto al mugroso ese”, mintió él, con voz fingidamente enojada, pero sus ojos brillaban de excitación morbosa. Luego, con una sonrisa torcida, añadió: “Y al chaparro… le compraré una botella de whisky para regalársela por su valentía. Se lo merece, ¿no? Salvó a mi mujerzota ”. Dalila lo miró confundida, sus labios carnosos entreabiertos. “¿Whisky? ¿Estás loco? Ese tipo es un pervertido, pero… bueno, sí me salvó”. El subidón de adrenalina la tenía ardiendo por dentro, un calor húmedo entre sus muslos gordos que la hacía apretar las piernas.
Confundida y con el cuerpo en llamas –ese miedo mezclado con deseo prohibido, el roce de las manos de El Tronco en su culo aún quemando en su piel–, Dalila se excusó para ir a la ducha. “Necesito lavarme esta mugre”, murmuró, pero en realidad, su coño palpitaba, empapado en jugos traicioneros que mojaban su tanga. Entró a la cocina primero, abriendo el refri con manos temblorosas, y sacó un pepino grueso, verde y largo, casi tan ancho como su muñeca, con venas irregulares que lo hacían parecer una polla mutante. Lo miró un segundo, mordiéndose el labio, imaginando sin querer el pene de algún macho desconocido estirándola. Luego, rebuscó en el cajón de Liborio y encontró un condón, que él usaba en sus fantasías solitarias. Lo envolvió alrededor del pepino, el látex estirándose tenso sobre la verdura gruesa, lubricado por el agua fría del refri.
En el baño, se desvistió despacio, admirando su cuerpo en el espejo empañado: tetas enormes, pesadas como melones maduros, con pezones oscuros erectos por la excitación; barriga suave con esos kilos extras post-embarazo que la hacían tan putona; muslos gruesos rozándose, y ese culo redondo, carnoso, protuberante como una invitación a ser follado. Entró a la ducha, el agua caliente cayendo sobre su piel morena, resbalando por sus curvas voluptuosas. Se apoyó en la pared, las tetas aplastadas contra los azulejos fríos, y tomó el pepino envuelto. “Dios, qué puta soy”, murmuró, pero el subidón la dominaba. Separó las piernas, sintiendo el aire fresco en su coño depilado, los labios gordos hinchados y húmedos. Empujó el pepino despacio al principio, el condón lubricado facilitando la entrada, estirando su coño caliente como si fuera una verga real. “Ahhh… sí, así”, jadeó, sintiendo cómo la verdura gruesa la llenaba, rozando sus paredes internas, golpeando ese punto sensible que la hacía temblar. Aceleró el ritmo, follándose fuerte con una mano, la otra pellizcando sus pezones duros, tirando de ellos como si un macho los mordiera. Imaginaba al indigente, pero no: era El Tronco, ese chaparro arrogante con sus manos en su culo, salvándola y luego follándola contra la pared del callejón. “¡Fóllame, chaparro pervertido!”, gimió alto, el agua ahogando sus sonidos, pero el bebé en la habitación contigua no se despertaba. Empujaba el pepino profundo, sintiendo cómo su coño chorreaba jugos, el condón resbaloso ahora por su humedad. Se corrió fuerte, las piernas temblando, un chorro de squirt mezclándose con el agua, gritando ahogado mientras su culo se contraía, imaginando semen caliente llenándola. Jadeando, sacó el pepino, el condón cubierto de sus jugos cremosos, y lo tiró, avergonzada pero satisfecha, el cuerpo aún hormigueando.

Días después, Liborio le entregó la botella de whisky a Dalila, envuelta en un moño rojo ridículo, como si fuera un regalo romántico. “Llévasela al chaparro, amor. Dile que es de mi parte, por salvar a mi hembra deliciosa”. Dalila tomó la botella, sus cejas arqueadas en sospecha. “¿Por qué tanta bondad con ese tipo, Liborio? Tú nunca eres así… ¿qué tramas?”. Él se encogió de hombros, cojeando de vuelta al sofá, pero su polla se endurecía pensando en lo que vendría. Dalila, intrigada y con un morbo creciente que no admitía, decidió arreglarse para la ocasión. Se puso una falda corta y ajustada que abrazaba su culo gordo, dejando ver la curva de sus muslos gruesos, y una blusa escotada que hacía que sus tetas parecieran a punto de salirse. Mirándose al espejo, con el lipstick rojo en sus labios carnosos, decidió algo osado: no llevar nada abajo. “Para sentir la adrenalina”, se dijo, sintiendo el aire fresco rozando su coño desnudo, los labios gordos expuestos bajo la falda, un hilo de excitación ya humedeciéndolos.

Bajó al local de El Tronco, la botella en mano, su caminar meneando el culo voluptuoso, tetas rebotando con cada paso. Él la vio entrar y sus ojos se clavaron en ella como un lobo: en sus tetas pesadas, en la falda que insinuaba el coño desprotegido. “¡Reina! ¿Qué traes ahí?”, dijo con esa voz ronca, levantándose de su banco, su bulto en los pants Adidas ya notorio. Dalila le extendió la botella. “De parte de mi esposo… por salvarme”. Él sonrió, destapándola ahí mismo. “Brindemos, mamacita voluptuosa”. Sirvió en vasos plásticos, el whisky quemando sus gargantas. Mientras bebían, él la adulaba con piropos morbosos: “Eres una diosa, Dalila. Con esas tetas enormes , cualquier hombre se arrodilla. Con una mujer como tú, me casaría mañana, te vestiría de blanco solo para quitártelo después”. Ella rio, el calor del alcohol subiendo a su cara, pero también a su coño desnudo, sintiendo un hilo de humedad brotando, resbalando por sus muslos internos. Él, enamorándola más, sacó unos chocolates baratos de un cajón. “Para ti, reina. Dulces como tu debe ser”. El whisky la ponía caliente, confusa. “Ahora, un beso por el regalo”, pidió él osado. Ella, con el subidón, no se negó: se inclinó, sus labios carnosos tocando los de él, pero esta vez fue largo, húmedo, lenguas enredándose, el bigote de él rozando su piel. Sintió su coño palpitar, un chorro de jugos escapando, mojando sus muslos sin tanga para contenerlo. “¡Dios!”, pensó, confundida y espantada por el deseo.

Se retiró abruptamente. “Soy una mujer casada, con un bebé… no puedo”. Él, con ojos hambrientos, replicó: “A mí no me importa eso, reina. Te quiero con todo y ellos. Dudo que a tu marido le importe… hasta le gustaría ser cornudo mío, viéndote gozar con un macho de verdad”. Dalila no entendió del todo la insinuación, pero el morbo la golpeó: ¿cornudo? Salió huyendo, su coño chorreando, la falda pegándose a sus muslos húmedos. El Tronco, solo en su local, se frotó el bulto enorme. “Estoy Cansado de esta mierda de príncipe azul… yo no soy así, pero está funcionando. Esa puta va a caer”.
Al día siguiente, Liborio y El Tronco platicaron por teléfono, voces conspiradoras. “Nuevo plan, carnal”, dijo Liborio, su polla dura solo de hablarlo. “Diré que voy al doctor, pero baja el switch de luz de mi depa. Ella pedirá ayuda, y como yo ‘no estoy’, bajará a ti. Yo finjo irme, pero me quedo en el auto, viendo las cámaras de seguridad desde mi cel ”. El Tronco rio. “Hecho. Voy a follarme a esa hembra gorda hoy”.
Liborio pretextó la cita médica, besó a Dalila –quien estaba en sus días fértiles, el coño hinchado y sensible, ardiendo por hormonas– y “salió”, pero se quedó en el auto, celular en mano, conectando a las cámaras ocultas de bateria que había instalado en el depa. El Tronco bajó el switch, dejando el lugar a oscuras. Dalila, sola con el bebé, maldijo: “¡Mierda, Liborio! ¿Ahora qué?”. Vestida con una bata de seda fina que abrazaba sus curvas voluptuosas –sin brasier, tetas pesadas libres, pezones marcándose; solo un tanga diminuto cubriendo su coño fértil y húmedo–, bajó al local. “Chaparro, ayúdame… se fue la luz y Liborio no está”. Él subió con ella, las luces apagadas creando un ambiente morboso, su olor a macho invadiendo el espacio.

En el depa oscuro, fingió reparar el cuadro eléctrico, pero su mirada devoraba a Dalila: la bata entreabierta mostrando el escote profundo, tetas enormes asomando. “No puedo más, reina”, gruñó él de repente, acercándose con confianza osada. Desabrochó la bata de un tirón, dejando ver todo: tetas tremendas, pesadas como ubres llenas, pezones oscuros erectos; culo enorme, carnoso, protuberante; coño abultado bajo el tanga, labios gordos hinchados por la fertilidad. “¡Qué puta diosa eres!”, exclamó, besándola fuerte, lenguas húmedas enredándose, saliva mezclándose mientras sus manos apretaban esas tetas gordas, pellizcando pezones hasta hacerla gemir. Dalila, caliente como una perra en celo, no resistió: “¡Sí, chaparro…!”. Él bajó sus pants Adidas, liberando su polla enorme, negra y venosa, un tronco descomunal colgando pesado, grueso como su antebrazo, bolas grandes cargadas de semen. Dalila jadeó, admirándola: “¡Dios, es monstruosa! Mucho más grande que la de Liborio…”. La tocó, masturbándolo despacio, sintiendo las venas palpitar.

Él la empujó al sofá, arrodillándose –su estatura baja perfecta para eso– y arrancó el tanga, comiendo su coño de manera animal: lengua lamiendo los labios gordos, chupando el clítoris hinchado, mordiendo suave mientras metía dedos gruesos en su agujero húmedo, follándola con ellos. “¡Sabe a miel fértil, puta!”, gruñó, su bigote rozando su piel sensible. Dalila gemía alto, sus tetas rebotando, piernas abiertas exponiendo todo. Ella, imponente y alta al lado de su figura baja, lo hacía ver como un enano follando a una giganta voluptuosa, un contraste morboso que la ponía más caliente.

Dalila tomó un condón de la mesa –uno de Liborio–, y se lo puso a esa polla monstruosa, pero apretaba mucho, el látex tenso al límite sobre el grosor venoso. “¡Cogeme ya!”, rogó ella. Él la empinó en el sofá, su culo enorme alzado, nalgas gordas separadas mostrando el coño chorreante. El chaparro se posicionó atrás, pareciendo aún más pequeño contra ese culo voluptuoso, como un chihuahua follando un pitbull. Empujó, la polla estirando su coño fértil, centímetro a centímetro, hasta el fondo, golpeando su útero. “¡Ahhh, esta muy adentrooo!”, gritó ella, pero gozando, su coño contrayéndose alrededor de esa verga negra. Él follaba fuerte, salvaje, azotando ese culo gordo con palmadas que dejaban marcas rojas, sus bolas golpeando sus muslos. El contraste era pervertido: él bajo y compacto, polla desproporcional enterrada en ese coño enorme, follándola como un animal, mientras ella gemía, tetas colgando y rebotando.
De repente, el bebé lloró en la cuna su habitacion ,Dalila, en pánico pero caliente, se levantó empinada, caminando hacia la habitación con la polla de El Tronco aún dentro, follándola por detrás en cada paso. Meció al bebé en la cuna con una mano, canturreando suave, mientras atrás El Tronco empujaba profundo, el condón rompiéndose sin que lo notaran, el látex rasgado dejando su polla desnuda en ese coño fértil. “¡Sigue, puta! Mece a tu bb mientras te preño!”, gruñó él, empujando fuerte. una escena muy caliente dalila en cuatro patas con el por detras , en la habitacion del bebe, decorada con osos y color azul .el chaparro estaba llenando su útero desprotegido, con ese enorme troncote , tocando paredes internas ,como hace unos dias tocaba el pepino , dalila sentía chorros potentes saliendo de su coño, sin saberlo se estaba arriesgando a un embarazo de ese macho chaparro.
El tronco le hablo fuerte , -quiero que grites que me amas ,que te encanta mi pollon , grita que eres mia , “yo llevare este culo al altar vestido de blanco”…
Ella gimio muy fuerte estas palabras morbosas calaron hondo ,la prendieron .
Liborio, en el auto, viendo todo por las cámaras –la polla monstruosa estirando el coño de su esposa, el semen chorreando–, se masturbaba furiosamente, corriéndose en sus pantalones con un gemido ahogado. “¡Mi cornudo sueño!”, jadeó. Decidió regresar, cojeando hacia el depa para encontrarlos en el acto, su polla endureciéndose de nuevo por la humillación morbosa.
Dalila, con voz entrecortada, le contó todo: el callejón oscuro, el indigente mugroso con sus manos sucias rozando sus tetas abultadas, bajando al culo para apretar esas nalgas gordas como si fueran suyas, el aliento fétido en su cara mientras la acorralaba. “Me tocó, Liborio… me asustó tanto”, sollozó, pero en sus ojos brillaba un subidón perverso, un calor que ella misma no entendía. Luego, el salvamento: El Tronco apareciendo como un macho alpha, a pesar de su estatura baja, empujando al cerdo y abrazándola, sus manos posándose justo al inicio de sus nalgas, sintiendo la curva carnosa donde el culo comenzaba a protuberar. “Me salvó, amor… ese chaparro insolente me salvó”. Liborio sintió un chorro de precum en sus boxers al oírlo; imaginaba el pene monstruoso de El Tronco presionando contra los muslos de Dalila en ese abrazo. “Hijo de puta… le diré a la policía, amor. Mañana mismo reporto al mugroso ese”, mintió él, con voz fingidamente enojada, pero sus ojos brillaban de excitación morbosa. Luego, con una sonrisa torcida, añadió: “Y al chaparro… le compraré una botella de whisky para regalársela por su valentía. Se lo merece, ¿no? Salvó a mi mujerzota ”. Dalila lo miró confundida, sus labios carnosos entreabiertos. “¿Whisky? ¿Estás loco? Ese tipo es un pervertido, pero… bueno, sí me salvó”. El subidón de adrenalina la tenía ardiendo por dentro, un calor húmedo entre sus muslos gordos que la hacía apretar las piernas.
Confundida y con el cuerpo en llamas –ese miedo mezclado con deseo prohibido, el roce de las manos de El Tronco en su culo aún quemando en su piel–, Dalila se excusó para ir a la ducha. “Necesito lavarme esta mugre”, murmuró, pero en realidad, su coño palpitaba, empapado en jugos traicioneros que mojaban su tanga. Entró a la cocina primero, abriendo el refri con manos temblorosas, y sacó un pepino grueso, verde y largo, casi tan ancho como su muñeca, con venas irregulares que lo hacían parecer una polla mutante. Lo miró un segundo, mordiéndose el labio, imaginando sin querer el pene de algún macho desconocido estirándola. Luego, rebuscó en el cajón de Liborio y encontró un condón, que él usaba en sus fantasías solitarias. Lo envolvió alrededor del pepino, el látex estirándose tenso sobre la verdura gruesa, lubricado por el agua fría del refri.
En el baño, se desvistió despacio, admirando su cuerpo en el espejo empañado: tetas enormes, pesadas como melones maduros, con pezones oscuros erectos por la excitación; barriga suave con esos kilos extras post-embarazo que la hacían tan putona; muslos gruesos rozándose, y ese culo redondo, carnoso, protuberante como una invitación a ser follado. Entró a la ducha, el agua caliente cayendo sobre su piel morena, resbalando por sus curvas voluptuosas. Se apoyó en la pared, las tetas aplastadas contra los azulejos fríos, y tomó el pepino envuelto. “Dios, qué puta soy”, murmuró, pero el subidón la dominaba. Separó las piernas, sintiendo el aire fresco en su coño depilado, los labios gordos hinchados y húmedos. Empujó el pepino despacio al principio, el condón lubricado facilitando la entrada, estirando su coño caliente como si fuera una verga real. “Ahhh… sí, así”, jadeó, sintiendo cómo la verdura gruesa la llenaba, rozando sus paredes internas, golpeando ese punto sensible que la hacía temblar. Aceleró el ritmo, follándose fuerte con una mano, la otra pellizcando sus pezones duros, tirando de ellos como si un macho los mordiera. Imaginaba al indigente, pero no: era El Tronco, ese chaparro arrogante con sus manos en su culo, salvándola y luego follándola contra la pared del callejón. “¡Fóllame, chaparro pervertido!”, gimió alto, el agua ahogando sus sonidos, pero el bebé en la habitación contigua no se despertaba. Empujaba el pepino profundo, sintiendo cómo su coño chorreaba jugos, el condón resbaloso ahora por su humedad. Se corrió fuerte, las piernas temblando, un chorro de squirt mezclándose con el agua, gritando ahogado mientras su culo se contraía, imaginando semen caliente llenándola. Jadeando, sacó el pepino, el condón cubierto de sus jugos cremosos, y lo tiró, avergonzada pero satisfecha, el cuerpo aún hormigueando.

Días después, Liborio le entregó la botella de whisky a Dalila, envuelta en un moño rojo ridículo, como si fuera un regalo romántico. “Llévasela al chaparro, amor. Dile que es de mi parte, por salvar a mi hembra deliciosa”. Dalila tomó la botella, sus cejas arqueadas en sospecha. “¿Por qué tanta bondad con ese tipo, Liborio? Tú nunca eres así… ¿qué tramas?”. Él se encogió de hombros, cojeando de vuelta al sofá, pero su polla se endurecía pensando en lo que vendría. Dalila, intrigada y con un morbo creciente que no admitía, decidió arreglarse para la ocasión. Se puso una falda corta y ajustada que abrazaba su culo gordo, dejando ver la curva de sus muslos gruesos, y una blusa escotada que hacía que sus tetas parecieran a punto de salirse. Mirándose al espejo, con el lipstick rojo en sus labios carnosos, decidió algo osado: no llevar nada abajo. “Para sentir la adrenalina”, se dijo, sintiendo el aire fresco rozando su coño desnudo, los labios gordos expuestos bajo la falda, un hilo de excitación ya humedeciéndolos.

Bajó al local de El Tronco, la botella en mano, su caminar meneando el culo voluptuoso, tetas rebotando con cada paso. Él la vio entrar y sus ojos se clavaron en ella como un lobo: en sus tetas pesadas, en la falda que insinuaba el coño desprotegido. “¡Reina! ¿Qué traes ahí?”, dijo con esa voz ronca, levantándose de su banco, su bulto en los pants Adidas ya notorio. Dalila le extendió la botella. “De parte de mi esposo… por salvarme”. Él sonrió, destapándola ahí mismo. “Brindemos, mamacita voluptuosa”. Sirvió en vasos plásticos, el whisky quemando sus gargantas. Mientras bebían, él la adulaba con piropos morbosos: “Eres una diosa, Dalila. Con esas tetas enormes , cualquier hombre se arrodilla. Con una mujer como tú, me casaría mañana, te vestiría de blanco solo para quitártelo después”. Ella rio, el calor del alcohol subiendo a su cara, pero también a su coño desnudo, sintiendo un hilo de humedad brotando, resbalando por sus muslos internos. Él, enamorándola más, sacó unos chocolates baratos de un cajón. “Para ti, reina. Dulces como tu debe ser”. El whisky la ponía caliente, confusa. “Ahora, un beso por el regalo”, pidió él osado. Ella, con el subidón, no se negó: se inclinó, sus labios carnosos tocando los de él, pero esta vez fue largo, húmedo, lenguas enredándose, el bigote de él rozando su piel. Sintió su coño palpitar, un chorro de jugos escapando, mojando sus muslos sin tanga para contenerlo. “¡Dios!”, pensó, confundida y espantada por el deseo.

Se retiró abruptamente. “Soy una mujer casada, con un bebé… no puedo”. Él, con ojos hambrientos, replicó: “A mí no me importa eso, reina. Te quiero con todo y ellos. Dudo que a tu marido le importe… hasta le gustaría ser cornudo mío, viéndote gozar con un macho de verdad”. Dalila no entendió del todo la insinuación, pero el morbo la golpeó: ¿cornudo? Salió huyendo, su coño chorreando, la falda pegándose a sus muslos húmedos. El Tronco, solo en su local, se frotó el bulto enorme. “Estoy Cansado de esta mierda de príncipe azul… yo no soy así, pero está funcionando. Esa puta va a caer”.
Al día siguiente, Liborio y El Tronco platicaron por teléfono, voces conspiradoras. “Nuevo plan, carnal”, dijo Liborio, su polla dura solo de hablarlo. “Diré que voy al doctor, pero baja el switch de luz de mi depa. Ella pedirá ayuda, y como yo ‘no estoy’, bajará a ti. Yo finjo irme, pero me quedo en el auto, viendo las cámaras de seguridad desde mi cel ”. El Tronco rio. “Hecho. Voy a follarme a esa hembra gorda hoy”.
Liborio pretextó la cita médica, besó a Dalila –quien estaba en sus días fértiles, el coño hinchado y sensible, ardiendo por hormonas– y “salió”, pero se quedó en el auto, celular en mano, conectando a las cámaras ocultas de bateria que había instalado en el depa. El Tronco bajó el switch, dejando el lugar a oscuras. Dalila, sola con el bebé, maldijo: “¡Mierda, Liborio! ¿Ahora qué?”. Vestida con una bata de seda fina que abrazaba sus curvas voluptuosas –sin brasier, tetas pesadas libres, pezones marcándose; solo un tanga diminuto cubriendo su coño fértil y húmedo–, bajó al local. “Chaparro, ayúdame… se fue la luz y Liborio no está”. Él subió con ella, las luces apagadas creando un ambiente morboso, su olor a macho invadiendo el espacio.

En el depa oscuro, fingió reparar el cuadro eléctrico, pero su mirada devoraba a Dalila: la bata entreabierta mostrando el escote profundo, tetas enormes asomando. “No puedo más, reina”, gruñó él de repente, acercándose con confianza osada. Desabrochó la bata de un tirón, dejando ver todo: tetas tremendas, pesadas como ubres llenas, pezones oscuros erectos; culo enorme, carnoso, protuberante; coño abultado bajo el tanga, labios gordos hinchados por la fertilidad. “¡Qué puta diosa eres!”, exclamó, besándola fuerte, lenguas húmedas enredándose, saliva mezclándose mientras sus manos apretaban esas tetas gordas, pellizcando pezones hasta hacerla gemir. Dalila, caliente como una perra en celo, no resistió: “¡Sí, chaparro…!”. Él bajó sus pants Adidas, liberando su polla enorme, negra y venosa, un tronco descomunal colgando pesado, grueso como su antebrazo, bolas grandes cargadas de semen. Dalila jadeó, admirándola: “¡Dios, es monstruosa! Mucho más grande que la de Liborio…”. La tocó, masturbándolo despacio, sintiendo las venas palpitar.

Él la empujó al sofá, arrodillándose –su estatura baja perfecta para eso– y arrancó el tanga, comiendo su coño de manera animal: lengua lamiendo los labios gordos, chupando el clítoris hinchado, mordiendo suave mientras metía dedos gruesos en su agujero húmedo, follándola con ellos. “¡Sabe a miel fértil, puta!”, gruñó, su bigote rozando su piel sensible. Dalila gemía alto, sus tetas rebotando, piernas abiertas exponiendo todo. Ella, imponente y alta al lado de su figura baja, lo hacía ver como un enano follando a una giganta voluptuosa, un contraste morboso que la ponía más caliente.

Dalila tomó un condón de la mesa –uno de Liborio–, y se lo puso a esa polla monstruosa, pero apretaba mucho, el látex tenso al límite sobre el grosor venoso. “¡Cogeme ya!”, rogó ella. Él la empinó en el sofá, su culo enorme alzado, nalgas gordas separadas mostrando el coño chorreante. El chaparro se posicionó atrás, pareciendo aún más pequeño contra ese culo voluptuoso, como un chihuahua follando un pitbull. Empujó, la polla estirando su coño fértil, centímetro a centímetro, hasta el fondo, golpeando su útero. “¡Ahhh, esta muy adentrooo!”, gritó ella, pero gozando, su coño contrayéndose alrededor de esa verga negra. Él follaba fuerte, salvaje, azotando ese culo gordo con palmadas que dejaban marcas rojas, sus bolas golpeando sus muslos. El contraste era pervertido: él bajo y compacto, polla desproporcional enterrada en ese coño enorme, follándola como un animal, mientras ella gemía, tetas colgando y rebotando.
De repente, el bebé lloró en la cuna su habitacion ,Dalila, en pánico pero caliente, se levantó empinada, caminando hacia la habitación con la polla de El Tronco aún dentro, follándola por detrás en cada paso. Meció al bebé en la cuna con una mano, canturreando suave, mientras atrás El Tronco empujaba profundo, el condón rompiéndose sin que lo notaran, el látex rasgado dejando su polla desnuda en ese coño fértil. “¡Sigue, puta! Mece a tu bb mientras te preño!”, gruñó él, empujando fuerte. una escena muy caliente dalila en cuatro patas con el por detras , en la habitacion del bebe, decorada con osos y color azul .el chaparro estaba llenando su útero desprotegido, con ese enorme troncote , tocando paredes internas ,como hace unos dias tocaba el pepino , dalila sentía chorros potentes saliendo de su coño, sin saberlo se estaba arriesgando a un embarazo de ese macho chaparro.
El tronco le hablo fuerte , -quiero que grites que me amas ,que te encanta mi pollon , grita que eres mia , “yo llevare este culo al altar vestido de blanco”…
Ella gimio muy fuerte estas palabras morbosas calaron hondo ,la prendieron .
Liborio, en el auto, viendo todo por las cámaras –la polla monstruosa estirando el coño de su esposa, el semen chorreando–, se masturbaba furiosamente, corriéndose en sus pantalones con un gemido ahogado. “¡Mi cornudo sueño!”, jadeó. Decidió regresar, cojeando hacia el depa para encontrarlos en el acto, su polla endureciéndose de nuevo por la humillación morbosa.
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