You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda una esposa puta y su cornudito beta 5

Pasados unos días, era una mañana cualquiera de miércoles en Quilmes. El sol entraba tímido por la ventana de la cocina mientras Miranda preparaba el desayuno: café para Eduardo, leche chocolatada para los chicos, tostadas con mermelada. Los niños charlaban animados en la mesa, contando lo que harían en el colegio, y todo parecía la postal perfecta de una familia normal.
Eduardo estaba sentado con su taza en la mano, todavía con el pijama, cuando Miranda se acercó por detrás, le rodeó los hombros con los brazos y le pegó los labios al oído, hablando en un susurro ronco y caliente que solo él podía oír.
—Hoy podemos empezar la rutina, cornudito… —le dijo bajito, rozándole la oreja con la lengua—. Después de dejar a los chicos en la escuela… volvés a casa conmigo. Llamá al trabajo ahora mismo y deciles que estás enfermo, que tenés fiebre o lo que sea… pero que no vas hoy. Quiero follarte el culo con el arnés esta mañana, despacito al principio, después más fuerte… quiero que sientas cada centímetro entrando mientras te digo lo puta que soy y lo cornudo que sos vos.
Eduardo sintió un escalofrío inmediato. La pichita se le empezó a endurecer bajo el pijama solo con esas palabras. Tragó saliva, miró de reojo a los chicos (que seguían en su mundo) y respondió en el mismo susurro:
—Voy a llamar ahora… les digo que me duele la cabeza o algo… que no puedo ir. Sí, amor… quiero que me penetres esta mañana… que me rompas el culo como la primera vez… te amo por esto.
Miranda le dio un beso corto en la nuca, disimulado como un gesto cariñoso de esposa, y se alejó hacia la heladera para seguir sirviendo el desayuno. Pero antes de sentarse, le rozó la mano por debajo de la mesa y le susurró una vez más:
—Después de dejarlos en la escuela, volvés directo a casa. Yo voy a estar esperándote con el arnés puesto, lubricado y listo. Vamos a tener la casa sola hasta las doce… y voy a follarte en nuestra cama, cornudito. Voy a hacer que te corras sin tocarte mientras te digo que soy tu puta infiel y vos mi putita pasiva. ¿Estás listo para empezar la rutina?
Eduardo asintió casi imperceptiblemente, el corazón latiéndole fuerte. Sacó el celular del bolsillo y, con voz neutra para que los chicos no sospecharan, llamó al trabajo. “Hola, sí… me siento muy mal hoy, fiebre y todo… no voy a poder ir. Mañana estoy mejor, seguro. Gracias.” Colgó y miró a Miranda con ojos brillantes de anticipación.
Ella le guiñó un ojo disimuladamente mientras servía las tostadas.
—Perfecto, mi amor… ahora terminemos de desayunar como la familia perfecta que somos. Y después… te rompo el orto como se merece mi cornudito beta.
Los niños terminaron el desayuno entre risas y charlas, ajenos a todo. Miranda y Eduardo los ayudaron a preparar las mochilas, les dieron besos en la frente y los subieron al auto. El trayecto a la escuela fue corto, pero cargado de electricidad: miradas rápidas por el retrovisor, sonrisas cómplices, el roce de las manos cuando cambiaban de marcha.
Cuando llegaron al colegio, bajaron a los chicos, les dieron besos y abrazos de “portate bien”, “te quiero mucho” y “nos vemos a la salida”. Los niños corrieron hacia la entrada con sus mochilas, saludando a los amigos.
Miranda y Eduardo volvieron al auto en silencio. Apenas cerraron las puertas, ella se inclinó y le dio un beso corto pero intenso en la boca.
—Volvamos a casa, cornudito… —le susurró, con la voz temblando de excitación—. La casa está sola… y yo tengo el arnés listo para romperte el culo como te merecés.
Eduardo arrancó el motor con las manos temblorosas, la pichita ya dura bajo los pantalones.
—Vamos… te amo… vamos a casa.
El auto salió del colegio, rumbo a Quilmes, los dos con el corazón latiendo fuerte y el morbo subiendo por cada semáforo, sabiendo que en minutos estarían solos y ella tomaría el control total.


Miranda una esposa puta y su cornudito beta 5


Llegaron a casa con el auto todavía caliente del trayecto. Miranda apagó el motor en la cochera y se giró hacia Eduardo con una sonrisa traviesa que le iluminaba los ojos verdes. El silencio de la casa vacía los envolvió como una promesa.
—Bajá, cornudito… tengo una sorpresa para vos antes de que empecemos —dijo ella con voz baja y cargada de anticipación.
Eduardo bajó del auto con el corazón latiéndole en la garganta. La siguió por el pasillo hasta el dormitorio matrimonial, donde la cama todavía guardaba las huellas sutiles de la última sesión. Sobre el colchón había una bolsa de papel negro discreta, de esas que se compran en tiendas especializadas. Miranda la abrió con dedos ansiosos y sacó el contenido uno por uno.
Primero: un conjunto de lencería rojo fuego. Tanguita de encaje con tiras finas que desaparecían entre las nalgas, corpiño push-up con transparencias que dejaba poco a la imaginación, y medias de red con liga.
Segundo: una peluca larga, rubia platino, con ondas suaves y mechones que caían hasta la mitad de la espalda.
Tercero: un labial rojo sangre, brillante y cremoso, del tipo que deja marca en todo lo que toca.
Eduardo se quedó congelado, los ojos abiertos de par en par.
—¿Esto… esto es para mí? —preguntó con voz temblorosa, mitad excitado, mitad dudoso.
Miranda se acercó despacio, le puso una mano en la mejilla y le habló bajito, casi maternal pero con un filo dominante.
—Sí, mi amor… es para vos. Quiero travestirte hoy. Quiero verte como mi putita completa: maquillado, con peluca, con lencería sexy y con el culo listo para que yo te rompa con el arnés. Quiero que sientas lo que es ser la zorra que yo soy cuando salgo con otros machos… pero siendo mi zorra personal. ¿Aceptás, cornudito? ¿Querés ser mi travesti beta esta mañana?
Eduardo tragó saliva. El morbo le subía por la espalda como fuego. La idea lo humillaba hasta el hueso… y eso mismo lo ponía más caliente que nunca. Bajó la mirada, sonrojado hasta las orejas, y asintió despacio.
—S-sí… acepto… quiero ser tu putita travesti… quiero que me hagas sentir como una zorra completa.
Miranda sonrió victoriosa y lo besó profundo, metiéndole la lengua hasta el fondo.
—Buen chico… ahora sentate en la banquito del tocador. Vamos a prepararte.
Lo sentó frente al espejo. Primero lo depiló con cera tibia: piernas, pecho, axilas, zona del pubis y alrededor del ano. Cada tira que arrancaba lo hacía gemir bajito, pero él se dejaba, excitado por la sumisión total.
Después vino el maquillaje. Miranda le aplicó base, corrector, sombra oscura en los ojos para que parecieran más grandes y felinos, delineador negro grueso, pestañas postizas largas. Y por último el labial rojo sangre: lo pintó con cuidado, capa tras capa, hasta que los labios quedaron hinchados, brillantes y obscenamente rojos.
—Mirate… mirá qué puta linda estás quedando —susurró ella, girándole la cara hacia el espejo.
Eduardo se miró y casi no se reconoció: la peluca rubia le caía en ondas perfectas, el maquillaje lo hacía parecer una muñeca barata y cachonda, los labios rojos gritaban “chupá verga”. Bajó la vista, avergonzado y excitadísimo.
Miranda lo ayudó a vestirse: primero las medias de red que le apretaban los muslos gorditos, después la tanguita roja que apenas cubría su pichita chiquita y se le metía entre las nalgas, y por último el corpiño que le subía la poca carne del pecho y lo hacía parecer con tetitas falsas.
Cuando terminó, lo puso de pie frente al espejo de cuerpo entero.
—Mirate bien, mi travesti cornudo… mirá lo puta que estás. Sos mi putita beta completa ahora… maquillada, depilada, con lencería sexy y peluca de zorra barata. ¿Listo para que te rompa el culo así?
Eduardo se miró: las piernas depiladas y con medias, el culo gordo apretado por la tanguita roja, la peluca rubia cayéndole sobre los hombros, los labios rojos brillantes. Asintió con la cabeza, temblando de excitación y humillación.
—S-sí… estoy listo… follame, amor… rompeme el culo mientras estoy vestido de puta.
Miranda lo tomó de la mano y lo llevó a la cama.
—Arrodillate, mi travesti preciosa… mamá va a romperte el orto ahora mismo.


hotwife


Miranda lo miró con ojos brillantes de dominio y cariño, el arnés ajustado alrededor de sus caderas, el consolador grueso y venoso ya lubricado y apuntando directo al ano depilado y expuesto de Eduardo.
—Arrodillate en el borde de la cama, mi travesti preciosa… culo en pompa, piernas abiertas, peluca rubia cayendo sobre la espalda y labios rojos abiertos como puta barata.
Eduardo obedeció temblando. Se puso en cuatro, la tanguita roja subida hasta la cintura, las medias de red apretándole los muslos gorditos, la peluca platino desparramada sobre la espalda, los labios pintados de rojo sangre entreabiertos. El maquillaje le daba un aire de muñeca cachonda y humillada.
Miranda se posicionó detrás, le acarició las nalgas depiladas con las uñas y apoyó el glande contra su ano virgen.
—Respirá profundo, putita… mamá va a entrar despacio para que sientas cada centímetro.
Empujó apenas. La cabeza entró con un leve pop. Eduardo soltó un gemido agudo, el cuerpo tenso.
—Duele… duele rico… —jadeó.
Miranda siguió entrando milímetro a milímetro, lenta y firme.
—Sentilo todo, cornudito travesti… sentilo cómo te abre el orto tu propia esposa. Mirá cómo te entra la verga falsa que uso para romperte mientras pienso en cómo me rompen los machos de verdad.
Cuando estuvo completamente adentro, se quedó quieta un segundo, dejando que se acostumbrara. Luego empezó a moverse: embestidas lentas al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta los huevos falsos.
Eduardo gemía con voz aguda, casi femenina, la peluca moviéndose con cada empujón.
—Más… dámelo más… —suplicó.
Miranda aceleró el ritmo, follándolo con fuerza controlada, las caderas chocando contra sus nalgas depiladas.
—Pensá en tus hijos, mi putita… —le susurró al oído mientras lo embestía profundo—. Imaginate que entran ahora a la habitación… las nenas y el varoncito abren la puerta y ven a papi vestido de zorra: peluca rubia, labios rojos, tanguita subida, medias de red… y mamá follándole el culo con una verga grande. ¿Qué pensarían? ¿Qué diría tu hijita mayor si viera a su papá gimiendo como perra mientras le rompen el orto? ¿Qué diría tu hijito si viera al padre que le enseña a patear la pelota convertido en una travesti pasiva que se deja follar por su mamá?
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso, empujando el culo hacia atrás para recibirla más hondo.
—Se… se horrorizarían… pensarían que soy un monstruo… un degenerado… que su papá es una puta travesti… pero… pero me calienta tanto… me calienta que me imaginen así… humillado… usado… vestido de zorra y follado por vos…
Miranda aceleró las embestidas, follándolo con fuerza, el arnés golpeando contra su piel.
—Y a mí me moja más que nada saber que somos capaces de esto… que afuera somos los padres perfectos que los besan en la frente y les preparan la merienda… y que en casa yo te rompo el culo mientras estás maquillado de puta. Me calienta imaginar sus caritas de shock si supieran que papi es mi cornudito travesti, que se corre sin tocarse mientras mamá le mete verga por el orto. ¿Te calienta que nuestra familia ideal tenga este secreto enfermo?
Eduardo ya no podía hablar con coherencia, solo gemía alto, la voz aguda por el placer y la humillación.
—S-sí… me calienta… me calienta que me vean como puta… que sepan que soy tu travesti beta… tu cornudo pasivo… Te amo… te amo por hacerme sentir esto… por travestirme y romperme…
Miranda lo follaba con embestidas brutales ahora, agarrándole la peluca como riendas.
—Y yo te amo a vos por ser mi putita completa… por aceptar que te maquille, te depile, te vista de zorra y te rompa el culo mientras pienso en cómo me cogen otros machos. Me calienta que seas el papá responsable por la mañana y mi travesti gemebunda por la tarde. Me calienta que nuestra hija te vea con la mochila y no sepa que horas después estás en cuatro con labios rojos y el culo lleno de verga falsa. Somos lo más sucio y lo más perfecto que existe… te amo, mi cornudito travesti… te amo mientras te follo como a una puta barata.
Eduardo se corrió sin tocarse, un chorro débil pero intenso salió de su pichita chiquita, manchando la tanguita roja y la sábana mientras temblaba entero.
—Te amo… te amo… me calienta que nuestros hijos nunca sepan… pero que nosotros sí… que somos los padres perfectos con este secreto enfermo… seguí rompiéndome… soy tu puta travesti para siempre…
Miranda siguió embistiéndolo a través de su orgasmo, prolongándolo, hasta que ella también llegó, un orgasmo fuerte de puro poder y amor.
Se derrumbó sobre su espalda, aún dentro, abrazándolo fuerte.
—Te amo, mi putita travesti… te amo tanto… somos invencibles.
Se quedaron así, jadeando, abrazados, el consolador todavía dentro de él, la peluca rubia desparramada, los labios rojos manchados, el amor y el morbo fundidos en uno solo.

cuckold



Miranda se quedó quieta un momento, con el arnés todavía ajustado en sus caderas, el consolador brillando de lubricante y restos de su propia excitación. Eduardo seguía en cuatro sobre la cama, la peluca rubia desordenada, los labios rojos manchados, la tanguita roja subida hasta la cintura, el culo depilado abierto y sensible después de la follada intensa.
Ella se inclinó despacio sobre su espalda, le besó la nuca sudorosa y le susurró al oído con voz ronca pero cargada de ternura:
—Cornudito mío… mi putita travesti preciosa… ¿querés sentir una polla de verdad?
Eduardo se tensó al instante. El cuerpo le tembló entero. Giró la cabeza lo justo para mirarla con ojos muy abiertos, maquillados de negro y sombra, llenos de miedo y de un morbo que no podía esconder.
—¿Q-qué… qué decís, amor? —balbuceó, la voz aguda por la peluca y la humillación.
Miranda le acarició la mejilla con el dorso de la mano, despacio, como si estuviera calmando a un animalito asustado.
—Quiero ver cómo un hombre te sodomiza… en mi presencia. Quiero estar sentada al lado de la cama, mirándote a los ojos mientras un macho de verdad te rompe el culo. Quiero verte gemir como la puta pasiva que sos, con la peluca rubia cayendo sobre la cara, los labios rojos abiertos, y una verga gruesa entrando y saliendo de tu orto hasta que te corras sin tocarte. Me calienta imaginarlo… me moja solo de pensarlo.
Eduardo empezó a temblar más fuerte. Las lágrimas se le acumularon en los ojos maquillados, amenazando con correr el delineador.
—P-pero… ¿y si después de eso… me dejás de amar? —susurró con voz quebrada—. ¿Y si te das cuenta de que soy demasiado maricón, demasiado pasivo, demasiado… roto? ¿Y si te arrepentís de tener un marido que se deja sodomizar por otro hombre delante tuyo?
Miranda lo giró con cuidado para que quedaran frente a frente. Se quitó el arnés despacio, lo dejó a un lado y se acostó junto a él, abrazándolo fuerte contra su pecho. Le besó la frente, las mejillas, los labios rojos pintados, limpiándole una lágrima que empezaba a caer.
—Shhh… mi amor… mi vida… mirame —le dijo con voz firme pero llena de cariño—. Nunca, ¿entendés? Nunca voy a dejar de amarte por eso. Al contrario… te amo más por ser capaz de entregarte así, por confiar en mí hasta ese punto. Sos mi cornudito perfecto, mi putita beta, mi travesti obediente… y si un día te sodomiza un macho de verdad delante mío, voy a amarte mil veces más. Porque vas a estar haciéndolo por mí, por nosotros, por este amor enfermo y hermoso que tenemos.
Le besó los labios otra vez, profundo y lento.
—Te amo por ser el padre dulce que besa a los chicos por la mañana… y por ser la zorra travesti que se deja romper el culo por mí por la tarde. Te amo por dejarme ser la puta infiel que sale con machos vergones… y por dejar que yo te vea siendo usado por uno de ellos. Nada de eso me va a hacer dejarte de amar. Al revés: cada vez que te vea más entregado, más humillado, más mío… te voy a querer más fuerte. Sos mi todo, Eduardo. Mi marido, mi cornudo, mi putita, mi amor. Nada va a cambiar eso.
Eduardo sollozó bajito contra su pecho, abrazándola con fuerza.
—Te amo… te amo tanto… si vos querés… si te calienta tanto… acepto. Quiero que me veas siendo sodomizado por un hombre… quiero que me mires a los ojos mientras me rompe el culo… y después que me abraces y me digas que me amás igual o más.
Miranda le besó la coronilla, le acarició la peluca rubia con ternura.
—Te amo, mi cornudito travesti… te amo más que nunca. Y cuando pase… vas a ser el hombre más amado del mundo. Porque vas a haberte entregado por completo… por mí.
Se quedaron abrazados largo rato, besándose suave, susurrándose palabras de amor mientras el morbo de la idea nueva flotaba entre ellos como una promesa caliente y oscura.






Miranda se acurrucó contra Eduardo en la cama, todavía con el cuerpo caliente y el aroma a sexo flotando en el aire. Le acarició la peluca rubia desordenada y le besó los labios rojos pintados, hablando bajito con esa voz ronca que lo volvía loco.
—Mi cornudito travesti precioso… ya que aceptaste sentir una polla de verdad… voy a hablar con Raúl. Le voy a pedir que te penetre delante mío. Quiero verte en cuatro, con la peluca cayendo sobre la cara, los labios rojos abiertos y el culo abierto para su verga gruesa mientras yo miro y me toco. Quiero que sientas lo que es una verga real rompiéndote, mi putita beta… y después que te abrace y te diga cuánto te amo.
Eduardo tragó saliva, el corazón latiéndole fuerte. La idea lo aterrorizaba y lo excitaba al mismo tiempo.
—¿Y si dice que no? ¿O si después de eso… ya no me mirás igual? —susurró, con voz temblorosa.
Miranda le besó la frente, limpiándole una lágrima que amenazaba con caer.
—Shhh… te amo más que nunca, amor. Nada va a cambiar eso. Si Raúl dice que no… buscamos otro. Pero quiero intentarlo. Quiero verte entregado por completo… y después mimarte como la reina que sos para mí.
Al día siguiente, temprano en la mañana, mientras Eduardo estaba en la cocina preparando café (todavía con el recuerdo de la noche anterior latiéndole en el culo), Miranda se sentó en el sillón del living con el teléfono en la mano. Marcó el número de Raúl y puso el altavoz para que Eduardo oyera todo desde la cocina.
Raúl contestó al tercer tono, con esa voz ronca y áspera de siempre.
—¿Colorada? ¿Ya extrañás verga de albañil?
Miranda sonrió con malicia y fue directo al grano.
—Hola, viejo sucio… sí, extraño tu verga… pero hoy te llamo por otra cosa. Mi marido… mi cornudito… quiere sentir una polla de verdad. Quiero que lo penetres delante mío. Que lo rompas el culo mientras yo miro y me mojo. ¿Te animás?
Hubo un silencio largo al otro lado. Luego Raúl soltó una carcajada ronca y grosera.
—¿Tu cornudo maricón? ¿El gordo tímido que mira escondido? No, colorada… no me gusta cojer maridos putos maricones. No me calienta romperle el orto a un cornudo. Pero… tengo un amigo que sí estaría dispuesto. Se llama Norberto. Albañil como yo, 60 años, muy alto, 1.95 de puro macho grueso y rudo. Cuerpo pesado, panza cervecera, manos callosas del cemento, barba gris desprolija… y la verga… 25 centímetros de pura carne gruesa y venosa. Es muy vergonzoso, no habla mucho, pero cuando se calienta es un animal. Le dije de vos y de tu cornudo… y se le paró al instante. Dice que sí… que le rompe el culo a tu maricón delante tuyo.
Miranda sintió un escalofrío caliente subirle por la espalda. Miró hacia la cocina, donde Eduardo escuchaba con la taza congelada en la mano.
—¿Cuándo? —preguntó ella, con voz ronca.
—Mañana a la tarde. Norberto y yo vamos a tu casa. Yo me cojo a vos como la puta tetona que sos… y él se folla a tu cornudito maricón. Lo rompe delante tuyo, colorada… mientras vos gemís con mi verga adentro. ¿Te parece?
Miranda miró a Eduardo, que asintió despacio, temblando de miedo y excitación.
—Perfecto… mañana a las tres. Traigan ganas, viejos sucios… mi cornudito va a estar listo con el culo depilado y abierto para Norberto.
Raúl soltó una risa baja y colgó.
Miranda dejó el teléfono y caminó hacia Eduardo. Lo abrazó por detrás, le besó la nuca y le susurró al oído:
—Mañana, mi amor… vas a sentir 25 centímetros de verga real rompiéndote el culo mientras yo miro y me cojo Raúl. Y después te voy a abrazar y te voy a decir que te amo más que nunca. ¿Estás listo, mi putita travesti?
Eduardo se giró, la miró con ojos vidriosos y asintió.
—Estoy listo… te amo… hagámoslo.
Se besaron profundo, sellando el pacto sucio y amoroso que los unía más que nunca.




Llegó el día siguiente, un jueves cualquiera que se sentía cargado de electricidad en Quilmes. Miranda y Eduardo despertaron temprano, desayunaron en silencio con los chicos, como si fuera una mañana normal. Besos en la frente, mochilas listas, “portate bien en la escuela” y “te quiero mucho”. Subieron al auto, dejaron a los tres angelitos en la puerta del colegio con sonrisas y saludos de rutina. Pero cuando el portón se cerró detrás de los niños, el aire dentro del auto cambió. Miranda puso la mano en el muslo de Eduardo y apretó suave, mirándolo fijo.
—Hoy es tu día, cornudito… —susurró—. Vas a sentir una verga de verdad rompiéndote el culo delante mío.
Eduardo tragó saliva, la pichita ya medio dura bajo los pantalones. Asintió sin decir nada.
Volvieron a casa en menos de quince minutos. Apenas cerraron la puerta, Miranda lo tomó de la mano y lo llevó directo al dormitorio.
—Desnudate, mi putita travesti —ordenó con voz ronca pero cariñosa—. Hoy vas a estar listo para Norberto.
Eduardo se quitó la ropa temblando. Miranda sacó la bolsa negra de la otra vez: la peluca rubia platino, el labial rojo sangre, el conjunto de lencería negra con transparencias y las medias de red. Lo sentó frente al espejo y empezó el ritual con devoción.
Primero lo depiló rápido en las zonas que habían crecido un poco (pubis, ano, muslos). Después el maquillaje: base, sombra oscura, delineador grueso, pestañas postizas y el labial rojo aplicado en capas hasta que los labios quedaron hinchados y brillantes como los de una puta de calle.
—Mirate… qué linda zorra estás quedando —susurró ella, besándole el cuello mientras le ponía la peluca. Las ondas rubias cayeron sobre sus hombros.
Luego la lencería: tanguita negra que se le metía entre las nalgas gorditas, corpiño que le subía la poca carne del pecho y lo hacía parecer con tetitas falsas, medias de red que le apretaban los muslos.
Cuando terminó, lo puso de pie frente al espejo de cuerpo entero. Eduardo se miró: peluca rubia, labios rojos, maquillaje de zorra barata, lencería sexy abrazando su cuerpo gordo y depilado. Parecía una travesti cachonda y humillada.
Miranda se arrodilló detrás de él, le bajó la tanguita hasta la mitad de los muslos y le separó las nalgas con ternura.
—Abrí un poquito, mi amor… mamá te va a preparar el culo para Norberto.
Sacó un frasco de lubricante y se puso una buena cantidad en los dedos. Los metió despacio: primero uno, luego dos, girando, abriendo, lubricando bien el ano todavía sensible de la sesión anterior.
—Sentilo… sentilo cómo te preparo para una verga de 25 centímetros —susurró, besándole la espalda—. Vas a estar bien mojadito y abierto para que entre fácil… pero igual va a doler rico al principio, como a mí me duele cuando me rompen.
Eduardo gemía bajito, empujando el culo contra sus dedos.
—Te amo… te amo tanto… —murmuró.
Miranda se levantó, lo giró y lo besó profundo, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreando el labial rojo que se mezclaba entre sus bocas.
—Te amo, mi cornudito travesti… te amo por ser tan valiente, por entregarte así. Esto va a fortalecer nuestro matrimonio más que nada. Vos siendo mi putita pasiva, dejando que un macho te rompa delante mío… y yo siendo tu esposa puta que te mira y se moja. Somos perfectos juntos… nadie nos entiende, pero nosotros sí. Te amo más que nunca, Eduardo… te amo mientras te preparo para que te cojan.
Eduardo la abrazó fuerte, con lágrimas en los ojos maquillados.
—Te amo… te amo por hacerme sentir esto… por quererme ver roto y usado… por amarme igual después. Nuestro matrimonio es más fuerte porque no hay límites… porque vos sos mi dueña y yo tu cornudo travesti. Te amo, Miranda… te amo.
Se besaron otra vez, largo y profundo, hasta que el timbre sonó fuerte en la casa.
Miranda se separó con una sonrisa ansiosa, los ojos brillando de excitación.
—Llegaron… Raúl y Norberto.
Le dio un último beso rápido en los labios rojos.
—Quedate acá, mi putita… mamá va a abrir la puerta.
Caminó hacia la entrada con el corazón latiéndole fuerte, el coño ya empapado bajo la falda corta que se había puesto. Eduardo se quedó solo en el dormitorio, de pie frente al espejo, vestido de zorra, el culo lubricado y abierto, temblando de miedo y excitación por su primera vez con un hombre de verdad.
El timbre volvió a sonar.
Miranda respiró hondo, sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa, y abrió la puerta.


esposo maricon

0 comentarios - Miranda una esposa puta y su cornudito beta 5