Flores y sal
El viento de febrero empujaba la espuma contra la arena y las huellas desaparecían antes de volverse recuerdo. Él y yo habíamos coincidido dos veces en la caminata, dos días seguidos marcando el mismo sendero sin haberlo acordado. Primero fue una sonrisa, luego un comentario sobre el agua, después un tema más largo que nos hizo detener y mirar el horizonte como si el mar nos hablara.
La segunda vez la charla se deslizó más hondo. Hablamos de viajes, de noches que terminaban en lugares inesperados, de cuerpos y de probar. Le dije que en 2023 había fumado porro por primera vez, y él sonrió, casi como si esperara la señal.
—¿Querés venir a casa? Tengo flores.
Acepté sin pensar demasiado. La tarde bajaba su intensidad y la luna le daba a su piel una luz que me hacía querer seguirlo. Su casa era sencilla, con olor a tabaco y a sal. Nos sentamos en la pequeña terraza. Fumamos. El humo se mezclaba con la brisa, volviéndolo todo más liviano, más posible. Hablábamos y cada palabra parecía abrir puertas que no había considerado antes. En un momento, su mano rozó mi pierna. Instintivo, mi mano fue a la suya. Un intercambio de segundos, como si estuviéramos probando algo que ya sabíamos cómo iba a terminar.
Nos desvestimos sin apuro. Había algo en la cadencia de sus movimientos, en la manera en que me miraba, que me hacía sentir que todo estaba bien, que no había error en descubrirme así. Bajé hasta su entrepierna con naturalidad, guiado por la misma curiosidad que me había llevado a fumar, a aceptar la invitación, a dejar que todo fluyera. Su piel era cálida, su dureza respondía a mi boca, a mi lengua que se movía con más hambre de la que creí tener. Su respiración se alteró, sus manos en mi cabeza marcaban un ritmo sin imponerlo.
Cuando llegó el momento, su placer estalló en mí y no aparté la boca. Lo recibí con la misma entrega con la que me había dejado llevar hasta ahí. No esperaba que me gustara tanto, no esperaba que un verano cualquiera en aquel balneario me hiciera entender algo tan simple y tan grande a la vez.
Nos recostamos sin hablar por un rato. Afuera, la playa seguía siendo la misma, el viento seguía borrando huellas.
El viento de febrero empujaba la espuma contra la arena y las huellas desaparecían antes de volverse recuerdo. Él y yo habíamos coincidido dos veces en la caminata, dos días seguidos marcando el mismo sendero sin haberlo acordado. Primero fue una sonrisa, luego un comentario sobre el agua, después un tema más largo que nos hizo detener y mirar el horizonte como si el mar nos hablara.
La segunda vez la charla se deslizó más hondo. Hablamos de viajes, de noches que terminaban en lugares inesperados, de cuerpos y de probar. Le dije que en 2023 había fumado porro por primera vez, y él sonrió, casi como si esperara la señal.
—¿Querés venir a casa? Tengo flores.
Acepté sin pensar demasiado. La tarde bajaba su intensidad y la luna le daba a su piel una luz que me hacía querer seguirlo. Su casa era sencilla, con olor a tabaco y a sal. Nos sentamos en la pequeña terraza. Fumamos. El humo se mezclaba con la brisa, volviéndolo todo más liviano, más posible. Hablábamos y cada palabra parecía abrir puertas que no había considerado antes. En un momento, su mano rozó mi pierna. Instintivo, mi mano fue a la suya. Un intercambio de segundos, como si estuviéramos probando algo que ya sabíamos cómo iba a terminar.
Nos desvestimos sin apuro. Había algo en la cadencia de sus movimientos, en la manera en que me miraba, que me hacía sentir que todo estaba bien, que no había error en descubrirme así. Bajé hasta su entrepierna con naturalidad, guiado por la misma curiosidad que me había llevado a fumar, a aceptar la invitación, a dejar que todo fluyera. Su piel era cálida, su dureza respondía a mi boca, a mi lengua que se movía con más hambre de la que creí tener. Su respiración se alteró, sus manos en mi cabeza marcaban un ritmo sin imponerlo.
Cuando llegó el momento, su placer estalló en mí y no aparté la boca. Lo recibí con la misma entrega con la que me había dejado llevar hasta ahí. No esperaba que me gustara tanto, no esperaba que un verano cualquiera en aquel balneario me hiciera entender algo tan simple y tan grande a la vez.
Nos recostamos sin hablar por un rato. Afuera, la playa seguía siendo la misma, el viento seguía borrando huellas.
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