. El Reencuentro en las Redes: El Hilo Invisible
Todo comenzó con una notificación que rompió la calma de una tarde de corrección de exámenes en su casa. "Juan te ha enviado una solicitud de mensaje". Ana Laura, a sus 35 años, recordaba perfectamente a Juan. Fue su primer amor, ese chico rebelde de 18 años que se fue de la ciudad para subirse a un camión y recorrer el país.
Los primeros mensajes fueron un tanteo nostálgico.
Juan: "Tantos años, Anita... Te vi en una foto y casi me despisto en la ruta. Estás más mujer, más imponente. Ese brillo en los ojos no cambió".
Ana: "Hola, Juan. ¡Qué sorpresa! Sí, los años pasaron. Soy docente ahora, estoy casada... una vida tranquila".
Juan: "¿Tranquila o aburrida? Te conozco, Ana. Esa boquita tuya siempre tuvo hambre de más. Yo sigo igual: solo, con mi camión y con el recuerdo de lo que fuimos".
Ana le mostró le mostro los chat a Adrián, su marido. Lejos de las escenas de celos, Adrián leyó con una sonrisa turbia. —"Es un tipo de campo, de ruta... tiene esa energía que a vos te falta acá. Seguí, quiero ver qué te propone", le dijo, mientras le acariciaba las caderas.
Pronto, los mensajes de Juan se volvieron un incendio:
Juan: "Me imagino esas nalgas morenas que tenés sentadas en mi falda mientras manejo. Te voy a abrir de piernas hasta que me pidas por favor que pare. Quiero ver si el 'boludo' de tu marido te sabe dar como te daría yo".
Ana: "Sos un animal, Juan... pero me hacés mojar la bombacha solo con leerte. Quiero sentir la fuerza de un hombre que no tenga miedo de usarme".
El lunes, bajo un sol pesado, Ana llegó a Reconquista. Al bajar de su auto, lo vio: Juan, de 43 años, con su camisa de grafa entreabierta, los brazos tatuados por el sol y esa mirada de cazador. El impacto fue fuerte; Juan se veía tosco, con el desgaste propio de la vida de camionero, pero emanaba una virilidad que Adrián no poseía.
Se saludaron con un beso en la mejilla que duró demasiado. Al entrar a la habitación del motel "Mi Cielo", el ambiente cambió. Juan no fue directo a la cama. La tomó de la cintura y la pegó a su pecho.
—"Estás hermosa, Anita. Sos una hembra total", le susurró al oído antes de buscar sus labios. El beso fue lento, romántico al principio, con sabor a tabaco y café, pero pronto se volvió voraz. Las lenguas luchaban y las manos de Juan empezaron a recorrer ese cuerpo que tanto había imaginado.
Juan la desnudó con una mezcla de desesperación y adoración. Cuando Ana quedó solo con sus sandalias y esa tanguita negra que resaltaba su piel morena y su cola prominente, Juan se arrodilló ante ella.
—"Quiero probarte toda, ver si tenés el mismo gusto que cuando eras una nena", dijo él. Separó sus nalgas con fuerza y empezó a lamerla. Ana se aferraba a los hombros anchos de Juan mientras él se deleitaba con ella, usando su lengua áspera de fumador para estimularla hasta que ella empezó a temblar.
Luego, Juan se desvistió. Cuando el pantalón cayó, Ana quedó muda. La "pija" de Juan era un monumento a la masculinidad: gruesa, oscura, con venas que latían y una longitud que la intimidó.
—"Ponete el preservativo... por favor, Juan", alcanzó a decir ella.
—"Vení acá, chupámela un poco primero, que sienta tu saliva", ordenó él con voz de mando. Ana se arrodilló y se entregó a un sexo oral intenso, sintiendo cómo sus mandíbulas se cansaban ante semejante calibre, mientras él le acariciaba el pelo con rudeza.
Misionero Intenso: Juan la penetró lentamente. Ana soltó un gemido de dolor y placer; su cuerpo, acostumbrado a Adrián, se estiraba hasta el límite. Juan la besaba profundamente mientras la embestía con un ritmo constante, mirándola a los ojos. —"Sos mía ahora, ¿sentís cómo te lleno?", le decía.
Las Piernas al Hombro: Juan subió las piernas de Ana sobre sus hombros, exponiendo toda su intimidad. En esta posición, las embestidas eran más profundas. Ana sentía que él llegaba a su alma. El sonido de la carne chocando era música para sus oídos hambrientos.
Cabalgata: La sentó encima de él. Ana, con sus manos en el pecho velludo de Juan, empezó a saltar sobre ese miembro gigante. Ella tenía el control, pero Juan le apretaba los pezones con fuerza, marcándole la piel. —"¡Eso, mové ese culazo, haceme sentir que sos una putita agradecida!", le gritaba él.
En Cuatro Patas (El Clímax): Finalmente, la dio vuelta. Ana apoyó los antebrazos en la cama, ofreciendo su espalda arqueada y su cola. Juan la tomó del pelo, tirando su cabeza hacia atrás, y la penetró por detrás con una furia animal. Cada golpe la hacía avanzar en la cama. El morbo de ver la sombra de ese camionero desconocido poseyéndola la llevó al borde.
—"¡Te voy a llenar la cara, Anita! ¡Mirame!", rugió Juan. Se retiró justo a tiempo, se quitó el preservativo y, con una serie de pulsaciones potentes, descargó una eyaculación abundante y caliente que cubrió las mejillas, la frente y los labios de Ana, ella la bebió como un elixir, aunque nunca había querido hacerle a su marido, luego se pararon Juan la beso, se cambiaron y le retiraron del lugar donde estaba el auto de Ana.
Todo comenzó con una notificación que rompió la calma de una tarde de corrección de exámenes en su casa. "Juan te ha enviado una solicitud de mensaje". Ana Laura, a sus 35 años, recordaba perfectamente a Juan. Fue su primer amor, ese chico rebelde de 18 años que se fue de la ciudad para subirse a un camión y recorrer el país.
Los primeros mensajes fueron un tanteo nostálgico.
Juan: "Tantos años, Anita... Te vi en una foto y casi me despisto en la ruta. Estás más mujer, más imponente. Ese brillo en los ojos no cambió".
Ana: "Hola, Juan. ¡Qué sorpresa! Sí, los años pasaron. Soy docente ahora, estoy casada... una vida tranquila".
Juan: "¿Tranquila o aburrida? Te conozco, Ana. Esa boquita tuya siempre tuvo hambre de más. Yo sigo igual: solo, con mi camión y con el recuerdo de lo que fuimos".
Ana le mostró le mostro los chat a Adrián, su marido. Lejos de las escenas de celos, Adrián leyó con una sonrisa turbia. —"Es un tipo de campo, de ruta... tiene esa energía que a vos te falta acá. Seguí, quiero ver qué te propone", le dijo, mientras le acariciaba las caderas.
Pronto, los mensajes de Juan se volvieron un incendio:
Juan: "Me imagino esas nalgas morenas que tenés sentadas en mi falda mientras manejo. Te voy a abrir de piernas hasta que me pidas por favor que pare. Quiero ver si el 'boludo' de tu marido te sabe dar como te daría yo".
Ana: "Sos un animal, Juan... pero me hacés mojar la bombacha solo con leerte. Quiero sentir la fuerza de un hombre que no tenga miedo de usarme".
El lunes, bajo un sol pesado, Ana llegó a Reconquista. Al bajar de su auto, lo vio: Juan, de 43 años, con su camisa de grafa entreabierta, los brazos tatuados por el sol y esa mirada de cazador. El impacto fue fuerte; Juan se veía tosco, con el desgaste propio de la vida de camionero, pero emanaba una virilidad que Adrián no poseía.
Se saludaron con un beso en la mejilla que duró demasiado. Al entrar a la habitación del motel "Mi Cielo", el ambiente cambió. Juan no fue directo a la cama. La tomó de la cintura y la pegó a su pecho.
—"Estás hermosa, Anita. Sos una hembra total", le susurró al oído antes de buscar sus labios. El beso fue lento, romántico al principio, con sabor a tabaco y café, pero pronto se volvió voraz. Las lenguas luchaban y las manos de Juan empezaron a recorrer ese cuerpo que tanto había imaginado.
Juan la desnudó con una mezcla de desesperación y adoración. Cuando Ana quedó solo con sus sandalias y esa tanguita negra que resaltaba su piel morena y su cola prominente, Juan se arrodilló ante ella.
—"Quiero probarte toda, ver si tenés el mismo gusto que cuando eras una nena", dijo él. Separó sus nalgas con fuerza y empezó a lamerla. Ana se aferraba a los hombros anchos de Juan mientras él se deleitaba con ella, usando su lengua áspera de fumador para estimularla hasta que ella empezó a temblar.
Luego, Juan se desvistió. Cuando el pantalón cayó, Ana quedó muda. La "pija" de Juan era un monumento a la masculinidad: gruesa, oscura, con venas que latían y una longitud que la intimidó.
—"Ponete el preservativo... por favor, Juan", alcanzó a decir ella.
—"Vení acá, chupámela un poco primero, que sienta tu saliva", ordenó él con voz de mando. Ana se arrodilló y se entregó a un sexo oral intenso, sintiendo cómo sus mandíbulas se cansaban ante semejante calibre, mientras él le acariciaba el pelo con rudeza.
Misionero Intenso: Juan la penetró lentamente. Ana soltó un gemido de dolor y placer; su cuerpo, acostumbrado a Adrián, se estiraba hasta el límite. Juan la besaba profundamente mientras la embestía con un ritmo constante, mirándola a los ojos. —"Sos mía ahora, ¿sentís cómo te lleno?", le decía.
Las Piernas al Hombro: Juan subió las piernas de Ana sobre sus hombros, exponiendo toda su intimidad. En esta posición, las embestidas eran más profundas. Ana sentía que él llegaba a su alma. El sonido de la carne chocando era música para sus oídos hambrientos.
Cabalgata: La sentó encima de él. Ana, con sus manos en el pecho velludo de Juan, empezó a saltar sobre ese miembro gigante. Ella tenía el control, pero Juan le apretaba los pezones con fuerza, marcándole la piel. —"¡Eso, mové ese culazo, haceme sentir que sos una putita agradecida!", le gritaba él.
En Cuatro Patas (El Clímax): Finalmente, la dio vuelta. Ana apoyó los antebrazos en la cama, ofreciendo su espalda arqueada y su cola. Juan la tomó del pelo, tirando su cabeza hacia atrás, y la penetró por detrás con una furia animal. Cada golpe la hacía avanzar en la cama. El morbo de ver la sombra de ese camionero desconocido poseyéndola la llevó al borde.
—"¡Te voy a llenar la cara, Anita! ¡Mirame!", rugió Juan. Se retiró justo a tiempo, se quitó el preservativo y, con una serie de pulsaciones potentes, descargó una eyaculación abundante y caliente que cubrió las mejillas, la frente y los labios de Ana, ella la bebió como un elixir, aunque nunca había querido hacerle a su marido, luego se pararon Juan la beso, se cambiaron y le retiraron del lugar donde estaba el auto de Ana.
1 comentarios - Despertar de Ana