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La Mudanza... Ropa Blanca... (parte 11)

Me desperté de golpe a las cuatro y pico de la mañana, con el corazón en la boca y la cabeza que me iba a reventar. No era solo la resaca; era que no podía parar de darle vueltas a todo. Desde que nos mudamos a esta casa nueva, la vida se nos había ido torciendo de una forma que ni yo mismo entendía. Primero fueron las miradas en la piscina comunitaria, Antonio comiéndosela con los ojos. Luego los porros, el vino, yo enseñándole fotos de sus tetas como un gilipollas. Las noches en que me la follaba como loco y le suplicaba que se lo tirara. Y ahora esta cena de despedida de Marta… Joder, ¿en qué momento se había convertido esto en mi realidad? Me ponía como una moto imaginarlo, pero al mismo tiempo me entraban ganas de vomitar de los celos. Me sentía un puto pringado.
Ana dormía como si nada, boca abajo, la sábana apenas tapándole el culo. Respiraba tranquila, como si llevara el morbo en la sangre y le diera igual. Me levanté sin hacer ruido, me puse unos pantalones cortos y bajé a la piscina del residencial. El agua quieta, luces bajas, nadie. Me senté en el borde, encendí un cigarro y seguí dándole vueltas: “Soy un celoso de mierda, pero me encanta que la miren. ¿Por qué coño no paro esto?”.
De pronto un chapoteo. Marta saliendo del agua, con un bikini negro, el cuerpo mojado. Me vio y sonrió.
—Alfredo, ¿tú también con la cabeza a mil?
—Algo así. No duermo.
Se sentó cerca, con la toalla en los hombros. Hablamos un rato de su hermana, del curro que le esperaba en el hospital, de lo bien que nos lo estábamos pasando en el barrio desde la mudanza. Pero Marta siempre ha sido de las que pican.
—¿Y Ana? Se la ve muy cómoda con Antonio rondando…
Soltó una risita y se inclinó. Sentí sus tetas el brazo cuando me dio un beso en la mejilla para despedirse.
—Duerme un poco, guapo. O no duermas… —me guiñó y se fue.
Me quedé con la polla medio dura y el olor a cloro y perfume en la nariz.
Subí. Me senté en la terraza con el móvil. Mensaje de Antonio.
“Alfredo joder no duermo pensando en tu esposa. Déjame follármela mañana. Va a ser brutal.”
Contesté seco: “Para ya. Me gusta que la miren, pero follarla es pasarse.”
Él insistió: “Venga tío, sabes que te pone. Al menos déjame ver las tetas otra vez.”
Me tuvo un rato enredado con mensajes. Al final solté: “Vale, le enseño las tetas. Pero nada más. Punto.”
Oí la ducha. Ana se había levantado. Cogí su móvil, miré el WhatsApp con Antonio. Conversación muy coqueta: ella riéndose de sus mensajes guarros, él pidiéndole “ponte algo blanco para la cena que se te vea todo”, ella contestando “quizá… si te portas bien” con emoji de beso. El cabrón la tenía bien trabajada.
Me puse duro solo de leerlo. Dejé el móvil como si quemara.
Ana gritó desde arriba:
—¡Alfredo, muévete! Que no quiero llegar tarde otra vez!
Subí. Se estaba echando crema desnuda, con el pelo mojado. Me metí a la ducha rápido. Al salir, ella ya se había puesto unos pantalones que le marcaban el culo de maravilla, sandalias de tacón con tiras finas, y arriba solo el sujetador negro. Se estaba peinando.
Me quité la toalla. Ana se acercó por detrás, me agarró la polla y empezó a meneármela despacio.
—Qué contenta se pone cuando me ve… —dijo con esa voz ronca que pone cuando quiere joder.
Se agachó y se la metió en la boca. Chupaba con ganas, profundizaba, me cogía los huevos. Se la metía casi entera. Yo ya estaba a punto.
La sacó de golpe, pajeándome fuerte:
—Vístete. Esta noche te la acabo… si te portas bien.
Me soltó y se fue a terminar de vestirse. Me dejó ahí empalmado, suplicándole que terminara. Pero nada.
—Zorra… —le dije.
—Solo aguanta un poquito, amor. Va a merecer la pena.
Me dijo que me pusiera elegante. Se puso una camiseta blanca ancha, le quedaban los hombros por fuera, se veian los tirantes del sujetador. Si se agachaba, se veía todo. Estaba para comérsela.
Joder. Pura sexualidad. Me miró con cara de “ni se te ocurra tocarme ahora”, se miró en el espejo de la entrada.
—Vámonos.
Salimos. Primero nosotros, luego Javier y Laura, y Antonio con Marta. Antonio le echó una buena mirada a la camiseta blanca de Ana y sonrió.
Llegamos al restaurante de las afueras, junto a la playa. Aparcacoches y todo. Dentro, un señor de unos sesenta en traje abrazó a Antonio, luego a Marta con un “cada año más guapa”. A Ana le soltó: “¿Y esta preciosidad quién es?”. Antonio: “Nueva en la empresa, coincidimos en el barrio”. El tipo guiñó: “Buen amigo, pero no lo querría de jefe”. Nos llevó a la terraza privada de arriba: una mesa grande, vistas al mar, la luna casi llena, el pueblo abajo. Brutal.
Charlamos, tomamos vino, cerveza, comimos canapés. Nos sentamos: Antonio y Marta en cabecera, Javier y Laura un lado, Ana y yo el otro. Ana se sentó al lado de Antonio sin dudar.
La cena fue subiendo de tono con el vino. Antonio siempre el centro, contando historias. Marta charlaba conmigo, picándome con miradas: “¿Te gustan las vistas?”. Yo: “Las mejores”, sonriendo, aunque los ojos se me iban a sus tetas.
Me levanté a mear. Al salir, Ana me interceptó en el pasillo que daba a una pequeña terraza privada. Me agarró del paquete, me besó con lengua, apretando fuerte. Mi polla se puso como piedra en dos segundos.
Me llevó a un rincón detrás de unas macetas altas, donde no pasaba nadie. Me metió ahí, contra la pared.
Se arrodilló, me desabrochó el pantalón. Saco mi polla, pajeándome mientras me miraba:
—¿Seguro que quieres que caliente a Antonio?
—Sí… hazlo.
—No quiero que luego te rayes ni te enfades.
—Te juro que no.
Estaba a punto de decir algo más cuando oímos pasos. “¿Ana?”. Era Antonio. Ana me hizo señal de callarme, me abroché rápido. Ella contestó:
—Sí, ¿qué pasa?
—Nada, que hablamos de ir a tomar copas después.
—Ok
Antonio pasó cerca, pero no vio el rincón. Ana esperó un segundo y me sacó de ahí.
Volvimos a la mesa. Antonio ya había pagado. Insistí en poner algo, nada. Javier y Laura tampoco pudieron.
Salimos. Antonio indicó un bar con terraza y pista, gente de unos cuarenta. Pedí una ronda, pagué yo. Nos dispersamos. Vigilaba a Ana: pegada a Antonio, riéndose, agarrándole el brazo, cuerpo contra cuerpo. Celos que me quemaban, pero tenía la polla dura.
Marta se acercó: “Déjalos. Ven, te invito una copa”. Me llevó a la barra.
—No pasa nada —le dije.
—Antonio es así, le gusta que le miren. No va a pasar de ahí.
Me calmó un poco. Luego me cogió la mano: “Ven, bailemos”. Llamó a Javier y Laura. La música que no era la mía, bailé como podía. Marta se movía de puta madre, una MILF total. La gente miraba con envidia. Bailamos una hora larga. Luego Javier y Laura se iban, Marta con ellos porque viajaba al día siguiente. Me dio un beso tierno: “Espero que nos veamos con calma cuando vuelva”. Se fue.
Me quedé solo en la terraza, fumando, pensando en Marta. “Esa tía me quiere follar, fijo”.
En la pista: Ana bailando muy sensual, Antonio pegado. En un momento la giró, le puso las manos en el culo. Ana no dijo nada, siguió moviéndose. Le palpaba sin disimulo. Ana miró alrededor, me vio. Nuestras miradas se cruzaron. Antonio le dijo algo al oído, ella rio, le dio un golpecito en el brazo. El con una mano agarro el borde de la camisa y lo levantó. Ana le dejó mirar un buen rato. Luego se tapó, dijo algo y caminaron hacia mí.
Fingí que no había visto nada.
Ana: “Voy al baño. Pedidme una copa.”
Yo, borracho ya: “¿Nos vamos ya a casa?”
Antonio: “La última y nos vamos. Pedimos mientras.”
Solos en la barra, Antonio me suelta:
—Joder Alfredo, me estoy poniendo las botas con tu esposa.
—¿Qué ha pasado? —haciéndome el tonto.
—Le he estado sobando el culo a mi antojo. Le dije lo del bikini blanco, me pegó pero me dejó mirar por la camiseta. Menudas tetas tiene embutidas en ese sujetador negro…
Me jodía, pero me ponía a mil.
—Para ya, Antonio. Ya la has tocado bastante.
—Ni de coña. Está cachonda perdida. No puedo parar ahora.
—Por favor…
—Mira, Alfredo. A Ana le mola, a ti te jode verla conmigo pero también te pone. No lo admitas, pero quieres que me la folle. Si no, no me habrías enseñado las tetas ni en foto ni en la piscina. Asúmelo y ayúdame. Los dos lo vais a disfrutar.
Ana volvió, vio mi cara molesto y me pregunto: "¿pasa algo?". Antonio respondio: “Ha bebido demasiado”. Ana: “Venga, acabamos y nos vamos”. Antonio: “Un último baile”.
Le puso la mano en el culo delante de mí. Ana me miró. Yo no hice nada. Ella esperó, vio que estaba pasivo.
—No bailo más —dijo.
Luego, mirándome: “Tu amigo es un pulpo. Vas a tener que tener cuidadito con él”.
—¿Por qué?
—Porque me está tocando el culo y tú sin decir nada.
—Joder Ana… es que tienes un culo de la hostia.
Antonio: “¿Ves? Sería pecado no tocarlo”.
Ana se reía, disfrutando la sobada. Yo bebía y miraba. El alcohol y la polla me decían que mejor asumir lo inevitable.
—¿Y si nos vamos a casa… a la piscina?
Ana: “¿Ahora? No me apetece meterme al agua”.
Antonio: “A mí me parece genial”.
—No agua, digo… —dudé—. Estaba pensando… que te pongas el bikini blanco.
—¡Sííí! —Antonio emocionado.
Ana me miró seria: “¿Eso quieres? ¿Solo que me vea con el bikini blanco?”.
—No… Quiero quitarte el sujetador. Que te vea las tetas.
—¿Y le has preguntado a Antonio si quiere verlas?
Me sentí idiota, pero seguí:
—Antonio, ¿te gustaría que le quite el sujetador y veas las tetas de mi esposa?
—Para mí sería un placer. Pero no sé si me voy a conformar solo con mirar. ¿Crees que a tu esposa le gustaría que se las tocara?
Silencio. Los dos me miraban. Esperando.
—Ana… Antonio dice que si te ve las tetas va a querer tocártelas.
—Mírame, Alfredo —me ordenó—. Dile a Antonio que estás encantado de que me toque las tetas. Y que le dejaré hacerlo.
Tragué saliva:
—Antonio, para ella será un placer que le toques las tetas.
Ana: “Ahora dile qué más quieres que pase en la piscina”.
Joder, me tenían los dos pillados. Pero ya no había marcha atrás.
—Antonio, disfruta de las tetas de Ana. Míralas todo lo que quieras y sóbalas delante de mí. Luego, si sube a la escalera, le verás el coño. Me encantaría que le vieras el coño a mi esposa. Y si queréis, dentro le quito la braguita para que lo veas bien.
—¿Quieres enseñarle el coño, Ana?
—Sí —dijo ella sin dudar—. Se lo quiero enseñar… y que me lo toque.
—Antonio, ¿le tocarás bien el coño a mi esposa?
—Será un placer hacerla correr en mis dedos. Pero Alfredo… dile la verdad a tu esposa. Lo que va a pasar.
Silencio. Luego solté:
—Ana, cuando lleguemos a casa y le enseñes el coño… Antonio te va a follar.
Ana dejó la copa en la mesa, me miró fijo:
—Venga. Vámonos.
Salimos. Yo delante, tambaleándome. Ellos detrás. No quise mirar si le seguía tocando el culo. La borrachera me pegaba fuerte. Ana me preguntó si estaba bien. “Sí”, mentí. Pero no podía conducir. Decidieron que yo atrás, Antonio al volante.
Me monté y dije
—Venga, vamos a casa a que te folles a mi esposa.
Ni me miraron. Arrancó. Al minuto me quedé frito.
Me despertaron sacándome del coche. Antonio me ayudó a entrar, me tiró en el sofá del salón como un saco.
—Voy al baño un segundo —dijo Ana subiendo las escaleras.
Antonio me miró desde abajo:
—Alfredo, quédate aquí tranquilo. Mientras yo subo a follarme a tu esposa.
Intenté levantarme. Todo giraba. Caí de nuevo. Cerré los ojos. Y me dormí. 😓

1 comentarios - La Mudanza... Ropa Blanca... (parte 11)

Seximarc69 +1
Como te vas a dormir jajaja
Cuckysaurio
Espera el final, estará épico