No sé ni cómo empezar esto, pero necesito sacarlo de una vez. Me llamo Mónica, tengo 32 años, casada hace seis con un hombre que pasa más tiempo en la oficina que en casa. Mi vida siempre ha sido ordenada: trabajo en una agencia de publicidad, voy al gimnasio cuatro veces por semana, cocino bien, mantengo todo en su lugar. El sexo con mi marido se volvió rutina hace mucho: una vez a la semana, luces apagadas, misionero, cinco minutos y a dormir. Yo fingía los orgasmos para no hacerle sentir mal. Hasta que llegó Alex.
Alex es mi sobrino, el hijo de mi hermana menor. Tiene 19 años recién cumplidos, está buscando trabajo después del colegio y se quedó con nosotros unas semanas. Es alto, delgado pero con buenos hombros de tanto jugar baloncesto, pelo oscuro siempre un poco desordenado. Siempre lo traté como a un hijo… hasta esa tarde de julio en que todo cambió.
Llegué del gimnasio sudada, con los leggings pegados y el top empapado. Me quité la ropa en el cuarto, me envolví en una toalla y entré al baño. Abrí la ducha, el agua caliente empezó a caer y cerré los ojos disfrutando el vapor. Entonces lo vi: un brillo detrás de los jabones. El borde de un celular. La funda negra con la raya roja. Era el de Alex.
Mi primer impulso fue gritarle, agarrarlo y armar un escándalo. Pero algo me detuvo. El corazón me latía fuerte… y también sentí un calor entre las piernas. En lugar de hacer algo, seguí como si nada. Me enjaboné despacio, pasé las manos por mis tetas apretándolas un poco más de lo necesario, dejando que los pezones se pusieran duros con el chorro. Me giré de espaldas a la cámara, arqueé la espalda y dejé que el agua resbalara por mi culo. Sabía que él estaba grabando. Y eso me puso mojada de una forma que no recordaba.
Al día siguiente, el celular apareció de nuevo. Y al otro. Y al otro. Casi diario. Yo fingía que no lo veía, pero empecé a exagerar: me demoraba más en la ducha, me tocaba el clítoris despacito mientras me enjabonaba, imaginando sus ojos clavados en mí. Una vez me corrí de verdad, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. El agua tapaba todo, pero mi cuerpo temblaba entero. Nunca me había sentido tan deseada.
Pasaron cinco días así. Cada vez que salía de la ducha me miraba al espejo y me sentía poderosa, sexy, viva. Hasta que el jueves pasado decidí que ya era suficiente de jugar a las escondidas.
Mi marido estaba de viaje. La casa sola. Entré al baño como siempre, vi el celular en su lugar habitual, me duché despacio, me pellizqué los pezones hasta que dolían de lo duros que estaban, me pasé los dedos por la chocha depilada, dejando que el agua se llevara el jabón y mis jugos. Cuando terminé, en vez de salir, grité:
—Alex, ¿puedes venir un segundo? Necesito ayuda aquí en el baño.
Escuché sus pasos rápidos. La puerta se abrió apenas y asomó la cabeza, rojo como tomate.
—¿Está bien, tía?
—Entre y cierre la puerta, por favor.
Entró. Cerró. Miraba el piso. Yo me acerqué, todavía con la toalla puesta, gotas cayendo por las piernas.
—Creo que esto es de usted —dije, señalando el estante.
Se quedó pálido.
—Tía… lo siento mucho. No sé qué me pasó. Por favor, no le diga a nadie. Lo borro todo ahora mismo.
Me acerqué más. El vapor todavía flotaba en el baño. Olía a jabón de vainilla y a su nerviosismo.
—No estoy enojada, Alex. Me halaga. Mucho. —Bajé la voz—. ¿Cuántas veces me ha grabado?
Tragó saliva. Su short ya marcaba una erección evidente.
—Unas… varias. Es que usted es tan hermosa, tía. No pude evitarlo.
Sentí un latido fuerte en la chocha. Dejé caer la toalla lentamente. Mis tetas se movieron, los pezones duros apuntándole directo. Alex soltó un gemido bajito.
—Tía…
—Shhh. —Me arrodillé en las baldosas frías—. Quiero ayudarle con esa verga que tiene tan parada.
Le bajé el short. La verga saltó libre. Gruesa, venosa, el glande rojo e hinchado, con una gota brillante en la punta. Olía a chico joven, a deseo puro. La agarré con la mano derecha. Estaba caliente, dura, palpitaba fuerte.
Empecé a pajearlo despacio. Arriba y abajo. El pulgar rozando la cabeza sensible, esparciendo el preseminal para que resbalara mejor. Alex apoyó las manos en la pared, respirando agitado.
—Tía… qué rico se siente…
Aceleré un poco. Con la otra mano le tomé las bolas, pesadas y llenas. Las masajeé mientras le jalaba más rápido. Escupí en la verga para lubricar mejor; el sonido húmedo llenó el baño. Chap, chap, chap. Él empujaba las caderas, cogiéndome la mano.
—Digame qué le gustaba ver de mí —susurré, mirándolo a los ojos.
—Sus tetas… cómo se mueven cuando se enjabona. El culo. Y cuando se tocaba… Dios, tía, casi me corro solo viéndola.
Eso me encendió más. Mi chocha estaba chorreando, los jugos resbalándome por los muslos. Le jalé más fuerte, retorciendo la muñeca en la punta, apretando justo debajo del glande donde sabía que le volvía loco.
—Voy a acabar… tía, me vengo…
—Dele, suélteme toda esa lechita.
Aceleré todo lo que pude. Él gruñó, empujó una última vez y explotó. Chorros calientes, espesos, blancos. El primero me salpicó la mano, el segundo las tetas, el tercero me cayó en la mejilla. Seguí ordeñándolo hasta que dejó de latir, hasta que la última gota cayó en mis dedos pegajosos.
Me levanté despacio. Me limpié la cara con el dorso de la mano. Lo miré. Él temblaba, sonriendo como idiota.
—Esto queda entre nosotros, ¿si o que?
Asintió, todavía jadeando.
—Sí, tía. Gracias… gracias por todo.
Me metí otra vez a la ducha. El agua caliente lavó el semen, el jabón, la culpa. Pero no lavó la sonrisa que tengo ahora mismo mientras escribo esto.
No sé qué va a pasar después. Solo sé que me siento viva. Y que probablemente no sea la última vez.
Alex es mi sobrino, el hijo de mi hermana menor. Tiene 19 años recién cumplidos, está buscando trabajo después del colegio y se quedó con nosotros unas semanas. Es alto, delgado pero con buenos hombros de tanto jugar baloncesto, pelo oscuro siempre un poco desordenado. Siempre lo traté como a un hijo… hasta esa tarde de julio en que todo cambió.
Llegué del gimnasio sudada, con los leggings pegados y el top empapado. Me quité la ropa en el cuarto, me envolví en una toalla y entré al baño. Abrí la ducha, el agua caliente empezó a caer y cerré los ojos disfrutando el vapor. Entonces lo vi: un brillo detrás de los jabones. El borde de un celular. La funda negra con la raya roja. Era el de Alex.
Mi primer impulso fue gritarle, agarrarlo y armar un escándalo. Pero algo me detuvo. El corazón me latía fuerte… y también sentí un calor entre las piernas. En lugar de hacer algo, seguí como si nada. Me enjaboné despacio, pasé las manos por mis tetas apretándolas un poco más de lo necesario, dejando que los pezones se pusieran duros con el chorro. Me giré de espaldas a la cámara, arqueé la espalda y dejé que el agua resbalara por mi culo. Sabía que él estaba grabando. Y eso me puso mojada de una forma que no recordaba.
Al día siguiente, el celular apareció de nuevo. Y al otro. Y al otro. Casi diario. Yo fingía que no lo veía, pero empecé a exagerar: me demoraba más en la ducha, me tocaba el clítoris despacito mientras me enjabonaba, imaginando sus ojos clavados en mí. Una vez me corrí de verdad, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. El agua tapaba todo, pero mi cuerpo temblaba entero. Nunca me había sentido tan deseada.
Pasaron cinco días así. Cada vez que salía de la ducha me miraba al espejo y me sentía poderosa, sexy, viva. Hasta que el jueves pasado decidí que ya era suficiente de jugar a las escondidas.
Mi marido estaba de viaje. La casa sola. Entré al baño como siempre, vi el celular en su lugar habitual, me duché despacio, me pellizqué los pezones hasta que dolían de lo duros que estaban, me pasé los dedos por la chocha depilada, dejando que el agua se llevara el jabón y mis jugos. Cuando terminé, en vez de salir, grité:
—Alex, ¿puedes venir un segundo? Necesito ayuda aquí en el baño.
Escuché sus pasos rápidos. La puerta se abrió apenas y asomó la cabeza, rojo como tomate.
—¿Está bien, tía?
—Entre y cierre la puerta, por favor.
Entró. Cerró. Miraba el piso. Yo me acerqué, todavía con la toalla puesta, gotas cayendo por las piernas.
—Creo que esto es de usted —dije, señalando el estante.
Se quedó pálido.
—Tía… lo siento mucho. No sé qué me pasó. Por favor, no le diga a nadie. Lo borro todo ahora mismo.
Me acerqué más. El vapor todavía flotaba en el baño. Olía a jabón de vainilla y a su nerviosismo.
—No estoy enojada, Alex. Me halaga. Mucho. —Bajé la voz—. ¿Cuántas veces me ha grabado?
Tragó saliva. Su short ya marcaba una erección evidente.
—Unas… varias. Es que usted es tan hermosa, tía. No pude evitarlo.
Sentí un latido fuerte en la chocha. Dejé caer la toalla lentamente. Mis tetas se movieron, los pezones duros apuntándole directo. Alex soltó un gemido bajito.
—Tía…
—Shhh. —Me arrodillé en las baldosas frías—. Quiero ayudarle con esa verga que tiene tan parada.
Le bajé el short. La verga saltó libre. Gruesa, venosa, el glande rojo e hinchado, con una gota brillante en la punta. Olía a chico joven, a deseo puro. La agarré con la mano derecha. Estaba caliente, dura, palpitaba fuerte.
Empecé a pajearlo despacio. Arriba y abajo. El pulgar rozando la cabeza sensible, esparciendo el preseminal para que resbalara mejor. Alex apoyó las manos en la pared, respirando agitado.
—Tía… qué rico se siente…
Aceleré un poco. Con la otra mano le tomé las bolas, pesadas y llenas. Las masajeé mientras le jalaba más rápido. Escupí en la verga para lubricar mejor; el sonido húmedo llenó el baño. Chap, chap, chap. Él empujaba las caderas, cogiéndome la mano.
—Digame qué le gustaba ver de mí —susurré, mirándolo a los ojos.
—Sus tetas… cómo se mueven cuando se enjabona. El culo. Y cuando se tocaba… Dios, tía, casi me corro solo viéndola.
Eso me encendió más. Mi chocha estaba chorreando, los jugos resbalándome por los muslos. Le jalé más fuerte, retorciendo la muñeca en la punta, apretando justo debajo del glande donde sabía que le volvía loco.
—Voy a acabar… tía, me vengo…
—Dele, suélteme toda esa lechita.
Aceleré todo lo que pude. Él gruñó, empujó una última vez y explotó. Chorros calientes, espesos, blancos. El primero me salpicó la mano, el segundo las tetas, el tercero me cayó en la mejilla. Seguí ordeñándolo hasta que dejó de latir, hasta que la última gota cayó en mis dedos pegajosos.
Me levanté despacio. Me limpié la cara con el dorso de la mano. Lo miré. Él temblaba, sonriendo como idiota.
—Esto queda entre nosotros, ¿si o que?
Asintió, todavía jadeando.
—Sí, tía. Gracias… gracias por todo.
Me metí otra vez a la ducha. El agua caliente lavó el semen, el jabón, la culpa. Pero no lavó la sonrisa que tengo ahora mismo mientras escribo esto.
No sé qué va a pasar después. Solo sé que me siento viva. Y que probablemente no sea la última vez.
3 comentarios - Lo que nunca pensé que contaría