Me llamo Mateo, tengo 18 años recién cumplidos, y este verano ha sido el más jodidamente loco de mi vida. Todo empezó cuando mi tía Lidia me consiguió un trabajo temporal en la ferretería del barrio. Ella es una mujer de 38 años, casada con mi tío que pasa meses en altamar trabajando en un barco petrolero. Lidia es… joder, cómo describirla sin que se me pare de inmediato. Es una diosa con curvas que vuelven loco a cualquiera: pelo negro liso hasta los hombros, labios carnosos que siempre pintados de rojo, y unas tetas enormes, masivas, que parecen desafiar la gravedad. Miden como 120 de pecho o más, siempre rebotando bajo sus blusas escotadas, atrayendo miradas de todos los cabrones del vecindario. Vive sola la mayor parte del tiempo, y yo me quedo con ella porque mis padres están de viaje. Somos familia cercana, pero últimamente… las cosas se han torcido de una forma que me hace pajearme todas las noches pensando en ello.


La ferretería es de Don Manuel, un moreno fornido de unos 55 años, con bigote espeso, brazos tatuados y una mirada que te perfora. Es un tipo rudo, pero buena onda; siempre riendo con chistes sucios y pagando bien. El primer día que llegué, me dio una palmada en la espalda que casi me tumba. “Bienvenido, chaval. Aquí se trabaja duro, pero se gana bien. Y si eres listo, aprenderás más que solo a vender tornillos.” No supe qué coño quería decir con eso, pero me cayó bien de entrada. Pasábamos las mañanas organizando estanterías, atendiendo clientes, y por las tardes, cuando el negocio se calmaba, nos sentábamos en la trastienda a tomar una cerveza fría –claro, él me daba una sin alcohol, pero igual charlábamos como amigos.

Al principio, era todo normal. Hablábamos de fútbol, de las noticias, de cómo el barrio se estaba yendo a la mierda con la delincuencia. Pero poco a poco, Don Manuel empezó a preguntar por mi familia. “Oye, Mateo, ¿y esa tía tuya, Lidia? La veo pasar a veces por aquí. Es una mujerona, eh. Tu tío debe extrañarla mucho en el mar.” Yo asentía, riendo nervioso, porque sí, Lidia pasaba a veces a saludarme o a comprar algo tonto como bombillas. Siempre vestida provocativa: faldas cortas que mostraban sus piernas gruesas, blusas que dejaban ver el encaje de su sostén luchando por contener esas ubres gigantes. Don Manuel la saludaba con una sonrisa de caballero, le hacía descuentos, le ayudaba a cargar las bolsas. “Señora Lidia, usted ilumina este lugar con su presencia,” le decía, y ella reía coqueta, moviendo el cabello. Pero yo notaba cómo sus ojos se clavaban en su escote, devorándola en silencio.
Una tarde, después de cerrar, Don Manuel me invitó a una cerveza de verdad en la trastienda. “Eres un buen chico, Mateo. Trabajas bien. ¿Quieres ganarte un extra?” Pensé que me ofrecería horas extras, pero no. Sacó su teléfono y me mostró una foto que había tomado disimuladamente de Lidia cuando vino la semana pasada: ella inclinada sobre el mostrador, sus tetas casi desbordando la blusa verde que llevaba. “Mira eso, chaval. Tu tía es un monumento. ¿No te dan ganas de…?” Se rió, palmeando su entrepierna. Me quedé helado, pero sentí un cosquilleo morboso en la polla. “Don Manuel, es mi tía…” murmuré, pero él agitó la mano. “Tranquilo, solo admiramos la belleza. Pero oye, si me consigues más fotos como esta, te pago 300 pesos por cada una. Nada malo, solo para mi colección privada.”
Al principio, me negué. ¿Espiar a mi propia tía? Joder, no. Pero esa noche, en casa, no podía sacarme la idea de la cabeza. Lidia estaba en la cocina preparando cena, con una blusa roja abierta que dejaba ver su sostén de encaje beige, sus pezones marcados bajo la tela fina. Me pillé mirándola más de lo normal, imaginando lo que Don Manuel querría hacer con ella. Mi tío lejos, ella sola… y yo, su sobrino, sintiendo una erección traicionera. Me masturbé esa noche pensando en sus tetas, en cómo rebotaban al caminar. Al día siguiente, en el trabajo, le dije a Don Manuel que lo pensaría.
Pasaron unos días, y la amistad con él se hizo más fuerte. Me contaba anécdotas de su vida: había sido marinero como mi tío, pero se retiró por una lesión. “Las mujeres como tu tía, Mateo, necesitan atención. Un hombre de verdad que las haga sentir vivas.” Sus palabras se clavaban en mi mente. Una mañana, Lidia vino a la ferretería a comprar pintura. Llevaba una falda vaquera corta, rasgada en los bordes, y un top laceado que apenas contenía sus melones. Don Manuel la atendió personally, rozando su mano al darle el cambio, y yo vi cómo sus ojos bajaban a su culo redondo cuando se dio la vuelta. Esa tarde, me dio 200 pesos de propina. “Por ser buen chico. Pero si quieres más, ya sabes.”
El morbo me ganó. Esa misma noche, mientras Lidia se duchaba, me acerqué sigiloso al baño. La puerta estaba entreabierta –ella siempre era descuidada con eso, confiando en que yo era “el sobrino inocente”. La vi a través del vapor: desnuda en la bañera, cubriéndose las tetas con espuma, pero no del todo. Sus pezones rosados asomaban, grandes y erectos por el agua caliente. Saqué mi teléfono y tomé una foto rápida, el corazón latiéndome a mil. Joder, qué tetas… tan grandes que cubrían todo su torso, suaves y pesadas. Me fui a mi habitación y me pajeé furiosamente mirando la imagen, imaginando a Don Manuel babeando por ellas.


Al día siguiente, se la mostré a Don Manuel en la trastienda. Sus ojos se iluminaron como un depredador. “¡Carajo, chaval! Esto es oro. Mira esas ubres… perfectas para morderlas, para follarlas con mi verga.” Me pagó 300 pesos, más de lo prometido. Y entonces me contó su secreto: “Mi polla no es larga, solo 15 centímetros, pero es gorda como un brazo, 7 centímetros de ancho. Las hace gritar de placer, se estiran hasta el límite.” Me mostró una foto suya desnudo –joder, era verdad, un tronco corto pero grueso como una lata de refresco, venoso y cabezón. Sentí una mezcla de asco y excitación. “¿Quieres que me coja a tu tía, verdad? Serías un buen cornudito, viéndola gozar.”


No lo admití, pero sí. El morbo se apoderaba de mí. Empecé a espiarla más: fotos de ella en la cama dormida, en lencería rosa transparente, tomando , sus tetas desbordando el babydoll, sus muslos abiertos dejando ver el encaje de sus bragas. Videos cortos de ella caminando por la casa, sus pechos rebotando hipnóticos. Cada vez que se lo llevaba a Don Manuel, él me pagaba y me contaba fantasías: cómo la pondría de rodillas para que chupara su gorda polla, cómo la follaría entre las tetas hasta corrérsele encima, cómo la haría gemir llamándolo “papi” mientras su marido estaba en el mar.

Una vez, en la calle, Don Manuel me paró mientras yo iba con mi teléfono. “Muéstrame lo último, Mateo.” Le enseñé un video de Lidia en la calle, con un vestido floral escotado, su lengua asomando juguetona. Él gruñó, tocándose disimuladamente. “Voy a poseerla, chaval. Esas tetas serán mías.” Y yo, en vez de enojarme, sentí mi polla endurecerse. Me estaba convirtiendo en un sobrino cornudo, anhelando ver cómo ese viejo pervertido la montaba.


La trama se complicó cuando Don Manuel empezó a visitar la casa. “Dile a tu tía que necesito medir algo para un pedido,” me dijo. Vino una tarde, con su polo gris ajustado mostrando sus músculos. Lidia lo recibió amable, ofreciéndole café en la mesa de la cocina. Yo los observaba desde el pasillo: él con la mano en su hombro, rozándola “accidentalmente”, sus ojos fijos en su escote verde profundo. Ella reía, coqueteando inocente, sin saber que Don Manuel soñaba con arrancarle la blusa y enterrar su cara en esas tetas masivas. Esa noche, me pidió más: “Un video de ella cambiándose, Mateo. Quiero ver su coño.”

Lo hice. Espié por la puerta del baño mientras se secaba después de la ducha, envuelta en una toalla blanca que apenas cubría sus curvas. La toalla se abrió un poco, mostrando sus pezones húmedos y su vientre suave. Tomé el video, temblando de excitación. Al dárselo, Don Manuel me dio 500 pesos y me confesó: “Voy a invitarla a salir. Tú ayúdame, sé el alcahuete. Quiero que la veas gritar con mi polla gorda dentro, estirándola como nunca.”

Días después, en la calle del barrio, vi a Don Manuel charlando con Lidia. Ella en su falda corta, él agarrándole la mano, mirándola con esa sonrisa falsa de buen hombre. Yo me escondí, pero saqué una foto. Esa noche, en casa, Lidia me contó: “Don Manuel es tan amable, me invitó a cenar hace rato .” Mi corazón latió fuerte. El morbo me consumía: imaginaba a mi tía de rodillas, chupando esa polla gruesa, sus tetas balanceándose, gimiendo mientras él la poseía, y yo espiando desde la puerta, pajeándome como el cornudo que era.


La amistad con Don Manuel se volvió cómplice. Me enseñaba trucos del oficio, pero también me corrompía con sus relatos: cómo había follado a otras mujeres casadas, cómo su grosor las hacía adictas. “Tu tía necesita eso, Mateo. Su marido lejos, ella sola… yo la haré feliz.” Y yo, en vez de defenderla, le conseguía más material: un video de ella en la cama, dormida con un baby doll, sus tetas grandes y suaves casi expuestas.

En días posteriores Don Manuel me dijo que ya no podía aguantar mas ,Asi que ideo un plan precipitado ,pero audaz ,Era todo o nada.
Finalmente Esa noche llego, todo se precipitó como yo lo había imaginado en mis pajas más sucias durante semanas. Don Manuel llegó a la casa pasadas las nueve, cuando ya el barrio estaba en silencio y solo se oía el zumbido lejano de los aires acondicionados. Yo le había dejado la puerta entreabierta, como acordamos por mensaje: “Ven directo a la cocina, yo me escondo antes”. Lidia estaba terminando de lavar los platos, tarareando una canción vieja de Juan Gabriel, con esa blusa roja de tirantes finos que usaba para estar en casa. No llevaba sostén —lo había visto quitárselo antes de la cena—, y sus tetas enormes colgaban pesadas, moviéndose con cada roce del trapo contra la loza. Los pezones se marcaban como dos monedas grandes bajo la tela fina, oscuros y ya un poco hinchados por el fresco de la noche.

Me metí al armario alto de la despensa, el que está al lado del refrigerador. Es estrecho, huele a especias y a detergente, pero desde ahí se ve perfecto la mesa de la cocina y el fregadero. Dejé la puerta apenas una rendija, lo suficiente para grabar con el celular sin que se notara. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me iban a escuchar. Tenía la polla ya medio dura solo de imaginar lo que venía.
Don Manuel entró sin tocar. Lo oí cerrar la puerta con cuidado y luego sus pasos pesados, de botas gastadas. Lidia se giró, sorprendida pero no asustada.
—Don Manuel… ¿qué hace aquí tan tarde? —preguntó con esa voz ronca que ponía cuando estaba nerviosa, pero también curiosa.
Él no respondió con palabras al principio. Se acercó despacio, como un animal que sabe que la presa ya no va a huir. Llevaba su polo gris de siempre, el que se le pega al pecho ancho y al vientre duro de años de trabajo pesado. Se paró justo detrás de ella, tan cerca que su barriga casi tocaba la espalda de Lidia.
—Vine porque no podía esperar más, Lidia —dijo en voz baja, casi un gruñido—. Llevo meses viéndote pasar por la ferretería, moviendo esas caderas, dejando que esas tetas se bamboleen delante de todos… y yo aquí, comiéndome las ganas.
Lidia se quedó quieta, con las manos todavía mojadas sobre el fregadero. Vi cómo su respiración se aceleraba, cómo sus pechos subían y bajaban más rápido. Intentó hablar, pero él ya le había puesto las manos grandes en la cintura, apretándola contra su cuerpo. Ella soltó un suspiro corto, como si le hubieran quitado el aire.
—Don Manuel… yo estoy casada… mi esposo…
—Tu esposo está en el culo del mundo, Lidia. Y tú aquí, sola, con esas ubres llenas de leche que nadie chupa desde hace meses —susurró él al oído, y al mismo tiempo le subió las manos despacio por los costados, rozando el borde externo de sus tetas—. Dime que no las tienes duras de pensarlo. Dime que no te mojas cuando te miro el escote.
Ella no respondió con palabras. Solo dejó caer la cabeza un poco hacia atrás, apoyándola en el hombro de él. Eso fue suficiente. Don Manuel gruñó de satisfacción y le agarró las tetas con las dos manos, apretándolas fuerte por encima de la blusa. La tela se estiró al límite, los pezones se marcaron como nunca. Lidia soltó un gemidito agudo, de esos que me volvían loco cuando la escuchaba tocarse sola por las noches.
—Joder, qué tetas tan grandes y pesadas… —murmuró él, masajeándolas en círculos lentos, hundiendo los dedos en la carne blanda—. Parecen a punto de reventar esta blusita de mierda.
Le bajó los tirantes de golpe. La blusa cayó hasta la cintura, dejando sus tetas al aire. Dios mío, qué espectáculo. Brillaban un poco por el sudor de la cocina, redondas, llenas, con venitas azules apenas visibles bajo la piel morena. Los pezones eran grandes, color chocolate oscuro, ya erectos como piedritas. Don Manuel los miró un segundo como si fueran el tesoro más grande del mundo, y luego se lanzó.
Primero los agarró con las manos, levantándolos, sintiendo el peso, abriéndolos como si quisiera separarlos. Luego bajó la boca y se metió uno entero, chupando con fuerza, haciendo ruido de succión obsceno. Lidia arqueó la espalda, agarrándose del borde del fregadero, gimiendo más alto.
—Ay… sí… así… —susurró ella, traicionándose por completo.
Él alternaba: chupaba un pezón, lo mordía suave, lo lamía en círculos, y luego pasaba al otro. Las tetas se le llenaban de saliva, brillaban, y cada vez que las soltaba rebotaban pesadas contra su pecho. Yo grababa todo, la mano temblándome, la polla tan dura que me dolía dentro del pantalón. Tenía que morderme el labio para no gemir.
Don Manuel puso a mi tia de rodillas, Quería continuar con esas enormes tetas. Las juntó con las manos, formando un canal profundo, y sacó su polla del pantalón con la otra mano. Joder, ahí estaba: corta, sí, pero gorda como como mi antebrazo . El tronco era grueso, venoso, la cabeza morada y brillante de precum, y las venas gruesas le recorrían todo el largo. La apoyó justo entre las tetas de Lidia y empezó a mover las caderas, follando ese valle de carne suave.
—esto nunca lo había hecho , Don Manuel… —dijo ella, sorprendiéndome con lo puta que sonó de pronto. Se las apretó más fuerte contra su verga, ayudándolo a deslizarse.
Él gruñó como bestia. La polla entraba y salía entre esas ubres enormes, la cabeza asomando cada vez que empujaba hacia arriba, rozándole la barbilla. Lidia sacó la lengua y le lamió la punta cada vez que llegaba arriba, saboreando el precum salado. El sonido era asquerosamente rico: carne húmeda chocando, saliva, gemidos bajos. Yo me la saqué del pantalón y empecé a pajearme lento, sin querer correrme todavía.
Después de unos minutos así, Don Manuel la levantó de un tirón y la acosto en la mesa de la cocina. Le abrió las piernas, le subió la falda corta hasta la cintura. Lidia no llevaba calzones. Su coño estaba depilado, los labios hinchados y brillantes de humedad, el clítoris asomando como un botoncito rojo. Él se agachó y le metió la lengua de una sola pasada, de abajo hacia arriba, saboreando todo.


Lidia gritó, echando la cabeza hacia atrás. —¡Ay, … qué lengua tan larga!
Él la comió como desesperado: lamía el clítoris en círculos rápidos, metía la lengua dentro, succionaba los labios. Le metió dos dedos gordos y empezó a bombearlos, haciendo ruido de chapoteo. Lidia se agarraba las tetas, pellizcándose los pezones, gimiendo sin control.
—Quiero esa verga dentro… por favor… —suplicó.
Don Manuel saco un condon, se bajó el pantalón hasta los tobillos, apenas se lo iba a colocar , cuando mi Tia lo interrumpió, le dijo, —dale sin condon no puedo tener hijos, don manuel lo tiro y apunto su verga gorda. La cabeza de su polla era enorme comparada con la entrada estrecha de Lidia. Empujó despacio al principio. Ella jadeó, abrió la boca en un “O” perfecto.

—Está… muy gruesa… mejor no, mejor noo… —gimió, pero don manuel empujó hacia adelante, ella estaba sufriendo y a la vez disfrutando.

Él entró centímetro a centímetro, estirándola. Se veía cómo los labios de su coño se abrían al máximo alrededor de ese tronco corto pero brutalmente ancho. Cuando estuvo todo adentro, Don Manuel se quedó quieto un segundo, disfrutando la sensación.
—Estás apretadísima, Lidia… tu marido no te ha abierto en meses, ¿verdad? —dijo con voz ronca.
—No… ay, no ya llevo varios meses sin coger …respondió ella, casi llorando de placer.
Entonces empezó a bombear. Primero lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada embestida hacía que las tetas de Lidia rebotaran como locas, golpeándose contra su propio pecho. Luego aceleró. La mesa crujía, los platos temblaban. Él le agarraba las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne, follándola con golpes secos y profundos.
Lidia gritaba sin parar: —¡Sí, así! ¡Más duro! ¡Me llena toda, ! ¡Me estás estirando el coño!

Don Manuel le chupaba las tetas mientras la follaba, mordiendo los pezones, dejando marcas rojas. En un momento la giró, la puso de espaldas sobre la mesa, con el culo al aire. Le dio una nalgada fuerte que resonó en toda la cocina, y volvió a meterla de un empujón. Ahora la penetraba desde atrás, viendo cómo su polla gorda abría y cerraba ese coño empapado. Le agarraba las tetas colgantes, las apretaba como si fueran riendas, tirando de los pezones mientras la embestía.
Yo me pajeaba más rápido, el morbo me quemaba. Ver a mi tía siendo poseída así, gritando como puta barata, con las tetas bamboleándose, el coño chorreando… era demasiado. Don Manuel empezó a jadear más fuerte.
—Voy a correrme dentro, Lidia… voy a llenarte ese coño de leche caliente…
—¡Sí, córrete dentro! ¡Lléname, por favor! —suplicó ella.
Con un rugido animal, Don Manuel se clavó hasta el fondo y se quedó quieto, temblando. Yo veía cómo su polla palpitaba dentro de ella, descargando chorros gruesos. Lidia gritó largo, su cuerpo convulsionando, corriéndose al mismo tiempo, apretándolo con el coño, ordeñándolo.
Cuando terminó, salió despacio. Un hilo blanco espeso le chorreaba del coño, cayendo al piso de la cocina. Lidia se quedó ahí, jadeando, con las tetas rojas de chupadas y mordidas, el pelo revuelto, la cara de puta satisfecha.
Don Manuel se subió el pantalón, le dio una palmada suave en el culo y dijo:
—Mañana vengo otra vez. Y dile a tu sobrino mateo, que gracias… porque esto apenas empieza.
Yo apagué la grabación, con la mano llena de mi propia corrida, el corazón a punto de estallar. Mi tía, mi cornudez perfecta. Y sabía que volvería a esconderme la próxima vez… y la siguiente… hasta que no pudiera más.


La ferretería es de Don Manuel, un moreno fornido de unos 55 años, con bigote espeso, brazos tatuados y una mirada que te perfora. Es un tipo rudo, pero buena onda; siempre riendo con chistes sucios y pagando bien. El primer día que llegué, me dio una palmada en la espalda que casi me tumba. “Bienvenido, chaval. Aquí se trabaja duro, pero se gana bien. Y si eres listo, aprenderás más que solo a vender tornillos.” No supe qué coño quería decir con eso, pero me cayó bien de entrada. Pasábamos las mañanas organizando estanterías, atendiendo clientes, y por las tardes, cuando el negocio se calmaba, nos sentábamos en la trastienda a tomar una cerveza fría –claro, él me daba una sin alcohol, pero igual charlábamos como amigos.

Al principio, era todo normal. Hablábamos de fútbol, de las noticias, de cómo el barrio se estaba yendo a la mierda con la delincuencia. Pero poco a poco, Don Manuel empezó a preguntar por mi familia. “Oye, Mateo, ¿y esa tía tuya, Lidia? La veo pasar a veces por aquí. Es una mujerona, eh. Tu tío debe extrañarla mucho en el mar.” Yo asentía, riendo nervioso, porque sí, Lidia pasaba a veces a saludarme o a comprar algo tonto como bombillas. Siempre vestida provocativa: faldas cortas que mostraban sus piernas gruesas, blusas que dejaban ver el encaje de su sostén luchando por contener esas ubres gigantes. Don Manuel la saludaba con una sonrisa de caballero, le hacía descuentos, le ayudaba a cargar las bolsas. “Señora Lidia, usted ilumina este lugar con su presencia,” le decía, y ella reía coqueta, moviendo el cabello. Pero yo notaba cómo sus ojos se clavaban en su escote, devorándola en silencio.
Una tarde, después de cerrar, Don Manuel me invitó a una cerveza de verdad en la trastienda. “Eres un buen chico, Mateo. Trabajas bien. ¿Quieres ganarte un extra?” Pensé que me ofrecería horas extras, pero no. Sacó su teléfono y me mostró una foto que había tomado disimuladamente de Lidia cuando vino la semana pasada: ella inclinada sobre el mostrador, sus tetas casi desbordando la blusa verde que llevaba. “Mira eso, chaval. Tu tía es un monumento. ¿No te dan ganas de…?” Se rió, palmeando su entrepierna. Me quedé helado, pero sentí un cosquilleo morboso en la polla. “Don Manuel, es mi tía…” murmuré, pero él agitó la mano. “Tranquilo, solo admiramos la belleza. Pero oye, si me consigues más fotos como esta, te pago 300 pesos por cada una. Nada malo, solo para mi colección privada.”
Al principio, me negué. ¿Espiar a mi propia tía? Joder, no. Pero esa noche, en casa, no podía sacarme la idea de la cabeza. Lidia estaba en la cocina preparando cena, con una blusa roja abierta que dejaba ver su sostén de encaje beige, sus pezones marcados bajo la tela fina. Me pillé mirándola más de lo normal, imaginando lo que Don Manuel querría hacer con ella. Mi tío lejos, ella sola… y yo, su sobrino, sintiendo una erección traicionera. Me masturbé esa noche pensando en sus tetas, en cómo rebotaban al caminar. Al día siguiente, en el trabajo, le dije a Don Manuel que lo pensaría.
Pasaron unos días, y la amistad con él se hizo más fuerte. Me contaba anécdotas de su vida: había sido marinero como mi tío, pero se retiró por una lesión. “Las mujeres como tu tía, Mateo, necesitan atención. Un hombre de verdad que las haga sentir vivas.” Sus palabras se clavaban en mi mente. Una mañana, Lidia vino a la ferretería a comprar pintura. Llevaba una falda vaquera corta, rasgada en los bordes, y un top laceado que apenas contenía sus melones. Don Manuel la atendió personally, rozando su mano al darle el cambio, y yo vi cómo sus ojos bajaban a su culo redondo cuando se dio la vuelta. Esa tarde, me dio 200 pesos de propina. “Por ser buen chico. Pero si quieres más, ya sabes.”
El morbo me ganó. Esa misma noche, mientras Lidia se duchaba, me acerqué sigiloso al baño. La puerta estaba entreabierta –ella siempre era descuidada con eso, confiando en que yo era “el sobrino inocente”. La vi a través del vapor: desnuda en la bañera, cubriéndose las tetas con espuma, pero no del todo. Sus pezones rosados asomaban, grandes y erectos por el agua caliente. Saqué mi teléfono y tomé una foto rápida, el corazón latiéndome a mil. Joder, qué tetas… tan grandes que cubrían todo su torso, suaves y pesadas. Me fui a mi habitación y me pajeé furiosamente mirando la imagen, imaginando a Don Manuel babeando por ellas.


Al día siguiente, se la mostré a Don Manuel en la trastienda. Sus ojos se iluminaron como un depredador. “¡Carajo, chaval! Esto es oro. Mira esas ubres… perfectas para morderlas, para follarlas con mi verga.” Me pagó 300 pesos, más de lo prometido. Y entonces me contó su secreto: “Mi polla no es larga, solo 15 centímetros, pero es gorda como un brazo, 7 centímetros de ancho. Las hace gritar de placer, se estiran hasta el límite.” Me mostró una foto suya desnudo –joder, era verdad, un tronco corto pero grueso como una lata de refresco, venoso y cabezón. Sentí una mezcla de asco y excitación. “¿Quieres que me coja a tu tía, verdad? Serías un buen cornudito, viéndola gozar.”


No lo admití, pero sí. El morbo se apoderaba de mí. Empecé a espiarla más: fotos de ella en la cama dormida, en lencería rosa transparente, tomando , sus tetas desbordando el babydoll, sus muslos abiertos dejando ver el encaje de sus bragas. Videos cortos de ella caminando por la casa, sus pechos rebotando hipnóticos. Cada vez que se lo llevaba a Don Manuel, él me pagaba y me contaba fantasías: cómo la pondría de rodillas para que chupara su gorda polla, cómo la follaría entre las tetas hasta corrérsele encima, cómo la haría gemir llamándolo “papi” mientras su marido estaba en el mar.

Una vez, en la calle, Don Manuel me paró mientras yo iba con mi teléfono. “Muéstrame lo último, Mateo.” Le enseñé un video de Lidia en la calle, con un vestido floral escotado, su lengua asomando juguetona. Él gruñó, tocándose disimuladamente. “Voy a poseerla, chaval. Esas tetas serán mías.” Y yo, en vez de enojarme, sentí mi polla endurecerse. Me estaba convirtiendo en un sobrino cornudo, anhelando ver cómo ese viejo pervertido la montaba.


La trama se complicó cuando Don Manuel empezó a visitar la casa. “Dile a tu tía que necesito medir algo para un pedido,” me dijo. Vino una tarde, con su polo gris ajustado mostrando sus músculos. Lidia lo recibió amable, ofreciéndole café en la mesa de la cocina. Yo los observaba desde el pasillo: él con la mano en su hombro, rozándola “accidentalmente”, sus ojos fijos en su escote verde profundo. Ella reía, coqueteando inocente, sin saber que Don Manuel soñaba con arrancarle la blusa y enterrar su cara en esas tetas masivas. Esa noche, me pidió más: “Un video de ella cambiándose, Mateo. Quiero ver su coño.”

Lo hice. Espié por la puerta del baño mientras se secaba después de la ducha, envuelta en una toalla blanca que apenas cubría sus curvas. La toalla se abrió un poco, mostrando sus pezones húmedos y su vientre suave. Tomé el video, temblando de excitación. Al dárselo, Don Manuel me dio 500 pesos y me confesó: “Voy a invitarla a salir. Tú ayúdame, sé el alcahuete. Quiero que la veas gritar con mi polla gorda dentro, estirándola como nunca.”

Días después, en la calle del barrio, vi a Don Manuel charlando con Lidia. Ella en su falda corta, él agarrándole la mano, mirándola con esa sonrisa falsa de buen hombre. Yo me escondí, pero saqué una foto. Esa noche, en casa, Lidia me contó: “Don Manuel es tan amable, me invitó a cenar hace rato .” Mi corazón latió fuerte. El morbo me consumía: imaginaba a mi tía de rodillas, chupando esa polla gruesa, sus tetas balanceándose, gimiendo mientras él la poseía, y yo espiando desde la puerta, pajeándome como el cornudo que era.


La amistad con Don Manuel se volvió cómplice. Me enseñaba trucos del oficio, pero también me corrompía con sus relatos: cómo había follado a otras mujeres casadas, cómo su grosor las hacía adictas. “Tu tía necesita eso, Mateo. Su marido lejos, ella sola… yo la haré feliz.” Y yo, en vez de defenderla, le conseguía más material: un video de ella en la cama, dormida con un baby doll, sus tetas grandes y suaves casi expuestas.

En días posteriores Don Manuel me dijo que ya no podía aguantar mas ,Asi que ideo un plan precipitado ,pero audaz ,Era todo o nada.
Finalmente Esa noche llego, todo se precipitó como yo lo había imaginado en mis pajas más sucias durante semanas. Don Manuel llegó a la casa pasadas las nueve, cuando ya el barrio estaba en silencio y solo se oía el zumbido lejano de los aires acondicionados. Yo le había dejado la puerta entreabierta, como acordamos por mensaje: “Ven directo a la cocina, yo me escondo antes”. Lidia estaba terminando de lavar los platos, tarareando una canción vieja de Juan Gabriel, con esa blusa roja de tirantes finos que usaba para estar en casa. No llevaba sostén —lo había visto quitárselo antes de la cena—, y sus tetas enormes colgaban pesadas, moviéndose con cada roce del trapo contra la loza. Los pezones se marcaban como dos monedas grandes bajo la tela fina, oscuros y ya un poco hinchados por el fresco de la noche.

Me metí al armario alto de la despensa, el que está al lado del refrigerador. Es estrecho, huele a especias y a detergente, pero desde ahí se ve perfecto la mesa de la cocina y el fregadero. Dejé la puerta apenas una rendija, lo suficiente para grabar con el celular sin que se notara. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me iban a escuchar. Tenía la polla ya medio dura solo de imaginar lo que venía.
Don Manuel entró sin tocar. Lo oí cerrar la puerta con cuidado y luego sus pasos pesados, de botas gastadas. Lidia se giró, sorprendida pero no asustada.
—Don Manuel… ¿qué hace aquí tan tarde? —preguntó con esa voz ronca que ponía cuando estaba nerviosa, pero también curiosa.
Él no respondió con palabras al principio. Se acercó despacio, como un animal que sabe que la presa ya no va a huir. Llevaba su polo gris de siempre, el que se le pega al pecho ancho y al vientre duro de años de trabajo pesado. Se paró justo detrás de ella, tan cerca que su barriga casi tocaba la espalda de Lidia.
—Vine porque no podía esperar más, Lidia —dijo en voz baja, casi un gruñido—. Llevo meses viéndote pasar por la ferretería, moviendo esas caderas, dejando que esas tetas se bamboleen delante de todos… y yo aquí, comiéndome las ganas.
Lidia se quedó quieta, con las manos todavía mojadas sobre el fregadero. Vi cómo su respiración se aceleraba, cómo sus pechos subían y bajaban más rápido. Intentó hablar, pero él ya le había puesto las manos grandes en la cintura, apretándola contra su cuerpo. Ella soltó un suspiro corto, como si le hubieran quitado el aire.
—Don Manuel… yo estoy casada… mi esposo…
—Tu esposo está en el culo del mundo, Lidia. Y tú aquí, sola, con esas ubres llenas de leche que nadie chupa desde hace meses —susurró él al oído, y al mismo tiempo le subió las manos despacio por los costados, rozando el borde externo de sus tetas—. Dime que no las tienes duras de pensarlo. Dime que no te mojas cuando te miro el escote.
Ella no respondió con palabras. Solo dejó caer la cabeza un poco hacia atrás, apoyándola en el hombro de él. Eso fue suficiente. Don Manuel gruñó de satisfacción y le agarró las tetas con las dos manos, apretándolas fuerte por encima de la blusa. La tela se estiró al límite, los pezones se marcaron como nunca. Lidia soltó un gemidito agudo, de esos que me volvían loco cuando la escuchaba tocarse sola por las noches.
—Joder, qué tetas tan grandes y pesadas… —murmuró él, masajeándolas en círculos lentos, hundiendo los dedos en la carne blanda—. Parecen a punto de reventar esta blusita de mierda.
Le bajó los tirantes de golpe. La blusa cayó hasta la cintura, dejando sus tetas al aire. Dios mío, qué espectáculo. Brillaban un poco por el sudor de la cocina, redondas, llenas, con venitas azules apenas visibles bajo la piel morena. Los pezones eran grandes, color chocolate oscuro, ya erectos como piedritas. Don Manuel los miró un segundo como si fueran el tesoro más grande del mundo, y luego se lanzó.
Primero los agarró con las manos, levantándolos, sintiendo el peso, abriéndolos como si quisiera separarlos. Luego bajó la boca y se metió uno entero, chupando con fuerza, haciendo ruido de succión obsceno. Lidia arqueó la espalda, agarrándose del borde del fregadero, gimiendo más alto.
—Ay… sí… así… —susurró ella, traicionándose por completo.
Él alternaba: chupaba un pezón, lo mordía suave, lo lamía en círculos, y luego pasaba al otro. Las tetas se le llenaban de saliva, brillaban, y cada vez que las soltaba rebotaban pesadas contra su pecho. Yo grababa todo, la mano temblándome, la polla tan dura que me dolía dentro del pantalón. Tenía que morderme el labio para no gemir.
Don Manuel puso a mi tia de rodillas, Quería continuar con esas enormes tetas. Las juntó con las manos, formando un canal profundo, y sacó su polla del pantalón con la otra mano. Joder, ahí estaba: corta, sí, pero gorda como como mi antebrazo . El tronco era grueso, venoso, la cabeza morada y brillante de precum, y las venas gruesas le recorrían todo el largo. La apoyó justo entre las tetas de Lidia y empezó a mover las caderas, follando ese valle de carne suave.
—esto nunca lo había hecho , Don Manuel… —dijo ella, sorprendiéndome con lo puta que sonó de pronto. Se las apretó más fuerte contra su verga, ayudándolo a deslizarse.
Él gruñó como bestia. La polla entraba y salía entre esas ubres enormes, la cabeza asomando cada vez que empujaba hacia arriba, rozándole la barbilla. Lidia sacó la lengua y le lamió la punta cada vez que llegaba arriba, saboreando el precum salado. El sonido era asquerosamente rico: carne húmeda chocando, saliva, gemidos bajos. Yo me la saqué del pantalón y empecé a pajearme lento, sin querer correrme todavía.
Después de unos minutos así, Don Manuel la levantó de un tirón y la acosto en la mesa de la cocina. Le abrió las piernas, le subió la falda corta hasta la cintura. Lidia no llevaba calzones. Su coño estaba depilado, los labios hinchados y brillantes de humedad, el clítoris asomando como un botoncito rojo. Él se agachó y le metió la lengua de una sola pasada, de abajo hacia arriba, saboreando todo.


Lidia gritó, echando la cabeza hacia atrás. —¡Ay, … qué lengua tan larga!
Él la comió como desesperado: lamía el clítoris en círculos rápidos, metía la lengua dentro, succionaba los labios. Le metió dos dedos gordos y empezó a bombearlos, haciendo ruido de chapoteo. Lidia se agarraba las tetas, pellizcándose los pezones, gimiendo sin control.
—Quiero esa verga dentro… por favor… —suplicó.
Don Manuel saco un condon, se bajó el pantalón hasta los tobillos, apenas se lo iba a colocar , cuando mi Tia lo interrumpió, le dijo, —dale sin condon no puedo tener hijos, don manuel lo tiro y apunto su verga gorda. La cabeza de su polla era enorme comparada con la entrada estrecha de Lidia. Empujó despacio al principio. Ella jadeó, abrió la boca en un “O” perfecto.

—Está… muy gruesa… mejor no, mejor noo… —gimió, pero don manuel empujó hacia adelante, ella estaba sufriendo y a la vez disfrutando.

Él entró centímetro a centímetro, estirándola. Se veía cómo los labios de su coño se abrían al máximo alrededor de ese tronco corto pero brutalmente ancho. Cuando estuvo todo adentro, Don Manuel se quedó quieto un segundo, disfrutando la sensación.
—Estás apretadísima, Lidia… tu marido no te ha abierto en meses, ¿verdad? —dijo con voz ronca.
—No… ay, no ya llevo varios meses sin coger …respondió ella, casi llorando de placer.
Entonces empezó a bombear. Primero lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada embestida hacía que las tetas de Lidia rebotaran como locas, golpeándose contra su propio pecho. Luego aceleró. La mesa crujía, los platos temblaban. Él le agarraba las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne, follándola con golpes secos y profundos.
Lidia gritaba sin parar: —¡Sí, así! ¡Más duro! ¡Me llena toda, ! ¡Me estás estirando el coño!

Don Manuel le chupaba las tetas mientras la follaba, mordiendo los pezones, dejando marcas rojas. En un momento la giró, la puso de espaldas sobre la mesa, con el culo al aire. Le dio una nalgada fuerte que resonó en toda la cocina, y volvió a meterla de un empujón. Ahora la penetraba desde atrás, viendo cómo su polla gorda abría y cerraba ese coño empapado. Le agarraba las tetas colgantes, las apretaba como si fueran riendas, tirando de los pezones mientras la embestía.
Yo me pajeaba más rápido, el morbo me quemaba. Ver a mi tía siendo poseída así, gritando como puta barata, con las tetas bamboleándose, el coño chorreando… era demasiado. Don Manuel empezó a jadear más fuerte.
—Voy a correrme dentro, Lidia… voy a llenarte ese coño de leche caliente…
—¡Sí, córrete dentro! ¡Lléname, por favor! —suplicó ella.
Con un rugido animal, Don Manuel se clavó hasta el fondo y se quedó quieto, temblando. Yo veía cómo su polla palpitaba dentro de ella, descargando chorros gruesos. Lidia gritó largo, su cuerpo convulsionando, corriéndose al mismo tiempo, apretándolo con el coño, ordeñándolo.
Cuando terminó, salió despacio. Un hilo blanco espeso le chorreaba del coño, cayendo al piso de la cocina. Lidia se quedó ahí, jadeando, con las tetas rojas de chupadas y mordidas, el pelo revuelto, la cara de puta satisfecha.
Don Manuel se subió el pantalón, le dio una palmada suave en el culo y dijo:
—Mañana vengo otra vez. Y dile a tu sobrino mateo, que gracias… porque esto apenas empieza.
Yo apagué la grabación, con la mano llena de mi propia corrida, el corazón a punto de estallar. Mi tía, mi cornudez perfecta. Y sabía que volvería a esconderme la próxima vez… y la siguiente… hasta que no pudiera más.
2 comentarios - Relato cornudo , mateo el sobrino cornudo y su tia Lidia