You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Con los juguetes de mi mamá

Pasaron tres días desde esa noche de locura con el consolador de mi mamá. Tres días en los que no podía sacarme de la cabeza lo patética que me había sentido, lo worthless que era mi cuerpo gordo y blando, lo sucia que me había dejado después de todo. Caminaba por la casa con el ano todavía un poco sensible, recordándome cada vez que me sentaba o me agachaba que había sido una puta barata que se rompió el culo sola. La vergüenza no se iba, pero tampoco la excitación retorcida que me provocaba. Al tercer día, sola otra vez en casa, no aguanté más. Volví al cajón de mi mamá como una adicta que busca su dosis.
Abrí el cajón con manos temblorosas. Ahí estaba de nuevo: el dildo negro de 22 cm con testículos, limpio y brillante como si me estuviera esperando. Al lado, vi algo que no había notado antes: unas bolas chinas anales, grandes, de silicona negra, unidas por un cordón grueso, cada bola del tamaño de una pelota de ping-pong. Pesaban bastante, prometían llenarme de una forma lenta y humillante. Las tomé junto con el lubricante y me fui directo al baño. Cerré la puerta, me desnudé completamente y me puse frente al espejo grande, de cuerpo entero, para verme bien en mi miseria.
Me miré: una gorda de 18 años con rollos de grasa en la panza, tetas pesadas y caídas, muslos que se rozaban al caminar, y un culo ancho que parecía hecho para ser usado y descartado. “Sos una cerda repugnante”, me dije en voz baja, mirándome a los ojos en el reflejo. “Una mujerzuela inútil que solo sirve para meterse cosas por el culo y humillarse sola”. Me arrodillé en el piso frío del baño, de espaldas al espejo, y me puse en cuatro patas como la perra que era. Unté lubricante en las bolas chinas y en mi ano, que todavía se acordaba del dildo y se abrió fácil, casi ansioso.
Empecé a meterme la primera bola. Entró con un pop suave pero audible, estirándome de nuevo. Sentí el peso dentro, presionando mis paredes internas. La segunda bola fue más difícil, tuve que empujar y respirar hondo, gimiendo bajito mientras mi ano se dilataba alrededor de ella. Cuando metí la tercera, ya estaba jadeando, con la concha chorreando sin que la tocara. “Mirá lo fácil que te abre el culo, puta gorda”, me dije, mirando por encima del hombro al espejo cómo mi ano tragaba bola tras bola hasta que solo quedó el cordón colgando entre mis nalgas. Las cuatro bolas estaban adentro, pesadas, moviéndose cada vez que respiraba, recordándome que era una hembra vacía y degradada.
Luego tomé el dildo negro. Lo unté bien y me lo puse en la entrada, pero esta vez no lo metí de una. Lo hice despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo las bolas chinas se movían adentro con cada avance del consolador. Era una presión doble, insoportable y deliciosa al mismo tiempo. Cuando los testículos hicieron tope contra mis nalgas, grité ahogado: “¡Sos una cerda asquerosa! ¡Una vaca obesa con el culo lleno como una puta de burdel!”. Me quedé así un rato, inmóvil, sintiendo el peso de todo adentro, mi cuerpo temblando de humillación.
Empecé a masturbarme el clítoris con una mano, frotando rápido y fuerte, mientras con la otra tiraba suavemente del cordón de las bolas chinas, sacándolas un poco y metiéndolas de nuevo, como si estuviera limpiando mi propia degradación. “Nadie te va a querer nunca, gorda inútil, solo servís para esto, para romperte sola y lloriquear”, me repetía en voz alta, mirándome en el espejo cómo mis tetas colgaban, cómo mi panza temblaba con cada movimiento, cómo mi cara se ponía roja de vergüenza y placer.
El primer orgasmo llegó como un latigazo: mis músculos se contrajeron alrededor de las bolas y del dildo, apretando todo adentro, y solté un chorro caliente que salpicó el piso del baño. Grité “¡Puta! ¡Cerda inmunda!” mientras temblaba entera. No paré. Saqué el dildo despacio, doliendo como la primera vez, y lo dejé a un lado. Luego tiré del cordón de las bolas chinas, sacándolas una por una con pops fuertes que me hacían gemir de dolor y placer. Cada bola que salía me recordaba lo dilatada que estaba, lo rota que me había dejado.
Cuando las saqué todas, mi ano quedó abierto otra vez, como un agujero rosado y flojo. Me giré, me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas y me masturbé mirando directamente al espejo. “Mirate bien, perra worthless. Gorda, fea, con el culo destruido porque no sabés controlarte. Nadie te va a respetar nunca”. El segundo orgasmo fue más lento, más sucio: sentí cómo mi concha se contraía vacía, cómo mi ano palpitaba sin nada adentro, y solté otro squirt que mojó mis pies y el piso. Me quedé ahí, jadeando, con lágrimas en los ojos, sintiéndome la mujer más baja y patética del mundo.
Después me limpié como pude, temblando, y guardé todo en su lugar. Esa tarde en el baño me humillé sola, sin testigos, pero con la misma intensidad que si hubiera estado en una plaza llena de gente. Fue mi propia degradación privada, y me dejó marcada para siempre.

2 comentarios - Con los juguetes de mi mamá

eustacli0
Y como te quedó?
No eres lo suficiente cerda si no dejas evidencia