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Convirtiéndome en Modelo 1

Capitulo 1: Una esposa ingenua

Hola, soy Amanda, pero todos me dicen Amy. Tengo 29 años, y si me hubieras conocido hace cinco, no me reconocerías. Antes era la chica que se escondía en la última fila, la que prefería los libros y los cómics a las fiestas, la que se ponía nerviosa si alguien le hablaba mucho rato. Mi mundo era pequeño, cómodo y seguro, construido a la medida de mi timidez.

Las cosas cambiaron, no de golpe, sino como el fluir lento de un río que decide tallar un nuevo cauce. Empecé a hacer crossfit, casi por curiosidad, y encontré algo más que un ejercicio: encontré un lenguaje para mi cuerpo. Los kilos de más se esfumaron, reemplazados por curvas definidas y una fuerza que no sabía que tenía. La ropa holgada dio paso a leggings que se adherían a mis piernas como una segunda piel, tops cortos que dejaban al descubierto el plano de mi abdomen, y shorts que, bueno, mis amigas decían que deberían venir con una advertencia. Me enamoré de la sensación de la tela técnica, de cómo un conjunto de ropa podía hacerme sentir poderosa y sexy al mismo tiempo. Mi cabello, antes siempre recogido en una cola de caballo descuidada, ahora lo dejaba caer en ondas sobre los hombros, más brillante y cuidado. Mis ojos verdes, que antes evitaban las miradas, ahora sostenían la propia con una chispa de seguridad recién descubierta.
Convirtiéndome en Modelo 1


Mi vida, sin embargo, no era un escaparate. Su corazón seguía siendo el mismo. Estaba Brian, mi Brian. Mi cómplice desde la secundaria, el que compartía conmigo el asombro por un cómic nuevo y la emoción por planear un cosplay. Teníamos 30 años, pero a veces, cuando reíamos juntos en el sofá viendo una serie, seguía viendo al chico tímido que me prestaba sus lápices en clase de ciencias. Éramos padres de dos terremotos hermosos, niños de primaria que llenaban la casa de risas, juguetes y carreras. Nuestra vida era un caos organizado y amoroso, hecho de horarios de escuela, partidos de fútbol los sábados por la mañana y noches de pizza y películas.

Y estaban ellas, mis amigas. Mi ancla social, mi pequeño círculo conquistado a fuerza de tiempo y confianzas compartidas. Lizeth, Nicole y Olivia. Cada sábado, después de dejar a nuestros hijos sudando y correteando en el campo de fútbol, teníamos nuestro ritual inquebrantable: el almuerzo en casa de Lizeth. Era nuestro santuario. Allí, entre platos de comida reconfortante y copas de vino el mundo se detenía. Hablábamos de todo y de nada: de los niños, del trabajo, de las series que veíamos, de nuestras parejas, de la ropa nueva que nos había tentado. Era simplemente yo, un poco más pulida, un poco más segura. Ellas lo celebraban, me animaban, eran el público seguro donde podía estrenar mi confianza sin miedo a equivocarme.

La rutina semanal se rompió con un mensaje de Lizeth: en el chat grupal  "Chicas, crisis de medianoche. Necesito vino y opiniones honestas. ¿Mañana en mi casa, después de dejar a los niños? ¡Por favor!" El tono era dramático, pero sabíamos que su "crisis" probablemente era elegir entre dos tonos de beige para pintar un mueble. Aun así, acudimos al llamado. Era un jueves, y la casa de Lizeth, sin el bullicio de los fines de semana, tenía una calma extraña, casi íntima.

Nos instalamos en su cocina, con su café cargado y galletas recién horneadas. La conversación, después del diagnóstico inicial de la supuesta crisis (que, efectivamente, era sobre cortinas), derivó, como siempre, hacia nuestros maridos. 

Entonces, Lizeth, con una sonrisa picara que le iluminaba los ojos, dijo:

—Lo único que le dejó a mi Mike completamente sin palabras, literalmente boquiabierto, fue el regalo del aniversario pasado.

—¿El reloj? —preguntó Nicole.

—No, tonta —rió Lizeth—. Las fotos.

Olivia asintió con una sonrisa cómplice. —Ah, sí. Yo le hice unas a Carlos para su cumpleaños. El hombre no paraba de mirar su teléfono por una semana.

Yo me quedé mirándolas, pasando la vista de una a otra. Un regalo… fotos. No entendía. ¿Un álbum familiar? ¿Un retrato profesional?

—¿Qué fotos? —pregunté, con genuina curiosidad, tomando un sorbo de mi café.

El silencio que se hizo fue instantáneo. Las tres se volvieron a mirarme con una expresión idéntica de asombro absoluto, como si acabara de preguntar qué era un teléfono móvil.

—Amy… —dijo Lizeth, alargando mi nombre—. ¿En serio no sabes qué son las fotos de boudoir?

Negué con la cabeza, sintiendo un leve rubor subirme a las mejillas. La palabra "boudoir" me sonaba a francés antiguo, a películas de época, no a algo relacionado con nosotras, madres con prisa y manchas de yogurt en la ropa.

—No —admití—. ¿Qué es?

Lizeth intercambió una mirada con las otras dos, y una sonrisa lenta, llena de complicidad y un toque de malicia, se dibujó en sus labios. Se levantó, dejando su taza sobre la encimera.

—No se puede explicar con palabras, cariño —dijo, tendiéndome la mano—. Hay que verlo para creerlo.

Intrigada, y un poco nerviosa por la solemnidad del momento, tomé su mano y me levanté. Nicole y Olivia se pusieron de pie también, siguiéndonos como un par de curiosas sombras. Lizeth me guió por el pasillo, fuera de la zona familiar de la casa, hacia su habitación principal. Abrió la puerta de su amplio vestidor, un espacio que parecía sacado de una revista, con estantes iluminados y perfumes alineados como soldados.

—Prepárate —susurró Olivia detrás de mí, y sentí un cosquilleo de anticipación.

Lizeth entró, buscó un interruptor y encendió una luz suave y direccional. Y entonces lo vi. Colgada en la pared central, enmarcada en un marco ancho y dorado de un estilo elegante y vintage, había una fotografía. Era Lizeth. 
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Pero no la Lizeth que conocía, con jeans y una sudadera. Estaba en cuatro sobre una cama, su cuerpo arqueado en una pose de abandono sensual pero controlado. Llevaba un conjunto de lencería de encaje blanco, tan minúsculo y traslúcido y tan sexy. Los tirantes finísimos se deslizaban por sus hombros, y la tela, reducida a poco más que un triángulo, dejaba ver la forma firme y los pezones erectos de sus pechos. Sus piernas, largas y esbeltas, se extendían con una languidez estudiada, una flexionada sobre el sofá, la otra estirada hacia el suelo. Su cabello, normalmente recogido en un moño práctico, caía en ondas perfectas sobre sus hombros y el cuero. El maquillaje, impecable, resaltaba sus ojos, que miraban fijamente a la cámara con una expresión que nunca le había visto: una mezcla de desafío, confianza y una sexualidad cruda, directa y absolutamente poderosa.

Me quedé sin aliento. No era solo una foto sexy. Era una declaración. Un artefacto de puro deseo y autoposesión.

—¡Dios mío! ¡Eres tú, Lizeth! —exclamé, dejando mi taza sobre la mesa para acercarme más, poniendo mi mano en su hombro como si necesitara confirmar que la mujer de la foto era realmente mi amiga —Es increíble—

—Sí, lo es —dijo Lizeth con un orgullo que le iluminaba el rostro—. Me veo muy sexy, ¿verdad?

—Deberías ver el de Olivia —intervino Nicole con una risita—. La zorra vestía de rojo, una locura.

—¡Cállate! —se rió Olivia, sin el menor ápice de ofensa. Al contrario, se pasó una mano por su larga melena rubia con dramatismo y posó una mano en su esbelta cadera—. ¡A mi marido le encanta el rojo, y me queda perfecto el look de zorra!

Todas nos reímos, pero mi mente seguía dando vueltas alrededor de esa imagen poderosa en la pared.

—Vaya, no tenía ni idea —dije, sacudida por la revelación—. ¿Tu marido tomó la foto?

—No, cariño —respondió Lizeth, sacudiendo la cabeza—. Todas usamos el mismo fotógrafo. Es increíble. Te hace sentir… como una diosa.

—Es un señor mayor con muy buen ojo —añadió Nicole, encogiéndose de hombros—. Se quedó mirando mis tetas un poco, pero es muy bueno. Sabe cómo sacarte el mejor ángulo.

—Todos se quedan mirando tus tetas, Nicole —bromeó Olivia, lanzándole un almohadón del sofá a su amiga morena y curvilínea.

—Bueno, solo lo digo —repitió Nicole, pero luego sus ojos marrones se clavaron en mí—. Tus pechos son casi iguales a los míos, Amanda, así que espéralo. Le van a gustar.

Sentí un rubor inmediato, pero también una punzada de curiosidad tan intensa que me hizo olvidar la timidez. Las preguntas brotaron de mí.

—¿Me das su número? ¿Tiene estudio o va a tu casa?

—Tiene un estudio genial —dijo Lizeth, sacando ya su teléfono—. Creo que ahora es más grande porque trabaja más con clubes locales de autos y cosas así. Te paso su número, Ama.

Apenas salí del barrio de Lizeth, con el número de Jerry ya guardado en mi teléfono, la mezcla de nervios y emoción era una efervescencia en mi pecho. No podía esperar. Detuve el coche en un estacionamiento vacío de una plaza comercial cercana, apagué el motor y, con los dedos ligeramente temblorosos, marqué.

El timbre sonó dos veces.

—Aquí Jerry —respondió una voz masculina. No era especialmente grave, pero tenía un tono seguro, relajado.

—Hola, Jerry. ¿Haces fotos de boudoir? —pregunté, y mi voz sonó más nerviosa de lo que quería, como la de la ama de casa y madre de dos hijos que, en ese momento, era.

—Pues sí, cariño. Hago muchos —respondió, y noté que su tono se cargó de un entusiasmo profesional—. ¿Te lo recomendó algún amigo tuyo?

—Sí, mis amigas Lizeth y Olivia —dije, sintiéndome un poco más segura al nombrarlas.

—Ah, excelentes chicas. Claro que las recuerdo. ¿Cómo puedo ayudarte?

—¿Cómo puedo concertar una cita? —solté, decidida.

—Bueno, veamos —dijo, y escuché el sonido de unas hojas—. Hoy es jueves… ¿Qué te parece el martes por la mañana? Tengo un hueco a las once.

—¡Sí! Perfecto —dije casi demasiado rápido. Luego, la inseguridad me embargó—. Es que… nunca lo había hecho. ¿Qué me sugieres que me ponga?

Jerry soltó una risa suave, no burlona, sino tranquilizadora.

—Cariño, tú decides. La mayoría de las mujeres usan lencería, algunas usan bikini, otras… no. Tú decides qué tan erótico quieres que sea. Incluyo tres cambios de vestuario en mi sesión, así que trae algunos de tus favoritos y te ayudaré a elegir. Veremos cómo te va. Solo llega con el maquillaje y el peinado ya hechos. ¿Qué te parece?

Su manera de hablar era directa pero calmada. Me hizo sentir que estaba en control, pero guiada.

—Es perfecto. Suena… divertido también —dije, sin saber muy bien por qué solté eso.

—Bueno, normalmente lo es —respondió él, con un dejo de sonrisa en la voz—. Nos vemos a las 11 a. m., Amanda —dijo, después de que le di toda mi información.

Al colgar, me quedé un momento sentada al volante, con el corazón latiéndome con fuerza. Lo había hecho. Tenía una cita. Para hacerme fotos eróticas. Para Brian.

—Tengo que hacer algunas compras —pensé en voz alta, una sonrisa amplia e inevitable estirándome los labios mientras ponía el coche en marcha y me incorporaba al tráfico, rumbo al centro comercial más grande de la ciudad. El martes estaba a la vuelta de la esquina, y mi guardarropa, de repente, se sentía terriblemente insuficiente.

"Tengo que hacer algunas compras", pensé, mientras me incorporaba al tráfico rumbo al centro comercial más grande de la ciudad. La determinación había reemplazado a los nervios. Esto ya no era una idea vaga; era un plan, y necesitaba un vestuario.

Mi primera parada fue Victoria's Secret. El aire interior olía a perfume dulce y a tela nueva. Una vendedora joven y sonriente se me acercó. "¿Buscas algo en particular?"

"Algo... especial. Para fotos", logré decir, sintiendo de nuevo ese rubor. Pero ella solo asintió, profesional.

—¡Perfecto! Tenemos opciones increíbles para eso —dijo, y me guió entre los estantes.

Con su ayuda, elegí dos conjuntos. El primero fue un baby doll. Tenía un escote corazón que empujaba mis pechos hacia arriba, creando una abundancia que me hizo contener la respiración. La tela era translúcida desde justo debajo del busto, dejando ver la silueta de mis caderas y el trasero, que apenas cubría una tanga a juego de hilo dental. El segundo fue un tipo body blanco de encaje, junto con unas medias blancas de rejilla y un liguero que me hizo sentir como una autentica puta. 

Mientras pagaba, mi mirada se posó en el mostrador de maquillaje de una tienda departamental. Recordé la imagen impecable de Lizeth. Yo nunca usaba más que un poco de delineador y, últimamente, brillo de labios. Pero aquella foto... necesitaba algo más. Me acerqué, un poco perdida entre los estantes de bases y sombras.

—¿Puedo ayudarte a encontrar algo, cariño? —Una voz suave, con un acento ligeramente sureño, me habló.

Era una mujer de mi edad, quizás un poco mayor, con unas curvas generosas y un maquillaje perfecto, impecable pero no exagerado. Sus ojos, bien delineados, parecían entender mi confusión al instante.

—Necesito... maquillarme. Para unas fotos —confesé.

—¡Ah, muy bien! —exclamó, con una sonrisa cálida—. Mi especialidad. Soy Elena.

Así nació, en medio de un centro comercial, lo que en mi mente ya bauticé como una "hermosa relación". Elena no solo me ayudó a elegir una base que se veía natural pero cubría perfecto, unas sombras que hacían resaltar mis ojos cafés y un labial rojo intenso que nunca me habría atrevido a usar; también, al escuchar mi nerviosismo, me ofreció algo mejor.

—Mira, tengo un espacio pequeño en el salón donde trabajo por la mañana —me dijo, escribiendo una dirección en una tarjeta de presentación—. Si quieres, ven a las nueve. Te hago el maquillaje y te peino. Te verás fabulosa, te lo prometo.

Acepté, casi sin pensarlo. Sentí que el universo conspiraba para que esto saliera bien.

Caminé de regreso a mi coche con las bolsas en la mano, una mezcla de emoción y nervios retumbando en mi estómago. "No creo que no le guste", pensé, refiriéndome a Brian. "Le gusta el porno, claro. Pero esto... esto soy yo. ¿Se masturbará con mis fotos?" La idea, en lugar de avergonzarme, me produjo un escalofrío cálido. "Dice que le gusta mi nuevo cuerpo, que siempre elogia mis entrenamientos... pero quizás, al verme así, profesional, sexy... tenga más energía. Quizás me folle más". La fantasía era tan vívida que, al caminar, sentí un nuevo y húmedo hormigueo entre mis piernas. Apreté los muslos ligeramente, sintiendo la tela de mis leggings.

Ya sentada en el coche, con los pezones erizados de pura anticipación contra el sujetador deportivo, la presión en mi interior aumentaba. Me mordí el labio y aparté la mente de los pensamientos explícitos. Tenía que concentrarme. Me puse a buscar en mi teléfono opciones de bikini. Una marca, llamó mi atención. Eran diminutos, casi tan delgados como la piel.

En cuanto vi a la modelo morena, con un bikini, supe que tenía que tenerlo. El diseño cubría apenas lo esencial. Lo añadí al carrito, eligiendo la entrega exprés para el lunes. Sabía que nunca podría usarlo en público, ni siquiera en la piscina del vecindario. Pero la idea de usarlo solo una vez, para la cámara, me excitaba de una manera visceral. El top triangular apenas cubriría mis pezones; la tanga sería un hilo de tela. Iba a necesitar una depilación perfecta. Recordé que Olivia había mencionado una esteticista buena. Tal vez era el momento.

El fin de semana transcurrió con una lentitud agonizante. La idea de estar casi desnuda frente a un extraño y una cámara era un zumbido constante en el fondo de mi mente. A veces me aterraba, me imaginaba congelándome, incapaz de moverme. Luego, recordaba la expresión poderosa de Lizeth en la foto, y la excitación regresaba, más fuerte. Cada vez que pensaba en mis pechos al descubierto o en mi trasero prominente posando, mis pezones se endurecían instantáneamente bajo mi ropa. Y lo disfrutaba. Era un secreto sucio y delicioso.

El lunes por la mañana, después de dejar a los niños, fui al gimnasio con una energía feroz. Tuve uno de mis entrenamientos más duros, de dos horas completas. Las sentadillas con barra, los saltos a caja, todo ardía en mis glúteos y muslos, pero el dolor era satisfactorio, una purga. Sudé como nunca, empapando mi top de tirantes. Superé mi récord de dominadas, que dejaron mis brazos temblando como gelatina. Normalmente esperaba a ducharme en casa, pero hoy había traído un vestido de verano suelto y una toalla. Tenía mi cita de depilación.

Al salir de la ducha, el vestuario estaba vacío. Me envolví en la toalla y me quedé frente al espejo de cuerpo completo pensando en lo que iba a hacer. Me vestí rápidamente con el vestido de verano, despedirme con abrazos un poco más fuertes de lo normal de las chicas de recepción, y salí.

En cuanto me senté en el coche, la sensación regresó. Humedad. Apreté los muslos con fuerza, solo para sentir cómo la tela de mi tanga se empapaba más. "Mierda, estoy tan cachonda", me susurré a mí misma, sorprendida por la intensidad.

La depilación fue... una experiencia. ¿Por qué nadie hablaba del dolor de arrancar el vello de las partes más sensibles del cuerpo? Salí de allí sintiéndome extrañamente vulnerable y suave. "¿Valió la pena tener un coño liso?", me pregunté.

En casa, después de mi segunda ducha del día, me detuve otra vez frente al espejo del baño. Ahora, sin la toalla. Mi cuerpo estaba tonificado, firme. Y ahora, completamente suave allí abajo. Con un movimiento que nunca habría hecho antes, levanté el pie y lo apoyé en el borde de la bañera, abriendo mi postura para ver mejor en el espejo.

"Guau", respiré. "Estás bonita". Mis labios vaginales, finos y de un rosa pálido, estaban expuestos y suaves. Pasé los dedos por ellos, con suavidad. Ya estaban húmedos, no por el agua, sino por mis propios fluidos. La sensación era extraña y excitante. Acaricié más, hasta que dos dedos rodearon mi clítoris. Observé, fascinada, cómo mi cuerpo respondía en el espejo: un leve temblor, un oscurecimiento del rosado. Me di la vuelta, me incliné y miré por encima del hombro. Mi trasero, firme y redondo, sin estrías aparte de tres pequeñas líneas plateadas en la cadera baja "Qué suerte", pensé. "Mi culo es... bonito".
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Llegó el momento de probar el bikini. Era aún más pequeño de lo que imaginaba


La tanga se deslizó por mis caderas, hundiéndose entre mis nalgas con una facilidad aterradora. La lágrima de tela se adhirió a mis labios recién depilados, pegándose. El top triangular me sostuvo, pero dejaba una franja de piel bajo el pecho y los lados de mis senos casi completamente al descubierto. Me moví, probé poses, sintiendo cómo la tanga se ajustaba a cada movimiento. "¡Dios mío, qué bien se siente! ¡Estás buenísima!", le dije a mi reflejo.
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Pero la excitación era un animal que ya no podía contener. Desaté las cintas del bikini y lo dejé caer al suelo. Desnuda, sola en la casa, me incliné sobre la encimera del baño, apoyando mis manos en el frío mármol. Mis ojos, oscuros de deseo en el espejo, me miraron fijamente. Metí una mano entre mis muslos, encontrando esa humedad que ya no podía ignorar. No fue suave ni lento; fue urgente, necesario. Los dedos se movieron con un ritmo que conocía bien, presionando el punto exacto. No pasó mucho tiempo. Mi cuerpo se tensó como un arco, una ola de calor me estremeció desde el centro hacia afuera, mis pechos se sacudieron con la fuerza del orgasmo, y un gemido ahogado llenó el baño silencioso. Me sostuve contra la encimera, jadeando, recordándome a mí misma que habían pasado semanas desde la última vez que me había entregado a mí misma de esa manera.


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El martes por la mañana no llegó lo suficientemente pronto. Ya estaba despierta a las 5, justo cuando Brian se preparaba para irse al trabajo. Lo vi desde la cama, silueteado por la luz del pasillo mientras se abrochaba la camisa. Una parte de mí quería saltar, contárselo todo, pero el pacto de sorpresa era más fuerte. Se inclinó, me dio un beso suave en la frente. "Qué duermas un poco más, mi amor", murmuró. Asentí, con el corazón latiéndome con fuerza contra las sábanas. Pensé en salir a correr o hacer un entrenamiento intenso con pesas para gastar la energía nerviosa, pero no quería llegar sudada o con los músculos demasiado inflamados. Quería estar perfecta.

La excitación intensa del día anterior había mutado. Ahora era un nerviosismo puro, afilado como un cuchillo, que me retorcía el estómago. ¿Y si parecía una tonta intentando posar? ¿Y si Brian, en el fondo, encontraba ridículas las fotos? Peor aún, ¿y si a Jerry, el profesional, no le gustaba mi cuerpo o mis conjuntos, y se veía obligado a fingir? Tuve que respirar hondo, repetirme que eran solo juegos mentales. Había ido demasiado lejos para echarme atrás.

Mi cita con Elena fue un bálsamo. Su pequeño salón olía a productos capilares y café. No sabía qué pedir, así que simplemente me entregué. "Haz lo que creas mejor", le dije. Y ella, con manos hábiles y una conversación tranquila que me distrajo, hizo milagros. Cuando me giró la silla hacia el espejo, me quedé sin palabras. Era yo, pero intensificada. El maquillaje realzaba mis rasgos sin parecer una máscara, mi cabello caía en ondas suaves y sexys sobre mis hombros. Me amé, en ese momento, más que nunca. Era la confianza que necesitaba.

Pero esa confianza se evaporó kilómetro a kilómetro mientras conducía hacia la dirección del estudio. Mi corazón marcaba un ritmo frenético contra mis costillas. Llegué con diez minutos de antelación y me senté en el coche, intentando controlar mi respiración. "Son solo fotos. Solo fotos", me repetí como un mantra.

El estudio no era lo que esperaba. Estaba en un polígono industrial reformado. La entrada daba a un vestíbulo pequeño, con un sofá de cuero negro un poco desgastado y unas revistas de motor apiladas en una mesa baja. No era impresionante, pero me dije que los estudios de fotografía no necesitaban vestíbulos lujosos.

La puerta interior se abrió y apareció Jerry. No era el "señor mayor" que me había imaginado por el comentario de Nicole. Tendría unos treinta y pocos, con el pelo oscuro recogido en una pequeña coleta, jeans y una camisa de franela abierta sobre una camiseta negra. Tenía una sonrisa fácil y unos ojos castaños que me escudriñaron con rapidez, no de manera lasciva, sino evaluativa, como un artesano que estudia su material.

—Amanda, ¿verdad? Pasa, pasa —dijo con una voz más grave en persona. Su saludo fue cálido, y antes de que pudiera reaccionar, me envolvió en un breve abrazo de bienvenida que me tomó por sorpresa. Olía a café y a cuero limpio.

Me ofreció asiento en el sofá y se sentó a mi lado, no frente a mí, rompiendo la barrera cliente-profesional de inmediato.
—Cuéntame —dijo, reclinándose—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Es un regalo, un capricho personal…?

Le expliqué lo de Brian, su cumpleaños, lo de mis amigas. Él asintió, escuchando con atención. Luego preguntó, suavemente: —¿Y cómo te sientes ahora, a punto de empezar?

—Nerviosa —admití, sin poder evitarlo.

—Es lo más normal del mundo —dijo, con una sonrisa que parecía genuina—. Te prometo que la primera media hora es la peor. Luego, la mayoría se olvida de que estoy aquí. Vamos, te muestro el lugar, eso suele ayudar.

Su actitud era experta. Sabía exactamente cómo manejar a una novata asustada. Me levantó y me guió más allá del vestíbulo.

Al cruzar la puerta, contuve la respiración. El vestíbulo era solo la fachada. El verdadero estudio era un enorme espacio abierto con techos altísimos, pisos de concreto pulido que brillaban bajo las luces colgantes. Había cicloramas, fondos de diferentes texturas, y un arsenal de luces, trípodes y cámaras que parecían naves espaciales. Y en medio de todo, como esculturas en una galería, había dos vehículos. Una Harley-Davidson negra, pulida hasta quedar como un espejo, reposaba sobre un fondo de… ¿eran espejos en el suelo? Al otro lado, un Hot Rod clásico, naranja y negro, con líneas agresivas.

—Trabajo mucho con clubes de auto y moto de la zona —explicó Jerry, con un gesto de orgullo—. A veces las mejores fotos no son de personas, sino de la pasión que ponen en sus máquinas.

Era impresionante. Mi nerviosismo se mezcló con un asombro genuino.

Luego, tomó mi bolso con la lencería y me indicó que lo siguiera por una escalera de metal que conducía a un nivel superior. "Trabajaremos arriba hoy, la luz es perfecta", dijo.

El estudio de arriba era diferente. Más íntimo, pero igualmente profesional. Luminoso, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana, filtrada por persianas venecianas. Había varios sets: uno con un sofá de terciopelo color borgoña, otro con una cama con sábanas blancas inmaculadas, un rincón con un fondo de ladrillo visto. El equipo aquí era más discreto, pero se notaba su calidad.

—Este es mi espacio para sesiones como la tuya —dijo Jerry, dejando mi bolso en un banco—. Más privado, más… enfocado.

Me explicó el proceso con calma: empezaríamos con poses sencillas, él me iría guiando, probaríamos con diferentes fondos. Luego, señaló una esquina con una cortina gruesa de terciopelo.

—Ahí puedes cambiarte, si te sientes más cómoda —dijo. Hizo una pausa y añadió, con un tono tan casual que casi pasó desapercibido—: Aunque, nos iremos conociendo y viendo poco a poco. Al final, te veré semidesnuda o totalmente desnuda a través de mis lentes de todos modos, así que no hay prisa ni presión.

Sus palabras no fueron vulgares. Fueron una declaración de realidad, dicha con una profesionalidad que, en lugar de asustarme, extrañamente me tranquilizó. Era su trabajo. Éra yo y mi cuerpo, pero ante sus ojos, era principalmente luz, composición y arte.

—Sugiero que empecemos con el body blanco y las medias —propuso—. Es un look clásico, potente, y te ayudará a entrar en el personaje.

Asentí, incapaz de hablar. Tomé mi bolso y me dirigí a la cortina, sintiendo su mirada en mi espalda, pero ya no con miedo. Con una determinación nueva, nacida del entorno, de su profesionalidad, y del deseo de convertirme, por unas horas, en la mujer del espejo, la mujer que había visto en casa de Lizeth. La que tenía el poder.
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La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas contenido. 

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