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Garche con Manuel en un telo

Tenía 20 años, estaba soltera, furiosa con el mundo y con ganas de desquitarme todo en una noche. Era un viernes de verano en Buenos Aires, el aire pegajoso, la ciudad vibrando con ruido y promesas baratas. Me puse un vestido negro ajustado, de esos que te marcan cada rollo y cada curva, porque me encantaba sentirme expuesta y poderosa al mismo tiempo. Debajo, nada. Bueno, casi nada: tenía metido un plug anal mediano, de silicona negra, con base ancha para que no se moviera. Lo había lubricado bien antes de salir, y cada paso que daba por la calle me recordaba esa presión constante, esa sensación de estar llena y sucia a la vez. En el bolso llevaba mi succionador de clítoris, ese aparatito rosa que parecía inofensivo pero que me volvía loca en minutos.
Quedé con Martina en un bar, uno de esos con luces tenues y música que te permite hablar sin gritar. Ella llegó con su sonrisa de siempre, me miró de arriba abajo y soltó: “Estás para comerte hoy" . Nos reímos, pedimos tragos fuertes y empezamos a hablar mierda de todo: ex, laburo, hombres que no valían ni el condón. En un momento apareció Manuel. 27 años, alto, tatuajes en los brazos, sonrisa de canchero pero sin ser demasiado pesado. Se acercó porque “vio que estábamos solas y no podía dejar pasar la oportunidad de charlar con dos minas tan lindas”. Martina lo miró, le hizo ojitos y después me miró a mí como diciendo “este es para vos”.
Charlamos una hora, risas, coqueteo, otro trago. Manuel era directo pero no grosero: me tocaba el brazo, me miraba fijo, me decía que le encantaba mi vestido porque “se notaba que no tenías nada abajo”. Yo le sonreía, cruzaba las piernas para que el plug se moviera un poco más adentro, y sentía cómo se me mojaba la concha solo con la idea de lo que podía pasar. Martina, que es una genia, en un momento dijo: “Che, yo me voy yendo, mañana tengo que madrugar. Diviértanse, tortolitos”. Me guiñó un ojo, me dio un beso en la mejilla y se fue. Quedamos solos.
Manuel no perdió tiempo. “¿Vamos a algún lado?”. Le dije que sí, que tenía ganas de que me cogiera como se le cantara. Pagó la cuenta, me tomó de la mano y me llevó a un telo de la zona, de esos con garaje privado y habitaciones que huelen a limpio pero también a sexo viejo. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared y me besó con hambre. Me levantó el vestido, me tocó el culo y sintió la base del plug. “¿Qué tenemos acá?”, dijo riéndose. “Un plug anal, para estar preparada”, le contesté, mirándolo desafiante. Me dio la vuelta, me puso en cuatro sobre la cama y me sacó el plug despacio, con un pop que me hizo gemir. “Abrite”, ordenó. Y yo obedecí.
Me cojió la boca primero, agarrándome del pelo, metiéndomela hasta la garganta hasta que se me caían las lágrimas. Después me puso boca arriba, me abrió las piernas y me penetró la concha fuerte, profundo, sin preliminares. Yo gemía como loca, sintiendo cómo me llenaba de una forma que el plug no podía. “Sos una puta rica”, me decía mientras me embestía. Luego me dio vuelta, me puso en perrito y me metió el plug de nuevo en el culo, pero esta vez lo sacó y me lo acercó a la boca. “Chupalo, probá tu propio culo”. Lo hice. Lo lamí, lo chupé, saboreando el gusto a lubricante y a mí misma, mientras él me miraba con una sonrisa de triunfo. Me sentí degradada y excitada como nunca.
Después saqué del bolso el succionador de clítoris. Me lo puse mientras él seguía cogiéndome el culo, ahora sin plug, solo su pija gruesa entrando y saliendo. Encendí el aparato y lo apoyé directo en mi clítoris hinchado. La succión fue inmediata, intensa, como si me estuviera chupando el alma. Grité, me temblaron las piernas. El primer orgasmo llegó en menos de dos minutos: un espasmo violento, la concha contrayéndose alrededor de su pija, el culo apretando nada porque ya estaba dilatado, y un chorro caliente que mojó las sábanas. “¡Me estoy corriendo, carajo!”, grité, y él me dio más fuerte, riéndose.
No paró. Siguió embistiéndome el culo mientras yo mantenía el succionador pegado. El segundo orgasmo fue más lento pero más profundo: sentí cómo subía desde los dedos de los pies, cómo mi cuerpo entero se tensaba, cómo mi ano se contraía alrededor de su pija y mi clítoris explotaba bajo esa succión implacable. Grité más fuerte, me arqueé, solté otro chorro y caí temblando sobre la cama. Él se corrió adentro de mi culo segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí gotear cuando se salió.
Quedamos ahí jadeando, sudados, deshechos. Yo con el vestido negro arrugado en la cintura, el plug tirado en la cama, el succionador todavía zumbando débilmente en el piso. Me sentí usada, satisfecha y un poco rota. Pero también poderosa. Porque esa noche elegí todo: el plug, el succionador, el desconocido, el telo. Nadie me obligó. Fui yo la que decidió ser la puta que quería ser. Y eso, a los 20 años, fue una de las noches más libres y sucias de mi vida.

4 comentarios - Garche con Manuel en un telo

ToniPolladura
Tremenda historia la cerdad, ojala poder ser ese hombre y cogerte asi de duro
Jose45bsas
Lindo relato!!! Te mereces otra noche igual!!!
Jose45bsas
Lindo relato! Te mereces otra noche igual o mejor!
😘