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Anal con el dildo de mamá

Tenía 18 años cuando todo eso pasó, y ahora, a mis 25, siendo una gorda feminista que defiende el cuerpo propio y el placer sin vergüenzas patriarcales, lo cuento sin filtros porque fue un momento que me marcó. Mi mamá siempre había sido una mujer independiente, y yo, curiosa como el demonio, no podía resistirme a husmear en sus cosas. Ese día, estaba sola en casa, aburrida en mi habitación, y decidí revisar el cajón de su ropa interior. Pensaba encontrar bras o tangas, algo inocente, pero lo que vi me dejó con la boca abierta: varios juguetes sexuales escondidos entre las medias y los corpiños. Vibradores de colores, un plug pequeño, y ahí, en el fondo, un consolador negro impresionante de 22 centímetros, con venas marcadas, testículos realistas y todo. A su lado, un frasco de lubricante anal, de esos con base de agua que olía a nada, pero prometía deslizamiento perfecto.
Me quedé paralizada un segundo, pero la curiosidad se transformó en excitación. Nunca había probado algo así; a esa edad, mis experiencias eran limitadas a mis dedos y algún roce torpe con un noviecito. Tomé el dildo en mis manos, lo sentí pesado, grueso, como si estuviera vivo. Era negro como el ébano, con una textura suave pero firme, y los testículos colgaban como si fueran de verdad. Me lo llevé a mi habitación, cerré la puerta con llave y me desnudé frente al espejo. Mi cuerpo era curvilíneo incluso entonces, con caderas anchas y pechos grandes, y me gustaba verme así, empoderada en mi propia piel.
Me acosté en la cama, boca arriba, con las piernas abiertas. Unté el lubricante en el dildo generosamente, el gel frío me hizo erizar la piel, y luego me lo puse en la entrada del ano. Al principio, dolía un poco, era mi primera vez con algo tan grande ahí atrás. Respiré profundo, me relajé como había leído en algún foro online, y empecé a empujar despacio. El glande entró primero, estirándome, y sentí una presión intensa pero placentera. Centímetro a centímetro, lo fui metiendo, girándolo un poco para que el lubricante se distribuyera bien. Mi ano se dilataba alrededor de él, y aunque no tenía nada en la concha, se me mojó tanto que sentía los jugos corriendo por mis muslos. Era como si mi cuerpo respondiera por instinto, dilatándose y lubricándose solo con la idea de esa invasión.
Cuando llegué a la mitad, pensé que no podría más, pero la excitación me empujaba. Me mordí el labio, arqueé la espalda y seguí empujando, sintiendo cómo las venas del dildo rozaban mis paredes internas. Era una mezcla de dolor y placer, como si me estuviera rompiendo pero al mismo tiempo completando. Finalmente, después de varios minutos de idas y venidas suaves, lo metí completo: los testículos hicieron tope contra mis nalgas, y sentí ese bulto lleno presionando mi piel. Estaba adentro hasta el fondo, 22 centímetros de puro éxtasis anal. Me quedé quieta un momento, jadeando, sintiendo cómo mi cuerpo se adaptaba, mi ano apretado alrededor de la base.
Con una mano, empecé a masturbarme el clítoris, círculos rápidos y firmes, mientras con la otra sostenía el dildo en el ano, moviéndolo ligeramente adentro y afuera para no perder la sensación. El placer era abrumador; mi clítoris hinchado respondía a cada toque, y el dildo llenándome atrás amplificaba todo. Sentía olas de calor subiendo desde mi pelvis, mi concha chorreando sin que la tocara directamente. El primer orgasmo llegó como una explosión: empecé a temblar, mis músculos se contrajeron alrededor del dildo, apretándolo con fuerza, y grité ahogado en la almohada. Fue intenso, como si todo mi cuerpo se electrificara, ondas de placer que me dejaron las piernas débiles y el corazón latiendo a mil. Duró lo que parecieron minutos, con espasmos que me hacían arquear la espalda y apretar los dedos de los pies.
No paré. Seguí masturbándome el clítoris, ahora más sensible, y moviendo el dildo con la otra mano, sacándolo un poco y metiéndolo de nuevo para sentir ese roce profundo. El segundo orgasmo tardó un poco más en construir, pero fue aún más poderoso. Sentí una presión building up en mi vientre, como si estuviera a punto de estallar, y de repente vino en oleadas: mi ano se contrajo rítmicamente alrededor del dildo, mi concha se mojó aún más, y un chorrito de squirt salió sin control. Grité más fuerte esta vez, el placer me nubló la vista, y sentí como si flotara, con temblores que me recorrieron de la cabeza a los pies. Fue más largo que el primero, con aftershocks que me hicieron jadear por varios minutos.
Después, exhausta pero satisfecha, me lo saqué despacio. Dolió bastante, como si mi ano no quisiera soltarlo; sentí un ardor agudo al retirar la base gruesa, y un vacío extraño cuando salió por completo. Lo miré, cubierto de lubricante y un poco de mis fluidos, y sin pensarlo dos veces, lo limpié con la boca. Lo lamí de arriba abajo, saboreando el gusto salado y metálico, chupando los testículos hasta dejarlo impecable. Era como un acto de cierre, íntimo y sucio.
Me levanté tambaleante y me miré al espejo, agachándome para ver mi culo. Estaba todo abierto, el ano dilatado como un cráter rosado, hinchado y rojo por el uso. Me puse triste de golpe, pensando si no se me cerraría nunca más, si había arruinado algo. Me toqué con un dedo, sintiendo la flojedad, y por un momento me invadió una ansiedad rara, como si mi cuerpo ya no fuera el mismo. Pero al final, se cerró con el tiempo, y ahora lo recuerdo como una lección de exploración propia, sin culpas.

5 comentarios - Anal con el dildo de mamá

Ppp35
Que gorda sucia muy excitante pensar que es el juguete de tu mamá
Curiously4All
Que rica tu historia, muy intensa, me encantan las mujeres así, gozadoras, mmm