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Micro pene de mi papá

Era una tarde cualquiera de verano, de esas en que el calor te pega en la nuca y la casa parece un horno. Yo tenía unos 20 recién cumplidos, seguía viviendo con mis viejos porque la facultad quedaba lejos. Ese día había llegado temprano de estudiar, sudada y con ganas de tirarme en la cama con el ventilador a full. La puerta de la habitación de mis padres estaba entreabierta, solo una rendija, pero suficiente para que se viera todo.
Me acerqué despacio, pensando en pedirle a mi mamá si había dejado algo de comer en la heladera. Pero no era mi mamá la que estaba ahí. Era mi papá. Sentado en el borde de la cama, con los pantalones cortos bajados hasta los tobillos, la remera levantada sobre la panza enorme y peluda, y la mano derecha moviéndose rápido arriba y abajo. No me vio. Estaba demasiado concentrado, con la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta soltando jadeos cortos y roncos.
Y ahí estaba: su pene. Duro, rojo, hinchado de tanto frotarse… y ridículamente pequeño. No llegaba ni a los 8 centímetros, te lo juro. Parecía un dedo gordo, corto y grueso, perdido entre toda esa carne blanda que le colgaba por todos lados. La panza le tapaba la mitad de la vista, los rollos se movían con cada sacudida de la mano, y el vello negro y rizado le cubría hasta la base como si quisiera esconder lo poco que había. Era patético. Mi papá, el mismo que siempre se las daba de macho alfa cuando discutía con mi mamá o cuando se ponía a gritarle a la tele por el fútbol, ahí estaba: un gordo de 50 y pico años, con la verga miniatura en la mano, masturbándose como un adolescente desesperado en su propia pieza.
Me quedé paralizada en el pasillo, mirando sin parpadear. No sentí asco, ni vergüenza ajena. Sentí algo peor: una mezcla de burla y desprecio que me subió por la garganta como risa contenida. “Mirá este inútil”, pensé. “Todo ese cuerpo de ballena varada, esa panza que parece un salvavidas inflado, y para colmo una pija que no le llega ni a la mitad del muslo. ¿Con eso pretende que alguien se excite? Pobre viejo, debe ser humillante hasta para él mismo”. La mano le iba y venía a toda velocidad, como si con la furia pudiera compensar lo que le faltaba en tamaño. Los huevos colgaban flojos, grandes y peludos, pero la verga… ay, la verga era una broma cruel de la naturaleza.
Se le escapó un gemido más fuerte, casi un gruñido, y vi cómo se ponía tenso. Iba a acabar. En ese momento, justo antes de que explotara, me imaginé diciéndole en voz alta: “¿En serio, papá? ¿Todo ese esfuerzo para una eyaculación de tres gotas con esa cosita de juguete? Sos un gordo perdedor, un macho de pacotilla con pija de niño”. No lo dije, obvio. Me quedé callada, mirando cómo su cuerpo se sacudía, cómo la panza temblaba como gelatina, cómo soltaba chorritos débiles que apenas salían del glande diminuto y caían sobre su propio muslo gordo.
Cuando terminó, se quedó ahí jadeando, con la cabeza baja, limpiándose con un pañuelo de papel que sacó de la mesita. Parecía derrotado, como si supiera perfectamente lo mediocre que era. Yo me alejé en silencio, volví a mi pieza y cerré la puerta. Me tiré en la cama, todavía con el olor a sudor pegado en la piel, y no pude evitar reírme bajito. Mi papá, el “hombre de la casa”, reducido a un gordo masturbándose con una verga de 8 cm que ni siquiera merecía el esfuerzo. Patético. Humillante. Y, de alguna forma retorcida, me hizo sentir poderosa saber que yo lo había visto todo… y que él nunca iba a saber que lo sabía.

2 comentarios - Micro pene de mi papá

Ppp35
Por eso tu mamá tiene el juguete de 22 cm
Cart2020NE


Buena puta, descubriste una verdad evolutiva... las mujeres son unas putas, pero sí van a ser putas serán de una gorda y caliente verga cabezona y mexicana.

No como el pito chico argentino de tu padre.

Aquí esta para que la puta de tu madre y tú dejen de meterse plastico y se empiecen a meter carne.