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Vi a mi hermana cojiendo

Yo tenía 20 años y acababa de volver de la facu más temprano porque el profesor de Sociología se había enfermado y cancelaron la última hora. Llegué a casa en colectivo, con los auriculares puestos y la mochila colgando de un solo hombro, pensando en tirarme en la cama y dormir una siesta. La casa estaba en silencio, mis viejos estaban laburando y Aylen, mi hermana de 23, supuestamente tenía que estar en clases de inglés. Pero cuando pasé por el patio trasero para entrar por la puerta de servicio (porque la llave de adelante se me había olvidado), algo me hizo frenar en seco.
La ventana de la pieza de Aylen daba justo al patio, y las cortinas estaban apenas entreabiertas, como siempre, porque mi hermana nunca las cerraba del todo. Me asomé sin querer, o quizás queriendo un poco, y ahí estaban los dos: Aylen y su novio de ese momento, un pibe alto y flaco que se llamaba Tomás, los dos completamente en pelotas sobre la cama deshecha. Ella estaba de rodillas entre las piernas de él, con el culo en pompa hacia la ventana, y le estaba haciendo una mamada de campeonato. La cabeza subía y bajaba con ritmo, la mano en la base de la pija de él, y de vez en cuando se la sacaba para lamerle los huevos mientras lo miraba fijo a los ojos. Tomás tenía la cabeza echada para atrás, gimiendo bajito, y una mano enredada en el pelo largo de mi hermana.
Yo me quedé clavada ahí, medio escondida detrás de la planta de potus que mi vieja tiene en el patio, con el corazón latiéndome fuerte. No sé por qué no me fui de una, pero no podía moverme. Aylen siempre fue la “buena” de la familia, la que sacaba dieces, la que ayudaba en la casa sin que se lo pidieran… pero en la cama era una puta terrible, de esas que no se guardan nada. La vi cómo se la metía hasta la garganta, cómo se le caían las babas por la barbilla, cómo se tocaba la concha con la otra mano mientras chupaba, frotándose el clítoris con dos dedos en círculos rápidos. Estaba empapada, se le veía brillar entre las piernas.
Después de un rato, Tomás la levantó, la tiró boca arriba en la cama y le abrió las piernas bien anchas. Se puso encima en misionero, le metió la pija de una y empezó a bombear fuerte. Aylen soltó un gemido largo, de esos que se escuchan hasta en el pasillo, y enseguida empezó a pajearse el clítoris con furia mientras él la cogía. “Más fuerte, Tomi, dale, rompeme”, le decía entre jadeos. Él obedecía, embistiéndola con todo, y ella se retorcía abajo, las tetas moviéndose al ritmo, las uñas clavadas en la espalda de él.
El primer orgasmo le llegó rápido: arqueó la espalda, gritó “¡Me vengo, me vengo!” y se le contrajo todo el cuerpo, las piernas temblando alrededor de la cintura de Tomás. No pararon. Él siguió metiéndosela, más profundo, y ella siguió masturbándose sin parar, el clítoris rojo e hinchado entre sus dedos. El segundo orgasmo fue más intenso: empezó a jadear como si le faltara el aire, “¡Ay, no, otra vez, no pares!”, y se vino de nuevo, esta vez soltando un chorrito que mojó la sábana y parte del muslo de él. Tomás se reía bajito, le decía “Sos una loca, mi amor”, y seguía dándole sin bajar el ritmo.
El tercero fue el más bestial. Aylen se agarró las tetas con una mano, se pellizcaba los pezones, y con la otra seguía frotándose el clítoris como poseída. “¡Cogeme más fuerte, haceme mierda!”, gritaba. Tomás le tapó la boca con la mano para que no la escucharan los vecinos, pero igual se le escapaban gemidos ahogados. Cuando se vino por tercera vez, todo su cuerpo se sacudió como si le hubiera dado una descarga eléctrica: las piernas abiertas al máximo, los dedos de los pies encogidos, la concha contrayéndose visiblemente alrededor de la pija de él, y un chorro más largo que los anteriores que salió disparado y salpicó hasta la panza de Tomás. Se quedó temblando, con la boca abierta en un grito mudo, los ojos en blanco por un segundo.
Después se quedaron abrazados, jadeando, riéndose bajito. Yo me alejé despacio, con la cara ardiendo y una mezcla rara de vergüenza ajena y excitación que no quería admitir. Entré por la puerta de atrás en silencio, tiré la mochila en mi pieza y me metí al baño a lavarme la cara. Nunca le dije nada a Aylen. Pero desde ese día, cada vez que la veía con cara de nena buena en la mesa familiar, me acordaba de esa imagen: mi hermanita, la estudiosa, convertida en una puta desatada que se pajaba el clítoris como loca mientras la cogían hasta venirse tres veces seguidas. Y la verdad… me dio un poco de envidia. Porque yo a los 20 también quería que me rompieran así, sin culpas ni filtros.

2 comentarios - Vi a mi hermana cojiendo

Legend55 +1
A mí mamá la espíe cogiendo
Jose45bsas
Buen relato! Envidia nunca hay que tenerle a nadie!!! Está bueno de vez en cuando desatarse!!!