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La Mamá Violada en la Carretera Olvidada – Parte 4

La Mamá Violada en la Carretera Olvidada – Parte 4
Me llamo María, y ya no controlo nada.
Han pasado solo unos días desde aquella tarde en la carretera con Pablo y sus tres amigos. Mi cuerpo aún lleva las marcas: moretones leves en las caderas, el coño y el culo sensibles al sentarme.
Cada vez que me miro al espejo veo a una mujer distinta: ojos cansados, labios hinchados, pero también una brillo enfermo en la mirada. Me odio por lo que siento, pero me mojo solo con recordar cómo me usaron los cuatro a la vez.
Hoy es domingo. Día de familia. Mi hijo mayor, Alejandro, invitó a unos amigos a ver el partido en la sala de abajo. Pidió permiso para usar la tele grande y traer cervezas. Yo dije que sí, como siempre, fingiendo la madre amable.
Preparé unas empanadas, puse la mesa, sonreí cuando llegaron.Entre ellos estaba Pablo.Cuando lo vi en la puerta, con esa misma sonrisa arrogante del otro día, se me heló la sangre y al mismo tiempo sentí un latigazo caliente entre las piernas.
Me miró fijamente mientras saludaba a todos, como si compartiéramos el secreto más sucio del mundo. Yo bajé la vista, fingí estar ocupada en la cocina.El partido empezó. Abajo se oían los gritos, las risas, el ruido de las latas abriéndose.
Mi marido estaba de viaje de trabajo, mi hija menor en casa de una amiga. Solo estábamos los chicos abajo… y yo arriba.Subí a mi habitación para cambiarme, necesitaba un momento sola.
Cerré la puerta, pero no eché el pestillo. Ni siquiera sé por qué.Escuché pasos en la escalera. Suaves, pero decididos. La puerta se abrió sin golpear.Era Pablo.Cerró tras de sí y giró la llave.
Me quedé paralizada junto a la cama, vestida solo con una blusa ligera y una falda corta que había elegido sin darme cuenta de lo provocativa que era.
—Hola, señora María —dijo en voz baja, con esa sonrisa que ya conocía—. Vine a saludarte como se debe.
—Pablo, por favor… abajo está mi hijo. Están todos… —susurré, retrocediendo hasta chocar con la cómoda.Él avanzó despacio, disfrutando mi miedo.
—Exacto. Tu hijo está abajo gritando goles con mis amigos. Y tú estás aquí arriba, sola… con el coño que me chupó la polla el otro día.
Intenté pasar junto a él hacia la puerta, pero me agarró del brazo y me empujó contra la pared. Su cuerpo grande me aplastó, su boca cubrió la mía antes de que pudiera gritar.
Me besó con violencia, metiendo la lengua, mordiéndome el labio hasta que sentí sangre.
—Ni un ruido, puta —susurró contra mi boca—. O bajo y le cuento a Alejandro cómo su mamá se corrió cuatro veces mientras la follábamos en la carretera.
Forcejeé, empujé su pecho con las dos manos, pero él era más fuerte. Me levantó la falda con una mano mientras con la otra me tapaba la boca. Sentí sus dedos apartar mi tanga y meterse directo en mi coño. Estaba mojada. Joder, estaba empapada.
—Siempre lista, ¿eh? —se rio bajito.
Me giró de cara a la pared, me bajó la tanga hasta los tobillos y desabrochó su pantalón. Sentí su polla dura, caliente, apoyada contra mis nalgas.
Intenté zafarme, pataleé, pero él me sujetó las muñecas contra la pared con una sola mano y con la otra guió su polla hasta mi entrada.
Entró de un solo empujón brutal.Ahogué un grito contra su palma. Abajo se oía el comentarista del partido gritando un gol; los chicos rugieron de emoción. Nadie escucharía nada.
Pablo empezó a follarme con fuerza, pero controlando el ritmo para que la cama no crujiera demasiado. Cada embestida era profunda, posesiva. Me mordió el hombro para silenciar sus propios jadeos.
—Este coño es mío ahora —susurró en mi oído—. Cada vez que venga a casa de tu hijo, te voy a follar. En la cocina, en el baño, en tu cama mientras él duerme al lado.
Lloraba en silencio, pero mis caderas se movían hacia atrás buscándolo. Mi cuerpo ya no me obedecía. Sentí cómo me acercaba al orgasmo, vergonzoso y rápido.Él lo notó. Aceleró, me tapó la boca más fuerte.
—Córrete, mamá. Córrete sabiendo que tu hijo está abajo sin idea de que su amigo está rompiéndole el coño a su madre.
Exploté. Un orgasmo silencioso y violento que me dejó temblando contra la pared. Él gruñó bajito y se vació dentro de mí, chorros calientes que sentí correr por mis muslos cuando sacó la polla.
Me soltó. Me dejó caer de rodillas, temblando. Se subió el pantalón, se limpió la polla con mi propia tanga y me la metió en la boca.
—Guárdala así hasta que terminemos el partido. Y no te limpies. Quiero que bajes luego a servirnos las empanadas con mi leche chorreándote.
Salió tan tranquilo como entró, cerrando la puerta sin ruido.Yo me quedé allí, de rodillas en mi propia habitación, con su sabor en la boca y su semen resbalando por mis piernas.
Minutos después, bajé a la sala con la bandeja de empanadas. Sonreí, ofrecí a cada uno. Pablo me miró a los ojos mientras mordía una, guiñándome un ojo.Mi hijo gritó otro gol y me abrazó emocionado.
Yo solo podía pensar en una cosa: la próxima vez que invite a sus amigos a casa.Ya no hay escapatoria.Soy suya. Y lo peor es que me encanta.

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