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Compendio III
Afortunadamente, Marisol accedió a solo abrazarnos esa noche. Después de pasar toda la tarde follándome a su hermana Amelia y a la enfermera Camila, estaba agotado y necesitaba descansar. También me permitió visitar a mi hermana, que vive en otra ciudad, ya que tenía recuperarme un poco después de estar con toda la familia de Marisol.
Esa mañana besé a mi esposa, que se quedó en casa con Jacinto en la mansión de su tía, preparándose para visitar una vez más a su prima española, Pamela, y a su recién nacido, Adrián, en el hospital, junto con Lucía. El viaje en autobús hasta la casa de mi hermana transcurrió sin incidentes, pero fue relajante. Siempre me gustó visitar a mi hermana, ya que me recordaba tiempos más sencillos en los que era más inocente y fiel a Marisol.
Sin embargo, ese día, mientras viajaba en el autobús, me sentí culpable, como un imbécil mentiroso, por no haber contactado con mis padres, que viven en la misma ciudad que Pamela, y por visitar solo a mi hermana porque sabía que me perdería su cumpleaños la semana siguiente cuando volviera a Australia. Peor aún, visitaba a mi hermana más porque necesitaba un descanso de las parientes de Marisol, no porque realmente quisiera verla.
Mi hermana, una mujer de voz suave, con cálidos ojos verdes y una sonrisa cansada, abrió la puerta con un jersey viejo, demasiado grande y el pelo recogido apresuradamente en un moño. Parpadeó sorprendida y luego su rostro se iluminó con ese afecto familiar y comprensivo que siempre me hace sentir querido e indigno. Cuando llegué, mi hermana me abrazó con fuerza antes de que pudiera decir una palabra. Tenía las manos frías de lavar los platos.
Esto me trajo recuerdos. Cuando mi hermana estaba embarazada de su primer hijo, Alfonso, solía escaparme después de mis clases en la universidad para visitarla en el hospital. Por supuesto, llegaba quince minutos antes de que terminara el horario de visitas, después de haber corrido varias cuadras y sentir hambre. Mi hermana insistía en que dejara de hacerlo, pero ella estaba sola la mayor parte del día y yo era el más cercano, así que seguí haciéndolo hasta que finalmente dio a luz.
Nos sentamos juntos y charlamos mientras tomábamos un café. Le dije que no podía dejar a mi mujer sola en el hospital hasta que su prima diera a luz. Mi hermana se mostró comprensiva, como siempre, recordando las veces que yo había hecho lo mismo por ella. Le entregué un lujoso bolso de piel que Marisol había insistido en regalarle cuando fuimos de compras el fin de semana anterior. Mi hermana dudó al verlo, tocando la suave superficie como si no estuviera segura de aceptarlo. Dijo que era demasiado caro, pero al mismo tiempo, sus dedos se cerraron alrededor de la correa.
Suspiró y luego admitió que las cosas no habían sido fáciles. Alfonso acababa de empezar la universidad con una beca parcial, pero sus notas eran inestables. Me dijo que le preocupaba que pudiera perder la beca, lo que los dejaría en una situación desesperada. Su voz se quebró ligeramente, aunque intentó ocultarlo dando un sorbo a su bebida. No lo dudé, temiendo que acabara vendiendo el bolso para pagar, le pedí los datos de su cuenta y saqué mi teléfono. Ella protestó, agitando las manos, pero la interrumpí, diciéndole que le debía once años de regalos de cumpleaños. Mi hermana sonrió y, finalmente, aceptó. Cuando vio la cantidad, se quedó boquiabierta. Le dije que no necesitábamos ese dinero y que quería ayudarla. Ella aceptó con los ojos llorosos y mantuvo una conversación ligera, hasta que llegó la hora de volver a casa. Una vez más, me abrazó con fuerza, me dio las gracias y volví a casa sintiéndome mejor.
Llegué a la mansión de Lucía cuando ya estaba oscureciendo. Marisol y Jacinto ya estaban allí, mi pequeño jugando con sus juguetes y mi esposa preparando la mesa para la cena, ayudando a su tía. Sin embargo, noté un brillo especial en sus ojos cuando me saludó. No nos habíamos visto mucho durante ese día, pero conocía esos ojos verdes y traviesos: estaba pensando en algo lujurioso.
Una vez sentados a la mesa, Lucía colocó una cazuela con pollo guisado, mientras Marisol servía las las bebidas con una sonrisa burlona. Se inclinó hacia delante, mirando a su tía, y le susurró:

+ Te perdiste toda la escena en el hospital. Pamela no paraba de hablar de cómo fue tu cita cuando Adrián fue concebido, incluyendo la forma como te acostaste con ella y lo que hicieron. Mi hermana Violeta estaba asombrada y la enfermera Camila se quedó por allí, escuchando a escondidas. ¡Fue divertido! - Lucía casi se atraganta con el vino, con las mejillas sonrojadas.
Jacinto se reía en su silla de bebé, felizmente ajeno a todo, aplastando zanahorias al vapor con sus pequeños puños.
Tuve que beber un poco de mi jugo de durazno, sonrojándome y sintiendo cómo me subía el calor. Me di cuenta de que Lucía me miraba discretamente, confirmando que lo que su hija había mencionado esa tarde era cierto. Marisol, por su parte, estaba encantada. Y Jacinto... bueno, él solo se reía.
Marisol se volvió hacia mí, con una sonrisa pícara en los labios, mientras dejaba el tenedor sobre la mesa.
+ Mi amor, estaba pensando...- murmuró despacio, trazando círculos con los dedos alrededor del borde de la taza. - Después de todo lo que la tía Lucía ha hecho por nosotros, alojarnos, prepararnos estas comidas increíbles... ¿No crees que deberíamos... recompensarla como es debido?
Lucía se quedó paralizada con el tenedor en el aire, a medio camino entre el plato y la boca. Un ligero rubor le subió por el cuello mientras nos miraba a ambos con los ojos verdes muy abiertos.

• Marisol, ¿Qué estás...? - trató de preguntar
Marisol se rió y se inclinó sobre la mesa para estrechar la mano de su tía.
+ ¡Ay, no finjas que no lo has pensado! - bromeó, acariciando con el pulgar los nudillos de Lucía. - ¿Recuerdas cómo me dejabas probarme tus sujetadores elegantes cuando tenía dieciséis años? Suspirabas y decías: “Algún día, mija, los llenarás”.
Se inclinó hacia ella y bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
+ Bueno, ahora lo he hecho, pero los tuyos siguen pareciendo más grandes y quiero ver cómo se sienten contra los míos mientras Marco nos hace el amor hasta dejarnos muertas de cansancio. – soltó mi ruiseñor con la mayor naturalidad del mundo.
La franqueza de mi ruiseñor nos impactó. Lucía me miró en silencio, sonrojándose un poco. Aunque es mayor que nosotros, sigue siendo muy atractiva y, aunque sus pechos ya no estén en su mejor momento, siguen siendo enormes, suaves y esponjosos.
• ¿Hablas en serio? - preguntó Lucía, desviando la mirada de mí hacia Marisol. Sus dedos apretaban el tenedor con más fuerza.
Jacinto soltó un chillido de alegría, manchando su bandeja con puré de zanahoria, mientras Marisol se inclinaba más hacia delante, con los pechos presionados contra el borde de la mesa.
+ ¡Muy en serio, tía! – respondió con una sonrisa. -Además, hace tiempo que no hacemos un trío y sería un honor para mí que lo hicieras con nosotros. Puede que no lo sepas, pero cada vez que visitabas a mi mamá y te cambiabas de ropa, yo echaba un vistazo a escondidas: tus curvas eran increíbles. Y ahora...

Deslizó lentamente un dedo por su clavícula, con la mirada fija en Lucía. El tenedor de Lucía cayó ruidosamente sobre su plato. El rubor había llegado ahora a sus orejas, rosadas contra su cabello color miel. Su mirada se posó en mí, evaluándome, y yo me quedé completamente quieto, dejándola observar cómo mi camisa se tensaba sobre mis hombros, el leve contorno de mi erección presionando contra mis pantalones. Marisol sabía exactamente lo que estaba haciendo; me había relajado con ese jugo de durazno, dejando que los azúcares hicieran efecto hasta que solo con su voz ya sentía palpitaciones.
• Pero, mija. - Insistió Lucía, tratando de hacerle entender a mi esposa. - Yo... bueno... ya soy mayor. Y no creo que Marco me encuentre atractiva si me compara contigo.
Mi esposa simplemente sonrió.
• ¡Tía, mi marido te cogió toda la tarde del martes! Sabes que todavía te encuentra sexy. – le respondió con esa franqueza chocante.
Lucía me miró de reojo, mientras yo le devoraba los labios con un deseo indisimulado. Tragó saliva con dificultad, con el pulso acelerado y visible en la base de la garganta. El aire entre nosotros crepitaba, mitad vacilación, mitad expectación eléctrica. Los dedos de Marisol se deslizaron de mi mano a su muñeca para consolarla, con el pulgar presionando suavemente contra el rápido latido.
+ ¿Recuerdas cómo solías quejarte de que el tío Diego nunca se tomaba su tiempo contigo? - le susurró sensual, rozando con los labios la oreja de Lucía. - A Marco le gusta tomarse su tiempo. Especialmente con las mujeres que lo aprecian.
Esas palabras tocaron la fibra sensible de Lucía. Cuando estaban casados, Diego solía engañarla con casi todas las mujeres. Así que cuando Lucía descubrió que Marisol me permitía acostarme con otras mujeres, esta idea casi la destrozó, ya que Lucía no podía concebir la idea de que Marisol me quisiera siendo infiel. Sin embargo, cuando su hermana Verónica, su hija Pamela y sus otras dos sobrinas le dijeron que yo las hacía sentir bien en la cama y cuando se dio cuenta de la sincera alegría de Marisol al respecto, la propia Lucía decidió probarme, confirmando lo que las demás le habían contado.
Lucía suspiró y sus dedos finalmente se relajaron alrededor del tenedor. Tomó un sorbo lento de vino, el líquido rubí manchándole los labios, mientras me miraba con una mezcla de escepticismo e intriga.
• ¿Estás segura de esto, mija?- preguntó una vez más.
Marisol no dudó. Empujó la silla hacia atrás lo justo para encoger los hombros, dejando que su blusa se abriera ligeramente, lo suficiente para revelar el contorno de sus pechos y el hueco de su clavícula.
+ ¡Segura, tía, muy segura! – ronroneó mi esposa. - ¿Recuerdas cuando te pedía prestados tus vestidos y me quedaban como sacos? Te reías y me decías: “Paciencia, niña”. Bueno, esperé... y esperé... y esperé, hasta que Marco me dejó embarazada y finalmente crecieron como tú dijiste. (Sus dedos rozaron la curva de su propio pecho y luego se deslizaron hacia el de Lucía.) Ahora quiero saber cómo se sienten los tuyos bajo mis manos mientras Marco está dentro de mí.

Lucía exhaló bruscamente por la nariz, un sonido a medio camino entre la incredulidad y la excitación. El guiso se había enfriado entre nosotros, olvidado (a decir verdad, nunca me gustó la cazuela). Incluso Jacinto se había callado, hipnotizado por la forma en que los dedos de Marisol trazaban ahora el borde de su propio vaso de jugo, dejando manchas en el cristal.
• No estás... bromeando. - La voz de Lucía era baja, su acento se acentuaba con una tensión cada vez más evidente.
Su mirada se dirigió de nuevo hacia mí, deteniéndose en el bulto que se marcaba contra mis pantalones antes de volver a Marisol.
• Mija, ¿Quieres que lo haga... con él... mientras tú miras?
+ Bueno, no solo eso. - Marisol mostró sus cartas, retorciéndose inquieta. - Tía... ya sabes... los tuyos son los más grandes que he visto nunca... así que estaba pensando... quizá...
Lucía contuvo el aliento cuando Marisol se inclinó sobre la mesa y le rozó con los dedos el escote de la blusa de seda de su tía. El pecho de la mujer mayor se elevó bruscamente bajo el delicado contacto, y sus pezones se endurecieron visiblemente bajo la tela. A Lucía nunca se le había pasado por la cabeza que otra mujer pudiera encontrarla sexualmente atractiva. Sin embargo, nuestro matrimonio no era nada convencional y, para ella, seguíamos traspasando nuevos e intrigantes límites.
+ Estaba muy celosa de ellos desde los catorce años. - confesó Marisol, recostándose en su silla. - Mi prima tenía unos grandes. Mi madre también. Incluso mi hermana pequeña Amelia tenía más grandes que los míos. Y cuando Marco y yo empezamos a ser amigos, él me contó que le gustaban los pechos grandes. Así que cuando me dejó embarazada y finalmente crecieron, yo también me obsesioné con los pechos.
Los dedos de Lucía se crisparon, su mirada oscilaba entre el pecho de Marisol y el mío. El pulso en su garganta se aceleró visiblemente.
• ¿Me estás diciendo que todas esas veces que me pediste prestadas mis blusas, cuando jurabas que solo te encantaba la tela, te imaginabas esto? – preguntó Lucía.
Su voz oscilaba entre la incredulidad y algo más oscuro e intenso. Mi pene se estremeció contra la cremallera al ver cómo sacaba la lengua para humedecerse los labios.
Marisol se limitó a asentir.
+ Tía, además, a diferencia de mi mamá, tu figura también es sexy. - Mi mujer la miró con lujuria. - Mi mamá es guapa, sí, pero como ama de casa. Tú, en cambio, siempre te preocupaste por tu alimentación y hacías ejercicio, por lo que tenías un poco más de curvas, pero veo que Pamela ha heredado su figura de ti.
Lucía me miró de nuevo antes de respirar lentamente, con los dedos curvados contra el mantel. Un leve temblor recorrió sus hombros, no por miedo, sino por algo más ardiente, más primitivo.
• Mija, ¿Te das cuenta...que una vez que hagamos esto, no habrá vuelta atrás? – empezó con una voz tímida, como un susurro, que fue ganando consistencia.
Su mirada se posó en Jacinto, que ahora se untaba zanahorias en el pelo con aire somnoliento, y luego volvió a Marisol.
• Él no recordará nada de esto, ¿Verdad?
Me reí despacio.
- Lucía, estoy esperando pacientemente a que su primera palabra sea “papá”. - le aseguré. - Sé que suena raro y, créeme, no me gustan mucho los tríos. Pero a Marisol sí. Estarás a salvo. Me aseguraré de ello. Y sabes que te dejaré satisfecha.
+ Puedo dar fe de ello. - intervino Marisol con una sonrisa.
Lucía dudó durante un largo momento, retorciendo el tallo de su copa de vino con los dedos. Podía ver el conflicto en sus ojos: décadas de corrección luchando contra la curiosidad que Marisol había despertado en ella. Entonces, con una inspiración profunda, enderezó los hombros y me miró directamente a los ojos.
• ¡Está bien! - aceptó, más como un suspiro que como una palabra. - Pero... eh... “suave” al principio, ¿Sí?
Sus mejillas se sonrojaron aún más cuando Marisol chilló de alegría, casi volcando su vaso de refresco en su entusiasmo.
Me levanté para recoger los platos, en parte para darle espacio a Lucía para que se recompusiera, en parte para ocultar cómo me temblaban las manos por la expectación. El ruido de los cubiertos contra la porcelana ahogó su discreta conversación, pero capté algunos fragmentos: las risitas discretas de Marisol, las protestas a medias de Lucía que se fundían en una risa renuente. Cuando terminé de fregar la última olla, la cocina olía a jabón y vapor, y tenía los antebrazos húmedos desde los codos hasta las muñecas.
Arriba, el balbuceo somnoliento de Jacinto se filtraba a través de la puerta entreabierta de la habitación mientras Marisol lo acostaba en su cuna. Sus pequeños puños se aferraban a la blusa de ella, manchando la seda con restos de puré de zanahoria, pero ella se limitó a besarle la frente y tararear una canción de cuna, la misma que Verónica solía cantarle a ella. La yuxtaposición de la ternura maternal y la promesa de libertinaje a pocos metros me provocó una sacudida en la entrepierna.
Mientras tanto, la ducha silbaba detrás de la puerta cerrada del cuarto de baño de Lucía. A través del cristal esmerilado, pude vislumbrar su silueta: el arco de su espalda mientras inclinaba la cabeza bajo el chorro, la forma deliberada en que se enjabonaba los pechos, deteniéndose para pellizcar un pezón entre el pulgar y el índice. Probando. Preparándose. Su aliento empañaba el cristal cuando se inclinaba hacia delante, apoyándose contra los azulejos.

Tuve un problema al desvestirme. Tenía un tronco literal entre las piernas. Cuando Marisol entró en nuestro dormitorio, se rió, miró fijamente y suspiró. Dijo que también iba a darse una ducha rápida. Las oí reunirse en el pasillo. Chillaban y se reían juguetonamente.
Esperé tumbado en la cama, con el torso desnudo. Pensé que, si se estaban arreglando para verme, lo menos que podía hacer era mostrarles lo que más le gustaba a Marisol de mí. Sin embargo, mi erección sobresalía como una tienda de campaña bajo mis pantalones de pijama.
La primera en estar lista fue Lucía. Mi mujer le había dicho que se pusiera su lencería más elegante. Cuando entró, parecía nerviosa, con una bata de seda de color morado oscuro. Llevaba el pelo mojado suelto, con ligeros rizos en las puntas. Olía a jabón floral caro, algo rico y exótico que me hizo sentir un nudo en la garganta. La bata se le pegaba ligeramente donde aún no se había secado del todo, con manchas más oscuras en el pecho y los muslos. Dudó junto a la puerta, jugueteando con los dedos con la cinta.

No dije nada, solo observé cómo se le cortaba la respiración al ver mi torso desnudo, los anchos hombros que ella misma había arañado con las uñas el martes pasado y que ahora se veían claramente a la luz de la lámpara. Mi pene se tensó contra mis finos pantalones de dormir, con un contorno inconfundible. Lucía entreabrió los labios y sacó la lengua para humedecerlos antes de tragar saliva con dificultad.
Entonces entró Marisol, aún húmeda por la ducha, vestida solo con un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus generosos pechos y unas braguitas a juego que se ceñían a sus caderas como una segunda piel. Olía a vainilla y a algo más rico, más almizclado: el aroma de su excitación ya espesaba el aire entre nosotros.
+ Alguien está impaciente. - exclamó, deslizando un dedo por el brazo tembloroso de Lucía antes de rodear la cama para subirse a ella a mi lado, rozando mi muslo con la rodilla.
Lucía exhaló bruscamente mientras su mirada se movía entre las curvas apenas contenidas de Marisol y el obsceno bulto que se marcaba en mis pantalones de dormir.

• ¡Dios mío! - susurró, apretando los dedos alrededor del cinturón de su bata. - Marco, ¿tú...?
Su voz volvió irregular cuando mi esposa se inclinó y me acarició casualmente a través de la tela, haciéndome estremecer violentamente contra su mano.
• ¿Siempre has sido tan... imponente?
Marisol se rió, con una risa grave y juguetona, mientras su pulgar dibujaba lentos círculos sobre mi glande sin apartar la mirada de su tía.
+ Tía, dime que no estoy loca. - bromeó, señalando con la mano libre hacia mi torso. - Mira sus hombros, como si hubiera estado acarreando madera todo el año. Y sus brazos... (Me soltó lo justo para trazar las venas que serpenteaban por mi antebrazo, rascándome ligeramente con la uña.) ¿Soy la única que piensa que se parece a Superman?
La bata de Lucía susurró contra sus muslos cuando se acercó, recorriendo mi pecho con la mirada con un deseo que hizo que mi pulso se acelerara.
• ¡No, mija! - murmuró con voz ronca. Sus dedos se crisparon a los lados como si quisiera tocarme, pero no se atreviera. - Es... Dios, tiene el físico de una de esas estatuas clásicas. Las que tienen...
Se le cortó la respiración cuando Marisol me bajó bruscamente los pantalones de dormir, liberando mi erección.
• ... unas proporciones perfectas.
Sí, tenía un cañón entre las piernas. Estaba excitado y avergonzado al mismo tiempo mientras sus ojos lo estudiaban desde la punta hasta los testículos. Marisol, como de costumbre, estaba para comérsela. Lucía, por su parte, lo miraba como si fuera un diamante gigante.
• ¡Maldición! - exclamó Lucía, acercándose tambaleante sin darse cuenta.
Su bata se abrió más al moverse, dejando entrever el encaje y la suave piel madura que había debajo.
• Marco, mijo, eres... - Tragó saliva de forma audible. - Sabía que la tenías grande, pero verte así...
Sus dedos se flexionaron, extendiéndose casi inconscientemente antes de que se diera cuenta.

+ No, tía. Adelante. -la animó Marisol. - No puedo envolverlo con la mano. Lo he intentado una y otra vez, pero simplemente no puedo. Me cuesta mucho.
Lucía dudó solo un segundo más, y luego sus dedos rozaron la parte inferior de mi miembro con una reverencia que me revolvió el estómago. Al principio, su tacto fue ligero como una pluma, exploratorio, con el pulgar deslizándose sobre la hendidura húmeda como si probara su elasticidad. Un pequeño “¡oh!” entrecortado se le escapó cuando el líquido preseminal se esparció por su yema, espeso y brillante bajo la luz del dormitorio.
• ¡Dios santo! - susurró, con la voz ronca por la sorpresa. - Marisol, él está... el calor...
Entendí lo que quería decir. Me estranguló suavemente el pene. Inexperta. Empezó a agitar mi miembro de la misma manera que Jacinto agita sus peluches. La sonrisa de Marisol brilló.

+ ¡Tranquila, tía! – le susurró Marisol, arrodillándose entre las piernas de Lucía mientras guiaba la mano de su tía hacia un movimiento más lento y firme, entrelazando sus propios dedos con los de Lucía, demostrándole el ritmo que la volvía loca. - ¿Ves cómo le laten las venas aquí?
Trazó una vena prominente a lo largo de mi miembro, haciéndome estremecer violentamente contra sus manos unidas. Lucía contuvo el aliento al sentirlo palpitar bajo sus dedos, apretando instintivamente su agarre.
De todas las mujeres con las que he estado, Marisol es una experta con mi pene. Me la ha chupado, lamido, mordido, masturbado y tragado de casi todas las formas posibles. Sabe cómo hacerme correrme en cuestión de minutos, así como prolongar mi placer durante horas. Guiaba a su tía, su entusiasta aprendiz, con sus cálidos alientos rozando la punta de mi pene.

Los dedos de Lucía se apretaron experimentalmente alrededor de mi miembro, sus uñas (cuidadas y con un ligero aroma a lavanda) clavándose lo suficiente como para hacer que mis caderas se sacudieran.
• ¿Así? – preguntó a su maestra, mirando entre el gesto de aprobación de Marisol y la forma en que mis abdominales se tensaban bajo su atención.
Sus caricias se volvieron más atrevidas, su muñeca girando ligeramente en el movimiento ascendente, imitando los movimientos de Marisol. Una gota de líquido preseminal brotó de mi hendidura, brillando en la penumbra antes de que ella la limpiara con el pulgar y se la llevara a los labios sin romper el contacto visual.

Cuando Lucía lamió la punta de mi pene, limpiando la pequeña gota de líquido preseminal, sentí que me moría. Lo hizo con tanta ternura y calidez que casi parecía un gesto de afecto. Marisol nos observaba, encantada, apreciando cómo su tía chupaba lentamente el pene de su marido.
Al principio, Lucía se mostró indecisa: su lengua se asomó tímidamente, probándome con rápidos y vacilantes movimientos, pero en el momento en que ese sabor salado y resbaladizo llegó a sus papilas gustativas, algo primitivo se activó en ella. Sus labios se abrieron más, su respiración se volvió irregular mientras se inclinaba hacia mí, y la punta de mi pene rozó su suave labio inferior. Los dedos de Marisol se aferraron al cabello de Lucía, guiándola hacia adelante con un suave tirón.
Lucía me tragó lentamente. El martes me había dicho que llevaba años sin estar con otro hombre, y su prudencia lo confirmaba. Mientras tanto, la respiración de Marisol comenzó a acelerarse, y no tardó en empezar a masajearse los pechos y gemir, sintiendo cómo sus dedos acariciaban su entrepierna.

El aroma del champú de Lucía, algo floral y caro, se mezcló con el almizcle de mi líquido preseminal mientras sus labios se estiraban a mi alrededor. Ella se atragantó ligeramente, retrocediendo con un sonido húmedo, con los ojos llorosos pero iluminados por algo hambriento. Marisol le animó con un arrullo, deslizando ahora los dedos bajo sus propias bragas.
+ ¡Más profundo, tía! - murmuró, acariciando su clítoris a través del encaje. - Deja que sienta tu garganta.
Pero su curiosidad pudo más que ella. Sé que Marisol es heterosexual, pero me he acostumbrado a que explore los cuerpos de otras mujeres cuando hacemos tríos. Y su tía no fue una excepción. Mientras me devoraba lentamente, Marisol deslizó unos dedos en su sexo, cogiendo a Lucía por sorpresa. Aunque al principio no entendía lo que estaba pasando, poco a poco se dejó llevar, disfrutando de cómo su sobrina exploraba su feminidad sin reservas.
Marisol no se conformó con solo meterle los dedos: presionó su cuerpo sudoroso contra la espalda de Lucía y deslizó su mano libre para amasar uno de sus pesados pechos a través de la bata de seda. Lucía gimió alrededor de mi pene y la vibración me provocó un escalofrío.
• M-mija... – tartamudeó nerviosa cuando Marisol le pellizcó el pezón con fuerza, sin que la tela lograra amortiguar el grito agudo de su tía.

La situación se estaba calentando tanto que necesitaba tener a Lucía entre mis piernas. Así que, mientras Lucía exploraba los labios de mi esposa en un beso apasionado y seguía masajeando mi pene hinchado, tuve que pedirles que pararan porque necesitaba un alivio urgente.
Lucía se apartó, con los labios húmedos por la saliva y el líquido preseminal, y la bata completamente abierta, dejando al descubierto el intrincado juego de encaje que llevaba debajo, de color crema y con un corte alto en las caderas, cuyas copas se esforzaban por contener sus pechos llenos.
• ¡Ay, Marco! - jadeó, con los dedos temblorosos aún agarrados a mi miembro. - Dime lo que necesitas.
Sin darle tiempo a reaccionar, besé a Lucía en los labios, saboreando los labios de mi esposa y mis fluidos en los suyos. Fue entonces cuando se dieron cuenta de lo excitado que me habían puesto. Mi pene parecía más grande y grueso que una lata de bebida energética, y ambas estaban intrigadas por lo que eso significaba. Marisol la ayudó a desnudar su sexo, que ya estaba empapado por las atenciones de su sobrina, y ella dejó escapar un suspiro al sentir la punta estirando sus labios inferiores.
Lucía jadeó cuando empujé hacia dentro, no solo por el estiramiento, sino por la forma en que Marisol se presionó inmediatamente contra su espalda, con las manos recorriendo el tembloroso vientre de su tía y subiendo para acariciar sus pechos.

• ¡Dios! es como si... como si estuviera creciendo dentro de mí. - jadeó Lucía, clavándome las uñas en los hombros mientras los dedos de Marisol le pellizcaban los pezones con rudeza.
Empezó a montarme lentamente, adaptándose de nuevo a mi tamaño. Sus pechos rebotaban y se balanceaban lentamente. Parecían enormes, capaces de ocultar mi cabeza entre ellos. Pero cada descenso venía acompañado de una sacudida de placer que estremecía todo su cuerpo. Para entonces, Lucía apenas podía sentir la lengua de Marisol lamiéndole la espalda.
Sus gemidos se hicieron más fuertes y frecuentes, mezclándose con los suspiros de Marisol. Era obvio que mi esposa estaba disfrutando del espectáculo, masturbándose mientras nos observaba. El ritmo de Lucía se volvió errático: sus rodillas temblaban, sus dedos se aferraban a mi pecho, su respiración se volvía entrecortada y agitada.
• Marco, no puedo, es demasiado... - Sus palabras se disolvieron en un gemido cuando empujé hacia arriba con fuerza, llenándola por completo.
Agarré los pechos de Lucía y los apreté suavemente. Al igual que a mi suegra Verónica, a Lucía le gustaba que le pellizcaran los pezones. Mientras tanto, mi mujer se apretaba contra la espalda de su tía, acariciándole los pechos desde abajo, mientras sus propios pechos se hundían en la espalda de Lucía, haciendo que sus jadeos fueran aún más desesperados.
Lucía se arqueó hacia atrás contra Marisol, clavándome los dedos en los muslos mientras me cabalgaba con más fuerza, cada embestida hacia abajo acompañada de un grito ahogado. El cabecero golpeaba la pared con un ritmo constante, y el sonido solo era amortiguado por los gemidos ahogados de Lucía. Marisol jadeaba contra el cuello de su tía, retorciendo los pezones de Lucía tal y como yo le había enseñado, con tirones bruscos que hacían que la mujer mayor sollozara de placer.
• Dios, Marco... maldición... - la voz de Lucía se quebró cuando mi pulgar rozó su clítoris, y sus caderas se detuvieron en seco.
Su sexo se apretó alrededor de mí, caliente y resbaladizo, pero me contuve, manteniéndola al borde del abismo. La risa de Marisol era oscura y traviesa contra el hombro de Lucía.
+ Tía, suenas como yo. - bromeó, mordiéndole la oreja. - Espera a que él empiece de verdad...
No la dejé terminar. Mis manos se deslizaron desde los pechos de Lucía hasta sus caderas, apretando con tanta fuerza que le dejé moretones, y la empujé hacia arriba. El golpe de la piel resonó en las paredes mientras Lucía gritaba, con el cuerpo sacudiéndose como un cable eléctrico. Sus muslos temblaban: estaba más estrecha de lo que recordaba, con las paredes palpitando en pulsos desesperados e irregulares. Los dedos de Marisol se hundieron más profundamente en los pezones de Lucía, con la respiración entrecortada.
+ ¿Ves? – susurró burlona. - Te dije que te arruinaría.
La cabeza de Lucía cayó hacia atrás contra el hombro de Marisol, con la boca abierta en un grito silencioso. Cada embestida la elevaba más, su sexo aferrándose a mí como si temiera que se me escapara. La mano libre de Marisol se deslizó entre las piernas de Lucía, sus dedos rodeando ese clítoris hinchado en círculos apretados y despiadados.
+ ¡Mira, tía! - jadeó, rozando con los dientes el lóbulo de la oreja de Lucía. - Mira cómo te estira...
Me sorprendió. Marisol suele ser heterosexual. Pero cuando hacemos tríos, mi mujer siente curiosidad por los cuerpos de otras mujeres. Sin embargo, lo sentí: la forma en que el cuerpo de Lucía se contraía, sus paredes internas ondulando alrededor de mi pene como un latido. Antes estaba apretada, pero ¿Ahora? Me estaba estrangulando, sus caderas se movían erráticamente mientras los dedos de Marisol no cesaban. Las manos de Lucía arañaban mi pecho, sus uñas dejaban marcas rojas.
• Dios... Dios... no puedo...- Su voz se quebró, sus muslos temblaban violentamente.
Los labios de Marisol se curvaron contra el hombro de su tía, su mano libre abandonó el pezón de Lucía para acariciar el pesado bulto de su propio pecho, pero sus ojos permanecieron fijos en las curvas rebotantes de Lucía.

+ ¡Tía! - susurró, pasando el pulgar por su rígido pezón. - ¡Estás tan suave!
Lucía gimió cuando los dedos de Marisol volvieron a deslizarse hacia los pechos de su tía, amasándolos con una reverencia que rayaba en la adoración.
+ ¡Mira, Marco! ¡Tócalos!
No hizo falta que me lo repitiera. Mi agarre se desplazó de las caderas de Lucía a la parte inferior de sus pechos, y mis pulgares rozaron sus pezones al ritmo de mis embestidas. Lucía arqueó la espalda violentamente, todo su cuerpo se tensó y luego se sacudió, su sexo se apretó como una boa.
• Sí, sí. - sollozó, arañándome el pecho con las uñas mientras los dedos de Marisol pellizcaban su clítoris con más fuerza. - Marisol, Dios, ¡Me voy a correr!
Sonreí, sintiéndome increíble. Lucía se corría por primera vez, pero yo solo estaba empezando. Además, la vista era increíble: he visto a otras mujeres con unas tetas tan grandes como las de Lucía, pero a diferencia de ellas, ella es familia de Marisol, lo que prácticamente significa que tengo acceso libre para tirármela cuando quiera. Además, estaba muy estrecha. Y los propios pechos de Marisol, pegados a la espalda de Lucía, casi me vuelven loco.
Lucía gimió cuando mis dedos se hundieron en la suave carne de sus caderas, su cuerpo temblando con cada embestida implacable. Su sexo era como un tornillo de terciopelo: caliente, resbaladizo y apretándome tan fuerte que podía sentir cada espasmo de sus músculos internos. Marisol observaba con los ojos entrecerrados, sacando la lengua para humedecerse los labios mientras sus manos recorrían el cuerpo de su tía con descarada curiosidad.
+¡Tía! - murmuró con voz ronca por la excitación. - Tus pechos son aún mejores de lo que imaginaba.
Lucía se estremeció cuando los dedos de Marisol rozaron sus pezones, ya duros y erizados, y su respiración se entrecortó cuando mi mujer se inclinó hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso desordenado y desesperado, y los gemidos de Lucía se ahogaron contra la boca de Marisol. Apreté con más fuerza, moviendo las caderas más rápido mientras el sexo de Lucía se apretaba a mi alrededor con pulsaciones erráticas, su orgasmo alcanzando de nuevo su punto álgido. Sus uñas arañaron los hombros desnudos de Marisol, provocando un grito ahogado de mi esposa, que se arqueó contra el tacto de su tía como una gata en celo.

El sonido de sus besos húmedos y con la boca abierta se mezclaba con el golpe de la piel: los pechos de Lucía se balanceaban salvajemente con cada embestida, sus pezones rozaban los de Marisol mientras se aferraban la una a la otra. Podía sentir las paredes de Lucía temblar, su cuerpo sacudirse cuando Marisol le pellizcó el clítoris entre dos dedos, provocándole otro sollozo ahogado.
• M-mija - jadeó Lucía, rompiendo el beso, con los labios hinchados y brillantes. - No puedo... Dios, no puedo aguantar...
Su protesta se disolvió en un gemido cuando me incliné más profundamente, frotándome contra su cérvix en círculos lentos y deliberados.
Los muslos de Lucía temblaban violentamente, sus dedos se enredaban en el pelo de Marisol mientras sus caderas se sacudían. La primera descarga la golpeó como un cable eléctrico: arqueó la espalda y apretó con fuerza el sexo mientras mi pene palpitaba dentro de ella.
• ¡Marco! - gimió con voz ronca.
La segunda descarga le arrancó un gemido gutural de la garganta y clavó las uñas en los hombros de Marisol. Para la tercera, las piernas de Lucía se rindieron por completo: se desplomó contra Marisol, su cuerpo temblando con cada chorro caliente que la llenaba.
• ¡C-cinco! - jadeó, aturdida. - ¿Cinco...?
Me reí.
- Lo siento. Las dos estaban tan atractivas. - Me disculpé.

Lucía sonrió alegremente.
• ¿Estás loco? Marco, ni siquiera Diego se corrió tanto dentro de mí.
Marisol se interpuso entre nosotros con una sonrisa radiante.
+ ¿Ves, tía, por qué tengo que compartirlo? Me llena así todas las noches. Y solo está empezando. ¿Verdad, cariño?
Asentí mientras los majestuosos pechos de Lucía recuperaban el aliento.
Los dedos de Lucía temblaban sobre su pecho sonrojado, su respiración era irregular mientras miraba el desastre entre sus muslos: mi semen brillaba en la parte interna de sus muslos, la marca roja e hinchada donde mi pene la había estirado.
• Yo... yo no... Marisol (tartamudeó, con la voz quebrada.), cuando me tocaste, yo... Dios, me gustó... (Su mirada horrorizada se movía entre nosotros) ¿Soy...?
Marisol se rió, un sonido suave y risueño, mientras pasaba los dedos por la humedad que se acumulaba en el vientre de Lucía y se los llevaba a los labios con deliberada lentitud.
+ ¡Tía, relájate! – Le calmó, chupándose los dedos hasta dejarlos limpios. – Solamente estás confundida y bien cogida.
Su palma se deslizó por el muslo de Lucía, con un roce ligero como una pluma.
+ Es solo Marco. Él le hace eso a la gente.
Me incliné hacia adelante, besando el húmedo hueso del cuello de Lucía antes de agarrar la muñeca de Marisol y guiar su mano hacia arriba.
- En realidad, - murmuré contra la piel de Lucía. - estaba pensando...
Mis dedos recorrieron el interior de la muñeca de Marisol, sintiendo su pulso acelerado bajo mi tacto.
- Marisol, - pregunté, levantando la mirada hacia ella. - ¿Puedo hacerte el amor?
Lucía jadeó, su cuerpo se tensó por reflejo al sentir cómo me endurecía dentro de ella otra vez. Marisol entreabrió los labios, con las mejillas sonrojadas y la respiración entrecortada, y por un momento pareció casi tímida.
+ ¡M-Marco! - balbuceó, apretando mis dedos con los suyos. - ¿Estás... estás seguro?
Sus ojos se posaron en el sexo hinchado de Lucía, todavía estirado a mi alrededor.
+ ¿No estás demasiado cansado?
Sonreí, llevando la mano de Marisol a mis labios y besando lentamente sus dedos.
- Todavía me excitas. - murmuré, sintiendo cómo mi pene se estremecía dentro de Lucía mientras hablaba. - Lucía fue increíble, pero tú... tú eres mi esposa.
Dejé que las palabras se asentaran entre nosotros, observando cómo se dilataban las pupilas de Marisol y sus labios se curvaban en una expresión suave y fundida. Lucía exhaló bruscamente debajo de mí, moviendo las caderas. Sabía que podía sentirlo, cómo mi pene se hinchaba aún más dentro de ella, prueba irrefutable de que no estaba fingiendo.

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