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Que no se entere mi marido

Hola poringa !

(Está es una historia narrada en 1ra persona con una mujer como protagonista)
- como siempre las imágenes tienen defectos con lo escrito (lo arreglaremos más adelante)


Que no se entere mi marido


El agua caliente corría por mis manos, un intento patético de lavar el agotamiento del día.
A mis 41 años , mi vida era un bucle interminable de ropa sucia, facturas y el zumbido del refrigerador. Espada y madre frustrada, eso era yo. Miraba mi reflejo distorsionado en la ventana sobre el fregadero y no veía a una mujer, veía a una empleada del hogar mal pagada y sin días libres.

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A menudo pensaba en mi propia madre. ¿Cómo lo hizo? Veinte años soportando a mi padre, un hombre que olía a whisky y a excusas, y sus infidelidades a gritos.

nunca se quejó, o al menos, yo no la escuché. Se desmoronó en silencio, hasta que la muerte de mi padre la convirtió en la única beneficiaria de su generosa pensión. Ahí estaba el truco, supongo. Ella jugó al largo, una inversión de paciencia. Yo no podía. Sabía que Juan, mi esposo, me era infiel. Lo olía en sus trajes, lo veía en las sonrisas cómplices de su teléfono. Y a diferencia de mi madre, a mí eso me destrozaba. No era una inversión, era una bancarrota emocional.Ella

El timbre sonó, sobresaltándome. Secándome las manos en el delantal, fui a la puerta. Era Luis, un colega de Juan. Un hombre de 38 años con una energía que siempre me pareció fuera de lugar en la oficina corporativa de mi marido.

—María, disculpa la molestia —dijo con una sonrisa fácil—. Juan me mandó a buscar unos papeles de un proyecto, son urgentes. Dijo que estaban en el escritorio de su estudio.

—Claro, pasa. Estará por aquí —respondí, con una voz que sonó más cansada de lo que quería.

Mientras él se dirigía al estudio, volví a la cocina, a mi trinchera de platos y grasa. Un par de minutos después, escuché sus pasos acercarse de nuevo.

—Perdona, María, no los encuentro. ¿Tú sabes dónde puede haber guardado la carpeta del "Proyecto Hífen"?

—Sí, creo que en el archivador de la esquina. Voy a buscarla.

Me agaché para abrir el cajón inferior, el más pesado. Justo en ese momento, Luis estaba detrás de mí, esperando. Llevaba unos shorts de jean de un azul claro, gastados y ceñidos. Y cuando me agaché, la tela se estiró sobre sus muslos, marcando una forma que me robó el aire por un instante. No era planificado, no era una provocación. Era solo la cruda y simple realidad de un cuerpo masculino, joven y fuerte. Un cuerpo que no estaba en mi casa desde hacía una década. Un calor, una punzada de algo que no sentía desde antes de ser madre, me recorrió el vientre.
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Me incorporé rápidamente, sintiendo el calor en mis mejillas. Él me miraba, y su sonrisa ya no era tan fácil. Había algo más en sus ojos, una chispa que reconocí, una que yo misma había extinguido hace años.

—¿Está bien? —preguntó, su voz un tono más grave.

—S-sí, claro. Solo que... es pesado.

Mentí. La carpeta era ligera. Pero la tensión en la cocina era densa como el plomo. Se dio un paso hacia mí. No había mucho espacio. El olor de su colonia, algo a limpio y a hombre, mezclado con el olor a jabón de platos de mis manos, creó una atmósfera embriagadora.

—María... —susurró, y su mano se levantó, no para tocarme, sino para apartar un mechón de pelo que se me había pegado a la mejilla sudorosa. Sus dedos rozaron mi piel, y fue como una descarga eléctrica.

Cerré los ojos. Fue una rendición. Un solo segundo de debilidad en la que decidí que no quería ser la mártir de mi madre. Quería sentir. Quería pecar.

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Él interpretó mi silencio como un permiso. Su otra mano rodeó mi cintura, tirándome hacia él. Sentí la firmeza de su pecho contra mi espalda y su aliento caliente en mi cuello.

—Te he mirado tantas veces —murmuró junto a mi oreja—. Siempre te veo tan... seria. Tan lejos.

Me giré en sus brazos. Nuestros rostros a centímetros de distancia. Vi la misma necesidad que yo sentía reflejada en sus pupilas dilatadas. No hubo más palabras. O quizás todas las palabras ya se habían dicho.

Se inclinó y me besó. No fue un beso tierno. Fue un beso hambriento, desesperado. Un beso que sabía a agua con jabón, a frustración y a libertad. Mis manos, que acababan de estar sumergidas en el agua grasienta, ahora se aferraban a su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa. Su lengua exploró la mía con una audacia que me hizo temblar.

—Luis... —logré decir entre susurros, sin saber si era una protesta o una invitación.

—Calla, María. Solo déjate sentir.

Me levantó como si no pesara nada y me sentó sobre la encimera fría de la cocina, apartando los platos que acababa de lavar con un estrépito que nos hizo reír nerviosamente. Se paró entre mis piernas, y sus manos se deslizaron por mis muslos, subiendo por debajo de mi vestido de casa. El roce de sus dedos sobre mi piel me erizó. Me miró a los ojos mientras sus manos encontraban el borde de mis bragas.

—¿Esto es lo que necesitas? —preguntó, su voz ronca de deseo.

Solo pude asentir, mordiéndome el labio inferior.

Entonces, con una lentitud tortuosa, las deslizó hacia abajo. El aire frío de la cocina me golpeó, pero el calor que emanaba de él era mucho más intenso. Abrió la bragueta de sus shorts, y su erección se liberó, dura y pulsante. No hubo más preámbulos. Se posicionó y se deslizó dentro de mí con un solo movimiento profundo y llenador.

Grité. No un grito de dolor, sino de pura y absoluta sorpresa. Un grito de alivio. Era un sentimiento olvidado, esa sensación de ser llenada, de poseer y ser poseída.

—Ah, Dios, Luis... —gemí, mientras él comenzaba a moverse, un ritmo lento y profundo al principio, que se fue volviendo más urgente.

—Así... gime por mí, María. Que nadie te oye —sussurró en mi oído, mordiéndome el lóbulo.

Cada embestida era una rebelión. Contra mi esposo, contra mi rutina, contra el fantasma de mi madre. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el crujido de la encimera bajo nosotros, mis gemidos ahogados contra su hombro... todo era una sinfonía caótica y hermosa.

—Más fuerte... te lo pido... más fuerte —suplicé, mis uñas arañando su espalda a través de la camisa.

Él accedió, aumentando la velocidad, mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura, tirándolo hacia mí, queriéndolo más profundo, más dentro. Sentí el orgasmo construirse en mí, una ola que crecía y crecía, desde la punta de mis pies hasta el centro de mi ser.

—Luis, voy a... voy a...

—Ven, María. Ven conmigo ahora.

Su palabras fueron el detonante. El orgasmo me golpeó como una tormenta, una onda expansiva de placer que me hizo arquear la espalda y gritar su nombre. Un momento después, él se tensó, soltó un gemido ronco y sentí su calor explotar dentro de mí.

Nos quedamos así por un largo momento, abrazados, jadeando sobre la encimera de la cocina, con el olor a platos limpios y a sexo recién hecho. El mundo exterior no existía.

Cuando se separó, me arregló el vestido y se besó la frente. No hubo promesas, no hay declaraciones de amor. Solo un entendimiento silencioso.

—La carpeta... la buscaré yo —dijo con una sonrisa cansada.

Se fue, y yo me quedé de pie en medio de mi cocina. El agua del fregadero se había enfriado. Los platos estaban esperando. Pero por primera vez en años, yo fui feliz

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