QUERIDA HERMANA, QUE ES EL INCESTO ?
Nota del autor
¡Espero que se encuentren muy bien!
Soy JJQUILMES —aunque muchos me conocerán por mis otros alias: José, JJQuilmes, Sexcritor o Exxxcritor. Durante los últimos 18 años he publicado bajo distintos nombres, y hoy quiero comenzar una nueva etapa junto a ustedes y con el apoyo de la comunidad de Poringa.
Me encantaría que me agreguen en Facebook, que me escriban, me cuenten qué les gusta, qué no, y también qué les gustaría leer en el futuro.
Mi intención es seguir publicando de forma gratuita, pero también ofrecer contenido especial a bajo costo, como historietas en formato de pasta blanda.
Por ahora, estaré retomando muchos de mis relatos clásicos, dándoles nuevas versiones y una mirada más actual.
Un verdadero gusto volver a compartir este espacio con ustedes en esta nueva etapa.
— JJQUILMES

El aire húmedo del baño semezclaba con el calor de la secadora en la habitación de Alicia.
Sentada frente al espejo, losdedos recorrían su melena húmeda al ritmo de “Cruel Summer” de Taylor Swift,una canción perfecta para sus dieciocho años y la tensión caliente que parecíaimpregnar la casa. De vez en cuando, sus ojos, verdes y llenos de unacuriosidad que ya no podía disimular, se deslizaban hacia el reflejo delpasillo. Desde allí, el sonido constante de la ducha era un recordatorio húmedoy persistente de que su hermano Jimmy aún estaba allí, lavándose el cuerpo… yquizá, imaginándola a ella.
El ritual, porque ya era eso, unritual prohibido y excitante, había comenzado semanas atrás. Todo surgió de unamanera tácita, no hablada, un juego de miradas furtivas y puertasentreabiertas. Dos hermanos, curiosos por naturaleza, empezaron a intrigarsepor la forma del cuerpo del otro. Un vistazo robado cuando uno salía del baño,la silueta a través de la tela de un pijama holgado, hasta que un día, sinmediar palabra, se permitieron quedarse quietos, observarse, exponiéndose sinpudor. Fue un pacto silencioso, sellado con la complicidad de quien descubre unplacer que no debería nombrar.
Así lo habían estado haciendodurante un tiempo, conteniéndose en ese límite precario. Solo se miraban,desnudos, absorbiendo cada detalle del cuerpo del otro, alimentando un fuegoque crecía en secreto. En una ocasión, Jimmy, con la voz quebrada por la confusióny la excitación, le había preguntado:
—Oye, Ali… ¿esto no es… incesto?
Alicia no dudó. Su respuesta fueun susurro dulce y perverso, una justificación absurda que ambos ansiabancreer.
—No, Jimmy. Para nada. Esto es…natural. Es curiosidad. Aprender a ver el cuerpo humano sin tabúes, ¿sabes? Esbonito. Solo sería incesto si… —hizo una pausa dramática, mordisqueando sulabio inferior— si nos besáramos en la boca. Así que, pierde cuidado.
La excusa era tan tierna comohueca, pero les servía para mantener la frágil ilusión de inocencia mientrastraspasaban todos los límites.
La puerta de la habitación seabrió, interrumpiendo sus pensamientos. Jimmy apareció en el marco, aúngoteando, con el cabello oscuro pegado a la frente y el torso brillante por lasgotas de agua que resbalaban por su piel. La toalla, blanca y esponjosa, era elúnico obstáculo entre él y la desnudez total, ceñida con precariedad en suscaderas. Sin decir una palabra, cerró la puerta a sus espaldas con un clicsordo. El ambiente se cargó de inmediato. Con un movimiento deliberado, dejócaer la toalla al suelo.
Alicia contuvo el aliento. Sumirada, imantada, se desplazó de inmediato hacia su entrepierna, hacia esaparte de él que ya conocía, pero que esta vez parecía diferente. Más tensa, másurgente. La verga de Jimmy, palpitante y dura, se erguía con una fiereza que norecordaba. En la punta, hinchada y rojiza, una gota espesa de líquidopreseminal se formaba, un destello translúcido que le hizo tragar saliva.
—Alicia… —la llamó él con una vozronca, cargada de una urgencia que no podía contener.
—¿Sí? —contestó ella, sin poderdespegar los ojos de aquel espectáculo. Su atención estaba completamente fijaen el miembro de su hermano, que parecía haber crecido, volverse más grueso yamenazante.
—Sabes que te quiero mucho,¿verdad? —murmuró Jimmy, sus palabras temblorosas.
—Claro que lo sé, tonto. Me lohas dicho un millón de veces… —susurró Alicia, hipnotizada por el lentodescenso de otra gota por el largo y tenso vértice.
—Es que… no sé cómo explicarlo.Me estaba bañando… intenté con agua fría para que se me bajara esto, pero nocedía. Luego probé con agua caliente y fue peor… —confesó, y un estremecimientorecorrió su cuerpo desnudo— Entonces cerré los ojos y te recordé. Eres…demasiado hermosa, Ali. Recordé tu cara, tus ojos, tus labios… y ahí fuecuando… cuando me entró un deseo tan fuerte de… de besarte.
La última palabra cayó en lahabitación como una bomba. Jimmy temblaba, consciente de que había nombrado elacto prohibido, la línea que su hermana había trazado como el verdadero abismo.
Alicia, lentamente, apagó elzumbido de la secadora. El silencio fue instantáneo, roto solo por los latidosde sus corazones. Con movimientos deliberados, bajó el volumen de Taylor Swifthasta convertirla en un eco lejano. Se puso de pie, su propia figura esbelta ypálida reflejada en el espejo, y lo miró pensativa. Sus ojos ya no solomostraban curiosidad, sino un morbo oscuro y una perversión que ambos habíanestado cultivando en secreto. El juego había cambiado.
Jimmy aún chorreaba agua, pues nose había secado del todo con la toalla. Las gotas resbalaban por su torso,siguiendo el camino de sus músculos adolescentes.
En la mente de Alicia, untorbellino. Es mi hermano. Esto está mal, muy mal. Pero sus labios...Dios, he fantaseado con esto. Ese temor en sus ojos... ¿Y si solo es un beso?Un solo beso no cambia nada. Podemos parar ahí. Siempre podremos parar...
—Está bien —dijo, rompiendo elsilencio cargado de tensión.
Jimmy creyó no haber escuchadobien.
—¿Cómo?
—Te dije que está bien. Puedesbesarme —repitió Alicia, y en un acto de audacia que le aceleró el corazón,dejó que su bata de dormir se deslizara de sus hombros y cayera al suelo,exponiendo por completo su desnudez frente a él.
—Pero... ¿no sería eso incesto?—preguntó Jimmy, casi jadeando, su mirada devorando el cuerpo ahora visible desu hermana. Sus ojos se clavaron en aquel par de tetas juveniles, firmes yperfectas, que tanto le obsesionaban. Eran redondas, de una palidez aterciopelada,coronadas por unos pezones rosados y grandes, erectos y palpables, que levolvían loco. Su figura era un reloj de arena definido, con una cinturaestrecha que se abría a unas caderas generosas y a unas nalgas con forma dedurazno maduro, suculentas y firmes, que prometían un tacto celestial.
—No… bueno, lo es solo si metesla lengua en mi boca —contestó Alicia, tratando de justificar lo que estaba apunto de suceder con una lógica retorcida y deliberadamente vaga.
Pero él no lo tomó a modo debroma. Aún así, conteniendo la respiración, dio un paso hacia ella. Luego otro.El espacio entre ellos se evaporó. Con un valor que le brotó de las entrañas,Jimmy rodeó la cintura de Alicia con sus brazos, sintiendo la piel suave yfresca bajo sus palmas húmedas, y la atrajo hacia sí con firmeza, sellando sudestino con un beso.
Sus labios se juntaronhambrientos de placer. Para Jimmy, era su primer beso verdadero, y se notaba ensu torpeza inicial, en la manera insegura en que sus labios presionaban los deella. Pero lo que le faltaba en técnica lo sobraba en deseo puro y voraz. Urgíapor probar el sabor de los labios de su hermana, y los besaba con una pasióntan asombrosa que era casi violenta en su intensidad.
A Alicia la tomó por sorpresa elímpetu salvaje con que su hermano la besaba. Pero tantas veces la habían besadoasí sus novios, que la respuesta fue automática, muscular. En segundos, fueella quien, con una pericia que a Jimmy le resultó abrumadora, deslizó sulengua dentro de su boca, enseñándole un nuevo nivel de intimidad.
Para Jimmy, era como si cadanervio de su cuerpo estuviera atado a ese beso. La sensación de su lenguaentrelazándose con la de ella, el sabor, el calor, le robaron la energíaentera. La fricción de su piel desnuda contra la de Alicia, el roce de sus pechoscontra su torso, fue demasiado. Con un gemido ahogado, la explosión fueinevitable. Sintió cómo el éxtasis lo recorría en una descarga eléctrica y, conlos ojos cerrados y el cuerpo rígido, comenzó a eyacular.
Alicia se sorprendió al sentircómo su abdomen y parte de su vello púbico eran inundados por el espeso y tibiosemen de su hermano. Chorros y chorros salían de su miembro aún palpitante,manchándola. Paralizada, se separó de él y miró hacia abajo. Vio cómo unagruesa gota blanca escurría por la curva de su vientre, trazando un caminolento y obsceno hasta perderse en sus labios vaginales. Hasta ese día, ningúnpene había estado tan cerca de su vagina, y mucho menos su semen.
Ver aquello resbalar por su piel,sabiendo lo que era, sabiendo el poder de aquel líquido viscoso si entraba ensu matriz, hizo que su cabeza diera mil vueltas. Una mezcla de repulsión yexcitación punzante la recorrió. Llevó una mano temblorosa al reguero viscoso,impidiendo que siguiera su camino hacia su rajita ya sensible. Sintió lasrodillas tan débiles que tuvo que sentarse en el borde de la cama para nocolapsar.
En ese preciso instante, alzó lavista. Allí estaba, el pene de su hermano, ya semierecto, que aún dejaba gotearde su cabeza enrojecida una última y espesa gota de semen. Luego miró el rostrode Jimmy. Parecía estar en otro planeta. Su tez estaba pálida y sus ojos,desorbitados, reflejaban puro pánico.
—Oh, demonios… —musitó Jimmy—. Noquise hacerlo… Lo siento mucho… —seguía balbuceando mientras sus manos hacíanademanes nerviosos y extraños en el aire.
Cuando Alicia sintió que lafuerza volvía a sus piernas, se puso de pie y se acercó de nuevo a él.Suavemente, tomó su rostro entre sus manos y besó sus labios con una ternuraque contrastaba con la crudeza del momento.
—No hay nada que temer… Nocausaste ningún daño —le susurró al terminar el beso.
—¿Que no causé ningún daño?—preguntó Jimmy, su voz quebrada—. ¿Acaso no… acabamos de cometer incesto?
—No… no lo hicimos —contestóAlicia con una firmeza que no admitía réplica.
—Pero tú dijiste que…
—Yo sé lo que dije, pero esto noes incesto. Solo es incesto si nos besamos “Y” tenemos relacionessexuales al mismo tiempo, Jimmy. Y aún así, aún cuando lo hiciéramos, tendríaque ser a propósito. Por ejemplo, hubiera sido incesto si yo te hubieraagarrado la verga mientras nos besábamos… a propósito… hasta hacerte eyacular.
Jimmy no era estúpido, pero yaconocen el viejo dicho: "El que no oye consejo, no llega a viejo,pero el que se hace el sordo, consigue el tesoro." Que, traducidoal momento, significaba que, a pesar de saber que la lógica de su hermana eraun castillo de naipes, prefirió hacerse el "estúpido" y aceptar suretorcida definición. La recompensa—seguir besándola, tocándola—valía cualquierjustificación absurda.
—¿Así que podemos seguirlohaciendo sin que sea incesto? —preguntó, un atisbo de esperanza en la voz—.¿Puedo seguir besándote cuantas veces quiera?
Alicia cerró los ojos, como siluchara contra su propia conciencia, y luego susurró:
—Sí, Jimmy. Cuantas veces quieras.
Dos noches después. Suspadres trabajarían hasta tarde.
Alicia se detuvo a la entrada dela habitación de su hermano y, con una voz cargada de intención, le dijo:
—Iré a tomar una ducha, Jimmy…
Sin una palabra más, Jimmy supoperfectamente lo que eso significaba. Dejando a un lado su libro, se puso depie y la siguió con el corazón acelerado.
Dentro del baño, se sentó en elborde del inodoro mientras ella se desvestía con movimientos deliberadamentelentos. Alicia se metió a la ducha y no se demoró casi nada. Cuando salió,envuelta en vapor y con la piel enrojecida, su hermano ya estaba desnudo yesperándola, listo para ducharse también.
Jimmy tampoco demoró mucho bajoel agua. Cuando salió, se plantó frente a su hermana, cara a cara, gotas deagua atrapadas en sus pestañas. Ella, conteniendo la respiración, le dijo:
—Si gustas… puedes acariciarme.Pero solo hazlo en mi espalda o mis hombros…
Jimmy asintió, y de inmediato losdos se abrazaron, sus cuerpos desnudos y húmedos encontrándose en un contactoelectrizante. Los brazos de Jimmy eran fuertes y la apretaban con un desenfrenoadolescente contra su cuerpo. Él, ya era más alto, y su figura empezaba aeclipsar la de ella.
Sus rostros quedaron acentímetros de distancia y, sin poder resistir, se besaron. En ese momento, laverga dura de Jimmy se colocó instintivamente entre las piernas de Alicia, quesintió la presión firme y palpitante contra su pubis. La tentación de sentarsesobre ella, de dejar que la penetrara, fue tan intensa que, por instinto, cerrósus muslos, atrapando el miembro de su hermano en un estrecho y calienteespacio entre sus piernas.
El beso continuó, cada vez másprofundo, más húmedo, mientras sus manos recorrían y acariciaban espaldas yhombros. Pero Jimmy no pudo contenerse. Sus manos descendieron, desobedeciendola regla. ¡Qué suave, tierno y a la vez firme era el culo de su hermana Alicia!En un inicio, un destello de culpa lo recorrió, pero pronto se encontró con queera incapaz de separar sus palmas de aquel maravilloso par de nalgas con formade durazno. Siguió amasándolas, apretándolas con un fervor creciente.
Alicia sintió cómo su hermano leapretaba las nalgas con fuerza y se maravilló con la sensación, tan íntima yposesiva. Ni siquiera a sus novios les había permitido un contacto tan vulgar ydirecto, pero, se justificó, a sus novios no les tenía la misma confianza ciegaque a su hermanito. ¿O era algo más?
Pronto, Jimmy sintió la familiartensión en sus testículos. Con un gemido ronco, explotó nuevamente, echandochorros y chorros de semen caliente que mancharon las piernas, el abdomen y laentrada misma de la vagina de su hermana.
Alicia, sintiendo aquel líquidotibio esparciéndose sobre su piel mientras las manos de su hermano seguíanaferradas a sus nalgas con fuerza, no pudo evitar que un orgasmo inesperado yviolento la sacudiera.
—Hmmmm… —gimió con fuerza, unsonido gutural y profundo, al sentirse marcada, poseída por tanto semen.
Permanecieron abrazados porvarios segundos más, jadeando, antes de separarse.
—Te acaricié el culo… —dijoJimmy, con un arrepentimiento que sonaba falso—. Ahora sí cometimos incesto…
—No seas tonto, Jimmy —lointerrumpió Alicia, jadeando aún—. Solo es incesto si me tocas la parte deenfrente… El culo no importa. No cuenta.
En ese momento, ambos estaban tanembadurnados de semen y sudor que necesitaban otra ducha inmediatamente. Y estavez, no se metieron uno por uno, sino que lo hicieron los dos al mismo tiempo.
Bajo el chorro de agua caliente,no paraban de besarse. Se besaban con una pasión devoradora, olvidados delmundo, de los parentescos, de las consecuencias. Sus manos recorrían cadacentímetro del cuerpo del otro con una urgencia loca; él volvía a acariciar yapretar esas nalgas que ya consideraba suyas, ella exploraba la espalda y loshombros de Jimmy, bajando hasta la firme curva de sus glúteos. El vaporenvolvía sus cuerpos entrelazados, el agua corría por sus pieles mientras suslenguas libraban una batalla húmeda y sin tregua. Ya no eran hermano y hermanajugando a un juego prohibido. En la intimidad anónima de esa ducha, con lossentidos nublados por el deseo y la complicidad, bien parecían dos amantes enla fase más ardiente de su pasión. ¿Acaso hermano y hermana podían ser amantes?En ese momento, bajo el agua caliente y el peso de sus bocas unidas, lapregunta parecía no tener importancia. Solo existía la piel, el calor, el sabordel otro y la promesa tácita de que esto era solo el comienzo.
Bajo el vapor de la ducha, con elagua resbalando por sus cuerpos entrelazados, Alicia tomó la pastilla de jabón.Sus manos, ágiles y curiosas, comenzaron a deslizarse por el torso de Jimmy,creando una espuma blanca que contrastaba con su piel sonrosada. Pero no era supropio cuerpo lo que le interesaba limpiar. Su atención, y sus dedos,descendieron con deliberada lentitud, pasando por su abdomen, hasta llegar alvello púbico y más allá. Allí, el pene de Jimmy, que apenas unos minutos anteshabía derramado su semilla, se erguía de nuevo, increíblemente duro ypalpitante, como si el simple hecho de estar cerca de ella lo reanimara porcompleto.
Alicia enjabonó la vara condedicación obscena. Con una mano, acarició y amasó con suavidad los testículos,sintiendo su peso y textura bajo la espuma. Luego, su puño se cerró alrededordel tronco, deslizándose de la base a la punta con un movimiento lento y rítmico,limpiando cada centímetro de la piel sensible. El pene de Jimmy parecía brillarbajo la luz del baño, no solo por el agua, sino por la forma en que ella lofrotaba, como si estuviera sacándole brillo a un trofeo preciado. Ella misma sepercató de la imagen y se mordió el labio inferior, una punzada de excitaciónrecorriéndole el vientre.
En ese momento, un pensamientovisceral y sucio cruzó por su mente: ¿A qué sabrá? Aunque eravirgen, no era ingenua. Había visto videos, sabía lo que algunas chicas hacían.La imagen de arrodillarse y tragarse esa parte de su hermano la estremeció depuro morbo.
«Es tu hermano», leadvirtió una vocecita en su conciencia, cargada de culpa. «Esto ya haido demasiado lejos. Es asqueroso».
Pero otra voz, más fuerte, máspersuasiva y perversa, se impuso. «Nadie tiene por qué saberlo… Nadie.Y se ve tan… delicioso. Quiero saber cómo se siente en mi boca. Quiero oírlogemir por mí». El deseo, acrecentado por el tacto de la piel calientey húmeda bajo sus manos, ganó la batalla.
Sin mediar palabra, con unadeterminación que le nació de las entrañas, Alicia se agachó frente a él. Miróhacia arriba, encontrándose con sus ojos llenos de sorpresa y anticipación, yluego, abriendo la boca lo más que pudo, se llevó el glande hinchado y rojizo alos labios, tragándoselo.
La sensación fue abrumadora. Suboca se llenó de una textura firme pero aterciopelada, de un sabor salado yúnico que solo podía ser él. La piel estaba tan tensa que podía sentir cadalatido contra su lengua.
—¡Alicia! —casi gritó Jimmy, suvoz un quejido ahogado al sentir el calor húmedo y envolvente de la boca de suhermana. Era una sensación completamente nueva, mil veces más intensa quecualquier roce de manos, una humedad viva que lo succionaba hacia un abismo deplacer.
Ella, aunque torpe en suinexperiencia, comenzó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás,chupándolo con la avidez de quien descubre un manjar prohibido. No sabía muybien qué hacer con su lengua, pero hacía su mejor esfuerzo, lamiendo la parteinferior del glande y explorando el pequeño orificio de la punta.
Se despegó de su pene con unsonoro pop y lo miró a los ojos, su propio rostro enrojecido ysus labios brillantes de saliva.
—Te diré la verdad, Jimmy…—susurró, jadeando levemente— solo es incesto si te vienes dentro de mi vagina.
Antes de que él pudieraresponder, su boca volvió a engullir la verga, más decidida esta vez, ansiosapor sentir de nuevo esa poderosa masculinidad entre sus labios.
—¡Aaahhhh hmmmmm! —bufó Jimmy, yesta vez no pudo contenerse. El éxtasis lo recorrió como una descarga eléctricay, con las manos aferradas al cabello húmedo de su hermana, soltó un torrenteespeso y caliente directamente en su garganta.
Al salir del baño, se abrazaron ybesaron con una ternura que contrastaba con la crudeza de lo sucedido.Caminaron hasta la habitación de ella y, tras una corta despedida y un besitode buenas noches, Alicia, con una sonrisa pícara, le confesó:
—Me gusta el sabor de tu pene, Jimmy…
—Debemos tener cuidado… —contestóél, con un atisbo de cordura que le recordaba la gravedad de sus actos. Jugabancon fuego y lo sabían.
—Lo sé —murmuró ella, acercándosepara besarlo de nuevo— Lo tendremos mi amor… —este mi amor le sorprendió pero leencantó a Jimmy, Alicia lo volvió a besar, más profundamente— Solo tenemos quetener cuidado de que nunca entre el semen en mi vagina… solo es incesto sientra… recuérdalo muy bien.
—Está bien, Alicia… como túdigas…
Él estaba a punto de retirarse asu habitación cuando ella le sostuvo del brazo.
—Espera… —dijo, con una chispajuguetona en la mirada—. Aún no me has probado tú a mí…
Los ojos de Jimmy se abrieroncomo platos. Entraron de nuevo en la habitación y Alicia, con un movimiento queera a la vez gracioso y terriblemente sensual, se tumbó boca arriba sobre lacama y separó sus piernas, exponiéndose completamente ante él.
Jimmy, al principio, solo lamiró, embelesado por la belleza y el erotismo del momento. Luego, impulsado porun instinto primal, se acercó y enterró su rostro entre sus muslos. El restofue historia. Lamió y bebió los mares de jugos que emanaban de su hermana,mientras ella se retorcía en la cama, perdida en un mar de sensaciones.
—¡Ohhhh, Jimmyrr! ¡Hmmmmm, asísí, hmmm!
Finalmente, Alicia sintió que unorgasmo la embargaba, pero Jimmy no paraba. Su lengua incansable encontró unritmo que pronto le provocó un segundo, y luego un tercer espasmo de placer.
—¡Aaahhhhhhhhhh! ¡Hmmmmmm!
Su hermana era capaz de tenermultiorgasmos, y Jimmy acababa de hacer ese descubrimiento maravilloso.Finalmente, fue ella quien, exhausta y sobre estimulada, tuvo que empujarlosuavemente para que se detuviera.
Para entonces, Jimmy ya tenía laverga de nuevo dura como una roca, y la necesidad de que su hermana se lavolviera a chupar era mutua y urgente.
Apenas terminaron, oyeron elcoche de sus padres llegar. Jimmy corrió a su habitación y esa noche, por los pronto,no hubo ningún problema.
Los días siguientes se bañaronjuntos repetidamente, y Alicia se hincaba ante él para mamársela con unadevoción creciente. Estaba encantada con el sexo oral, con la sensación depoder y sumisión que le daba tener la verga de su hermano en la boca, y con eléxtasis que le producía la lengua de él en su sexo.
Varios días después, mientrasJimmy lamía con gusto su vagina, se le ocurrió una idea atrevida. Comenzó adeslizar un dedo hacia la entrada, introduciéndolo apenas un centímetro.Alicia, al sentirlo, hizo una mueca de dolor y se encogió.
—¿Qué sucede? —preguntó Jimmy,asustado.
—No es nada… —dijo ella, alejandosu sexo de su mano—. Creo que tu dedo entró un poco más de lo necesario… estodo. Mi himen está al fondo… si lo metes mucho puede que me lo rompas.Necesitas tener cuidado, Jimmy.
—¿Si meto tan solo un poco midedo no pasa nada? —preguntó Jimmy, y su mente inmediatamente voló más lejos—.¿Qué hay de mi pene? ¿Podría meterlo aunque sea un poquito? Prometo nochorrearme dentro…
—No lo creo, Jimmy… —contestóAlicia, respirando agitada con solo pensar en la idea— Estoy segura de que medesvirgarías…
—Oh… —contestó él, con visibledecepción.
Pero en los días siguientes,Alicia no pudo dejar de darle vueltas al asunto. La curiosidad y el deseo seapoderaron de ella hasta llegar a una conclusión peligrosa: tal vez, si eraextremadamente cuidadoso, él podría meterla solo un poquito…
El viernes por la noche, con suspadres fuera en una fiesta, Alicia fue a la habitación de su hermano.
—¿Te vas a bañar? —preguntó él,ilusionado.
—No —respondió ella, entrando ycerrando la puerta a sus espaldas.
Luego, con movimientosdeliberados, se quitó la blusa, quedándose en brassier, y dijo:
—He estado practicando… —seinclinó para quitarse los pantalones—. Creo que… tal vez… si lo haces concuidado… me lo puedes meter aunque sea un poquito.
Jimmy supo de inmediato a lo quese refería. ¿Cómo no iba a saberlo, si había estado fantaseando con eso cadanoche?
—Solo un poquito… —repitió, yluego, buscando desesperadamente su aprobación moral, preguntó—: ¿Nocometeremos incesto, cierto?
—Bueno… —su hermana se quedópensativa un momento, tejiendo otra mentira conveniente— No, si solo me metesla puntita… y, claro, debes sacarlo antes de chorrearte. De esa manera no habrápeligro y no cometeremos incesto.
Pronto, Jimmy estaba encima deella, a punto de vivir su primera vez. Ya había lamido su vagina hasta dejarlaempapada, y ella había lubricado su pene con la boca. Todo estaba listo.
—Espera… —le dijo Alicia, justocuando él alineaba su glande con su entrada. Bajó su mano y agarró firmementela base de su pene—. Lo sostendré… así puedes empujar solo la cabeza y yo tedetendré si te pasas.
Jimmy miró su rostro: nervioso,asustado, pero también lleno de anhelo. La besó en los labios.
—¿Estás lista?
—Sí, pero hazlo despacio, porfavor…
La cabeza de su verga se deslizócon una facilidad aterradora, encontrando un camino más húmedo y cálido de loque jamás había imaginado.
—Se siente muy tibio… —jadeóJimmy, al sentir cómo la punta era engullida por aquella estrechez virginal.
Alicia contuvo el aliento. Nosabía qué sentir. Miró hacia abajo: no había sangre.
—Métela un poco más, Jimmy…
Jimmy empujó suavemente, y depronto un gemido gutural escapó de su garganta. Alicia supo que estaba alborde.
—¡Sácala, Jimmy! ¡Sácala! —gritó.
Él obedeció de inmediato, y trasunos segundos de tensión, al ver que había logrado contener su eyaculación,ella susurró:
—¿Listo? Métela de nuevo…
—¡Aaahhhh! —gimió Jimmy confuerza al sentir cómo su glande volvía a ser recibido por aquel paraíso delcual no quería salir jamás. Y Alicia supo, por la profundidad de la sensación,que esta vez la había metido demasiado rápido.
—¡ALICIA, TE JURO QUE ME QUIEROMORIR CON MI VERGA AQUÍ ADENTRO! ¡ESTÁS RIQUÍSIMA! ¡NADIE ME HABÍA HECHO SENTIRASÍ DE BIEN! ¡AAHHH!
—¡SÁCALA, JIMMY, SÁCALA! —legritó ella, al sentir cómo su pene se engrosaba y palpitaba con violencia.Jimmy la extrajo justo a tiempo para comenzar a soltar chorros y chorros desemen sobre los labios vaginales de su hermana.
Alicia miró hacia abajo otra vez.No había rastro de sangre. Se palpó suavemente con los dedos, cerciorándosementalmente de que la delgada membrana, aunque tal vez estirada, seguíaintacta. Solo había semen esparcido. Seguía siendo virgen… técnicamente.
Después de eso, se bañaron juntosen medio de caricias y besos, cenaron en una velada que simulaba ser romántica,declarándose un amor que sabían prohibido. Sus padres llegaron cuando ellos yafingían dormir, cada uno en su alcoba. Pero Alicia no pudo conciliar el sueño;la sensación fantasma de la punta de su hermano dentro de ella era un ecopersistente y excitante que le recorría el cuerpo.
A la mañana siguiente, sábado,después del desayuno familiar, aprovechando que su padre se encerró a leer elperiódico y su madre estaba en la cocina, Alicia se acercó a Jimmy.
—Vamos a tu habitación, Jimmy…—le dijo, tomándolo de la mano y llevándoselo a escondidas.
—¿Lo repetiremos de nuevo? ¿Esque acaso no estuve a punto de…?
—Yo lo sé, Jimmy, pero cuanto máslo practiquemos, mejor podremos controlarlo —argumentó ella, desvistiéndosefrente a él con una urgencia nueva— Aún soy virgen. Además, alcanzaste asalirte con mucho éxito anoche… creo que lo seguirás logrando y con prácticasaldrá cada vez mejor.
Se besaron con una prisa febril,desnudándose a toda velocidad. Jimmy se posó entre sus piernas y comenzó apresionar la punta de su verga, ya dura y amenazante, contra la entradavirginal de su hermana.
Esta vez, Jimmy no estabapreocupado. Ya lo habían hecho y todo había salido bien. ¿Qué podía salir mal?
Escuchó a su hermana jadear:“Empújala…” y, obedeciendo, comenzó a penetrarla con su glande. La sensaciónera tan deliciosa, tan envolvente y cálida, que creyó haber llegado al cielo.
El problema fue que, en esepreciso instante, él tenía uno de sus pezones en la boca, chupándolo conavidez. El placer dual fue demasiado intenso. Al oír la orden, y llevado por unimpulso animal, lanzó sus caderas hacia delante con una fuerza involuntaria. Encuestión de milésimas de segundo, no solo la cabeza, sino fácilmente la mitadde su largo y grueso pene, se deslizó hasta el fondo de la vagina de Alicia. Nohubo resistencia significativa; fue como si una espada afilada cortara una finaseda. Un desgarro sordo, interno y definitivo, rompió el himen con unafacilidad aterradora.
—¡AAAAAHHHHHHHHHHH…!¡AAUUGGGGHHHH! —El grito de Alicia fue un sonido agudo, cargado de una mezclade dolor, sorpresa y una punzada de placer prohibido. Fue tan desgarrador quesu padre, en la sala, bajó el periódico y frunció el ceño, concentrándose en eleco de aquel quejido que parecía venir del pasillo.
Alicia miró el rostro de Jimmy,lleno de un amor posesivo pero también de un pánico absoluto. Jugamoscon fuego y me acabo de quemar, pensó, con una lucidez fugaz. Pero no habíamarcha atrás. La sangre que empezaba a manar era el testigo mudo. Y, en elfondo de su confusión, un pensamiento emergió: ¿Y quién mejor que mihermano para ser mi primero?
—Aaahh… Está bien, está bien, Jimmy…no hemos cometido incesto aún… —mintió, mirando hacia abajo y viendo que,efectivamente, aún quedaba parte de su pene fuera, aunque ella ya sabía laverdad. Su virginidad era cosa del pasado.
Jimmy se relajó levemente antesus palabras y, siguiendo sus indicaciones, comenzó a mover las caderas,sacando y metiendo lentamente la mitad del pene que tenía dentro.
Una sensación maravillosa y nuevacomenzó a reemplazar el dolor en Alicia. Se sentía llena, poseída, más mujerque nunca. Ya soy mujer…, pensó, embriagada por la sensación. Soytoda una mujer. No podía creer lo bien que se sentía que su hermano laestuviera follando, aunque solo fuera con la mitad de su miembro.
Jimmy se sentía en el éxtasis. Lasensación era tan abrumadoramente buena que perdió todo el control que lequedaba. Poco a poco, casi sin darse cuenta, comenzó a introducir centímetrotras centímetro, hasta que sintió sus huesos púbicos chocar contra las nalgasde ella. Tenía la verga entera dentro, sus testículos azotando suavemente sutrasero. Aquello lo enloqueció. Comenzó a mover las caderas con un ritmofrenético, taladrando la gruta recién estrenada con una fiereza animal.
—¡AAAAHHHHHHHH! ¡HMMMMMMMMMMMMM!
En tan solo cuatro o cincominutos, su orgasmo fue imparable. Poseído por un instinto primal, clavó supene hasta el fondo y, con un rugido sordo, explotó dentro de ella, vaciando susemen caliente en lo más profundo de su matriz.
—¡Nooooo!!! ¡Jimmy Nooo!!!!—gritó Alicia, agonizando de un placer culposo al sentir cómo la verga de suhermano palpitaba y eyaculaba en su interior. Aunque él, en un último acto deconciencia, se sacó antes de terminar, al menos tres o cuatro chorros potentesya habían llegado a su destino.
Jimmy cayó desplomado sobre ella,cubierto de sudor, sintiéndose profundamente culpable.
Alicia no podía creerlo. Estaballena de su hermano, por dentro y por fuera. Aún así, le habló con suavidad y,cuando él la miró a los ojos, lo besó en los labios.
—No debes preocuparte, Jimmy…
—¡Pero hemos cometido incesto,hermana!
—No, no digas eso —lointerrumpió, tejiendo la mentira final con una sonrisa tranquilizadora—. Aúnno. Solo cometemos incesto si derramabas todo tu semenadentro, y alcanzaste a salirte antes de que eso pasara… Tan solo fue un poco…
—¿Pero y si quedas embarazada?
—No quedaré… —contestó ella, conuna seguridad que no sentía.
—¿Cómo lo sabes?
—Solo lo sé, Jimmy… no tepreocupes —mintió, pensando ya en dónde podría conseguir desesperadamente unapastilla del día después.
Lo besó de nuevo, y pronto, bajoel hechizo de la piel y la complicidad, comenzaron a acariciarse de nuevo.
—Quiero que me la metas de nuevo…—susurró ella, al ver cómo el pene de Jimmy, milagrosamente, comenzaba arecuperar su firmeza.
—¿Estás segura?
—Sí… ya te he dicho que no esincesto a menos que me eches todo tu semen… No dejaremos queeso pase, ¿o sí?
Una vez más, Jimmy la penetró.Esta vez duró más, explorando con mayor confianza el cuerpo que ahora sentíacompletamente suyo. Alicia se sentía completa, feliz y profundamente enamoradade su hermano y del placer prohibido que solo él podía darle.
Cuando Jimmy sintió que laeyaculación era inminente, intentó ser considerado y trató de salirse. PeroAlicia, que percibió la inminente descarga, lo rodeó con sus piernas por laespalda, apresándolo contra ella con una fuerza sorprendente, imposibilitándolela retirada. Y una vez más, él, vencido por el placer, la llenó por completo,hasta la última gota.
—¡Aaahhhhhhhhhh!
Cuando el último espasmo cesó,ella liberó sus piernas.
—¿Qué has hecho? —preguntó él,con voz entrecortada por el placer y la culpa.
—Nada…
—¡Pero si has dicho que solo asísería incesto!
—No te preocupes, Jimmy —susurróella, acariciando su rostro—. Solo es incesto si nuestros padres o alguien sellega a enterar… Ahora ven y hazme el amor una vez más antes de que dejen deandar ocupados.
Pero lo que ambos ignoraban,ensimismados en su mundo de mentiras y lujuria, era que el Doctor Manríquez, supadre, tenía la oreja pegada a la puerta, escuchando cada palabra, cada gemido,cada jadeo con una atención enfermiza.
Al principio, la ira lo cegó.Pensó en derribar la puerta, agarrarlos a golpes y echarlos de la casa. Peroentonces, como un relámpago en su mente, surgió la imagen de Alicia en la playadel verano pasado, con aquel bikini minúsculo que tanto le había costadoignorar. Se había reprochado a sí mismo esos pensamientos, los había enterradocon fuerza. Pero ahora, al escuchar cómo su hija, su princesa,se entregaba con tanta pasión a su hermano, un sentimiento mucho más oscuro yposesivo nació en su pecho.
¿Por qué él sí… y yo no?
(¿Continuará?)
Nota del autor
¡Espero que se encuentren muy bien!
Soy JJQUILMES —aunque muchos me conocerán por mis otros alias: José, JJQuilmes, Sexcritor o Exxxcritor. Durante los últimos 18 años he publicado bajo distintos nombres, y hoy quiero comenzar una nueva etapa junto a ustedes y con el apoyo de la comunidad de Poringa.
Me encantaría que me agreguen en Facebook, que me escriban, me cuenten qué les gusta, qué no, y también qué les gustaría leer en el futuro.
Mi intención es seguir publicando de forma gratuita, pero también ofrecer contenido especial a bajo costo, como historietas en formato de pasta blanda.
Por ahora, estaré retomando muchos de mis relatos clásicos, dándoles nuevas versiones y una mirada más actual.
Un verdadero gusto volver a compartir este espacio con ustedes en esta nueva etapa.
— JJQUILMES

El aire húmedo del baño semezclaba con el calor de la secadora en la habitación de Alicia.
Sentada frente al espejo, losdedos recorrían su melena húmeda al ritmo de “Cruel Summer” de Taylor Swift,una canción perfecta para sus dieciocho años y la tensión caliente que parecíaimpregnar la casa. De vez en cuando, sus ojos, verdes y llenos de unacuriosidad que ya no podía disimular, se deslizaban hacia el reflejo delpasillo. Desde allí, el sonido constante de la ducha era un recordatorio húmedoy persistente de que su hermano Jimmy aún estaba allí, lavándose el cuerpo… yquizá, imaginándola a ella.
El ritual, porque ya era eso, unritual prohibido y excitante, había comenzado semanas atrás. Todo surgió de unamanera tácita, no hablada, un juego de miradas furtivas y puertasentreabiertas. Dos hermanos, curiosos por naturaleza, empezaron a intrigarsepor la forma del cuerpo del otro. Un vistazo robado cuando uno salía del baño,la silueta a través de la tela de un pijama holgado, hasta que un día, sinmediar palabra, se permitieron quedarse quietos, observarse, exponiéndose sinpudor. Fue un pacto silencioso, sellado con la complicidad de quien descubre unplacer que no debería nombrar.
Así lo habían estado haciendodurante un tiempo, conteniéndose en ese límite precario. Solo se miraban,desnudos, absorbiendo cada detalle del cuerpo del otro, alimentando un fuegoque crecía en secreto. En una ocasión, Jimmy, con la voz quebrada por la confusióny la excitación, le había preguntado:
—Oye, Ali… ¿esto no es… incesto?
Alicia no dudó. Su respuesta fueun susurro dulce y perverso, una justificación absurda que ambos ansiabancreer.
—No, Jimmy. Para nada. Esto es…natural. Es curiosidad. Aprender a ver el cuerpo humano sin tabúes, ¿sabes? Esbonito. Solo sería incesto si… —hizo una pausa dramática, mordisqueando sulabio inferior— si nos besáramos en la boca. Así que, pierde cuidado.
La excusa era tan tierna comohueca, pero les servía para mantener la frágil ilusión de inocencia mientrastraspasaban todos los límites.
La puerta de la habitación seabrió, interrumpiendo sus pensamientos. Jimmy apareció en el marco, aúngoteando, con el cabello oscuro pegado a la frente y el torso brillante por lasgotas de agua que resbalaban por su piel. La toalla, blanca y esponjosa, era elúnico obstáculo entre él y la desnudez total, ceñida con precariedad en suscaderas. Sin decir una palabra, cerró la puerta a sus espaldas con un clicsordo. El ambiente se cargó de inmediato. Con un movimiento deliberado, dejócaer la toalla al suelo.
Alicia contuvo el aliento. Sumirada, imantada, se desplazó de inmediato hacia su entrepierna, hacia esaparte de él que ya conocía, pero que esta vez parecía diferente. Más tensa, másurgente. La verga de Jimmy, palpitante y dura, se erguía con una fiereza que norecordaba. En la punta, hinchada y rojiza, una gota espesa de líquidopreseminal se formaba, un destello translúcido que le hizo tragar saliva.
—Alicia… —la llamó él con una vozronca, cargada de una urgencia que no podía contener.
—¿Sí? —contestó ella, sin poderdespegar los ojos de aquel espectáculo. Su atención estaba completamente fijaen el miembro de su hermano, que parecía haber crecido, volverse más grueso yamenazante.
—Sabes que te quiero mucho,¿verdad? —murmuró Jimmy, sus palabras temblorosas.
—Claro que lo sé, tonto. Me lohas dicho un millón de veces… —susurró Alicia, hipnotizada por el lentodescenso de otra gota por el largo y tenso vértice.
—Es que… no sé cómo explicarlo.Me estaba bañando… intenté con agua fría para que se me bajara esto, pero nocedía. Luego probé con agua caliente y fue peor… —confesó, y un estremecimientorecorrió su cuerpo desnudo— Entonces cerré los ojos y te recordé. Eres…demasiado hermosa, Ali. Recordé tu cara, tus ojos, tus labios… y ahí fuecuando… cuando me entró un deseo tan fuerte de… de besarte.
La última palabra cayó en lahabitación como una bomba. Jimmy temblaba, consciente de que había nombrado elacto prohibido, la línea que su hermana había trazado como el verdadero abismo.
Alicia, lentamente, apagó elzumbido de la secadora. El silencio fue instantáneo, roto solo por los latidosde sus corazones. Con movimientos deliberados, bajó el volumen de Taylor Swifthasta convertirla en un eco lejano. Se puso de pie, su propia figura esbelta ypálida reflejada en el espejo, y lo miró pensativa. Sus ojos ya no solomostraban curiosidad, sino un morbo oscuro y una perversión que ambos habíanestado cultivando en secreto. El juego había cambiado.
Jimmy aún chorreaba agua, pues nose había secado del todo con la toalla. Las gotas resbalaban por su torso,siguiendo el camino de sus músculos adolescentes.
En la mente de Alicia, untorbellino. Es mi hermano. Esto está mal, muy mal. Pero sus labios...Dios, he fantaseado con esto. Ese temor en sus ojos... ¿Y si solo es un beso?Un solo beso no cambia nada. Podemos parar ahí. Siempre podremos parar...
—Está bien —dijo, rompiendo elsilencio cargado de tensión.
Jimmy creyó no haber escuchadobien.
—¿Cómo?
—Te dije que está bien. Puedesbesarme —repitió Alicia, y en un acto de audacia que le aceleró el corazón,dejó que su bata de dormir se deslizara de sus hombros y cayera al suelo,exponiendo por completo su desnudez frente a él.
—Pero... ¿no sería eso incesto?—preguntó Jimmy, casi jadeando, su mirada devorando el cuerpo ahora visible desu hermana. Sus ojos se clavaron en aquel par de tetas juveniles, firmes yperfectas, que tanto le obsesionaban. Eran redondas, de una palidez aterciopelada,coronadas por unos pezones rosados y grandes, erectos y palpables, que levolvían loco. Su figura era un reloj de arena definido, con una cinturaestrecha que se abría a unas caderas generosas y a unas nalgas con forma dedurazno maduro, suculentas y firmes, que prometían un tacto celestial.
—No… bueno, lo es solo si metesla lengua en mi boca —contestó Alicia, tratando de justificar lo que estaba apunto de suceder con una lógica retorcida y deliberadamente vaga.
Pero él no lo tomó a modo debroma. Aún así, conteniendo la respiración, dio un paso hacia ella. Luego otro.El espacio entre ellos se evaporó. Con un valor que le brotó de las entrañas,Jimmy rodeó la cintura de Alicia con sus brazos, sintiendo la piel suave yfresca bajo sus palmas húmedas, y la atrajo hacia sí con firmeza, sellando sudestino con un beso.
Sus labios se juntaronhambrientos de placer. Para Jimmy, era su primer beso verdadero, y se notaba ensu torpeza inicial, en la manera insegura en que sus labios presionaban los deella. Pero lo que le faltaba en técnica lo sobraba en deseo puro y voraz. Urgíapor probar el sabor de los labios de su hermana, y los besaba con una pasióntan asombrosa que era casi violenta en su intensidad.
A Alicia la tomó por sorpresa elímpetu salvaje con que su hermano la besaba. Pero tantas veces la habían besadoasí sus novios, que la respuesta fue automática, muscular. En segundos, fueella quien, con una pericia que a Jimmy le resultó abrumadora, deslizó sulengua dentro de su boca, enseñándole un nuevo nivel de intimidad.
Para Jimmy, era como si cadanervio de su cuerpo estuviera atado a ese beso. La sensación de su lenguaentrelazándose con la de ella, el sabor, el calor, le robaron la energíaentera. La fricción de su piel desnuda contra la de Alicia, el roce de sus pechoscontra su torso, fue demasiado. Con un gemido ahogado, la explosión fueinevitable. Sintió cómo el éxtasis lo recorría en una descarga eléctrica y, conlos ojos cerrados y el cuerpo rígido, comenzó a eyacular.
Alicia se sorprendió al sentircómo su abdomen y parte de su vello púbico eran inundados por el espeso y tibiosemen de su hermano. Chorros y chorros salían de su miembro aún palpitante,manchándola. Paralizada, se separó de él y miró hacia abajo. Vio cómo unagruesa gota blanca escurría por la curva de su vientre, trazando un caminolento y obsceno hasta perderse en sus labios vaginales. Hasta ese día, ningúnpene había estado tan cerca de su vagina, y mucho menos su semen.
Ver aquello resbalar por su piel,sabiendo lo que era, sabiendo el poder de aquel líquido viscoso si entraba ensu matriz, hizo que su cabeza diera mil vueltas. Una mezcla de repulsión yexcitación punzante la recorrió. Llevó una mano temblorosa al reguero viscoso,impidiendo que siguiera su camino hacia su rajita ya sensible. Sintió lasrodillas tan débiles que tuvo que sentarse en el borde de la cama para nocolapsar.
En ese preciso instante, alzó lavista. Allí estaba, el pene de su hermano, ya semierecto, que aún dejaba gotearde su cabeza enrojecida una última y espesa gota de semen. Luego miró el rostrode Jimmy. Parecía estar en otro planeta. Su tez estaba pálida y sus ojos,desorbitados, reflejaban puro pánico.
—Oh, demonios… —musitó Jimmy—. Noquise hacerlo… Lo siento mucho… —seguía balbuceando mientras sus manos hacíanademanes nerviosos y extraños en el aire.
Cuando Alicia sintió que lafuerza volvía a sus piernas, se puso de pie y se acercó de nuevo a él.Suavemente, tomó su rostro entre sus manos y besó sus labios con una ternuraque contrastaba con la crudeza del momento.
—No hay nada que temer… Nocausaste ningún daño —le susurró al terminar el beso.
—¿Que no causé ningún daño?—preguntó Jimmy, su voz quebrada—. ¿Acaso no… acabamos de cometer incesto?
—No… no lo hicimos —contestóAlicia con una firmeza que no admitía réplica.
—Pero tú dijiste que…
—Yo sé lo que dije, pero esto noes incesto. Solo es incesto si nos besamos “Y” tenemos relacionessexuales al mismo tiempo, Jimmy. Y aún así, aún cuando lo hiciéramos, tendríaque ser a propósito. Por ejemplo, hubiera sido incesto si yo te hubieraagarrado la verga mientras nos besábamos… a propósito… hasta hacerte eyacular.
Jimmy no era estúpido, pero yaconocen el viejo dicho: "El que no oye consejo, no llega a viejo,pero el que se hace el sordo, consigue el tesoro." Que, traducidoal momento, significaba que, a pesar de saber que la lógica de su hermana eraun castillo de naipes, prefirió hacerse el "estúpido" y aceptar suretorcida definición. La recompensa—seguir besándola, tocándola—valía cualquierjustificación absurda.
—¿Así que podemos seguirlohaciendo sin que sea incesto? —preguntó, un atisbo de esperanza en la voz—.¿Puedo seguir besándote cuantas veces quiera?
Alicia cerró los ojos, como siluchara contra su propia conciencia, y luego susurró:
—Sí, Jimmy. Cuantas veces quieras.
Dos noches después. Suspadres trabajarían hasta tarde.
Alicia se detuvo a la entrada dela habitación de su hermano y, con una voz cargada de intención, le dijo:
—Iré a tomar una ducha, Jimmy…
Sin una palabra más, Jimmy supoperfectamente lo que eso significaba. Dejando a un lado su libro, se puso depie y la siguió con el corazón acelerado.
Dentro del baño, se sentó en elborde del inodoro mientras ella se desvestía con movimientos deliberadamentelentos. Alicia se metió a la ducha y no se demoró casi nada. Cuando salió,envuelta en vapor y con la piel enrojecida, su hermano ya estaba desnudo yesperándola, listo para ducharse también.
Jimmy tampoco demoró mucho bajoel agua. Cuando salió, se plantó frente a su hermana, cara a cara, gotas deagua atrapadas en sus pestañas. Ella, conteniendo la respiración, le dijo:
—Si gustas… puedes acariciarme.Pero solo hazlo en mi espalda o mis hombros…
Jimmy asintió, y de inmediato losdos se abrazaron, sus cuerpos desnudos y húmedos encontrándose en un contactoelectrizante. Los brazos de Jimmy eran fuertes y la apretaban con un desenfrenoadolescente contra su cuerpo. Él, ya era más alto, y su figura empezaba aeclipsar la de ella.
Sus rostros quedaron acentímetros de distancia y, sin poder resistir, se besaron. En ese momento, laverga dura de Jimmy se colocó instintivamente entre las piernas de Alicia, quesintió la presión firme y palpitante contra su pubis. La tentación de sentarsesobre ella, de dejar que la penetrara, fue tan intensa que, por instinto, cerrósus muslos, atrapando el miembro de su hermano en un estrecho y calienteespacio entre sus piernas.
El beso continuó, cada vez másprofundo, más húmedo, mientras sus manos recorrían y acariciaban espaldas yhombros. Pero Jimmy no pudo contenerse. Sus manos descendieron, desobedeciendola regla. ¡Qué suave, tierno y a la vez firme era el culo de su hermana Alicia!En un inicio, un destello de culpa lo recorrió, pero pronto se encontró con queera incapaz de separar sus palmas de aquel maravilloso par de nalgas con formade durazno. Siguió amasándolas, apretándolas con un fervor creciente.
Alicia sintió cómo su hermano leapretaba las nalgas con fuerza y se maravilló con la sensación, tan íntima yposesiva. Ni siquiera a sus novios les había permitido un contacto tan vulgar ydirecto, pero, se justificó, a sus novios no les tenía la misma confianza ciegaque a su hermanito. ¿O era algo más?
Pronto, Jimmy sintió la familiartensión en sus testículos. Con un gemido ronco, explotó nuevamente, echandochorros y chorros de semen caliente que mancharon las piernas, el abdomen y laentrada misma de la vagina de su hermana.
Alicia, sintiendo aquel líquidotibio esparciéndose sobre su piel mientras las manos de su hermano seguíanaferradas a sus nalgas con fuerza, no pudo evitar que un orgasmo inesperado yviolento la sacudiera.
—Hmmmm… —gimió con fuerza, unsonido gutural y profundo, al sentirse marcada, poseída por tanto semen.
Permanecieron abrazados porvarios segundos más, jadeando, antes de separarse.
—Te acaricié el culo… —dijoJimmy, con un arrepentimiento que sonaba falso—. Ahora sí cometimos incesto…
—No seas tonto, Jimmy —lointerrumpió Alicia, jadeando aún—. Solo es incesto si me tocas la parte deenfrente… El culo no importa. No cuenta.
En ese momento, ambos estaban tanembadurnados de semen y sudor que necesitaban otra ducha inmediatamente. Y estavez, no se metieron uno por uno, sino que lo hicieron los dos al mismo tiempo.
Bajo el chorro de agua caliente,no paraban de besarse. Se besaban con una pasión devoradora, olvidados delmundo, de los parentescos, de las consecuencias. Sus manos recorrían cadacentímetro del cuerpo del otro con una urgencia loca; él volvía a acariciar yapretar esas nalgas que ya consideraba suyas, ella exploraba la espalda y loshombros de Jimmy, bajando hasta la firme curva de sus glúteos. El vaporenvolvía sus cuerpos entrelazados, el agua corría por sus pieles mientras suslenguas libraban una batalla húmeda y sin tregua. Ya no eran hermano y hermanajugando a un juego prohibido. En la intimidad anónima de esa ducha, con lossentidos nublados por el deseo y la complicidad, bien parecían dos amantes enla fase más ardiente de su pasión. ¿Acaso hermano y hermana podían ser amantes?En ese momento, bajo el agua caliente y el peso de sus bocas unidas, lapregunta parecía no tener importancia. Solo existía la piel, el calor, el sabordel otro y la promesa tácita de que esto era solo el comienzo.
Bajo el vapor de la ducha, con elagua resbalando por sus cuerpos entrelazados, Alicia tomó la pastilla de jabón.Sus manos, ágiles y curiosas, comenzaron a deslizarse por el torso de Jimmy,creando una espuma blanca que contrastaba con su piel sonrosada. Pero no era supropio cuerpo lo que le interesaba limpiar. Su atención, y sus dedos,descendieron con deliberada lentitud, pasando por su abdomen, hasta llegar alvello púbico y más allá. Allí, el pene de Jimmy, que apenas unos minutos anteshabía derramado su semilla, se erguía de nuevo, increíblemente duro ypalpitante, como si el simple hecho de estar cerca de ella lo reanimara porcompleto.
Alicia enjabonó la vara condedicación obscena. Con una mano, acarició y amasó con suavidad los testículos,sintiendo su peso y textura bajo la espuma. Luego, su puño se cerró alrededordel tronco, deslizándose de la base a la punta con un movimiento lento y rítmico,limpiando cada centímetro de la piel sensible. El pene de Jimmy parecía brillarbajo la luz del baño, no solo por el agua, sino por la forma en que ella lofrotaba, como si estuviera sacándole brillo a un trofeo preciado. Ella misma sepercató de la imagen y se mordió el labio inferior, una punzada de excitaciónrecorriéndole el vientre.
En ese momento, un pensamientovisceral y sucio cruzó por su mente: ¿A qué sabrá? Aunque eravirgen, no era ingenua. Había visto videos, sabía lo que algunas chicas hacían.La imagen de arrodillarse y tragarse esa parte de su hermano la estremeció depuro morbo.
«Es tu hermano», leadvirtió una vocecita en su conciencia, cargada de culpa. «Esto ya haido demasiado lejos. Es asqueroso».
Pero otra voz, más fuerte, máspersuasiva y perversa, se impuso. «Nadie tiene por qué saberlo… Nadie.Y se ve tan… delicioso. Quiero saber cómo se siente en mi boca. Quiero oírlogemir por mí». El deseo, acrecentado por el tacto de la piel calientey húmeda bajo sus manos, ganó la batalla.
Sin mediar palabra, con unadeterminación que le nació de las entrañas, Alicia se agachó frente a él. Miróhacia arriba, encontrándose con sus ojos llenos de sorpresa y anticipación, yluego, abriendo la boca lo más que pudo, se llevó el glande hinchado y rojizo alos labios, tragándoselo.
La sensación fue abrumadora. Suboca se llenó de una textura firme pero aterciopelada, de un sabor salado yúnico que solo podía ser él. La piel estaba tan tensa que podía sentir cadalatido contra su lengua.
—¡Alicia! —casi gritó Jimmy, suvoz un quejido ahogado al sentir el calor húmedo y envolvente de la boca de suhermana. Era una sensación completamente nueva, mil veces más intensa quecualquier roce de manos, una humedad viva que lo succionaba hacia un abismo deplacer.
Ella, aunque torpe en suinexperiencia, comenzó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás,chupándolo con la avidez de quien descubre un manjar prohibido. No sabía muybien qué hacer con su lengua, pero hacía su mejor esfuerzo, lamiendo la parteinferior del glande y explorando el pequeño orificio de la punta.
Se despegó de su pene con unsonoro pop y lo miró a los ojos, su propio rostro enrojecido ysus labios brillantes de saliva.
—Te diré la verdad, Jimmy…—susurró, jadeando levemente— solo es incesto si te vienes dentro de mi vagina.
Antes de que él pudieraresponder, su boca volvió a engullir la verga, más decidida esta vez, ansiosapor sentir de nuevo esa poderosa masculinidad entre sus labios.
—¡Aaahhhh hmmmmm! —bufó Jimmy, yesta vez no pudo contenerse. El éxtasis lo recorrió como una descarga eléctricay, con las manos aferradas al cabello húmedo de su hermana, soltó un torrenteespeso y caliente directamente en su garganta.
Al salir del baño, se abrazaron ybesaron con una ternura que contrastaba con la crudeza de lo sucedido.Caminaron hasta la habitación de ella y, tras una corta despedida y un besitode buenas noches, Alicia, con una sonrisa pícara, le confesó:
—Me gusta el sabor de tu pene, Jimmy…
—Debemos tener cuidado… —contestóél, con un atisbo de cordura que le recordaba la gravedad de sus actos. Jugabancon fuego y lo sabían.
—Lo sé —murmuró ella, acercándosepara besarlo de nuevo— Lo tendremos mi amor… —este mi amor le sorprendió pero leencantó a Jimmy, Alicia lo volvió a besar, más profundamente— Solo tenemos quetener cuidado de que nunca entre el semen en mi vagina… solo es incesto sientra… recuérdalo muy bien.
—Está bien, Alicia… como túdigas…
Él estaba a punto de retirarse asu habitación cuando ella le sostuvo del brazo.
—Espera… —dijo, con una chispajuguetona en la mirada—. Aún no me has probado tú a mí…
Los ojos de Jimmy se abrieroncomo platos. Entraron de nuevo en la habitación y Alicia, con un movimiento queera a la vez gracioso y terriblemente sensual, se tumbó boca arriba sobre lacama y separó sus piernas, exponiéndose completamente ante él.
Jimmy, al principio, solo lamiró, embelesado por la belleza y el erotismo del momento. Luego, impulsado porun instinto primal, se acercó y enterró su rostro entre sus muslos. El restofue historia. Lamió y bebió los mares de jugos que emanaban de su hermana,mientras ella se retorcía en la cama, perdida en un mar de sensaciones.
—¡Ohhhh, Jimmyrr! ¡Hmmmmm, asísí, hmmm!
Finalmente, Alicia sintió que unorgasmo la embargaba, pero Jimmy no paraba. Su lengua incansable encontró unritmo que pronto le provocó un segundo, y luego un tercer espasmo de placer.
—¡Aaahhhhhhhhhh! ¡Hmmmmmm!
Su hermana era capaz de tenermultiorgasmos, y Jimmy acababa de hacer ese descubrimiento maravilloso.Finalmente, fue ella quien, exhausta y sobre estimulada, tuvo que empujarlosuavemente para que se detuviera.
Para entonces, Jimmy ya tenía laverga de nuevo dura como una roca, y la necesidad de que su hermana se lavolviera a chupar era mutua y urgente.
Apenas terminaron, oyeron elcoche de sus padres llegar. Jimmy corrió a su habitación y esa noche, por los pronto,no hubo ningún problema.
Los días siguientes se bañaronjuntos repetidamente, y Alicia se hincaba ante él para mamársela con unadevoción creciente. Estaba encantada con el sexo oral, con la sensación depoder y sumisión que le daba tener la verga de su hermano en la boca, y con eléxtasis que le producía la lengua de él en su sexo.
Varios días después, mientrasJimmy lamía con gusto su vagina, se le ocurrió una idea atrevida. Comenzó adeslizar un dedo hacia la entrada, introduciéndolo apenas un centímetro.Alicia, al sentirlo, hizo una mueca de dolor y se encogió.
—¿Qué sucede? —preguntó Jimmy,asustado.
—No es nada… —dijo ella, alejandosu sexo de su mano—. Creo que tu dedo entró un poco más de lo necesario… estodo. Mi himen está al fondo… si lo metes mucho puede que me lo rompas.Necesitas tener cuidado, Jimmy.
—¿Si meto tan solo un poco midedo no pasa nada? —preguntó Jimmy, y su mente inmediatamente voló más lejos—.¿Qué hay de mi pene? ¿Podría meterlo aunque sea un poquito? Prometo nochorrearme dentro…
—No lo creo, Jimmy… —contestóAlicia, respirando agitada con solo pensar en la idea— Estoy segura de que medesvirgarías…
—Oh… —contestó él, con visibledecepción.
Pero en los días siguientes,Alicia no pudo dejar de darle vueltas al asunto. La curiosidad y el deseo seapoderaron de ella hasta llegar a una conclusión peligrosa: tal vez, si eraextremadamente cuidadoso, él podría meterla solo un poquito…
El viernes por la noche, con suspadres fuera en una fiesta, Alicia fue a la habitación de su hermano.
—¿Te vas a bañar? —preguntó él,ilusionado.
—No —respondió ella, entrando ycerrando la puerta a sus espaldas.
Luego, con movimientosdeliberados, se quitó la blusa, quedándose en brassier, y dijo:
—He estado practicando… —seinclinó para quitarse los pantalones—. Creo que… tal vez… si lo haces concuidado… me lo puedes meter aunque sea un poquito.
Jimmy supo de inmediato a lo quese refería. ¿Cómo no iba a saberlo, si había estado fantaseando con eso cadanoche?
—Solo un poquito… —repitió, yluego, buscando desesperadamente su aprobación moral, preguntó—: ¿Nocometeremos incesto, cierto?
—Bueno… —su hermana se quedópensativa un momento, tejiendo otra mentira conveniente— No, si solo me metesla puntita… y, claro, debes sacarlo antes de chorrearte. De esa manera no habrápeligro y no cometeremos incesto.
Pronto, Jimmy estaba encima deella, a punto de vivir su primera vez. Ya había lamido su vagina hasta dejarlaempapada, y ella había lubricado su pene con la boca. Todo estaba listo.
—Espera… —le dijo Alicia, justocuando él alineaba su glande con su entrada. Bajó su mano y agarró firmementela base de su pene—. Lo sostendré… así puedes empujar solo la cabeza y yo tedetendré si te pasas.
Jimmy miró su rostro: nervioso,asustado, pero también lleno de anhelo. La besó en los labios.
—¿Estás lista?
—Sí, pero hazlo despacio, porfavor…
La cabeza de su verga se deslizócon una facilidad aterradora, encontrando un camino más húmedo y cálido de loque jamás había imaginado.
—Se siente muy tibio… —jadeóJimmy, al sentir cómo la punta era engullida por aquella estrechez virginal.
Alicia contuvo el aliento. Nosabía qué sentir. Miró hacia abajo: no había sangre.
—Métela un poco más, Jimmy…
Jimmy empujó suavemente, y depronto un gemido gutural escapó de su garganta. Alicia supo que estaba alborde.
—¡Sácala, Jimmy! ¡Sácala! —gritó.
Él obedeció de inmediato, y trasunos segundos de tensión, al ver que había logrado contener su eyaculación,ella susurró:
—¿Listo? Métela de nuevo…
—¡Aaahhhh! —gimió Jimmy confuerza al sentir cómo su glande volvía a ser recibido por aquel paraíso delcual no quería salir jamás. Y Alicia supo, por la profundidad de la sensación,que esta vez la había metido demasiado rápido.
—¡ALICIA, TE JURO QUE ME QUIEROMORIR CON MI VERGA AQUÍ ADENTRO! ¡ESTÁS RIQUÍSIMA! ¡NADIE ME HABÍA HECHO SENTIRASÍ DE BIEN! ¡AAHHH!
—¡SÁCALA, JIMMY, SÁCALA! —legritó ella, al sentir cómo su pene se engrosaba y palpitaba con violencia.Jimmy la extrajo justo a tiempo para comenzar a soltar chorros y chorros desemen sobre los labios vaginales de su hermana.
Alicia miró hacia abajo otra vez.No había rastro de sangre. Se palpó suavemente con los dedos, cerciorándosementalmente de que la delgada membrana, aunque tal vez estirada, seguíaintacta. Solo había semen esparcido. Seguía siendo virgen… técnicamente.
Después de eso, se bañaron juntosen medio de caricias y besos, cenaron en una velada que simulaba ser romántica,declarándose un amor que sabían prohibido. Sus padres llegaron cuando ellos yafingían dormir, cada uno en su alcoba. Pero Alicia no pudo conciliar el sueño;la sensación fantasma de la punta de su hermano dentro de ella era un ecopersistente y excitante que le recorría el cuerpo.
A la mañana siguiente, sábado,después del desayuno familiar, aprovechando que su padre se encerró a leer elperiódico y su madre estaba en la cocina, Alicia se acercó a Jimmy.
—Vamos a tu habitación, Jimmy…—le dijo, tomándolo de la mano y llevándoselo a escondidas.
—¿Lo repetiremos de nuevo? ¿Esque acaso no estuve a punto de…?
—Yo lo sé, Jimmy, pero cuanto máslo practiquemos, mejor podremos controlarlo —argumentó ella, desvistiéndosefrente a él con una urgencia nueva— Aún soy virgen. Además, alcanzaste asalirte con mucho éxito anoche… creo que lo seguirás logrando y con prácticasaldrá cada vez mejor.
Se besaron con una prisa febril,desnudándose a toda velocidad. Jimmy se posó entre sus piernas y comenzó apresionar la punta de su verga, ya dura y amenazante, contra la entradavirginal de su hermana.
Esta vez, Jimmy no estabapreocupado. Ya lo habían hecho y todo había salido bien. ¿Qué podía salir mal?
Escuchó a su hermana jadear:“Empújala…” y, obedeciendo, comenzó a penetrarla con su glande. La sensaciónera tan deliciosa, tan envolvente y cálida, que creyó haber llegado al cielo.
El problema fue que, en esepreciso instante, él tenía uno de sus pezones en la boca, chupándolo conavidez. El placer dual fue demasiado intenso. Al oír la orden, y llevado por unimpulso animal, lanzó sus caderas hacia delante con una fuerza involuntaria. Encuestión de milésimas de segundo, no solo la cabeza, sino fácilmente la mitadde su largo y grueso pene, se deslizó hasta el fondo de la vagina de Alicia. Nohubo resistencia significativa; fue como si una espada afilada cortara una finaseda. Un desgarro sordo, interno y definitivo, rompió el himen con unafacilidad aterradora.
—¡AAAAAHHHHHHHHHHH…!¡AAUUGGGGHHHH! —El grito de Alicia fue un sonido agudo, cargado de una mezclade dolor, sorpresa y una punzada de placer prohibido. Fue tan desgarrador quesu padre, en la sala, bajó el periódico y frunció el ceño, concentrándose en eleco de aquel quejido que parecía venir del pasillo.
Alicia miró el rostro de Jimmy,lleno de un amor posesivo pero también de un pánico absoluto. Jugamoscon fuego y me acabo de quemar, pensó, con una lucidez fugaz. Pero no habíamarcha atrás. La sangre que empezaba a manar era el testigo mudo. Y, en elfondo de su confusión, un pensamiento emergió: ¿Y quién mejor que mihermano para ser mi primero?
—Aaahh… Está bien, está bien, Jimmy…no hemos cometido incesto aún… —mintió, mirando hacia abajo y viendo que,efectivamente, aún quedaba parte de su pene fuera, aunque ella ya sabía laverdad. Su virginidad era cosa del pasado.
Jimmy se relajó levemente antesus palabras y, siguiendo sus indicaciones, comenzó a mover las caderas,sacando y metiendo lentamente la mitad del pene que tenía dentro.
Una sensación maravillosa y nuevacomenzó a reemplazar el dolor en Alicia. Se sentía llena, poseída, más mujerque nunca. Ya soy mujer…, pensó, embriagada por la sensación. Soytoda una mujer. No podía creer lo bien que se sentía que su hermano laestuviera follando, aunque solo fuera con la mitad de su miembro.
Jimmy se sentía en el éxtasis. Lasensación era tan abrumadoramente buena que perdió todo el control que lequedaba. Poco a poco, casi sin darse cuenta, comenzó a introducir centímetrotras centímetro, hasta que sintió sus huesos púbicos chocar contra las nalgasde ella. Tenía la verga entera dentro, sus testículos azotando suavemente sutrasero. Aquello lo enloqueció. Comenzó a mover las caderas con un ritmofrenético, taladrando la gruta recién estrenada con una fiereza animal.
—¡AAAAHHHHHHHH! ¡HMMMMMMMMMMMMM!
En tan solo cuatro o cincominutos, su orgasmo fue imparable. Poseído por un instinto primal, clavó supene hasta el fondo y, con un rugido sordo, explotó dentro de ella, vaciando susemen caliente en lo más profundo de su matriz.
—¡Nooooo!!! ¡Jimmy Nooo!!!!—gritó Alicia, agonizando de un placer culposo al sentir cómo la verga de suhermano palpitaba y eyaculaba en su interior. Aunque él, en un último acto deconciencia, se sacó antes de terminar, al menos tres o cuatro chorros potentesya habían llegado a su destino.
Jimmy cayó desplomado sobre ella,cubierto de sudor, sintiéndose profundamente culpable.
Alicia no podía creerlo. Estaballena de su hermano, por dentro y por fuera. Aún así, le habló con suavidad y,cuando él la miró a los ojos, lo besó en los labios.
—No debes preocuparte, Jimmy…
—¡Pero hemos cometido incesto,hermana!
—No, no digas eso —lointerrumpió, tejiendo la mentira final con una sonrisa tranquilizadora—. Aúnno. Solo cometemos incesto si derramabas todo tu semenadentro, y alcanzaste a salirte antes de que eso pasara… Tan solo fue un poco…
—¿Pero y si quedas embarazada?
—No quedaré… —contestó ella, conuna seguridad que no sentía.
—¿Cómo lo sabes?
—Solo lo sé, Jimmy… no tepreocupes —mintió, pensando ya en dónde podría conseguir desesperadamente unapastilla del día después.
Lo besó de nuevo, y pronto, bajoel hechizo de la piel y la complicidad, comenzaron a acariciarse de nuevo.
—Quiero que me la metas de nuevo…—susurró ella, al ver cómo el pene de Jimmy, milagrosamente, comenzaba arecuperar su firmeza.
—¿Estás segura?
—Sí… ya te he dicho que no esincesto a menos que me eches todo tu semen… No dejaremos queeso pase, ¿o sí?
Una vez más, Jimmy la penetró.Esta vez duró más, explorando con mayor confianza el cuerpo que ahora sentíacompletamente suyo. Alicia se sentía completa, feliz y profundamente enamoradade su hermano y del placer prohibido que solo él podía darle.
Cuando Jimmy sintió que laeyaculación era inminente, intentó ser considerado y trató de salirse. PeroAlicia, que percibió la inminente descarga, lo rodeó con sus piernas por laespalda, apresándolo contra ella con una fuerza sorprendente, imposibilitándolela retirada. Y una vez más, él, vencido por el placer, la llenó por completo,hasta la última gota.
—¡Aaahhhhhhhhhh!
Cuando el último espasmo cesó,ella liberó sus piernas.
—¿Qué has hecho? —preguntó él,con voz entrecortada por el placer y la culpa.
—Nada…
—¡Pero si has dicho que solo asísería incesto!
—No te preocupes, Jimmy —susurróella, acariciando su rostro—. Solo es incesto si nuestros padres o alguien sellega a enterar… Ahora ven y hazme el amor una vez más antes de que dejen deandar ocupados.
Pero lo que ambos ignoraban,ensimismados en su mundo de mentiras y lujuria, era que el Doctor Manríquez, supadre, tenía la oreja pegada a la puerta, escuchando cada palabra, cada gemido,cada jadeo con una atención enfermiza.
Al principio, la ira lo cegó.Pensó en derribar la puerta, agarrarlos a golpes y echarlos de la casa. Peroentonces, como un relámpago en su mente, surgió la imagen de Alicia en la playadel verano pasado, con aquel bikini minúsculo que tanto le había costadoignorar. Se había reprochado a sí mismo esos pensamientos, los había enterradocon fuerza. Pero ahora, al escuchar cómo su hija, su princesa,se entregaba con tanta pasión a su hermano, un sentimiento mucho más oscuro yposesivo nació en su pecho.
¿Por qué él sí… y yo no?
(¿Continuará?)
3 comentarios - Querida hermana, que es el incesto?