
Martín tenía 24 años, y aunque jamás lo admitiría en voz alta, desde hacía tiempo arrastraba una obsesión secreta: la esposa de su tío, Claudia. Una mujer madura, curvilínea, con una sensualidad que parecía escaparle hasta en los gestos más simples. Cada vez que ella lo abrazaba, él se perdía en su perfume; cada vez que la veía caminar con aquellos vestidos ajustados, sentía un deseo que lo consumía en silencio.
Una noche, después de cenar con toda la familia, Martín se fue a dormir con la mente embriagada por la imagen de Claudia riendo en la mesa. El cansancio lo venció rápido, pero su inconsciente no lo dejó escapar.
En el sueño, Claudia lo tomaba de la mano con una sonrisa pícara y lo llevaba hasta un cuarto oculto en la vieja casa de campo. Era un lugar extraño: iluminado por velas, con una silla en el centro y cortinas pesadas cerrando todo.
—Si supieras las veces que me has mirado con esos ojos… —susurró ella, con una voz grave y erótica—. Hoy serás mío.
Martín apenas pudo reaccionar. Ella lo empujó suavemente hasta la silla y, sin darle tiempo a nada, comenzó a desvestirlo. Su camisa cayó al suelo, sus pantalones fueron arrancados, y pronto quedó completamente desnudo, con la erección tensa y palpitante frente a ella.
Claudia sonrió con malicia, sacando unas cintas de seda que aparecieron de la nada.
—Para que no te escapes de mí, cariño… —dijo, atándole las muñecas al respaldo de la silla.
Martín respiraba agitado, el corazón golpeándole en el pecho. Estaba preso, desnudo, con la mujer de sus fantasías frente a él. Y ella sabía exactamente lo que hacía.
Claudia comenzó a moverse lentamente, encendiendo un cigarrillo y dejando que el humo se mezclara con la penumbra. Puso música suave en un viejo tocadiscos y, de pronto, se despojó de su vestido. Llevaba un conjunto de lencería negra, encaje que resaltaba sus pechos generosos y su trasero redondo.
Se acercó, deslizando las manos por sus muslos, y luego se apartó, comenzando un baile sensual frente a él. Movía las caderas en círculos lentos, bajaba y subía, abriéndose de piernas para mostrarle el encaje mojado de su tanga. Martín se retorcía en la silla, jadeando, incapaz de tocarla.
—Mírame bien… —murmuró ella, bajándose lentamente el sostén y dejando escapar sus senos firmes—. Esto es lo que siempre quisiste, ¿no?
Martín solo pudo asentir, con la respiración rota.
Claudia se subió sobre él, apoyando su trasero contra su pene duro, frotándose despacio mientras lo besaba en el cuello.
—Estás a punto de volverte loco —susurró, bajando la tanga y colocándose sobre él.

De un movimiento lento pero firme, se dejó caer en su erección, enterrándoselo todo en la concha de una sola vez. Martín gritó de placer, los gemidos ahogados mezclándose con los de ella mientras cabalgaba fuerte, sosteniéndose de su pecho.
Cada embestida la hacía gemir más alto, sus tetas rebotaban frente a su cara, y él no podía hacer otra cosa que mirarla, rendido, atado y devorado por aquella fantasía. Claudia se movía como una diosa, húmeda y caliente, cabalgándolo con fuerza hasta que ambos explotaron en un orgasmo intenso, ella derramándose sobre su pija y él corriéndose dentro, sintiendo cómo su cuerpo lo atrapaba por completo.
Cuando todo terminó, Claudia lo besó con calma, rozándole los labios y susurrando:
—Despierta, cariño… que esto apenas comienza.
Martín abrió los ojos empapado en sudor y con la sábana pegada a su cuerpo. Había soñado con su fantasía más prohibida, y la erección entre sus piernas le recordó que, aunque solo fuera un sueño, había sentido cada segundo como si fuera real.

El sueño húmedo había dejado a Martín intranquilo. Durante todo el día, no podía quitarse de la cabeza la imagen de Claudia cabalgándolo, con sus pechos rebotando frente a él, con esa mirada de mujer que sabía que tenía el control.
Cada vez que la veía caminar por la casa, con ese cuerpo de milf exuberante que ni el paso de los años apagaba, la erección lo traicionaba.
Decidió que no podía seguir reprimiendo esa obsesión. Una tarde, aprovechando que el tío había salido con los niños, encontró a Claudia doblando ropa en el cuarto de huéspedes.
Se acercó despacio.
—Tía… —empezó, con voz temblorosa— hay algo que necesito decirte.
Claudia levantó la vista, extrañada.
—¿Qué ocurre, Martín?
Él respiró hondo.
—No puedo seguir callándome. Me vuelves loco… desde siempre. No dejo de pensar en ti.
Ella abrió los ojos, sorprendida, casi dejando caer la ropa que tenía en las manos.
—Martín… no digas tonterías. Soy la esposa de tu tío.
Él dio un paso más, decidido.
—No son tonterías. Soñé contigo… me atabas, me bailabas, me hacías tuyo. Me desperté empapado, con tu nombre en los labios.
Claudia lo miró boquiabierta, sin palabras.
—Eso está mal —susurró, intentando convencerse—. No deberías pensar esas cosas.
Martín la acorraló suavemente contra la pared, sin tocarla aún, dejando apenas unos centímetros entre ambos.
—Entonces mírame a los ojos y dime que nunca pensaste en mí… que nunca notaste cómo te deseo.
El silencio fue la respuesta. Claudia tragó saliva, nerviosa, sus pechos subiendo y bajando con fuerza.
—Eres un atrevido… —murmuró, sin apartar la mirada.
Martín levantó una mano y acarició su mejilla, luego bajó hasta rozar su cuello.
—No soy atrevido, tía… solo soy un hombre que sabe lo que quiere. Y lo que quiero eres tú.
Ella cerró los ojos, temblando. Durante un segundo pareció resistirse, pero cuando los abrió, su expresión había cambiado: no era rechazo, era fuego contenido.
—Si alguien se entera… —susurró con voz quebrada.
Martín sonrió, inclinándose para rozar sus labios.
—Nadie se va a enterar. Será nuestro secreto. Pero déjame demostrártelo… déjame hacerte sentir lo que mereces.
Claudia, con el corazón desbocado, no pudo resistir más. Lo besó con furia, como si hubiera estado esperando ese momento en silencio. Martín la apretó contra él, sintiendo su cuerpo maduro ardiendo bajo sus manos.
El sueño húmedo empezaba a hacerse realidad.
El beso de Claudia fue como gasolina sobre un incendio. Sus labios maduros, ansiosos, sabían exactamente cómo devorarlo. Martín la sostuvo con fuerza, pegándola contra su cuerpo, y ella gimió cuando sintió la dureza de su erección rozar su vientre.
—Esto está mal… —susurró ella entre jadeos, sin dejar de besarlo.
—Está mal no hacerlo, tía… —respondió él, mordiéndole el labio.
Con un movimiento decidido, Martín la guió hasta la cama de huéspedes. Claudia retrocedía paso a paso, respirando agitada, hasta que él la empujó suavemente y cayó sobre el colchón.
—Dios mío… —dijo ella, cubriéndose la cara con las manos, como si quisiera negarlo.
Martín se arrodilló frente a la cama, tomándole las muñecas y apartándolas de su rostro.
—Mírame. ¿De verdad quieres que pare?
Claudia lo miró, con los ojos brillando de deseo y miedo mezclados. No dijo nada. Esa fue la respuesta.
Él sonrió y comenzó a desabrocharle la blusa, botón por botón, dejando al descubierto el sujetador negro que la apretaba. Sus tetas generosas se desbordaban, y Martín se lanzó a besarlas con hambre, succionando los pezones hasta ponerlos duros.
—Ahh… Martín… —gimió ella, arqueando la espalda.
Con manos temblorosas, Claudia le bajó el pantalón, liberando su pija dura. Lo miró con los labios entreabiertos.
—Es más de lo que imaginaba… —susurró, antes de envolverlo con su boca.
Martín gimió fuerte, sujetándola del cabello mientras ella lo mamaba con experiencia, tragando cada centímetro con gemidos húmedos.
—Eso… así… —jadeaba él—. Siempre soñé con tu boca en mí.
Cuando ya no pudo más, la tumbó de nuevo y le bajó la falda junto con la ropa interior, dejando su concha expuesta y húmeda. Se inclinó para lamerla lentamente, devorándola con la lengua, haciéndola estremecer.
—Dios… hace años que nadie me hace esto… —confesó ella entre gemidos.
Martín se levantó, la tomó de las caderas y, sin más espera, la penetró de un solo empujón. Claudia gritó, ahogando su voz en el colchón, mientras él la llenaba por completo.
—Ahhh… —gimió, sintiéndolo profundo.
La embestía con fuerza, sujetándola de la cintura, mientras los gemidos prohibidos llenaban la habitación. Claudia se entregaba, moviendo sus caderas, chocando contra él con desesperación.
—Más, Martín… no pares… —suplicaba, con la voz rota de placer.
Él la giró, poniéndola a cuatro patas, y la tomó con más fuerza, nalgueándola mientras la penetraba y bombeaba su concha sin piedad. Ella se corrió primero, temblando bajo él, y segundos después, Martín se retiró y descargó todo sobre sus tetas, bañándola con su corrida caliente.
Agitada, Claudia se dejó caer en la cama, cubierta por él. Lo miró con el rostro enrojecido y el cabello despeinado.
—Eres un demonio… —susurró con una sonrisa nerviosa—. Y yo… me dejé tentar.
Martín la besó despacio, con una ternura inesperada.
—No fue tentación, tía. Fue inevitable. Y esto apenas empieza.

El aire en la casa se había vuelto eléctrico desde aquella primera vez. Martín y Claudia no podían dejar de buscarse con miradas, con roces disimulados en la cocina, con sonrisas cómplices que nadie más notaba. El peligro de ser descubiertos solo hacía que la excitación fuera aún mayor.
Una tarde, mientras el tío estaba en la sala viendo televisión, Martín entró sigilosamente en el cuarto de huéspedes donde Claudia doblaba ropa. Apenas cerró la puerta, la sujetó por la cintura y la besó con fuerza, pegándola contra la pared.
—Martín, no… tu tío está aquí —susurró ella, temblando.
—Shhh… —él le mordió el cuello, deslizándole una mano bajo la falda—. No puede escucharnos.
Ella gimió bajito, intentando contenerse, justo cuando la manija de la puerta giró.
—Claudia, ¿estás ahí? —preguntó la voz del tío desde afuera.
Ambos se congelaron. Martín se apartó de golpe, y Claudia se apresuró a acomodarse la ropa, respirando agitada.
—S-sí, amor. Estoy ordenando unas cosas —respondió ella, tratando de sonar natural.
—Bueno, cuando termines ven a la sala —dijo él, y la puerta volvió a cerrarse.
Los dos quedaron en silencio, con el corazón desbocado. Claudia lo miró con los ojos abiertos como platos.
—Estás loco… casi nos descubre.
Martín sonrió, con esa chispa perversa en la mirada.
—Y sin embargo no pudo. Ahora eres toda mía.
La empujó suavemente sobre la cama, levantándole la falda. Claudia trató de resistirse, pero el cuerpo la traicionaba: estaba ardiendo. Martín le bajó la ropa interior y la puso a cuatro patas, besando y mordiendo sus nalgas.
—Esto nadie te lo hace, ¿verdad? —susurró, escupiendo sobre su mano y lubricando la entrada prohibida.
—Martín… no… —gimió ella, pero su voz se quebró de placer cuando sintió la presión.
Él la fue penetrando lentamente por el culo, invadiéndola con firmeza. Claudia arqueó la espalda, con gemidos ahogados y la cara hundida en la almohada.
—Ahhh… Dios… me estás rompiendo…
—No, tía… te estoy haciendo mía de verdad —gruñó él, embistiéndola cada vez más profundo.
El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación, y Claudia se rendía por completo, gimiendo como nunca, presa del placer sucio y prohibido. Martín la sujetaba de la cintura, marcando el ritmo con fuerza, hasta que no pudo más y terminó dentro de ella, descargando todo en lo más hondo de ese lugar prohibido.
Agitada, Claudia cayó sobre la cama, sudorosa, con el cuerpo temblando.
—Estás jugando con fuego, Martín… —susurró, con una sonrisa culpable.
Él la besó en la espalda, aún jadeando.
—Lo sé. Y no pienso apagarlo.

El calor del verano hacía insoportable la tarde, y Martín decidió darse una ducha rápida en el baño del patio. El agua fría le recorría el cuerpo desnudo, relajándolo tras días de tensión con Claudia.
No sospechaba que ella lo observaba desde la cocina, con una sonrisa traviesa. Todavía no había olvidado cómo él la había tomado a la fuerza por su “otro agujerito” sin pedir permiso. El recuerdo le provocaba un cosquilleo entre las piernas, pero también unas ganas intensas de vengarse.
Cuando Martín cerró los ojos disfrutando del agua, Claudia entró de puntillas. Sus movimientos eran ágiles, felinos. Con una risita contenida, agarró la ropa doblada y la toalla que él había dejado sobre una silla.
—¿Tía? —preguntó Martín al escuchar un ruido.
Claudia apareció en la puerta, sosteniendo su ropa en brazos y con una sonrisa pícara.
—¿Me buscabas, Martín?
Él abrió los ojos, sorprendido al verla con toda su ropa en las manos.
—Claudia… dame eso.
Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio.
—No, niño. ¿Sabes qué? Esto es mi pequeño desquite. Por lo que me hiciste el otro día sin avisar… —le guiñó un ojo, acariciando con descaro la prenda interior que llevaba en la mano—. Si me quieres, tendrás que cruzar el patio desnudo.
Martín la miró, incrédulo, mientras ella salía lentamente, contoneando las caderas, riéndose de él como una diosa cruel.
—¡Tía! —susurró, asomándose, empapado, con el agua aún escurriendo por su piel.
Claudia ya estaba lejos, con la ropa bien escondida, disfrutando de imaginarlo obligado a salir al aire libre, desnudo, arriesgándose a que alguien lo descubriera.
Martín resopló, excitado por la humillación.
—Maldita puta… me la vas a pagar —murmuró con una sonrisa, dispuesto a aceptar el reto.
Martín no lo dudó. Salió de la ducha todavía mojado, con la piel erizada y el corazón latiendo fuerte. El sol bañaba el patio, y aunque sabía que cualquiera podía asomarse desde la casa vecina, no le importó.
Claudia lo esperaba a unos metros, con su sonrisa maliciosa, sosteniendo aún la toalla como trofeo.
—Vaya, vaya… el niño atrevido se animó a salir —susurró ella, deleitándose al verlo así, expuesto, desafiante.
Martín se acercó a paso firme, sin apartar la mirada de la suya. Cuando por fin la alcanzó, le arrebató la toalla de las manos y la dejó caer al césped. La sujetó de la cintura con brusquedad y la empujó suavemente hacia abajo, hasta hacerla caer sobre la hierba fresca.
—¿Creías que ibas a reírte de mí y salir ilesa? —murmuró contra su oído, mientras sus labios recorrían su cuello.
Claudia contuvo un gemido, pero no apartó sus manos que ya buscaban su espalda.
—Tal vez lo merecías… —susurró, con una risa entrecortada—. Pero me gusta cuando te enfadas.
Él la miró, con esa mezcla de furia y deseo que la volvía loca. El silencio del patio los envolvía; no había nadie cerca, y sin embargo la posibilidad de ser descubiertos hacía que cada roce, cada beso, fuera aún más intenso.
Martín se inclinó sobre ella, presionando su cuerpo contra el suyo, y la besó con hambre. El césped rozaba la piel húmeda de su espalda, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de él, rindiéndose otra vez a lo prohibido.
El juego había cambiado de manos: ya no era ella burlándose, era él reclamando lo que consideraba suyo.
Y ahí, bajo el sol y el riesgo de ser vistos, Claudia se dio cuenta de que aquella aventura ya no era solo lujuria: se estaba entregando de lleno a su sobrino.
El sol pegaba fuerte sobre el patio, pero ellos apenas lo sentían. El cuerpo de Martín estaba encima del de Claudia, cogiendola, la hierba húmeda pegándose a su piel aún mojada. Sus bocas se devoraban, sus manos no se detenían, y cada beso era un reto a las reglas que estaban rompiendo.
Claudia se mordía los labios, sintiendo la presión de su cuerpo sobre el suyo, temblando entre el deseo y el miedo.
—Martín… aquí afuera… —susurró, aunque en sus ojos brillaba la chispa de la provocación.
—Shhh… —él le acarició el muslo, subiendo lentamente—. Aquí nadie nos ve… y si nos ven, peor para ellos.
Ella soltó una risa nerviosa, justo antes de que un sonido lejano les helara la sangre: el motor de un auto entrando al camino de tierra.
Los dos se quedaron quietos, respirando agitados. El corazón de Claudia golpeaba como un tambor en su pecho.
—¡Dios mío, alguien viene! —dijo, intentando apartarlo.
Martín no respondió con palabras; solo la miró con una sonrisa cómplice, y de pronto se levantó de un salto, tendiéndole la mano. Ella la tomó, aún temblando, y corrieron juntos hacia la casa, desnudos de risas y adrenalina.
Al cruzar la puerta, cerraron tras ellos con un golpe seco. Se miraron, jadeando, y de pronto estallaron en carcajadas. Claudia se cubrió el rostro con las manos, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
—¡Estamos locos, Martín! —dijo entre risas.
Él la abrazó por detrás, susurrándole al oído:
—No, tía… solo somos adictos a este fuego.
Ella giró para besarlo, aún con la respiración acelerada, sabiendo que habían vuelto a escapar por un hilo del peligro… y que esa sensación la estaba volviendo más adicta que nunca.

La casa estaba en silencio. Era medianoche y Martín intentaba dormir, pero la mente no lo dejaba en paz. Cada imagen de Claudia volvía una y otra vez: su risa, su piel, la sensación de peligro constante.
De pronto, la puerta de su cuarto se abrió despacio. Una silueta femenina apareció, iluminada apenas por la luz tenue del pasillo. Era Claudia… vestida con un disfraz de diablita. Unos pequeños cuernos rojos brillaban sobre su cabeza, y un body ajustado delineaba cada curva de su cuerpo.
Martín se incorporó, incrédulo.
—¿Tía…?
Ella no dijo nada, solo se acercó con paso lento y sensual, hasta quedar de pie frente a él. Se inclinó, dejándole ver el escote generoso, y susurró con voz ronca:
—¿Quieres jugar con tu diabla esta noche?
Sin darle tiempo a responder, se arrodilló entre sus piernas y comenzó a besarlo con hambre, bajando hasta su hombría, devorándolo como nunca. Martín gimió, sujetándola del cabello, viendo cómo esa mujer prohibida se transformaba en su fantasía más sucia.
Claudia se subió sobre él, se metía su su pija en la concha, cabalgándolo con fuerza, gimiendo en su oído. Luego, con una sonrisa maliciosa, se giró y se dejó tomar por detrás. Martín, completamente perdido en la locura, la penetró por el culo mientras ella gritaba de placer, clavando las uñas en las sábanas.
—¡Eres mía, tía! —gruñó él, embistiéndola sin control.
Ella rió, jadeante, con los cuernos aún puestos.
—Soy tu diabla, Martín… tuya y de nadie más…
De pronto, una voz golpeó su realidad:
—¡Martín! ¡Despierta ya, que es tarde!
Abrió los ojos sobresaltado. Estaba solo en su cama, empapado en sudor y con el corazón desbocado. Todo había sido un sueño. Un maldito y delicioso sueño.
—Joder… —murmuró, cubriéndose la cara con la almohada.
Al bajar a desayunar, Claudia estaba sirviendo café. Lo miró con esa sonrisa pícara que lo desarmaba.
—Buenos días, Martín. ¿Qué tal dormiste?
Él tragó saliva, resignado, intentando ocultar su agitación.
—Bien… demasiado bien. Hasta soñé bonito.
Claudia lo miró de reojo, con esa chispa peligrosa en sus ojos.
—Ya sabes… a veces los sueños se pueden hacer realidad.
Martín se quedó helado, el café olvidado frente a él, mientras la sonrisa de ella lo dejaba con una sola certeza: el verdadero juego apenas estaba comenzando.

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