Capítulo 1: Bienvenida al Rancho
Me llamo Zoé. A los 23 años, ya había perfeccionado el arte de ser la chica que todos miraban en la universidad. No era por presumir, pero la naturaleza me había bendecido: soy rubia natural, con un cuerpo que siempre llamaba la atención, tetas firmes y lindas que llenaban perfectamente cualquier top, y un culo redondo y prominente que era mi sello personal

. Disfrutaba cada centímetro de mi sexualidad. Era liberal, sin complejos, y las fiestas universitarias eran mi terreno de juego favorito. Ahí, entre música alta y luces, solía encontrar chicos (y a veces chicas) con quienes explorar mi lado más travieso. Me encantaba la emoción de nuevos encuentros sexuales , el anonimato de un rincón oscuro, la sensación de las manos de un extraño en mis curvas. Era mi forma de vivir, y me encantaba.
Mis padres se llamaban Diana y Roberto. Mi mamá, Diana, es una mujer espectacular que parece mi hermana mayor. Conserva una belleza envidiable, con unas curvas que demuestran que los buenos genes son cosa de familia, y un carácter fuerte pero cariñoso. Mi papá, Roberto, es… bueno, normal. Un hombre de unos cincuenta y tantos, con un poco de panza cervecera, calvicie incipiente y un corazón de oro. Es el clásico papá protector y un poco anticuado, que cree que su pequeña niña aún no sabe nada del mundo.
El problema surgió justo cuando mis vacaciones prometían ser legendarias. Mis padres tenían planeado ir a visitar a mi abuela a su pueblo natal, San Lorenzo, por tres semanas. ¡Tres semanas sola en casa! Ya tenía una lista mental de fiestas, conquistas y sexo con chicos diferentes cada día. Pero entonces, una noche después de cenar, mi mamá soltó la bomba.
—Zoé, cariño, tu papá y yo hemos estado pensando —comenzó Mamá, con esa voz dulce que siempre usaba para anunciar cosas que no me gustarían—. Como estarás de vacaciones, sería perfecto que nos acompañaras a San Lorenzo. Hace años que no visitas a los abuelos.
—¿¡A San Lorenzo!? —exclamé, casi atragantándome con el agua que bebía—. ¡Pero, mamá, tengo planes! ¡Y ustedes ya son adultos, no necesitan que los acompañe!
—Precisamente porque eres una adulta también es que deberías pasar más tiempo con la familia —intervino mi papá, Roberto, con su tono práctico e innegociable—. Y no nos gusta la idea de dejarte sola tanto tiempo. Está decidido, Zoé.
—¡No es justo! —protesté, levantando la voz más de lo necesario—. ¡Soy una adulta, puedo quedarme sola! ¡No necesito niñera!
—Zoé, baja la voz —dijo mi mamá con esa calma que me sacaba de quicio.
—Pero mamá, ¡tengo todos mis planes hechos! —insistí, haciendo mi mejor berrinche—. ¡Hay una fiesta en la casa de Marco este viernes, y el sábado iba a ir a la playa con las chicas, y...!
—Ya encontrarás otras fiestas, cariño —interrumpió mi papá, sin levantar la vista del celular.
Me sentí como si me estuvieran quitando todo lo que me importaba. Me crucé de brazos, poniendo mi mejor expresión dramática.
—¿Y si prometo enviarles fotos cada hora? ¿O si dejo abierta la cámara de seguridad para que puedan vigilarme? —intenté negociar, buscando cualquier salida—. ¡Incluso puedo ir a quedarme con la tía Clara!
—Tu tía Clara está de viaje —dijo mamá secamente—. Y no, Zoé. Es una decisión tomada.
Estaba a punto de soltar un grito de frustración cuando, de repente, mi mamá añadió la única cosa que podría haber cambiado mi perspectiva:
—Además, tu primo León sigue viviendo en San Lorenzo con los abuelos. Me dijo tu abuela que está estudiando agronomía en la universidad regional. Seguro se alegrará de verte. Ustedes eran inseparables.
¡León! O más bien, mi Leo, como siempre le decía de cariño. El nombre hizo que mis protestas murieran en mis labios. Mi primo, mi mejor amigo de la infancia. Los recuerdos vinieron como flashbacks, ambos corriendo por los campos, trepando árboles, construyendo fuertes... y sí, nuestro primer "beso" detrás del granero cuando teníamos cinco o seis años, un inocente choque de labios que en ese momento nos hizo reír nerviosamente, y al que seguí llamando "nuestro secreto" años después, aunque para entonces ya era una anécdota graciosa.
Pero ahora... Mi Leo en la universidad. Ya no sería el niño flacucho que recordaba. La idea comenzó a sembrar semillas de posibilidades en mi mente. Quizás San Lorenzo no tendría mis fiestas universitarias, pero tendría a Leo. Y quién sabe, tal vez podríamos... reconectarnos de maneras mucho más interesantes que trepando árboles.
—Bueno... — dije, tratando de sonar lo más resignada posible aunque una sonrisa comenzaba a formarse en mis labios—. Si es para ver a los abuelos... a las tíos y a Leo... está bien. Iré.
Me pasé la noche anterior preparando mi maleta con una nueva perspectiva. En lugar de los outfits de fiesta que había planeado originalmente, me centré en lo práctico para el calor del pueblo, pero sin sacrificar mi estilo. Metí bikinis de todos los colores, faldas cortas y fluidas, tops diminutos, shorts que apenas cubrían lo necesario y, por supuesto, toda mi colección de tangas y ropa interior sexy. Si esto iba a ser una aventura con Leo, quería estar preparada.
Al día siguiente, el viaje en auto fue eterno. Mi papá manejó durante horas a través de paisajes que se volvían cada vez más rurales, mientras yo estaba en el asiento trasero, con mis audífonos puestos, desplazándome sin entusiasmo por mis redes sociales y viendo cómo mis amigas publicaban historias comenzando los planes que yo debería estar disfrutando. El aire acondicionado apenas aliviaba el calor sofocante que aumentaba a medida que nos adentrábamos en el campo.
Llegamos al anochecer. Cuando el auto giró por un camino de tierra flanqueado por altos árboles, contuve la respiración. No era la casa modesta de pueblo que recordaba vagamente de mi infancia. Esto era un rancho, una verdadera hacienda. La propiedad era enorme. Una casa principal grande y blanca, con un amplio porche y techos de teja, se alzaba frente a nosotros. A lo lejos, se podían ver establos, gallineros y campos que se perdían en el horizonte. Varias personas, empleados supuse, se movían entre los edificios, terminando sus labores del día.
—Bienvenidos a casa —dijo mi papá con una sonrisa de satisfacción, estacionando el auto frente a la casa.
Mis abuelos, Agustín y Elena, salieron a recibirnos con los brazos abiertos. Después de los abrazos y los besos de rigor, mi abuela nos guío al interior. La casa era fresca y espaciosa, con muebles de madera pesados y techos altos. Olía a limón recién exprimido y a tierra húmeda.
—Zoé, tu cuarto está listo en la casita de huéspedes —dijo mi abuela Elena señalando un sendero iluminado por faroles que se alejaba de la casa principal—. Es más privado para ti, cariño.
La seguí por el camino de piedras hasta una pequeña cabaña independiente, blanca como la casa principal. Al abrir la puerta, una ola de aire cálido pero agradable me recibió. No era lujosa, pero era acogedora. Tenía una cama amplia de madera, un baño pequeño y un ventanal que daba hacia los campos. Para mi sorpresa, sentí una familiaridad instantánea, una paz que no esperaba. Era como si una parte de mí reconociera ese lugar como un refugio.
—¿Segura que no te molesta estar aquí sola, mija? —preguntó mi mamá con un poco de preocupación.
—Para nada, mamá. Está perfecto —respondí, y era la verdad. La privacidad era un lujo inesperado.
Mis padres y abuelos decidieron quedarse en la casa principal cenando algo ligero antes de dormir. Yo decliné amablemente, argumentando el cansancio del viaje, pero en realidad lo que quería era un momento para mí, para acomodarme...
Una vez sola, desempaqué mi maleta. Colgué las faldas y tops en el armario y dejé los bikinis y la ropa interior en el cajón. El calor, incluso de noche, era húmedo y pesado, como una manta invisible. No había aire acondicionado, solo un ventilador de techo que giraba perezosamente.
Sin pensarlo dos veces, me metí al baño y me di una ducha rápida con agua fresca. El agua se sentía celestial en mi piel cansada del viaje, lavando la suciedad y la frustración del largo viaje. Al salir, me sequé al aire, dejando que la brisa nocturna que entraba por la ventana me secara la piel. El calor era tan intenso que la idea de ponerme siquiera un short o una camiseta me resultaba insoportable.
Miré hacia la cama, luego hacia mi maleta abierta. Una sonrisa pícara se dibujó en mis labios. Revolví el cajón y saqué la tanga negra más fina y diminuta que tenía. Era más una sugerencia que una prenda. Me la puse, sintiendo la seda ajustándose a mis caderas. Eso era todo lo que usaba para dormir. Me deslicé bajo la sábana ligera, sintiendo la tela áspera pero fresca contra mi piel casi desnuda.
Tirada allí, en la penumbra de la cabaña, escuchando los sonidos nocturnos del campo —los grillos, el leve susurro del viento—, me sentí extrañamente excitada. Estaba lejos de mi vida citadina, de las fiestas, pero esta privacidad, este calor, esta... expectación por ver a Leo al día siguiente, creaban una calma cargada de posibilidades. Cerré los ojos, imaginando su reacción al verme después de todos estos años, y supe que estas vacaciones quizás no serían tan aburridas después de todo.
Me desperté con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana de la cabaña y el calor ya empezaba a hacerse sentir. Después de otra ducha rápida, me puse un short verde, bastante corto, que ajustaba perfectamente a mis nalgas y un top a juego que dejaba mi abdomen plano al descubierto. Me sequé el cabello al aire y salí de mi habitación rumbo a la casa principal, con la esperanza de encontrar a alguien y, secretamente, de toparme con Leo.

Al llegar a la cocina, me encontré con un silencio inesperado. El lugar estaba vacío. Con un suspiro, decidí ser útil y preparar el desayuno yo misma. Empecé a abrir alacenas y refrigeradores, buscando huevos, tal vez algo de jamón... estaba tan concentrada en mi búsqueda que no noté que alguien más había entrado.
"Es más fácil si preguntas dónde están las cosas," dijo una voz masculina, grave y con un deje de diversión, detrás de mí. Me di la vuelta de golpe y ahí estaba él.
No era el niño flacucho y desgarbado que recordaba. Este era un hombre. Alto, con los hombros anchos, una estatura imponente que llenaba el marco de la puerta. Llevaba una camisa a cuadros rojos y negros, remangada hasta los codos, que no podía ocultar la definición de sus brazos y su pecho. Unos jeans gastados y botas de trabajo completaban el atuendo. Su rostro era guapo, con una mandíbula fuerte y una sonrisa traviesa que me resultó instantáneamente familiar.
—¿No te acuerdas de tu primo favorito? —dijo, y esa sonrisa se amplió, haciendo que un hoyuelo se marcara en su mejilla.
—¡Leo! —grité, y toda pretensión de compostura se esfumó.
Corrí hacia él y me lancé a sus brazos. Él me atrapó con facilidad, riendo, y su abrazo fue firme y seguro. Olía a heno fresco, sudor limpio y sol. Le di un beso rápido en la mejilla, sintiendo el leve rasguño de su barba incipiente.
—¡Dios, Leo, estás enorme! —exclamé, separándome un poco para mirarlo, sin soltarlo del todo—. ¡Y tan guapo!
—Tú no te quedas atrás, Zoé —respondió él, y sus ojos hicieron un recorrido rápido pero apreciativo por mi cuerpo, desde el top hasta el short, deteniéndose un segundo de más en mis piernas—. La ciudad te sienta bien.
Nuestra alegre reunión fue interrumpida por el ruido de pasos apresurados. Mi mamá y mi tía Silvia, la madre de Leo, irrumpieron en la cocina, alarmadas por mis gritos.
—¡Zoé! ¿Qué pasa, mija? —preguntó mi mamá, con los ojos abiertos por la sorpresa.
—¡Mamá, mira! ¡Es Leo! —dije, señalándolo con entusiasmo, todavía con un brazo alrededor de su cintura. Mi tía Silvia, la mamá de Leo sonrió, aliviada y conmovida.
—Ay, qué lindo que se reconocieron tan rápido —dijo, con los ojos brillantes—. Y mira, Zoé, hasta lo abrazas como si no hubiera pasado el tiempo.
Leo y yo nos miramos, y supe, por la chispa en sus ojos, que él también estaba pensando que las cosas entre nosotros podrían ser muy, muy diferentes ahora. El viaje forzado a San Lorenzo de repente tenía una perspectiva mucho, mucho más interesante.
El desayuno transcurrió entre risas y el reconfortante aroma a café recién hecho y huevos revueltos. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa de madera de la cocina. Mientras ellas preguntaban sobre mi vida en la ciudad, la universidad y mis amistades, yo respondía con la boca llena, pero mi mente estaba en otra parte.
Cada vez que Leo hablaba, mi atención se centraba completamente en él. Observaba cómo sus manos, fuertes y con algunas cicatrices pequeñas, sostenían la taza de café. Escuchaba el sonido de su voz, tan diferente a la de los chicos de la ciudad. Me encontré imaginando cómo se sentiría tener esas manos ásperas por el trabajo sobre mi piel, tener esa voz profunda susurrándome al oído. Cada vez que me miraba y sonreía, sentía un pequeño vuelco en el estómago. Mi plan era simple: pegarme a él como una pulga todo el día, encontrar cualquier excusa para estar a solas. Pero entonces, él dejó su taza vacía en la mesa con un golpe suave.
—Bueno, me temo que tengo que dejarlas —dijo, levantándose—. Hay que revisar el sistema de riego en la parcela del sur y ver cómo va la cosecha de maíz. Papá quiere un reporte antes del mediodía.
Mi corazón se hundió. La decepción debió notarse en mi rostro, porque mi mamá me lanzó una mirada comprensiva.
—No te preocupes, Zoé —intervino mi tía Silvia—. Tu mamá y yo tenemos que organizar unas cosas para la cena de esta noche. ¿Por qué no te encargas de ir al mercado del pueblo a comprar lo que nos falta? Te daré la lista.
La idea de pasearme por un polvoriento mercado pueblo no sonaba ni la mitad de emocionante que seguir a Leo por los campos, pero era mejor que quedarme en casa bordando. Además, tal vez en el pueblo encontrara algo, o a alguien, que aliviara el aburrimiento.
—Está bien —acepté, con un tono un poco más resignado de lo que pretendía—. Iré al mercado.
Leo se despidió con un guiño dirigido específicamente a mí. —Cuídala en el pueblo, tía. Esta ciudadana no está acostumbrada a nuestros caminos de tierra —bromeó, antes de salir por la puerta trasera, dejando un vacío en la habitación y en mi ánimo.
Mientras recogía los platos de la mesa, me quedé mirando por la ventana por donde había desaparecido, viendo su figura alejarse hacia los campos infinitos. Me sentí... frustrada. El objeto de mi nuevo y repentino interés se me escapaba para ocuparse de asuntos de la tierra. Suspiré, resignándome a una mañana de compras domésticas.
Con la lista de compras en la mano, salí de la hacienda y empecé a caminar por las polvorientas calles del pueblo hacia el mercado. Llevaba puesto el mismo short verde, absurdamente corto, y el top que dejaba mi abdomen al descubierto. No era exactamente el atuendo más discreto para San Lorenzo, pero era lo que había empacado y, la verdad, me sentía bien usándolo.

El camino al mercado me llevó a pasar frente a la única cantina del pueblo. Apenas pasé por la entrada, sentí el peso de decenas de miradas sobre mí. Hombres con sombrero, sentados en sillas de plástico afuera del local, interrumpieron sus conversaciones para seguir mis movimientos con los ojos. No pasó mucho tiempo antes de que los primeros chiflidos agudos cortaran el aire.
—¡Ufff, mami, con ese culo sí se puede! —gritó uno desde la penumbra de la cantina.
—¿A dónde vas, princesa? ¡Aquí te hacemos feliz! —agregó otro, acompañando su comentario con una risa grupal.
Estaba acostumbrada a la atención, las miradas hambrientas y los comentarios groseros eran solo ruido de fondo en mi vida. No me inmuté. Seguí caminando con la cabeza en alto, una sonrisa leve y desafiante en mis labios, fingiendo no oírlos. Era parte del juego, y aunque el entorno era más rústico, la dinámica era la misma.
Ya me estaba alejando de la cantina, sintiendo cómo sus miradas ardientes se despegaban de mi espalda, cuando de repente sentí un impacto fuerte y seco en una de mis nalgas. Una nalgada fuerte y punzante me dio de lleno en mi culo y el sonido resonó en la calle.. Fue tan inesperado y con tanta fuerza que di un pequeño grito y salté del susto. Me giré instantáneamente, con el rostro ardiente de furia y la mano lista para devolver el golpe o al menos gritarle al imbécil que se había atrevido a tocarme. Pero las palabras se congelaron en mi garganta.
De pie frente a mí, con el rostro desencajado en una expresión de puro pánico, estaba mi abuelo Agustín. Su tez morena se había vuelto de un tono cenizo. Parecía completamente horrorizado, con los ojos abiertos y la mano que había usado para abofetearme ahora estaba congelada en el aire como si se hubiera quemado.
—¡Zoé! ¡Dios mío, niña, lo siento! —tartamudeó, bajando la mano de inmediato y llevándosela a la cabeza—. No... no te vi bien. Con esa ropa y de lejos... pensé que eras... otra persona.
—¿Otra persona? —repetí, cruzando los brazos. El ardor en mi nalga se mezclaba con una curiosidad repentina—. ¿Y quién creías que era, abuelo, para andar dando nalgadas así por la calle?
Agustín se removió incómodo, evitando mi mirada. Parecía genuinamente angustiado.
—Es... es que a veces viene una muchacha del pueblo, muy... confianzuda —mintió torpemente, buscando palabras—. Y siempre anda de bromas. Pensé que era ella y quise... devolverle la broma. Perdóname, mija, de verdad no sabía que eras tú.
Una parte de mí sabía que era una excusa terrible, pero la otra parte, esa que siempre buscaba el morbo, se sintió extrañamente... excitada. El dolor en mi piel se desvanecía, pero un calor distinto y más cálido se extendía por mi vientre. Pensar que mi propio abuelo, un hombre al que siempre había considerado severo y correcto, pudiera ser capaz de un acto tan audaz y pervertido... era incorrecto, pero me produjo una sacudida emocionante.
—Está bien, abuelo —dije, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora—. No pasa nada. Fue un malentendido.
Él asintió, aliviado pero todavía visiblemente avergonzado, y se alejó rápidamente, murmurando otra disculpa.
Continué mi camino al mercado, pero ya no pensaba en Leo. Mi mente estaba ocupada con la imagen de mi abuelo, con la fuerza de su mano, con el pánico y luego la intensidad en sus ojos. Todavía podía sentir el calor de su nalgada, una marca secreta que hacía zumbar mi sangre. Compré las cosas de la lista casi en piloto automático, sintiendo una humedad incómoda y vergonzosa entre mis piernas que no tenía nada que ver con el calor. Al llegar a la hacienda, mi mamá me recibió en la puerta.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó, tomando las bolsas—. Te ves... sonrojada.
—Sí, mamá, todo bien —respondí demasiado rápido—. Es solo el calor. Me... me voy a echar un rato a mi cuarto, el viaje de ayer me tiene cansada.
Antes de que pudiera hacer más preguntas, me escapé hacia la casita de huéspedes. Una vez dentro, cerré la puerta con llave y corrí las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra sofocante. Me dejé caer sobre la cama, el corazón latiéndome con fuerza. Cerré los ojos y solo pude ver su rostro, sentir su mano. Estaba mal, muy mal, pero a mi cuerpo parecía no importarle. Me mordí el labio, confundida y tremendamente excitada por el giro prohibido que mi mente estaba empezando a tomar.
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan si quieren.
Me llamo Zoé. A los 23 años, ya había perfeccionado el arte de ser la chica que todos miraban en la universidad. No era por presumir, pero la naturaleza me había bendecido: soy rubia natural, con un cuerpo que siempre llamaba la atención, tetas firmes y lindas que llenaban perfectamente cualquier top, y un culo redondo y prominente que era mi sello personal

. Disfrutaba cada centímetro de mi sexualidad. Era liberal, sin complejos, y las fiestas universitarias eran mi terreno de juego favorito. Ahí, entre música alta y luces, solía encontrar chicos (y a veces chicas) con quienes explorar mi lado más travieso. Me encantaba la emoción de nuevos encuentros sexuales , el anonimato de un rincón oscuro, la sensación de las manos de un extraño en mis curvas. Era mi forma de vivir, y me encantaba.
Mis padres se llamaban Diana y Roberto. Mi mamá, Diana, es una mujer espectacular que parece mi hermana mayor. Conserva una belleza envidiable, con unas curvas que demuestran que los buenos genes son cosa de familia, y un carácter fuerte pero cariñoso. Mi papá, Roberto, es… bueno, normal. Un hombre de unos cincuenta y tantos, con un poco de panza cervecera, calvicie incipiente y un corazón de oro. Es el clásico papá protector y un poco anticuado, que cree que su pequeña niña aún no sabe nada del mundo.
El problema surgió justo cuando mis vacaciones prometían ser legendarias. Mis padres tenían planeado ir a visitar a mi abuela a su pueblo natal, San Lorenzo, por tres semanas. ¡Tres semanas sola en casa! Ya tenía una lista mental de fiestas, conquistas y sexo con chicos diferentes cada día. Pero entonces, una noche después de cenar, mi mamá soltó la bomba.
—Zoé, cariño, tu papá y yo hemos estado pensando —comenzó Mamá, con esa voz dulce que siempre usaba para anunciar cosas que no me gustarían—. Como estarás de vacaciones, sería perfecto que nos acompañaras a San Lorenzo. Hace años que no visitas a los abuelos.
—¿¡A San Lorenzo!? —exclamé, casi atragantándome con el agua que bebía—. ¡Pero, mamá, tengo planes! ¡Y ustedes ya son adultos, no necesitan que los acompañe!
—Precisamente porque eres una adulta también es que deberías pasar más tiempo con la familia —intervino mi papá, Roberto, con su tono práctico e innegociable—. Y no nos gusta la idea de dejarte sola tanto tiempo. Está decidido, Zoé.
—¡No es justo! —protesté, levantando la voz más de lo necesario—. ¡Soy una adulta, puedo quedarme sola! ¡No necesito niñera!
—Zoé, baja la voz —dijo mi mamá con esa calma que me sacaba de quicio.
—Pero mamá, ¡tengo todos mis planes hechos! —insistí, haciendo mi mejor berrinche—. ¡Hay una fiesta en la casa de Marco este viernes, y el sábado iba a ir a la playa con las chicas, y...!
—Ya encontrarás otras fiestas, cariño —interrumpió mi papá, sin levantar la vista del celular.
Me sentí como si me estuvieran quitando todo lo que me importaba. Me crucé de brazos, poniendo mi mejor expresión dramática.
—¿Y si prometo enviarles fotos cada hora? ¿O si dejo abierta la cámara de seguridad para que puedan vigilarme? —intenté negociar, buscando cualquier salida—. ¡Incluso puedo ir a quedarme con la tía Clara!
—Tu tía Clara está de viaje —dijo mamá secamente—. Y no, Zoé. Es una decisión tomada.
Estaba a punto de soltar un grito de frustración cuando, de repente, mi mamá añadió la única cosa que podría haber cambiado mi perspectiva:
—Además, tu primo León sigue viviendo en San Lorenzo con los abuelos. Me dijo tu abuela que está estudiando agronomía en la universidad regional. Seguro se alegrará de verte. Ustedes eran inseparables.
¡León! O más bien, mi Leo, como siempre le decía de cariño. El nombre hizo que mis protestas murieran en mis labios. Mi primo, mi mejor amigo de la infancia. Los recuerdos vinieron como flashbacks, ambos corriendo por los campos, trepando árboles, construyendo fuertes... y sí, nuestro primer "beso" detrás del granero cuando teníamos cinco o seis años, un inocente choque de labios que en ese momento nos hizo reír nerviosamente, y al que seguí llamando "nuestro secreto" años después, aunque para entonces ya era una anécdota graciosa.
Pero ahora... Mi Leo en la universidad. Ya no sería el niño flacucho que recordaba. La idea comenzó a sembrar semillas de posibilidades en mi mente. Quizás San Lorenzo no tendría mis fiestas universitarias, pero tendría a Leo. Y quién sabe, tal vez podríamos... reconectarnos de maneras mucho más interesantes que trepando árboles.
—Bueno... — dije, tratando de sonar lo más resignada posible aunque una sonrisa comenzaba a formarse en mis labios—. Si es para ver a los abuelos... a las tíos y a Leo... está bien. Iré.
Me pasé la noche anterior preparando mi maleta con una nueva perspectiva. En lugar de los outfits de fiesta que había planeado originalmente, me centré en lo práctico para el calor del pueblo, pero sin sacrificar mi estilo. Metí bikinis de todos los colores, faldas cortas y fluidas, tops diminutos, shorts que apenas cubrían lo necesario y, por supuesto, toda mi colección de tangas y ropa interior sexy. Si esto iba a ser una aventura con Leo, quería estar preparada.
Al día siguiente, el viaje en auto fue eterno. Mi papá manejó durante horas a través de paisajes que se volvían cada vez más rurales, mientras yo estaba en el asiento trasero, con mis audífonos puestos, desplazándome sin entusiasmo por mis redes sociales y viendo cómo mis amigas publicaban historias comenzando los planes que yo debería estar disfrutando. El aire acondicionado apenas aliviaba el calor sofocante que aumentaba a medida que nos adentrábamos en el campo.
Llegamos al anochecer. Cuando el auto giró por un camino de tierra flanqueado por altos árboles, contuve la respiración. No era la casa modesta de pueblo que recordaba vagamente de mi infancia. Esto era un rancho, una verdadera hacienda. La propiedad era enorme. Una casa principal grande y blanca, con un amplio porche y techos de teja, se alzaba frente a nosotros. A lo lejos, se podían ver establos, gallineros y campos que se perdían en el horizonte. Varias personas, empleados supuse, se movían entre los edificios, terminando sus labores del día.
—Bienvenidos a casa —dijo mi papá con una sonrisa de satisfacción, estacionando el auto frente a la casa.
Mis abuelos, Agustín y Elena, salieron a recibirnos con los brazos abiertos. Después de los abrazos y los besos de rigor, mi abuela nos guío al interior. La casa era fresca y espaciosa, con muebles de madera pesados y techos altos. Olía a limón recién exprimido y a tierra húmeda.
—Zoé, tu cuarto está listo en la casita de huéspedes —dijo mi abuela Elena señalando un sendero iluminado por faroles que se alejaba de la casa principal—. Es más privado para ti, cariño.
La seguí por el camino de piedras hasta una pequeña cabaña independiente, blanca como la casa principal. Al abrir la puerta, una ola de aire cálido pero agradable me recibió. No era lujosa, pero era acogedora. Tenía una cama amplia de madera, un baño pequeño y un ventanal que daba hacia los campos. Para mi sorpresa, sentí una familiaridad instantánea, una paz que no esperaba. Era como si una parte de mí reconociera ese lugar como un refugio.
—¿Segura que no te molesta estar aquí sola, mija? —preguntó mi mamá con un poco de preocupación.
—Para nada, mamá. Está perfecto —respondí, y era la verdad. La privacidad era un lujo inesperado.
Mis padres y abuelos decidieron quedarse en la casa principal cenando algo ligero antes de dormir. Yo decliné amablemente, argumentando el cansancio del viaje, pero en realidad lo que quería era un momento para mí, para acomodarme...
Una vez sola, desempaqué mi maleta. Colgué las faldas y tops en el armario y dejé los bikinis y la ropa interior en el cajón. El calor, incluso de noche, era húmedo y pesado, como una manta invisible. No había aire acondicionado, solo un ventilador de techo que giraba perezosamente.
Sin pensarlo dos veces, me metí al baño y me di una ducha rápida con agua fresca. El agua se sentía celestial en mi piel cansada del viaje, lavando la suciedad y la frustración del largo viaje. Al salir, me sequé al aire, dejando que la brisa nocturna que entraba por la ventana me secara la piel. El calor era tan intenso que la idea de ponerme siquiera un short o una camiseta me resultaba insoportable.
Miré hacia la cama, luego hacia mi maleta abierta. Una sonrisa pícara se dibujó en mis labios. Revolví el cajón y saqué la tanga negra más fina y diminuta que tenía. Era más una sugerencia que una prenda. Me la puse, sintiendo la seda ajustándose a mis caderas. Eso era todo lo que usaba para dormir. Me deslicé bajo la sábana ligera, sintiendo la tela áspera pero fresca contra mi piel casi desnuda.
Tirada allí, en la penumbra de la cabaña, escuchando los sonidos nocturnos del campo —los grillos, el leve susurro del viento—, me sentí extrañamente excitada. Estaba lejos de mi vida citadina, de las fiestas, pero esta privacidad, este calor, esta... expectación por ver a Leo al día siguiente, creaban una calma cargada de posibilidades. Cerré los ojos, imaginando su reacción al verme después de todos estos años, y supe que estas vacaciones quizás no serían tan aburridas después de todo.
Me desperté con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana de la cabaña y el calor ya empezaba a hacerse sentir. Después de otra ducha rápida, me puse un short verde, bastante corto, que ajustaba perfectamente a mis nalgas y un top a juego que dejaba mi abdomen plano al descubierto. Me sequé el cabello al aire y salí de mi habitación rumbo a la casa principal, con la esperanza de encontrar a alguien y, secretamente, de toparme con Leo.

Al llegar a la cocina, me encontré con un silencio inesperado. El lugar estaba vacío. Con un suspiro, decidí ser útil y preparar el desayuno yo misma. Empecé a abrir alacenas y refrigeradores, buscando huevos, tal vez algo de jamón... estaba tan concentrada en mi búsqueda que no noté que alguien más había entrado.
"Es más fácil si preguntas dónde están las cosas," dijo una voz masculina, grave y con un deje de diversión, detrás de mí. Me di la vuelta de golpe y ahí estaba él.
No era el niño flacucho y desgarbado que recordaba. Este era un hombre. Alto, con los hombros anchos, una estatura imponente que llenaba el marco de la puerta. Llevaba una camisa a cuadros rojos y negros, remangada hasta los codos, que no podía ocultar la definición de sus brazos y su pecho. Unos jeans gastados y botas de trabajo completaban el atuendo. Su rostro era guapo, con una mandíbula fuerte y una sonrisa traviesa que me resultó instantáneamente familiar.
—¿No te acuerdas de tu primo favorito? —dijo, y esa sonrisa se amplió, haciendo que un hoyuelo se marcara en su mejilla.
—¡Leo! —grité, y toda pretensión de compostura se esfumó.
Corrí hacia él y me lancé a sus brazos. Él me atrapó con facilidad, riendo, y su abrazo fue firme y seguro. Olía a heno fresco, sudor limpio y sol. Le di un beso rápido en la mejilla, sintiendo el leve rasguño de su barba incipiente.
—¡Dios, Leo, estás enorme! —exclamé, separándome un poco para mirarlo, sin soltarlo del todo—. ¡Y tan guapo!
—Tú no te quedas atrás, Zoé —respondió él, y sus ojos hicieron un recorrido rápido pero apreciativo por mi cuerpo, desde el top hasta el short, deteniéndose un segundo de más en mis piernas—. La ciudad te sienta bien.
Nuestra alegre reunión fue interrumpida por el ruido de pasos apresurados. Mi mamá y mi tía Silvia, la madre de Leo, irrumpieron en la cocina, alarmadas por mis gritos.
—¡Zoé! ¿Qué pasa, mija? —preguntó mi mamá, con los ojos abiertos por la sorpresa.
—¡Mamá, mira! ¡Es Leo! —dije, señalándolo con entusiasmo, todavía con un brazo alrededor de su cintura. Mi tía Silvia, la mamá de Leo sonrió, aliviada y conmovida.
—Ay, qué lindo que se reconocieron tan rápido —dijo, con los ojos brillantes—. Y mira, Zoé, hasta lo abrazas como si no hubiera pasado el tiempo.
Leo y yo nos miramos, y supe, por la chispa en sus ojos, que él también estaba pensando que las cosas entre nosotros podrían ser muy, muy diferentes ahora. El viaje forzado a San Lorenzo de repente tenía una perspectiva mucho, mucho más interesante.
El desayuno transcurrió entre risas y el reconfortante aroma a café recién hecho y huevos revueltos. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa de madera de la cocina. Mientras ellas preguntaban sobre mi vida en la ciudad, la universidad y mis amistades, yo respondía con la boca llena, pero mi mente estaba en otra parte.
Cada vez que Leo hablaba, mi atención se centraba completamente en él. Observaba cómo sus manos, fuertes y con algunas cicatrices pequeñas, sostenían la taza de café. Escuchaba el sonido de su voz, tan diferente a la de los chicos de la ciudad. Me encontré imaginando cómo se sentiría tener esas manos ásperas por el trabajo sobre mi piel, tener esa voz profunda susurrándome al oído. Cada vez que me miraba y sonreía, sentía un pequeño vuelco en el estómago. Mi plan era simple: pegarme a él como una pulga todo el día, encontrar cualquier excusa para estar a solas. Pero entonces, él dejó su taza vacía en la mesa con un golpe suave.
—Bueno, me temo que tengo que dejarlas —dijo, levantándose—. Hay que revisar el sistema de riego en la parcela del sur y ver cómo va la cosecha de maíz. Papá quiere un reporte antes del mediodía.
Mi corazón se hundió. La decepción debió notarse en mi rostro, porque mi mamá me lanzó una mirada comprensiva.
—No te preocupes, Zoé —intervino mi tía Silvia—. Tu mamá y yo tenemos que organizar unas cosas para la cena de esta noche. ¿Por qué no te encargas de ir al mercado del pueblo a comprar lo que nos falta? Te daré la lista.
La idea de pasearme por un polvoriento mercado pueblo no sonaba ni la mitad de emocionante que seguir a Leo por los campos, pero era mejor que quedarme en casa bordando. Además, tal vez en el pueblo encontrara algo, o a alguien, que aliviara el aburrimiento.
—Está bien —acepté, con un tono un poco más resignado de lo que pretendía—. Iré al mercado.
Leo se despidió con un guiño dirigido específicamente a mí. —Cuídala en el pueblo, tía. Esta ciudadana no está acostumbrada a nuestros caminos de tierra —bromeó, antes de salir por la puerta trasera, dejando un vacío en la habitación y en mi ánimo.
Mientras recogía los platos de la mesa, me quedé mirando por la ventana por donde había desaparecido, viendo su figura alejarse hacia los campos infinitos. Me sentí... frustrada. El objeto de mi nuevo y repentino interés se me escapaba para ocuparse de asuntos de la tierra. Suspiré, resignándome a una mañana de compras domésticas.
Con la lista de compras en la mano, salí de la hacienda y empecé a caminar por las polvorientas calles del pueblo hacia el mercado. Llevaba puesto el mismo short verde, absurdamente corto, y el top que dejaba mi abdomen al descubierto. No era exactamente el atuendo más discreto para San Lorenzo, pero era lo que había empacado y, la verdad, me sentía bien usándolo.

El camino al mercado me llevó a pasar frente a la única cantina del pueblo. Apenas pasé por la entrada, sentí el peso de decenas de miradas sobre mí. Hombres con sombrero, sentados en sillas de plástico afuera del local, interrumpieron sus conversaciones para seguir mis movimientos con los ojos. No pasó mucho tiempo antes de que los primeros chiflidos agudos cortaran el aire.
—¡Ufff, mami, con ese culo sí se puede! —gritó uno desde la penumbra de la cantina.
—¿A dónde vas, princesa? ¡Aquí te hacemos feliz! —agregó otro, acompañando su comentario con una risa grupal.
Estaba acostumbrada a la atención, las miradas hambrientas y los comentarios groseros eran solo ruido de fondo en mi vida. No me inmuté. Seguí caminando con la cabeza en alto, una sonrisa leve y desafiante en mis labios, fingiendo no oírlos. Era parte del juego, y aunque el entorno era más rústico, la dinámica era la misma.
Ya me estaba alejando de la cantina, sintiendo cómo sus miradas ardientes se despegaban de mi espalda, cuando de repente sentí un impacto fuerte y seco en una de mis nalgas. Una nalgada fuerte y punzante me dio de lleno en mi culo y el sonido resonó en la calle.. Fue tan inesperado y con tanta fuerza que di un pequeño grito y salté del susto. Me giré instantáneamente, con el rostro ardiente de furia y la mano lista para devolver el golpe o al menos gritarle al imbécil que se había atrevido a tocarme. Pero las palabras se congelaron en mi garganta.
De pie frente a mí, con el rostro desencajado en una expresión de puro pánico, estaba mi abuelo Agustín. Su tez morena se había vuelto de un tono cenizo. Parecía completamente horrorizado, con los ojos abiertos y la mano que había usado para abofetearme ahora estaba congelada en el aire como si se hubiera quemado.
—¡Zoé! ¡Dios mío, niña, lo siento! —tartamudeó, bajando la mano de inmediato y llevándosela a la cabeza—. No... no te vi bien. Con esa ropa y de lejos... pensé que eras... otra persona.
—¿Otra persona? —repetí, cruzando los brazos. El ardor en mi nalga se mezclaba con una curiosidad repentina—. ¿Y quién creías que era, abuelo, para andar dando nalgadas así por la calle?
Agustín se removió incómodo, evitando mi mirada. Parecía genuinamente angustiado.
—Es... es que a veces viene una muchacha del pueblo, muy... confianzuda —mintió torpemente, buscando palabras—. Y siempre anda de bromas. Pensé que era ella y quise... devolverle la broma. Perdóname, mija, de verdad no sabía que eras tú.
Una parte de mí sabía que era una excusa terrible, pero la otra parte, esa que siempre buscaba el morbo, se sintió extrañamente... excitada. El dolor en mi piel se desvanecía, pero un calor distinto y más cálido se extendía por mi vientre. Pensar que mi propio abuelo, un hombre al que siempre había considerado severo y correcto, pudiera ser capaz de un acto tan audaz y pervertido... era incorrecto, pero me produjo una sacudida emocionante.
—Está bien, abuelo —dije, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora—. No pasa nada. Fue un malentendido.
Él asintió, aliviado pero todavía visiblemente avergonzado, y se alejó rápidamente, murmurando otra disculpa.
Continué mi camino al mercado, pero ya no pensaba en Leo. Mi mente estaba ocupada con la imagen de mi abuelo, con la fuerza de su mano, con el pánico y luego la intensidad en sus ojos. Todavía podía sentir el calor de su nalgada, una marca secreta que hacía zumbar mi sangre. Compré las cosas de la lista casi en piloto automático, sintiendo una humedad incómoda y vergonzosa entre mis piernas que no tenía nada que ver con el calor. Al llegar a la hacienda, mi mamá me recibió en la puerta.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó, tomando las bolsas—. Te ves... sonrojada.
—Sí, mamá, todo bien —respondí demasiado rápido—. Es solo el calor. Me... me voy a echar un rato a mi cuarto, el viaje de ayer me tiene cansada.
Antes de que pudiera hacer más preguntas, me escapé hacia la casita de huéspedes. Una vez dentro, cerré la puerta con llave y corrí las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra sofocante. Me dejé caer sobre la cama, el corazón latiéndome con fuerza. Cerré los ojos y solo pude ver su rostro, sentir su mano. Estaba mal, muy mal, pero a mi cuerpo parecía no importarle. Me mordí el labio, confundida y tremendamente excitada por el giro prohibido que mi mente estaba empezando a tomar.
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan si quieren.
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