
Desde que su padre se casĂł con una nueva mujer, ElĂas tuvo que mudarse a una casa más grande… y con una nueva compañera: Isabela, su hermanastra.
TenĂan la misma edad, 21 años, pero nunca se habĂan visto antes.
Ella estudiaba, con un estilo libre, rebelde, siempre descalza por la casa, con camisetas grandes que le caĂan hasta medio muslo… pero sin sostĂ©n.
El primer roce fue accidental.
Una noche, él fue por agua.
Ella también.
Se cruzaron en la cocina. Ella solo llevaba una camiseta y una tanga blanca.
Él estaba en shorts, y sin querer —o queriendo—, se miraron demasiado.
—¿Te molesta cómo ando? —preguntó ella con una media sonrisa.
—Me cuesta no mirarte —confesó él, sincero, con la voz grave.
Ella se acercĂł. Mucho. Demasiado.
—¿Y si no somos realmente hermanos? —dijo, rozándole los labios con los suyos—. ÂżQuĂ© harĂas?
Él no respondió. La empujó suavemente contra el mármol y la besó. Un beso húmedo, con lengua, con manos que se apretaban fuerte.
Sus dedos bajaron, acariciaron por debajo de la camiseta, hasta tocar su cintura, luego más abajo, hasta su vagina, la sintio húmeda y temblando.
Ella gimiĂł bajito, mordiendo su labio.
—Llévame a tu cuarto —le dijo, con los ojos brillando de deseo.
Cerraron la puerta con llave.
Ella se quitĂł la camiseta y la tanga.
TenĂa las tetas firmes y los pezones duros, las piernas abiertas, y una actitud desafiante.

—Quiero que me lo hagas lento —susurró—. Y luego fuerte. Muy fuerte.
Él la besó por todo el cuerpo, lamio sus tetas, chupo sus pezones, bajó por su vientre, y se perdió en su concha.
La lamĂa despacio, como si probara un fruto prohibido. Mientras ella sostenia su dura pija entre las manos, le agarraba el cabello, le movĂa la cabeza para que no se detuviera.
Después se subió sobre él, se metió su pija en su concha y cabalgó con fuerza.
Los dos estaban jadeando, sudando, retorciéndose.
—MĂrame a los ojos —le dijo ella mientras lo montaba—. Dime que me deseas.
—Desde que entraste por la puerta… no pienso en otra cosa.
Él la giró, la puso en cuatro, y se lo metió por detrás.
La habitaciĂłn se llenĂł de sonidos hĂşmedos, gemidos rotos, piel contra piel.
Él la sujetaba de la cintura, ella se arqueaba, lo provocaba, lo exigĂa.
—Quiero sentirte adentro… por todos lados.
—Dilo — le dijo Ă©l. Mientras le dada duroÂ
—Hazme el anal —dijo ella, con la voz temblando—. Lento… hasta el fondo.
La preparó con los dedos y luego la tomó. Le metió la pija en él culo, ella gritó contra la almohada mientras él entraba, despacio, estirándola, llenándola.
Se movĂan al ritmo del pecado, mojados, calientes, ansiosos.
Y cuando sintiĂł que venĂa, se lo sacĂł, se lo masturbĂł y acabĂł sobre su espalda, jadeando.
Quedaron abrazados, con el corazĂłn latiendo a mil.
—No deberĂamos hacer esto —dijo ella.
—Entonces… hay que repetirlo pronto —respondió él, besándole el cuello.

Eran casi las once de la mañana.
La casa estaba en silencio. Los padres habĂan salido temprano.
ElĂas aprovechĂł para darse una ducha larga. El agua caliente le relajaba los mĂşsculos, el vapor llenaba todo el baño, y cerrĂł los ojos mientras el chorro le caĂa sobre la nuca.
No la escuchĂł entrar.
Isabela abriĂł la puerta sin hacer ruido, completamente desnuda, con el cabello suelto y los pezones duros por el contraste del aire.
Se mordĂa el labio mientras lo observaba tras el vidrio esmerilado.
Su figura mojada, la espalda ancha, el agua escurriendo por sus glúteos firmes…
No lo resistiĂł. AbriĂł la puerta de la ducha y entrĂł en silencio.
Cuando Ă©l abriĂł los ojos, ella ya estaba allĂ.
—¿Qué… haces? —preguntó él, jadeando.
—TenĂa … ganas.
Sin darle tiempo a responder, lo besĂł con la boca hĂşmeda, y pegĂł sus tetas mojadas a su pecho.
La piel contra piel, bajo el agua caliente, era una provocaciĂłn imposible de evitar.
—Isabela… si seguimos asĂ… —susurrĂł Ă©l.
—Ya no hay vuelta atrás —respondió ella, bajando lentamente por su torso, hasta arrodillarse.
Con el vapor envolviéndolos, ella tomó su dura pija con las dos manos y comenzó a lamerlo. Lento. Provocador.
Su lengua se deslizaba desde la base hasta la punta, lo rodeaba, lo adoraba.
Después lo metió por completo en su boca, gimiendo con él dentro, mirándolo desde abajo.
—Estás... tan duro —dijo ella entre succiones—. Y lo quiero todo.
Él la ayudó a incorporarse, la giró y la pegó contra la pared de la ducha.
El agua caĂa por sus cuerpos como una bendiciĂłn caliente.
Le abriĂł las piernas con una rodilla y se lo metiĂł en la concha de un empujĂłn, profundo.
Ella gritó, tapándose la boca, temblando.
—¡AsĂ... asĂ! —gemĂa, con la frente contra la cerámica.
La penetraba fuerte, con las gotas golpeando sus espaldas, los cuerpos chocando mojados, resbalando entre gemidos, golpes hĂşmedos, susurros al oĂdo.
—¿QuerĂas más? —le dijo Ă©l—. Vas a tenerlo todo.
Le metiĂł un dedo en Ă©l culo, mientras seguĂa dándoselo vaginal.
Ella se deshacĂa, retorciĂ©ndose entre placer y dolor dulce.
—Dame el otro también… quiero que me tomes completa.
Él la bajĂł al piso de la ducha, le levantĂł una pierna y, mientras la miraba directo a los ojos, le hizo el anal, despacio, mientras ella se mordĂa los labios.
—SĂ, ElĂas... asĂ... más... no pares…
TerminĂł sobre sus nalgas, con un gemido animal, descargando todo el deseo contenido.
Quedaron en el suelo de la ducha, con el agua tibia limpiando sus pecados.
—Esto… está fuera de control —dijo él, sonriendo.
—Y todavĂa no hemos probado la cocina —dijo ella, guiñándole un ojo.

ElĂas estaba en el living, revisando apuntes, cuando sonĂł el timbre.
—Es mi compañera, LucĂa —avisĂł, alzando la voz.
—Vamos a terminar el trabajo de AntropologĂa.
—Ah… qué aplicado —respondió Isabela desde la cocina, con un tono afilado.
LucĂa entrĂł con su mochila, un cuaderno bajo el brazo y un top corto que dejaba al descubierto su ombligo.
SaludĂł con un beso en la mejilla y una sonrisa encantadora.
Isabela los observaba desde la cocina, con una taza de café y una mirada asesina.
—¿Tu hermanastra? —preguntĂł LucĂa en voz baja.
—SĂ, pero no tenemos mucha relaciĂłn —mintiĂł ElĂas.
Durante media hora estudiaron, pero Isabela no se fue del ambiente.
Daba vueltas. Iba y venĂa, fingiendo buscar cosas.
Lo hacĂa a propĂłsito.
Llevaba puesta una remera de algodon, y debajo… nada.
Cada vez que se agachaba o se inclinaba, mostraba más de lo que debĂa.
LucĂa notaba todo, incĂłmoda.
ElĂas intentaba concentrarse, pero el olor del perfume hĂşmedo de Isabela lo volvĂa loco.
—Voy al baño un momento —dijo LucĂa, con evidente tensiĂłn.
Apenas ella se fue, Isabela se le acercó por detrás.
Le mordiĂł suavemente la oreja y le susurrĂł:
—¿Asà que "no tenemos mucha relación"?
Mirá que puedo recordarte todo lo que hicimos ayer en la ducha… con un solo movimiento.
Le pasĂł la mano por la entrepierna y le apretĂł el bulto, que ya empezaba a reaccionar.
—Isabela, por favor… está mi compañera…
—Entonces no te pongas duro —dijo con una sonrisa venenosa, y se alejó.
LucĂa volviĂł del baño.
NotĂł el ambiente cargado, pero fingiĂł seguir estudiando.
— está un poco caliente acá, ¿no? —dijo, quitándose el top y quedándose en corpiño.
Isabela casi tira su café.
—¿Querés hielo? —dijo, sarcástica—. A veces el calor se baja… por dentro.
ElĂas tragĂł saliva. La tensiĂłn era insoportable. Pero cuando LucĂa terminĂł y se despidiĂł, el infierno apenas empezaba.
Isabela cerrĂł la puerta con fuerza, se girĂł y lo enfrentĂł.
—¿Asà que no hay “mucha relación”? —le dijo, empujándolo contra la pared—. Voy a recordarte a quién pertenecés.
Le abriĂł el pantalĂłn y se lo bajĂł sin aviso.
Se arrodilló y comenzó a mamár su pija, lenta y profundamente, sin sacarle la vista de encima.
—Ella no te chupa la pija como yo —dijo, con la boca húmeda.

Lo tomĂł con ambas manos, le lamiĂł los testĂculos, y lo succionĂł con una furia provocada por los celos.
Después se puso de pie, se desnudó y se subió encima de él, sin darle respiro.
Lo cabalgó contra la pared, metiendose su duro pene y la concha, besándolo con rabia, mordiéndole el cuello, mientras él la sujetaba de las nalgas.
—¿Vas a decirme ahora que no soy tuya?
—Eres mĂa, maldita sea —gritĂł Ă©l—. Solo mĂa.

—Entonces… dame todo —jadeó, girándose—. Quiero que me lo metas por detrás… ahora.
Se inclinĂł sobre el sillĂłn.
Él le escupió el culo, la preparó con los dedos y se la metió despacio por el otro agujerito.
Ella gritó de placer y venganza, con las uñas aferradas al respaldo.
Cuando él estuvo a punto de venirse, se lo sacó y acabó sobre su espalda, jadeando, con el cuerpo temblando.

Ella se girĂł, lo besĂł con pasiĂłn y le dijo al oĂdo:
—La próxima vez que traigas a otra... que se quede a mirar. Porque de acá, la que manda soy yo.
Eran las 2:37 de la madrugada.
La casa entera dormĂa. Solo una sombra se movĂa en silencio por el pasillo. Descalza. Desnuda. Isabela.
La puerta de la habitaciĂłn de ElĂas estaba entreabierta. Él dormĂa de lado, en calzoncillos, apenas cubierto por una sábana liviana.
Su respiraciĂłn era tranquila, ajeno al mundo. Pero ella no podĂa soportarlo más.
Lo deseaba. Lo necesitaba.
Se deslizĂł dentro de la habitaciĂłn como un fantasma de carne y curvas. El corazĂłn le latĂa fuerte, el vello erizado, los pezones tensos de anticipaciĂłn.
Con lentitud, levantĂł la sábana y se metiĂł con Ă©l en la cama, el calor de su cuerpo chocando con el de Ă©l, que seguĂa dormido.
Primero lo acariciĂł con la yema de los dedos. Su pecho. Su abdomen.
Y luego, más abajo.
Él gruñó levemente en sueños, y empezó a endurecerse bajo su roce.
Isabela sonriĂł, excitada.
Se agachó despacio entre las sábanas y comenzó a jugar con su boca.
No necesitaba palabras. Solo deseo y silencio.
Él se despertó apenas sintió el calor húmedo envolverlo.
Parpadeó, confundido… y luego la vio. Su hermanastra, desnuda, concentrada en su placer. Latiendo su pija.
—¿Qué… qué haces? —susurró, jadeando.
—Shhh… no digas nada. Solo sentà que te necesitaba. Te soñé. Y cuando me desperté… estaba mojada.
Lo besó lentamente, metiéndose encima de él, deslizando su vagina mojada contra su pene erecto.
Se movĂa despacio, sin penetraciĂłn, solo frotando, torturándolo.
—Te voy a hacer explotar sin siquiera meterlo —dijo al oĂdo, rozando su sexo con el de Ă©l, hĂşmedos, alineados, cuerpos encajados.
ElĂas apretaba los dientes, aferrado a sus caderas, desesperado por más.
—Isabela… si sigues asĂ…
—Calla. Vas a venirte entre mis piernas sin metermela.
Y cuando eso pase… voy a lamer cada gota.

Siguió rozándole lento, en esa fricción cargada de locura y deseo.
Las sábanas eran un mar caliente.
El mundo no existĂa.
Y cuando él no pudo más, tembló debajo de ella, liberando su leche entre los dos cuerpos.
Isabela se quedĂł encima, jadeando, con el rostro hundido en su cuello.
—Ahora sĂ… duĂ©rmete —susurrĂł con una sonrisa—.
Pero mañana… te toca a ti despertarme y se fue.
El sol apenas filtraba su luz dorada por la ventana cuando ElĂas se deslizĂł fuera de su cama.
No podĂa quitarse de la cabeza lo que Isabela le habĂa hecho la noche anterior.
Entrar a su habitaciĂłn desnuda. Montarlo. Dejarlo temblando.
Él no era de quedarse quieto. No esta vez.
CaminĂł en silencio por el pasillo, la misma ruta que ella habĂa tomado.
La puerta de su cuarto estaba cerrada, pero no con llave.
La abrió despacio… y ahà estaba ella: desnuda entre las sábanas, boca entreabierta, dormida de lado, con una pierna asomando.

La vista lo encendiĂł.
Se acercĂł sin hacer ruido, se subiĂł a la cama como un depredador paciente.
Le acarició la espalda, la cintura, la cadera…
Ella se movió, apenas murmurando algo entre sueños.
Él se acomodó detrás.
Su pene ya estaba duro, decidido.
Y cuando la sintió abrirse levemente, vulnerable…
la tomĂł suavemente de la cintura y la penetro con una sola embestida profunda y controlada.
Ella se despertĂł de golpe, gimiendo en silencio, con los ojos muy abiertos.
—¿Tú… tú qué haces?
—Desquitándome —susurró él, jadeando—. ¿Te gusta despertarte as�
Ella intentĂł responder, pero el placer la desarmĂł.
Él empezĂł a moverse dentro de ella, lento, sabiendo que tenĂa el control.
La tomó del cuello con una mano, sin apretar, y con la otra le sostuvo la pierna elevada, haciéndola suya por completo.

—Dime… ¿esto soñaste anoche?
ÂżQue te lo harĂa asĂ… mientras dormĂas?
—Sà —gimiĂł ella—. Justo asĂ… y más.
Él la dio vuelta con fuerza, quedando ella boca abajo.
Le abrió los muslos y la penetró de nuevo, más hondo.

Las sábanas crujĂan. Sus cuerpos chocaban con fuerza, controlados, deseosos.
—Quiero todo de ti, Isabela. No me importa si esto está mal.
Eres mĂa.
Ella arqueó la espalda, empujándolo más adentro.
—Entonces tómame. Hasta que me duela… hasta que no pueda caminar.
La levantó de la cama, la sostuvo contra la pared, y siguió dentro, embistiéndo su concha sin piedad, mientras ella le clavaba las uñas en los hombros.
Y cuando llegó el final, lo hizo juntos, ella gritando en un susurro salvaje, él acabando dentro de ella, temblando de placer.
Después, en silencio, se abrazaron sobre la cama.
Sudados. Exhaustos.
—Ahora sĂ… estamos a mano —murmurĂł Ă©l.
—AĂşn no, ElĂas… —dijo ella, con una sonrisa peligrosa—.
Te falta despertarme asĂ… todas las mañanas.

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