
Noelia tenÃa 21 años, era brillante, decidida… y profundamente inquieta.
En clases, todos la veÃan como la estudiante ideal: puntual, ordenada, afilada en debates.
Su profesor, le tenÃa una ganas terribles ,Se llamaba Mauro. 39 años Voz grave, mirada intensa, mente aguda.
Un dia que se animó a invitarla a salir y decirle sus intenciones, ella lo rechaza de una mamera altanera, rompiendole el corazón.
Esto no se quedara asÃ, te voy a quitar la soberbia, dijo pensando en un plan alternativo.
El viernes a la tarde, él se ofrecÃo a llevarla a su casa, invitandola con una gaseosa.
Noelia sin sospechar nada subió al auto con un vestido corto. Quedando dormirda en unos pocos minutos.
Mauro le colocó una venda negra. Y la ató de manos. Cuando despertóÂ
su mundo se volvió oscuridad, vibración del motor, y un silencio expectante.
—¿Dónde me llevas dijo aterrada, temblando.
—No quisiste ser mÃa por las buenas, ahora será a mà manera le dijo él.
Media hora después, el auto se detuvo.
Ella escuchó el canto de pájaros, el crujir de ramas.
Un lugar apartado. Rústico. Perdido.
La bajó del auto. La guió de la mano.
Ella caminaba insegura, vulnerable.
Al entrar, sintió madera bajo los pies. Un aroma a incienso.
Y entonces… lo sintió.
Sus manos.
Firmes. Silenciosas. Le ató las muñecas por detrás. Le abrió el vestido de un tirón.
La dejó completamente desnuda y le colocó un collar en el cuello.

Ella gritó, que me vas a hacer!!??Â
El aire fresco acarició su piel.
Los pezones se endurecieron al instante.
—No vas a hablar —dijo él, detrás suyo—.
Solo vas a obedecer. Y te dejo ir
Ella asintió, temblando.
De miedo. De ansiedad..
La hizo arrodillarse sobre una alfombra gruesa.
Le separó las piernas con las manos.
Y sin previo aviso, metió dos dedos en su concha húmeda.
—Estás chorreando. Como una puta que sabe que la van a usar.
Ella gimió sin poder contenerse.

Él la rodeó, la olfateó, la mordió en el cuello, le besó los hombros, las tetas.Â
Y cuando se colocó detrás de ella, le empujó la cadera, se bajó el pantalón y la penetró con su pene duro en la concha de golpe, sin preguntar.
Noelia gritó. Pero no de dolor. Sorpresa y excitación.
Sus gemidos llenaban el aire, su cuerpo se arqueaba hacia atrás, mientras él la tomaba con fuerza. Ritmo salvaje. Golpes firmes.
Caderas chocando.
Respiraciones entrecortadas.
Mauro la sujetaba del cuello con una mano, de la cintura con la otra.
Le mordÃa la oreja, le susurraba palabras sucias.
Y ella, vendada, entregada, se corrÃa una y otra vez.

Cuando él sintió que ya no podÃa más, la apretó contra su pecho y se vino con un gemido grave, hundido en su cuerpo, temblando.
La dejó arrodillada, jadeando.
Le quitó la venda. Y la miró.
—Eso fue solo el comienzo —le dijo, acariciándole el rostro—.
Ahora que sé lo que te gusta… ya no hay vuelta atrás.

El sábado al amanecer, Noelia aún tenÃa marcas en la piel.
Moretones suaves en los muslos.
LÃneas rojas en las muñecas.
Y una sonrisa flotando entre el cansancio y el deseo.
Pensó que eso era todo.
Pero Mauro se acercó por detrás, con una taza de café en la mano… y una soga en la otra.
—¿Dormiste bien, puta?
Noelia bajó la mirada. El apodo la humedecÃa.
—SÃ… amo.
Él sonrió.
—Hoy vas a verme. Vas a verte. Quiero que te mires mientras te hago mÃa.
La llevó al salón de madera, donde un enorme espejo ocupaba toda la pared.
La desnudó con lentitud esta vez. Sin apuro.
Luego la hizo pararse de espaldas al espejo.
Tomó la soga, fina pero firme, y comenzó a atarla.
Primero las muñecas. Luego los codos. Luego el torso, rodeando sus tetas.
Cada nudo quedaba tenso, marcado, justo donde la piel era más sensible.

Noelia gemÃa ya solo por la fricción.
Por el control.
Por saberse atada, indefensa… y vista.
Mauro se colocó detrás de ella.
Le apartó las piernas.
Le colocó una barra separadora entre los tobillos.
Ella quedó totalmente expuesta.
A su reflejo. Y a su dueño.
—Miráte —ordenó él, colocándole una mordaza suave de cuero.
Noelia lo hizo.
Y el reflejo la excitó más de lo que jamás imaginó.
Piel tensa, piernas abiertas, los pezones endurecidos por el aire… y la mirada de él, devorándola.
Mauro comenzó a tocarla.
Despacito. Jugando con su concha humeda.
Metiendo dos dedos dentro de ella y sacándolos para mostrarle en el espejo lo mojada que estaba.
—Te encanta que te usen, ¿no?
Ella asintió. MordÃa la mordaza, los ojos brillando.
Mauro penetró su concha con fuerza desde atrás.
Le sujetaba las cuerdas del torso como riendas.
Le tiraba del cabello para que no dejara de mirarse. Mientras le metÃa y sacaba la pija.
—Quiero que te corras viéndote —ordenó—.
Como la puta obediente que sos.
El ritmo fue salvaje. Las embestidas llenaban la sala de golpes húmedos, gemidos bajos, jadeos contenidos.
Cuando ella tembló entera, convulsionando por dentro, él la sostuvo fuerte.
Se vino segundos después, gruñendo, mordiéndole el cuello mientras seguÃa empujando hasta vaciarse.
Ambos respiraban como animales.
Atada. Humillada. Satisfecha.
Mauro la soltó con lentitud.
La abrazó desde atrás, frente al espejo.
—No sos una sumisa. Sos mi obra.
Y Noelia, aún jadeando, solo pudo asentir.
Porque en ese reflejo… no se reconocÃa. Y eso la excitaba aún más.
Noelia pensó que ya habÃa llegado al lÃmite.
Que nada podÃa superarlo.
Pero Mauro tenÃa otros planes.
—Hoy vas a demostrarme que de verdad sos mÃa —le dijo con voz baja, mientras la hacÃa arrodillarse—.
Y para eso, necesito que confÃes. Que obedezcas.
Aunque te incomode. Aunque te dé miedo. Aunque nunca lo hayas hecho.
Ella lo miró desde abajo, desnuda, con la respiración entrecortada. Ya no preguntaba. Ya no dudaba.
Solo asentÃa.
—SÃ, amo.
Mauro le colocó la venda, como aquella primera vez.
La hizo ponerse sobre la cama, en posición sumisa, con el rostro apoyado y el cuerpo en absoluta entrega.
Luego fue por un pequeño estuche negro. Dentro, juguetes.Aceites.

Ella no podÃa ver. Solo sentir.
Y eso lo volvÃa todo más intenso.
Mauro comenzó a prepararla. A masajearle el culo con el aceite
—Respirá. Soltate.
No pelees contra lo que te hace temblar —le susurraba.
La lubricación fue lenta. Delicada.
Hasta que su cuerpo empezó a recibir, a ceder, a abrirse.
Y entonces… vino la orden.
—Ahora. Demostrame que podés.
Que me pertenecés incluso donde nunca dejaste entrar a nadie.
Ella jadeó. Un gemido distinto, mezcla de miedo, dolor dulce… y deseo crudo.
Lo que siguió fue un acto de entrega completa. Mauro la guiaba mientras le penetraba el culo. Ella obedecÃa.
Y su cuerpo, temblando, aceptaba lo que nunca antes se habÃa atrevido a imaginar. Â

Cuando él terminó acabando sobre su espalda ,la abrazó por detrás.
La envolvió con la manta, besándole el cuello mientras la sentÃa aún temblar.
—Sos perfecta —le dijo al oÃdo—.
Y recién estamos empezando.
Noelia sonrió, agotada.
Rota. Llena. Satisfecha.
Porque ahora sabÃa que su entrega no tenÃa lÃmites.
Y que Mauro estaba dispuesto a llevarla a cada rincón… del placer y de sà misma.

La casa de campo estaba en silencio.
El sol de la tarde se colaba por las rendijas de las ventanas, acariciando el cuerpo de Noelia, aún desnudo, recostado sobre las sábanas revueltas.
Llevaba las marcas del control.
De la entrega.

Pero sus ojos…
Sus ojos brillaban distintos.
Mauro se acercó despacio.
TraÃa una copa de vino en una mano… y la llave del collar en la otra.
Se sentó a su lado.
La observó sin decir nada durante unos segundos.
Luego, con suavidad, tomó el pequeño candado que habÃa en la parte trasera del collar de cuero negro que Noelia llevaba al cuello desde hacÃa dos dÃas.
Lo abrió. Lo quitó.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Me estás… soltando?
Mauro sonrió.
—Te liberé porque ya sos mÃa. Sin collar. Sin nudos. Sin vendas.
Ahora no obedece tu cuerpo… obedece tu alma.
Noelia se incorporó. Lo abrazó por el cuello.
Lo besó lento, profundo, sin el fuego salvaje de antes… sino con una ternura que quemaba distinto.
Él le acarició el rostro, la miró fijo.
—Ya no sos solo mi sumisa, Noe.
Sos mi mujer.
Y te voy a cuidar… aunque a veces te duela cómo te amo.
Ella sonrió. Se acurrucó en su pecho, con la piel aún caliente por todo lo vivido.
El cuerpo exhausto. El alma llena.
Mauro la levantó en brazos.
—Nos vamos.
—¿A dónde?
—A casa. La real.
Ya no sos mi alumna. Ahora sos… todo lo que quiero.
Noelia cerró los ojos mientras él la llevaba afuera.
El auto los esperaba.
El habÃa terminado.
Pero el deseo apenas comenzaba…
Solo con pasión y amor sin frenos.



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