
La casa de los RamĂrez tenĂa ese olor a familia, a muebles de madera bien cuidados y a perfumes caros. Diego, de 19 años, no podĂa creer que su mejor amigo, Leo, tuviera una madre asĂ. Desde que tenĂa uso de razĂłn, la señora Carolina lo habĂa descolocado. Alta, con curvas que desafiaban la lĂłgica, siempre bien arreglada, uñas perfectas, labios delineados, escotes generosos y una mirada que parecĂa ver más allá de lo que uno decĂa.
Esa noche, Leo lo habĂa invitado a dormir en su casa. Pijamada de viernes, pelĂculas, videojuegos y algo de pizza. Nada nuevo.
—¿Te acordás de El Conjuro? Esa vez casi te meas —dijo Leo riendo mientras acomodaban los sillones.
—Mentira, fue vos el que gritaste como nena —contestĂł Diego, disimulando los nervios. No por la pelĂcula, sino por el simple hecho de estar ahĂ... cerca de ella.
Carolina bajĂł las escaleras con una bata de satĂ©n azul ajustada, el cabello suelto y los labios rojos. VenĂa descalza, como quien no quiere molestar, pero cada paso era una declaraciĂłn de presencia.
—¿Van a ver pelis de terror otra vez? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
—SĂ, mamá —respondiĂł Leo sin darle demasiada atenciĂłn.
Diego, en cambio, no podĂa sacarle los ojos de encima. La bata dejaba entrever demasiado. Su escote parecĂa invitarlo a pecar.
—¿Querés tomar algo? —le preguntó ella directamente a Diego.
—¿Yo...? Eh… no, gracias, señora.
—Carolina, decime Carolina. Me hacés sentir vieja con eso de “señora”.
Él asintiĂł, tragando saliva. Se sentĂa observado, medido… cazado.
Horas después, cuando Leo se quedó dormido en el sillón con el control en la mano, Diego fue al baño. Pasó por el pasillo en silencio, pero al volver, escuchó un clic suave. Era la puerta del dormitorio principal.
Y una voz baja, insinuante:
—Diego… venà un segundo, por favor.
Él se congeló.
—¿Carolina?
—SĂ… no hagas ruido. Es solo un segundo.
La puerta se abriĂł apenas. Dentro, luces tenues, el perfume de ella, y la figura recostada sobre la cama, todavĂa con la bata azul, pero con una abertura que dejaba ver parte de su muslo.
—Solo querĂa agradecerte por ser tan buen amigo de Leo —dijo con voz lenta—. Pero tambiĂ©n querĂa preguntarte algo…
Él se acercó, sin saber si soñaba.
—¿Te pasa algo conmigo? ¿O me lo estoy imaginando?
Diego no podĂa mentir.
—SĂ… me pasa algo. Desde siempre.
Ella sonriĂł, saboreando la confesiĂłn.
—Lo sospechaba. ¿Y sabés qué? A mà también me pasa algo con vos. Pero esto es un secreto. Un juego peligroso… solo para valientes.
Se levantó despacio, dejó caer la bata al suelo, y quedó completamente desnuda frente a él.
—¿Te animás, Diego?
Él asintió, con el corazón a punto de estallar.
Ella se acercĂł, lo acariciĂł por encima del pantalĂłn, y sintiĂł su erecciĂłn palpitante.
—Mmm… estás listo —murmuró, bajándole el pantalón sin apuro.
Se arrodillĂł frente a Ă©l, y tomĂł su pija con las dos manos y comenzĂł a besarlo, lamerlo, adorarlo como si fuese un tesoro prohibido. Diego temblaba. Nunca habĂa sentido algo asĂ. Ni en sueños.
Carolina se lo metiĂł en la boca con suavidad al principio, y luego con una pasiĂłn desbordante, como si llevara meses imaginando ese momento.
—No aguanto más —dijo él, con voz ahogada.
—No lo hagas todavĂa —ordenĂł ella, poniĂ©ndose de pie y subiĂ©ndose a la cama—. Quiero que lo termines adentro mĂo.
Se abriĂł de piernas. Lo guiĂł con la mirada, y cuando Diego se puso encima, ella lo ayudĂł a entrar en su concha despacio. Su calor lo envolviĂł, lo hizo gemir, lo llevĂł al lĂmite.
Se movieron lento al principio, con los cuerpos pegados, sudorosos, deseándose como si fuera lo único en el mundo.
Y cuando ella lo sintiĂł venir, se lo apretĂł con fuerza.
—Dámelo todo, Diego. Todo. Es nuestro secreto.
Y él se lo dio. Entero. Como un regalo. Como una maldita condena.

El sol entraba a travĂ©s de las cortinas del cuarto donde Diego y Leo habĂan dormido. El cuerpo de Diego aĂşn temblaba con los ecos de lo que habĂa vivido. Su respiraciĂłn era diferente. Su mirada, tambiĂ©n. Nada serĂa igual despuĂ©s de lo que pasĂł con Carolina.
Leo roncaba, profundamente dormido, tirado en el sillĂłn como si no sospechara nada. Diego se levantĂł despacio, fue al baño, se lavĂł la cara, se mirĂł al espejo. No podĂa borrar la imagen: Carolina de rodillas, besándolo, cabalgándolo, gimiendo.
Entonces escuchĂł su voz desde la cocina:
—Diego, ¿te despertaste ya?
Se vistió lo justo para no parecer nervioso y fue hacia allá. Ella estaba de espaldas, con una bata nueva —blanca, satinada, más corta aún— y el cabello recogido en un moño suelto. Preparaba café con movimientos pausados, sensuales, como si cada paso fuera parte de un plan.
—Leo saliĂł a comprar unas cosas para el desayuno —dijo ella, dándose vuelta con dos tazas en la mano—. Va a tardar un rato. QuerĂa aprovechar para charlar con vos... a solas.
Diego tragĂł saliva. Se sentĂł. TomĂł la taza que ella le ofrecĂa. La mirĂł. TenĂa la bata entreabierta, sin sostĂ©n. Solo unos centĂmetros de tela separaban sus pechos del mundo.
—Anoche no pude dormir —dijo ella sin rodeos— no dejo de pensar en vos. En cĂłmo me besaste, en cĂłmo te sentĂas dentro mĂo... En tu cuerpo tan joven. En eso tan firme que tienes...
Él la miraba con la boca entreabierta, sin saber qué decir.
—No te asustes, Diego —continuó ella, dejándose caer lentamente en la silla de enfrente—. No estoy loca. Solo… no puedo evitarlo. Me gustas demasiado. Estoy obsesionada con tu pija. No lo puedo negar.
Le tomĂł la mano. Se la llevĂł al pecho izquierdo, que latĂa con fuerza.
—SentĂs eso… es culpa tuya. Tu juventud… tu olor… ese pene duro que me vuelve loca…
Diego ya no podĂa disimular la erecciĂłn. Ella lo vio. Lo deseĂł más aĂşn.
—Le dije a Leo que se tome su tiempo. Quiero aprovecharte —murmuró poniéndose de pie, soltando la bata por completo. Cayó al suelo como una flor rendida.
Se arrodilló frente a él, como la noche anterior, y bajó sus pantalones. Su sonrisa se agrandó cuando lo vio igual de firme, igual de deseoso.
—Esto me pertenece ahora… Âżlo sabĂas?
ComenzĂł a lamerle la pija, lento, mirando hacia arriba, como si adorara cada centĂmetro. Sus labios lo envolvieron, su lengua jugaba con Ă©l como si fuera la Ăşltima vez.
Diego gemĂa bajito, mordiĂ©ndose los labios, sintiĂ©ndose el ser más afortunado del universo.
—TodavĂa tengo hambre de vos —dijo ella levantándose y montándose sobre Ă©l, sin ropa, sin demora.
Se sentó sobre su erección, guiándola dentro de su concha con un suspiro profundo, casi animal.
—Esto es lo que necesitaba… —jadeó, moviéndose sobre él—. Esto es lo que me vuelve adicta.
Él la agarrĂł de la cintura, marcando el ritmo. La veĂa rebotar sobre Ă©l, las tetas moviĂ©ndose con cada embestida, Ă©l se las chupaba. Ella gemĂa como si no tuviera freno. Sudaban, se comĂan con la mirada, sabiendo que en cualquier momento Leo podrĂa volver.
Pero eso lo hacĂa más intenso.
—Dámelo adentro —le susurró ella, clavando las uñas en su espalda—. Quiero sentir cómo me llenás... otra vez.
Y él se lo dio. Profundo. Violento. Incontenible.
Ella lo abrazó, jadeando, aún montada sobre él.
—Esto no va a parar, Diego. Te lo advierto. Te quiero cada vez más. Y voy a tenerte… cada vez que pueda.

Desde aquella mañana en la cocina, Diego no habĂa dejado de pensar en Carolina. Y Carolina no lo dejaba en paz. No pasaban ni dos horas sin que le escribiera, sin que le dejara un mensaje de voz sugerente… o una foto.
Primero fueron selfies provocadoras: en bata, en ropa interior, mordiéndose el labio frente al espejo. Después subió el nivel: se la mandó desnuda, acostada en la cama, piernas abiertas, los dedos entre los muslos húmedos. Otra frente al espejo del baño, donde se notaba que acababa de salir de la ducha: cabello mojado, pezones erectos, cuerpo brillante.
—¿Pensás en m� —le escribió debajo—. Yo sà lo hago con vos… todo el tiempo.
Una tarde, sin rodeos, le pidiĂł:
—Mandame una foto del mĂo. Quiero verlo duro. Quiero que se pare por mĂ.
Diego dudó unos segundos, pero su cuerpo fue más fuerte. Se encerró en el baño, se bajó el pantalón, se excitó recordando los gemidos de ella, y cuando tuvo él pene firme y duro como una piedra, se la mandó.
Ella respondiĂł al instante:
—Dios… estoy mojándome mientras lo miro. Lo quiero en mi boca. Ya.
Esa misma semana, un sábado por la mañana, Diego recibió un mensaje inesperado:
Carolina: Diego, ¿podés venir a casa? Leo me dijo que te necesita un minuto. Está en su cuarto.
Diego no dudó. Se vistió rápido, cruzó la calle y tocó el timbre. Ella abrió con una sonrisa traviesa y una bata roja que no dejaba mucho a la imaginación.
—¿Dónde está Leo? —preguntó, algo confundido.
—No está —dijo ella, cerrando la puerta tras él—. Se fue de viaje con su padre. Vuelve recién mañana a la noche.
—¿Y entonces por quĂ© dijiste que Ă©l querĂa verme?
Carolina lo miró fijamente. Dio un paso hacia él, acercando su cuerpo caliente al suyo.
—Porque sabĂa que si te decĂa la verdad no ibas a venir. Y hoy... quiero todo el dĂa para mĂ.
Lo besó antes de que él pudiera decir algo más. Un beso profundo, lleno de lengua, deseo, hambre. Lo empujó contra la pared del living, le metió la mano en el pantalón y sonrió al sentirlo ya endurecido.
—Mmm, extrañaba esto —susurró bajito—. Hoy no tenemos que apurarnos, bebé. Hoy puedo saborearte sin que nadie nos interrumpa.
Lo llevĂł de la mano al dormitorio. Se deshizo de su bata y se sentĂł en la cama, completamente desnuda, abriendo las piernas como una invitaciĂłn irresistible.
—Quiero que me mires mientras me toco —dijo, y comenzĂł a acariciarse lentamente frente a Ă©l—. Quiero que sepas que soy tuya, completamente. Y que no hay dĂa que no me masturbe pensando en vos.
Diego se quitó la ropa mientras la miraba. Su pija palpitaba al ver esa escena: Carolina gimiendo, tocandose las tetas y la concha, mojada, con la mirada fija en él.
—Venà —le ordenó, casi jadeando—. Quiero tu lengua. Ahora.
Él se arrodillĂł frente a la cama y hundiĂł su rostro entre sus muslos. Ella gimiĂł fuerte, enloquecida. Lo agarraba del cabello, se movĂa contra su boca, temblaba.
—¡SĂ… asĂ! ¡AsĂ me encanta! ¡Tu lengua es adictiva, Diego…!
Cuando no pudo más, lo empujó sobre la cama y se montó sobre él como una fiera. Lo cabalgó con fuerza, con lujuria. Lo arañó, lo mordió, lo besó con furia.
—No sabés lo que hacés conmigo —susurró entre jadeos—. Estoy enferma por vos. Sos mi adicción. Mi chico. Mi vicio.
Lo besĂł, se girĂł y se puso en cuatro sobre la cama.
—¿Te animás a más? —dijo, con una sonrisa atrevida.
Diego no contestĂł. Se acomodĂł detrás, la tomĂł de la cintura y la penetrĂł de nuevo. Más profundo. Más salvaje. Ella gritaba, su cuerpo temblaba, y Ă©l sentĂa que podĂa volverse loco de placer.
—¡SĂ, Diego! ¡Dámelo todo! ¡Terminá adentro, llename…!
Y asĂ lo hizo. Sin pensarlo. Sin detenerse. Aferrado a sus caderas, derramándose dentro de ella mientras ambos se derretĂan en el placer.
Cuando todo terminó, ella se acostó a su lado, besándole el pecho, acariciando su pene ahora flácido, aún húmedo.
—Esto no tiene marcha atrás —le dijo al oĂdo—. Y no me importa. Te quiero solo para mĂ. Y voy a tenerte cada vez que quiera.

El domingo al mediodĂa, Carolina preparĂł un almuerzo familiar. Nada fuera de lo comĂşn: pollo al horno con papas, arroz con queso, y limonada frĂa. Leo habĂa vuelto de su viaje con el padre y habĂa invitado a Diego a comer con ellos, como siempre.
Diego llegĂł algo nervioso. Era la primera vez que volvĂa a ver a Carolina con su hijo presente desde aquel sábado ardiente en que se habĂan revolcado como animales en la cama. Pero ella se mostrĂł serena, natural, incluso coqueta dentro de lo permitido: vestĂa una blusa ajustada que dejaba entrever sus curvas, sin exagerar, pero con esa picardĂa que Ă©l ya conocĂa bien.
Durante el almuerzo, la conversaciĂłn fluĂa sin mayores sobresaltos. Risas, anĂ©cdotas del viaje, chismes del barrio… hasta que Leo, sin darse cuenta del impacto que causarĂa, soltĂł:
—Ah, me olvidaba, Diego… la cajera nueva del sĂşper te manda saludos —dijo mientras masticaba—. Me preguntĂł si eras mi amigo, le dije que sĂ, y me dio su nĂşmero. Dijo que te lo pasara si querĂas hablarle.
Silencio.
Diego sintiĂł que el tenedor se le congelaba en el aire. LevantĂł la mirada y se topĂł con los ojos de Carolina. HabĂa sonreĂdo... pero no con los ojos. Era una sonrisa seca. FrĂa. Falsa.
—¿La cajera del sĂşper? —dijo ella en voz baja, mientras bebĂa limonada lentamente—. ÂżY desde cuándo sos tan popular, Diego?
—No sé —respondió él, nervioso—. Yo apenas la saludé una vez…
Leo se encogiĂł de hombros.
—La chica está buena —agregó con total inocencia—. Re linda. Seguro le gustaste.
Diego quiso desaparecer debajo de la mesa.
Carolina se levantĂł con excusa de traer más hielo, pero su mirada ya lo habĂa dicho todo. Él intentĂł no mirar más de la cuenta durante el resto del almuerzo, pero la tensiĂłn se sentĂa en el aire. Esa mujer que unas horas atrás le habĂa dicho “sos solo mĂo” ahora ardĂa por dentro, y no por deseo precisamente.
Cuando Leo subiĂł a su habitaciĂłn, Carolina aprovechĂł para acercarse mientras Diego lavaba los platos.
—¿AsĂ que la cajera del sĂşper? —susurrĂł a su oĂdo, apretándose contra su espalda—. ÂżTenĂ©s ganas de probar algo distinto?
—No es lo que pensás…
—No me importa lo que piense —lo interrumpió—. Me molesta lo que siento. Celos. Rabia. ¿Pensás que alguna de esas niñitas va a darte lo que yo te doy?
Le metió la mano por el pantalón, sin miramientos, tocándolo con firmeza.
—Ninguna va a mamarte la pija como yo lo hago. Ninguna te va a abrir las piernas como yo. Y si querés comprobarlo… adelante. Pero te advierto algo, bebé: no me gusta compartir mis juguetes.
Diego se girĂł y la besĂł. Con hambre. Con urgencia. En la cocina. A la vista de cualquiera, si alguien bajaba. Pero no les importĂł. Carolina lo tomĂł de la mano y lo llevĂł al lavadero.
AllĂ, le bajĂł los pantalones y se puso de rodillas sin perder tiempo.
—Voy a recordarte por qué soy tu obsesión —dijo con una sonrisa sucia antes de metérselo entero a la boca.
La calentura del riesgo, de ser descubiertos, de ese acto tan desesperado y posesivo, hizo que Diego no aguantara mucho. Terminó en su boca mientras ella lo miraba con ojos brillantes, devorándolo como si fuera lo único que le importara.
—Y ahora —le susurró, relamiéndose—, que la cajerita del súper intente superar esto.
Carolina empujó el carrito de compras con una mano, mientras con la otra intentaba revisar la lista del celular. Era domingo por la tarde, el supermercado no estaba tan lleno, pero lo que la desconcentró no fue la cantidad de gente ni los productos en oferta… sino una carcajada. Su risa.
LevantĂł la vista.
Y ahĂ estaba Ă©l. Diego, apoyado en el mostrador de cajas rápidas, riendo con la joven cajera de sonrisa fácil y escote generoso. La chica le rozaba el brazo con fingida timidez. Él parecĂa encantado. Carolina se detuvo a pocos metros. ObservĂł la escena como si le hubieran echado ácido en las venas.
No escuchĂł lo que decĂan, pero vio cĂłmo ella le guiñaba un ojo y le pasaba una pequeña nota doblada. Diego la aceptĂł, sin saber que habĂa fuego a pocos metros.
Carolina girĂł bruscamente el carro y terminĂł las compras en silencio, pero por dentro hervĂa.
Todo el camino de regreso a casa, su mente repetĂa: ÂżasĂ que una cualquiera quiere jugar con lo que ya es mĂo?
Esa noche, Leo aĂşn no habĂa regresado del cumpleaños de un primo. La casa estaba en calma, pero Diego no imaginaba lo que lo esperaba. Acababa de salir de la ducha, envuelto en la toalla, cuando una puerta se abriĂł con firmeza.
Carolina apareció con el rostro sereno, pero sus ojos eran otra historia. Cerró la puerta detrás de sà y lo observó de arriba abajo.
—¿La pasaste bien hoy? —preguntó con un tono neutro.
—¿Eh? SĂ, normal —respondiĂł Ă©l, algo confundido.
Ella se acercó sin decir más, caminando lento, como un felino al acecho. Con una mano le quitó la toalla. El pene de Diego ya comenzaba a endurecerse con solo verla.
—¿Y la cajera… era simpática? —preguntó ahora en voz baja, arrodillándose frente a él.
—Carolina… —murmurĂł Ă©l, pero ella no querĂa respuestas.
—No me gustan las niñitas baratas que sonrĂen a lo que es mĂo —dijo con veneno dulce en la voz.
Y sin más, se metió su pija en la boca, profundo, furiosa, mojada de rabia y deseo. Lo mamaba con fuerza, con hambre, como si quisiera marcarlo desde la garganta. Diego la sujetó de la cabeza, sin aliento, jadeando. Ella lo miraba desde abajo con los ojos brillando.
Lo tomĂł de la mano y lo empujĂł a la cama.
Se subiĂł encima de Ă©l, sin quitarse ni siquiera la ropa interior. Solo corriĂł la tanga a un lado y encajĂł su pija dentro de su concha de una sola embestida. Diego arqueĂł la espalda. Estaba caliente, mojada, apretada como el cielo mismo. Se movĂa rápido, rĂtmica, mientras lo abofeteaba suave con las palabras:
—¿Esto te lo da tu cajerita? ¿Esto también? ¿Eh?
Diego gemĂa. No podĂa resistirse. SentĂa que Carolina cabalgaba como si lo odiara, pero en realidad lo reclamaba. Era de ella. Nadie más.
Lo montó desde atrás, con la espalda arqueada como una yegua salvaje.
Finalmente, lo mirĂł de reojo y le ordenĂł:
—Terminame en la boca. Todo. Quiero que me limpies el alma.
Y Ă©l obedeciĂł. Se lo metiĂł entre los labios, ella lo succionĂł con furia hasta que le estallĂł en la garganta. Lo tragĂł todo. Y reciĂ©n ahĂ, respirĂł profundo.
Carolina se acostĂł a su lado, exhausta.
—No me gusta compartir lo que disfruto —susurró.
Diego la mirĂł, fascinado. Nunca una mujer lo habĂa poseĂdo con esa locura.
Y él... empezaba a volverse adicto.

Los dĂas posteriores al encuentro furioso en la cama no fueron iguales.
Carolina no dejaba de pensar en él. Revisaba su teléfono a cada rato, esperaba sus mensajes con ansiedad, se tocaba por las noches pensando en su piel, su olor, en su pija, su juventud... pero sobre todo en esa manera tan inocente de mirarla, de obedecerla, de entregarse.
Era suyo. Y punto.
Esa tarde, lo esperĂł en la cocina con el pelo suelto, un vestido suelto sin sostĂ©n y una copa de vino. Leo habĂa salido nuevamente con amigos, y ella ya habĂa dejado claro que no soportarĂa verlo cerca de la cajerita.
Cuando Diego entrĂł, sonriendo, ella fue directo al grano.
—Tenemos que hablar.
Él se sentó en silencio. La vio tomar aire. Sus pezones se marcaban bajo el vestido, pero su mirada era seria.
—Esto no puede seguir asà —dijo ella.
Diego sintiĂł un frĂo en el pecho.
—¿Te cansaste? —preguntó con un hilo de voz.
Carolina se acercĂł y le tomĂł la cara con ambas manos.
—No, tonto… me estoy enamorando de vos. Quiero que seas mĂo. No por ratos. No en secreto. Quiero que me elijas. Que lo nuestro sea real.
Él se quedó callado.
—Voy a hablar con tus padres —añadió—. Quiero decirles que estoy enamorada de su hijo, que me hace sentir viva, que lo quiero para mĂ.
Diego se levantĂł, nervioso. CaminĂł por la cocina.
—Carolina... eso no es tan fácil. Vos sos la mamá de mi amigo. Mis padres… tu hijo… Esto es una locura.
Ella frunció el ceño. Se cruzó de brazos.
—¿Te da vergüenza que te guste una mujer como yo? ¿Una mujer que te lo da todo, que te desea más que nadie?
—¡No! No es eso —respondió él rápido—. Es que… tengo miedo. Miedo de que todo se rompa.
Ella se acercó, lo abrazó fuerte, apretando su cuerpo contra el de él. Su voz ahora fue suave, casi dulce:
—No quiero compartirte. No quiero esconderme. No quiero que me mires como una aventura. Si me querés, me vas a tener. Pero entera.
Diego tragĂł saliva. El deseo lo consumĂa, pero por primera vez se sentĂa acorralado por el amor.
ÂżPodĂa corresponderle del mismo modo? ÂżEstaba dispuesto a enfrentar al mundo por ella?
Carolina le besĂł y susurrĂł:
—Pensalo. Pero no tardes. Porque yo ya no puedo vivir sin vos…
Y ese aroma en su piel, esa promesa de locura y placer, lo dejĂł temblando.
El silencio en la cocina se volviĂł espeso. Carolina lo miraba con ojos brillosos, esperando una respuesta, una promesa, una locura. Pero Diego tenĂa un nudo en el pecho.
La rodeó con cuidado, como si no quisiera romper algo frágil, y le sostuvo las manos con suavidad.
—Carolina… yo te deseo como nunca deseĂ© a nadie —dijo, mirándola a los ojos—. Me volvĂ©s loco, me exitas, me hacĂ©s sentir cosas que no sabĂa que existĂan. Pero…
Ella frunció el ceño, notando el cambio en su tono.
—¿Pero qué?
Diego tragĂł saliva.
—No te amo. No todavĂa. No sĂ© si podrĂa. No quiero prometerte algo que no siento.
El rostro de Carolina se endureció. Quiso soltar sus manos, pero él no la dejó.
—No quiero hacerte daño —continuó—. Pero tambiĂ©n está Leo… Es mi mejor amigo. Y mis padres… ellos jamás aceptarĂan que yo estĂ© con su vecina, la mamá de mi amigo.
Ella apartĂł la mirada, respirando fuerte, conteniendo esa mezcla de rabia, decepciĂłn y orgullo herido.
—¿Asà que solo era sexo para vos?
—No fue solo sexo —respondiĂł Ă©l rápido—. Fue pasiĂłn. Intensa, salvaje, adictiva. No me arrepiento de nada. Pero tampoco quiero perder todo lo demás que tengo. No quiero dejar de ver a Leo, ni que mis padres piensen que me aprovechĂ© de vos. Porque no fue asĂ.
Carolina se quedó en silencio, caminó hasta la mesada y se sirvió un poco más de vino. Tomó un sorbo largo.
—Tenés razón —dijo, sin mirarlo—. Yo debà saberlo. Siempre fui la que se entregó más. Siempre fui la que se obsesionó primero.
Diego se acercó por detrás y le acarició la cintura.
—No te arrepientas. Todo lo que pasó… fue real.
Ella girĂł lentamente. TenĂa los ojos hĂşmedos, pero sin lágrimas.
—Entonces, ¿qué somos ahora?
Él bajó la mirada.
—Dos personas que se desearon con locura. Que vivieron algo único. Pero que no pueden ser más que eso.
Carolina asintió con la cabeza, y antes de que él se marchara, lo besó una última vez. Lento. Profundo. Como quien despide a un amante que no volverá.
—Si algĂşn dĂa te enamorás de mĂ… aunque sea tarde… volvĂ©. Yo te voy a estar esperando —le susurrĂł.
Y Diego se fue, con el corazón acelerado, el deseo aún quemando en su piel… y la amarga sensación de haber dejado atrás algo irrecuperable.

1 comentarios - 146/1đź“‘El Amigo de mĂ Hijo - Parte 1
Si Diego se levantĂł y Leo roncaba, no puede ir a desayunar y Carolina decirle que Leo saliĂł a hacer unas compras.
Leo roncaba, profundamente dormido, tirado en el sillĂłn como si no sospechara nada. Diego se levantĂł despacio, fue al baño, se lavĂł la cara, se mirĂł al espejo. No podĂa borrar la imagen: Carolina de rodillas, besándolo, cabalgándolo, gimiendo.
Entonces escuchĂł su voz desde la cocina:
—Diego, ¿te despertaste ya?
Se vistió lo justo para no parecer nervioso y fue hacia allá. Ella estaba de espaldas, con una bata nueva —blanca, satinada, más corta aún— y el cabello recogido en un moño suelto. Preparaba café con movimientos pausados, sensuales, como si cada paso fuera parte de un plan.
—Leo saliĂł a comprar unas cosas para el desayuno —dijo ella, dándose vuelta con dos tazas en la mano—. Va a tardar un rato. QuerĂa aprovechar para charlar con vos... a solas.