Capítulo 7: El Escapista Inexperto
M—"No pares, Fede... seguí, seguí que ya está por entrar al dormitorio", me siseó Mariela al oído. Yo estaba atrás de ella, mojado, dándole con un ritmo animal, sintiendo cómo ella me apretaba con las piernas como si quisiera fundirse conmigo antes del desastre. Escuchamos el:
C-"¡Hola, amor! ¿Estás duchándote?" y mi pija se puso de piedra del cagazo.
M—"¡Sí, acá estoy, en el baño!", gritó ella sin dejar de mirarme a los ojos, con una sonrisa de psicópata. Me hizo darle tres o cuatro embestidas más mientras escuchábamos los escalones de la escalera crujir. Uno... dos... tres...
Ahí Mariela me empujó. Me hizo salir de ella —el ruido del despegue húmedo me dejó sordo— y me tiró una toalla blanca.
M—"¡Al vestidor, ya! Metete en el fondo, en mi parte, y ni respires", me ordenó mientras ella salía de la ducha.
Me metí en el placard del vestidor, agachado entre sus vestidos de seda y el olor a su perfume caro. Apenas cerré la puerta, dejando una rendija mínima, escuché a Claudio entrar al dormitorio.
C—"¡Qué puntería la mía! Justo te pesco saliendo de la ducha", dijo él, con esa voz de tipo que llega cansado y busca consuelo.
Escuché el ruido del agua de la ducha abrirse de nuevo. Claudio no aceptó el "ya salía" de Mariela. Se metió con ella. A través de la madera, el sonido era nítido: el agua golpeando los azulejos y, de repente, los gemidos de ella. Pero eran distintos. Eran esos gemidos de compromiso, de "atender" al marido.
C—"Ayudame a relajarme, amor... no sabés lo que fue la oficina hoy", pidió Claudio. Y ahí empezó el calvario. Escuché el silencio de Mariela, las arcadas leves, el sonido de su boca trabajando en lo que hace diez minutos era mío.
M-“Te gusta gordo?”
Claudio empezó a decir guasadas, totalmente sacado:
C—"¡Qué locura de tetas tenés, Mari... mi mejor inversión jaja! Dejame llenártelas de leche".
Yo estaba ahí, a tres metros, viendo mis zapatillas en el piso del vestidor y escuchando cómo mi suegro terminaba su "banquete" sobre el cuerpo de la mujer que yo acababa de poseer. El contraste me revolvía el estómago y me calentaba al mismo tiempo.
Cuando salieron, Claudio pasó silbando al lado del placard. Se cambió rápido —por suerte Mariela me había escondido en su sector de ropa de mujer— y bajó:
C—"Te espero abajo con un café", gritó desde la escalera.
Mariela prendió el secador de pelo para hacer ruido de fondo, pero no se secaba nada. Se quedó desnuda frente al espejo, esperando que el ruido de la cafetera abajo le diera la señal. Cuando escuchó la cafetera, apagó el secador y abrió la puerta del placard. Estaba radiante, con los pezones todavía rojos de los besos de Claudio y esa mirada de "gané yo".
M—"Fede, vestite y andate ya. ¡Otro día terminamos lo de hoy!", me siseó.
F—"¿Cómo salgo de acá, Mari? Está en la cocina, me ve seguro", le dije mientras me ponía los jeans a las corridas.
M—"Por el balcón, nene. Bajás al techo de la cochera, saltás al patio y salís por la puerta lateral. No seas boludo de saltar al frente como un chorro jaja", rió bajito.
Me acerqué a ella antes de salir al balcón. Estaba a centímetros de su cara. Sentía el olor a jabón de la ducha, pero abajo, muy en el fondo, todavía olía a mí... y a Claudio. La agarré de la nuca con fuerza y la besé. Fue un beso sucio, con lengua, reclamando lo que era mío. Sentía el sabor del beso de otro, a la humillación que acababa de escuchar a través de la madera. Ella no se quejó; al contrario, me mordió el labio inferior con saña antes de empujarme hacia la ventana.
M—"Andate, pendejo... que me calentás", susurró.
Salí al balcón. El sol de la tarde me cegó un segundo. Salté al techo de chapa de la cochera, hice un ruido que me pareció un trueno, y de ahí al pasto. Caminé rápido por el lateral y salí a la calle tratando de acomodarme la remera, con la adrenalina todavía quemándome la nuca. Juraba que nadie me había visto.
Pero dos días después, el celular vibró con un mensaje de ella:
M: "Fede, no sabés lo que pasó. Recién termino de tomar un café con Gisela, mi amiga de al lado. Me confesó que ese día te vio bajar del balcón escapando... Me preguntó qué carajo hacías vos saliendo por el balcón de mi casa a esa hora. Estamos al horno, pendejo. Gisela no se calla nada."
Capítulo 7bis: El Club de las Casadas Desesperadas
El mensaje de Mariela me dejó helado en medio de la calle. Pasé dos días sin dormir, imaginando a Claudio entrando a mi departamento con un arma o a Martina llorando desconsolada. Pero Mariela me mantenía al tanto con mensajes que borraba a los cinco minutos.
M—"Gisela está insoportable. Me invitó a merendar ayer y no paró de dar vueltas", me contó Mariela en un audio esa noche. "Me dijo que 'está preocupada por Martina', que 'le parece raro que el novio de la nena ande saltando techos'. Me acorraló, Fede... No me quedó otra".
La confesión había sido en el living de Gisela, entre tacitas de porcelana y masas finas. Mariela, harta de la careta, se quebró. O mejor dicho, jugó su carta más arriesgada.
M—"Gise, pará... No le digas nada a Claudio, por favor", le había dicho Mariela, bajando la voz. "Fede no estaba robando. Estaba conmigo. Tenemos algo".
La reacción de Gisela fue un shock total. Se quedó petrificada, con la tacita a medio camino de la boca.
G—"¿Qué? ¿Estás loca, Mariela? ¡Es el novio de tu hija! ¡Es un nene! ¡Si Claudio se entera te mata, y a él también!", había gritado Gisela, con esa moral de vieja cheta de barrio privado que le salía por los poros. La oposición fue tajante. Le dijo que era una enferma, que cómo le podía hacer eso a Martina.
Pero Mariela la conocía. Sabía dónde apretar.
M—"Gise, escuchame bien", le dijo Mariela, agarrándola del brazo. “Yo sé que Rodolfo no te toca hace meses. Sé que tiene una amante y que vos te hacés la boluda por los chicos, por el qué dirán y por la plata. Vos misma me lo dijiste. Bueno, Claudio tampoco me toca y yo todavía tengo mucho deseo, así que decidí ser feliz, aunque sea un rato. Vos elegís: o me bancás en esta, o nos hundimos las dos".
Ese fue el punto de quiebre. El silencio en el living de Gisela duró una eternidad, hasta que la vecina suspiró, derrotada por su propia realidad. Entendió a Mariela porque, en el fondo, ella también querría tener el coraje de hacer lo mismo.
A los pocos días, el tono de Gisela cambió. La bronca se transformó en una curiosidad morbosa y enferma. Empezaron a juntarse después de sus clases de tenis en el club. Mariela me contaba, muerta de risa, cómo Gisela le pedía detalles.
M—"No sabés, Fede... Gisela está pesadísima. Me dice que estoy tomando 'colágeno del bueno'", me escribió Mariela en un chat caliente una tarde de calor. "No para de preguntarme qué se siente estar con un pendejo, si es verdad que tienen más aguante... me pide que le cuente el morbo de cogerme a mi yerno. Está como loca jaja".
Yo estaba en mi departamento, solo, con el aire acondicionado a full y la pija de piedra por los mensajes de ella. Pensaba que todo era parte de nuestro juego, de nuestra calentura.
F—"¿Y qué le decís, Mari? La próxima contale cómo te cogia en la ducha mientras Claudio subía las escaleras", le contesté, cebado.
M—"Jajaja, no seas hdp. Pero bien que te gustó chiquito no? Claudio está jugando al golf con los amigotes. Mandame algo lindo, dale".
Estaba súper caliente. Me saqué una foto del abdomen bien marcado, otra de la espalda, insinuando todo pero sin mostrar nada.
F—"¿Así te gusta, suegra?", le puse.
M—"Uff, nene... me vas a matar. Me volves loca".
Volando de calentura aproveché y grabé un video corto. Empecé enfocando mis abdominales, bajando la cámara despacio, respirando fuerte, hasta descubrir mi pija en todo su esplendor. Me la toqué un poco, marcando el ritmo, mirándome al espejo. Se lo mandé, sin pensarlo dos veces.
ENVIADO.
Lo que yo no sabía era que Claudio estaba jugando al golf, pero con Rodolfo y que Mariela se había quedado con Gisela a la que le estaba mostrando todo eso, en ese mismo momento, post clase de tenis, con las dos todavía en ropa deportiva y transpiradas en el living. Mariela le mostraba mis fotos y el video como parte de esa estrategia implícita, para que Gisela se llenara los ojos de morbo y para tenerla como cómplice de toda esta locura y, sobre todo, para que se olvidara de delatarnos con Claudio. Si Gisela hablaba, ella también quedaba manchada por haber visto —y disfrutado— de todo ese material. Las dos estaban ahora atrapadas en la misma red de perversión. Aunque todo esto no lo sabía, hasta que un mensaje me hizo explotar y me dejó en shock.
Mi celular vibró con la respuesta al video:
M: Foto. Al abrirla veo con una sonrisa pícara una selfie de mi suegra y su amigota. Me dejó en shock
M-"A Gisela le encantó el video, pendejo. Dice que si Rodolfo tuviera la mitad de esa pija, no se quejaría de la vida. Pero bueno, es mía jiji” “Estamos limpios... por ahora. Preparate para la próxima, que la vecina quiere más 'detalles'".

Foto Ilustrativa
Hasta acá el capítulo 7 y su anexo! Ojalá lo sigan disfrutando, por una cuestión de privacidad si quieren fotos manden al privado!
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M—"No pares, Fede... seguí, seguí que ya está por entrar al dormitorio", me siseó Mariela al oído. Yo estaba atrás de ella, mojado, dándole con un ritmo animal, sintiendo cómo ella me apretaba con las piernas como si quisiera fundirse conmigo antes del desastre. Escuchamos el:
C-"¡Hola, amor! ¿Estás duchándote?" y mi pija se puso de piedra del cagazo.
M—"¡Sí, acá estoy, en el baño!", gritó ella sin dejar de mirarme a los ojos, con una sonrisa de psicópata. Me hizo darle tres o cuatro embestidas más mientras escuchábamos los escalones de la escalera crujir. Uno... dos... tres...
Ahí Mariela me empujó. Me hizo salir de ella —el ruido del despegue húmedo me dejó sordo— y me tiró una toalla blanca.
M—"¡Al vestidor, ya! Metete en el fondo, en mi parte, y ni respires", me ordenó mientras ella salía de la ducha.
Me metí en el placard del vestidor, agachado entre sus vestidos de seda y el olor a su perfume caro. Apenas cerré la puerta, dejando una rendija mínima, escuché a Claudio entrar al dormitorio.
C—"¡Qué puntería la mía! Justo te pesco saliendo de la ducha", dijo él, con esa voz de tipo que llega cansado y busca consuelo.
Escuché el ruido del agua de la ducha abrirse de nuevo. Claudio no aceptó el "ya salía" de Mariela. Se metió con ella. A través de la madera, el sonido era nítido: el agua golpeando los azulejos y, de repente, los gemidos de ella. Pero eran distintos. Eran esos gemidos de compromiso, de "atender" al marido.
C—"Ayudame a relajarme, amor... no sabés lo que fue la oficina hoy", pidió Claudio. Y ahí empezó el calvario. Escuché el silencio de Mariela, las arcadas leves, el sonido de su boca trabajando en lo que hace diez minutos era mío.
M-“Te gusta gordo?”
Claudio empezó a decir guasadas, totalmente sacado:
C—"¡Qué locura de tetas tenés, Mari... mi mejor inversión jaja! Dejame llenártelas de leche".
Yo estaba ahí, a tres metros, viendo mis zapatillas en el piso del vestidor y escuchando cómo mi suegro terminaba su "banquete" sobre el cuerpo de la mujer que yo acababa de poseer. El contraste me revolvía el estómago y me calentaba al mismo tiempo.
Cuando salieron, Claudio pasó silbando al lado del placard. Se cambió rápido —por suerte Mariela me había escondido en su sector de ropa de mujer— y bajó:
C—"Te espero abajo con un café", gritó desde la escalera.
Mariela prendió el secador de pelo para hacer ruido de fondo, pero no se secaba nada. Se quedó desnuda frente al espejo, esperando que el ruido de la cafetera abajo le diera la señal. Cuando escuchó la cafetera, apagó el secador y abrió la puerta del placard. Estaba radiante, con los pezones todavía rojos de los besos de Claudio y esa mirada de "gané yo".
M—"Fede, vestite y andate ya. ¡Otro día terminamos lo de hoy!", me siseó.
F—"¿Cómo salgo de acá, Mari? Está en la cocina, me ve seguro", le dije mientras me ponía los jeans a las corridas.
M—"Por el balcón, nene. Bajás al techo de la cochera, saltás al patio y salís por la puerta lateral. No seas boludo de saltar al frente como un chorro jaja", rió bajito.
Me acerqué a ella antes de salir al balcón. Estaba a centímetros de su cara. Sentía el olor a jabón de la ducha, pero abajo, muy en el fondo, todavía olía a mí... y a Claudio. La agarré de la nuca con fuerza y la besé. Fue un beso sucio, con lengua, reclamando lo que era mío. Sentía el sabor del beso de otro, a la humillación que acababa de escuchar a través de la madera. Ella no se quejó; al contrario, me mordió el labio inferior con saña antes de empujarme hacia la ventana.
M—"Andate, pendejo... que me calentás", susurró.
Salí al balcón. El sol de la tarde me cegó un segundo. Salté al techo de chapa de la cochera, hice un ruido que me pareció un trueno, y de ahí al pasto. Caminé rápido por el lateral y salí a la calle tratando de acomodarme la remera, con la adrenalina todavía quemándome la nuca. Juraba que nadie me había visto.
Pero dos días después, el celular vibró con un mensaje de ella:
M: "Fede, no sabés lo que pasó. Recién termino de tomar un café con Gisela, mi amiga de al lado. Me confesó que ese día te vio bajar del balcón escapando... Me preguntó qué carajo hacías vos saliendo por el balcón de mi casa a esa hora. Estamos al horno, pendejo. Gisela no se calla nada."
Capítulo 7bis: El Club de las Casadas Desesperadas
El mensaje de Mariela me dejó helado en medio de la calle. Pasé dos días sin dormir, imaginando a Claudio entrando a mi departamento con un arma o a Martina llorando desconsolada. Pero Mariela me mantenía al tanto con mensajes que borraba a los cinco minutos.
M—"Gisela está insoportable. Me invitó a merendar ayer y no paró de dar vueltas", me contó Mariela en un audio esa noche. "Me dijo que 'está preocupada por Martina', que 'le parece raro que el novio de la nena ande saltando techos'. Me acorraló, Fede... No me quedó otra".
La confesión había sido en el living de Gisela, entre tacitas de porcelana y masas finas. Mariela, harta de la careta, se quebró. O mejor dicho, jugó su carta más arriesgada.
M—"Gise, pará... No le digas nada a Claudio, por favor", le había dicho Mariela, bajando la voz. "Fede no estaba robando. Estaba conmigo. Tenemos algo".
La reacción de Gisela fue un shock total. Se quedó petrificada, con la tacita a medio camino de la boca.
G—"¿Qué? ¿Estás loca, Mariela? ¡Es el novio de tu hija! ¡Es un nene! ¡Si Claudio se entera te mata, y a él también!", había gritado Gisela, con esa moral de vieja cheta de barrio privado que le salía por los poros. La oposición fue tajante. Le dijo que era una enferma, que cómo le podía hacer eso a Martina.
Pero Mariela la conocía. Sabía dónde apretar.
M—"Gise, escuchame bien", le dijo Mariela, agarrándola del brazo. “Yo sé que Rodolfo no te toca hace meses. Sé que tiene una amante y que vos te hacés la boluda por los chicos, por el qué dirán y por la plata. Vos misma me lo dijiste. Bueno, Claudio tampoco me toca y yo todavía tengo mucho deseo, así que decidí ser feliz, aunque sea un rato. Vos elegís: o me bancás en esta, o nos hundimos las dos".
Ese fue el punto de quiebre. El silencio en el living de Gisela duró una eternidad, hasta que la vecina suspiró, derrotada por su propia realidad. Entendió a Mariela porque, en el fondo, ella también querría tener el coraje de hacer lo mismo.
A los pocos días, el tono de Gisela cambió. La bronca se transformó en una curiosidad morbosa y enferma. Empezaron a juntarse después de sus clases de tenis en el club. Mariela me contaba, muerta de risa, cómo Gisela le pedía detalles.
M—"No sabés, Fede... Gisela está pesadísima. Me dice que estoy tomando 'colágeno del bueno'", me escribió Mariela en un chat caliente una tarde de calor. "No para de preguntarme qué se siente estar con un pendejo, si es verdad que tienen más aguante... me pide que le cuente el morbo de cogerme a mi yerno. Está como loca jaja".
Yo estaba en mi departamento, solo, con el aire acondicionado a full y la pija de piedra por los mensajes de ella. Pensaba que todo era parte de nuestro juego, de nuestra calentura.
F—"¿Y qué le decís, Mari? La próxima contale cómo te cogia en la ducha mientras Claudio subía las escaleras", le contesté, cebado.
M—"Jajaja, no seas hdp. Pero bien que te gustó chiquito no? Claudio está jugando al golf con los amigotes. Mandame algo lindo, dale".
Estaba súper caliente. Me saqué una foto del abdomen bien marcado, otra de la espalda, insinuando todo pero sin mostrar nada.
F—"¿Así te gusta, suegra?", le puse.
M—"Uff, nene... me vas a matar. Me volves loca".
Volando de calentura aproveché y grabé un video corto. Empecé enfocando mis abdominales, bajando la cámara despacio, respirando fuerte, hasta descubrir mi pija en todo su esplendor. Me la toqué un poco, marcando el ritmo, mirándome al espejo. Se lo mandé, sin pensarlo dos veces.
ENVIADO.
Lo que yo no sabía era que Claudio estaba jugando al golf, pero con Rodolfo y que Mariela se había quedado con Gisela a la que le estaba mostrando todo eso, en ese mismo momento, post clase de tenis, con las dos todavía en ropa deportiva y transpiradas en el living. Mariela le mostraba mis fotos y el video como parte de esa estrategia implícita, para que Gisela se llenara los ojos de morbo y para tenerla como cómplice de toda esta locura y, sobre todo, para que se olvidara de delatarnos con Claudio. Si Gisela hablaba, ella también quedaba manchada por haber visto —y disfrutado— de todo ese material. Las dos estaban ahora atrapadas en la misma red de perversión. Aunque todo esto no lo sabía, hasta que un mensaje me hizo explotar y me dejó en shock.
Mi celular vibró con la respuesta al video:
M: Foto. Al abrirla veo con una sonrisa pícara una selfie de mi suegra y su amigota. Me dejó en shock
M-"A Gisela le encantó el video, pendejo. Dice que si Rodolfo tuviera la mitad de esa pija, no se quejaría de la vida. Pero bueno, es mía jiji” “Estamos limpios... por ahora. Preparate para la próxima, que la vecina quiere más 'detalles'".

Foto Ilustrativa
Hasta acá el capítulo 7 y su anexo! Ojalá lo sigan disfrutando, por una cuestión de privacidad si quieren fotos manden al privado!
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1 comentarios - Me garcho a mi suegra en Pinamar (7)