El porrón de mi vecino - Parte I

El porrón de mi vecino - Parte I


La tarea de cualquier madre soltera tiene sus pros y sus contras, especialmente si para llegar a fin de mes tenés que trabajar más de la cuenta. Pero el amor de madre supera todo y Mati, mi hijo de siete años, es todo en mi vida.
Justo sería aclarar que Mati nunca sabrá esta historia, dado que involucra a su amigo Franco y su papá.
El papá de Franco, Raúl, es mi vecino. Vivimos en el mismo edificio desde hace años, aunque pocas veces nos cruzamos. Algunas por cuestiones propias del edificio y otras, las menos, por razones escolares de nuestros hijos pues ambos van al mismo grado.
Aquel viernes Mati vino excitadísimo del colegio a contarme que Franco lo había invitado a dormir a su casa. Que lo dejara, que se iba a portar bien, que esto y que aquello. Que por favor hablara con el papá de Franco para arreglar. Que Franco lo esperaba.
Tanto insistió que, a pesar de mis pocas ganas y mi cansancio, decidí subir los tres pisos que nos separaban del departamento de Franquito.
Llegué al departamento B del sexto piso donde vivían y toqué timbre. Casi como si me estuvieran esperando, abrió la puerta Franco con una mirada suplicante y detrás suyo su padre se asomó, podría decir que, casi con la misma mirada.
- Hola, soy Mariana la mamá de Mati – dije, aunque fuera casi una obviedad, mientras observaba a mi vecino con su torso semidesnudo, su ancha espalda y su metro ochenta bien formado.
- Sí… sí….hola, soy Raúl… Franco ya me avisó. No hay problema, que se quede en casa…. si querés – agregó mi vecino, quien de paso aprovechó para relojearme de pies a cabeza y fijar su mirada en mi escote.
- Estoy solo, así que los chicos tienen lugar de sobra y van a estar conmigo toda la noche. Si te parece traelo a eso de las nueve.
Sabía que Raúl estaba separado de su esposa desde hacía algún tiempo. Había tenido una relación bastante tormentosa con su ex,  que fue la delicia de las malas lenguas del consorcio.
- Bueno….si no tenés problema. Me viene bárbaro para poder descansar unas horas más…. – dije
- Dale…. nos vemos – agregó Raúl.
Volví al departamento bajando por las escaleras. Un poco de ejercicio no le venía mal a mis piernas.
Mientras lo hacía, pensé en lo cambiado que estaba el papá de Franco desde la última vez que lo había visto. Quiero decir, cambiado para bien. No es que fuera el tipo de hombre que me gustara alocadamente, pero la imagen de su cuerpo semidesnudo, sus músculos marcados y, en especial, sus ojos fijos en mi escote no podían salir de mi cabeza.
Al llegar, Mati me esperaba ansioso y con un pequeño bolso de dormir ya listo.
- A las nueve te llevo – le dije y saltó de alegría
Comimos y, notando su impaciencia, le pedí que esperara un momento mirando la tele mientras me bañaba. Después lo llevaría.
Entre los vapores del baño, la imagen del cuerpo de Raúl volvía a fijarse en mi retina. Cerraba los ojos, pero no podía hacerla desaparecer.
Empecé a preguntarme si los cinco años que llevaba sin tener relaciones sexuales no me estaban jugando una mala pasada. El trabajo y mi hijo, nunca me dieron la oportunidad de algún encuentro ocasional para satisfacer mis deseos carnales o quizás yo no supe buscarlo.
Algo extraño sentía en mi interior mientras el agua tibia de la ducha caía sobre mi cuerpo y la imagen perturbadora de aquel cuerpo perduraba en mi memoria.
Mientras me enjabonaba, me pregunté si mi cuerpo aún sería atractivo para un hombre. Con mis 35 años, un hijo y un trabajo sedentario surgen esas dudas, pero al recorrerlo con mis manos noté la firmeza de mis carnes.  Todavía mis nalgas estaban duras y sin celulitis.
Al acariciar mis tetas noté la turgencia inusual de mis pezones. Estaban duros y enormes como hacía mucho tiempo no los notaba.
- Cuánto hace que nadie te los chupa, Mariana? – me pregunté en voz alta
Eran las nueve. Me puse una bata y le dije a Mati que ya era la hora.
Subimos por el ascensor y al abrirse la puerta estaba Franco esperándonos ansioso en el pasillo.
- Quería ir a buscarlos – dijo Raúl con una sonrisa que dejó al descubierto la blancura de sus dientes contrastando con el color de su piel morena.
- Mañana te lo llevo…. no te preocupés – agregó y nos despedimos con un beso en la mejilla.
También se había bañado, pensé, pues su riquísimo perfume quedó impregnado en mi rostro.
Ya en el departamento, preparé unos mates y llené la cafetera para el día siguiente.
Después me acosté y prendí la tele aunque mucha atención no le presté.
Una vez más, los brazos musculosos de mi vecino opacaban toda mi atención y su perfume, todavía adherido a mi rostro era perturbador.
Como una autómata comencé a acariciarme. Mis tetas estaban inflamadas y los pezones erguidos supuraban pequeñas gotas. Intenté chupármelos pero mi boca no los alcanzaba.
Sentí que mi bombacha estaba absolutamente mojada por los flujos que salían de mi vagina. Me la saqué de un tirón.
Qué te pasa, Mariana? – pensaba.
No podía detenerme. Bajé una mano por mi cuerpo hasta alcanzar mi vulva, mis dedos se enredaron en los vellos de mi pubis pero finalmente llegaron a destino.
Mi concha ardía. Los fluidos de mi vagina habían mojado sus labios y mi clítoris estaba absolutamente hinchado.
Casi automáticamente metí mi dedo índice en lo profundo de aquella cueva abierta y anhelante. Lo metí y lo saqué varias veces, rozando las paredes palpitantes de mi candente interior.
Después, no recuerdo si llegué al orgasmo o me venció el cansancio. Hacía años que no me autosatisfacía de esa manera.
El sonido del timbre me sobresaltó. Prendí la luz del dormitorio. El reloj marcaba las doce de la noche. Como pude, me puse la bata a los apurones y me acerqué a la puerta. Por la mirilla vi que era Raúl. Qué estaba pasando, me pregunté y  abrí presurosa.
- No te asustés – dijo Raúl, antes de que pudiera preguntar.
- Los chicos están bien, recién se durmieron. – agregó observando mi cara de angustia.
- Disculpame la hora y el momento pero quería pedirte un favor. Tengo el freezer roto y sin una cerveza bien helada antes de dormir no puedo conciliar el sueño.
Aún con los síntomas del sobresalto no atine más que a decir:
- Bueno…. no hay problema… pasá… dame las botellas que las pongo en mi freezer….
Dicen que las brujas no existen, pero que las hay, las hay; porque al intentar guardar las botellas, una resbaló de mi mano y cayó al piso rompiéndose en pedazos.
- Ay! Lo siento. – exclamé
- Te lastimaste – dijo preocupado.
- No, por suerte.
- No te preocupés, queda otra – respondió.
Mientras me agachaba a recoger los restos de vidrio esparcidos por el piso, escuché los pasos de mi vecino acercándose. En el apresuramiento por vestirme había olvidado que no llevaba ropa interior y, al agacharme, la bata corrida dejaba ver en todo su esplendor mi sexo.
Seguramente mi vulva aún estaría enrojecida e inflamada porel toqueteo de las horas previas.
- Por Dios, que maravilla – lo escuché murmurar.
Me hice la tonta, fingiendo no haber oído nada, y disculpándome por lo sucedido lo invité a tomar un café a modo de compensación. Aceptó sin dudarlo.
Serví el café. Mi vecino comentó lo difícil que es tener a cargo un hijo siendo un padre divorciado, y yo otro tanto siendo madre soltera. Hablamos de bueyes perdidos. De la soledad, de la tristeza, de la inseguridad, de la economía, hasta incluso, aunque con cierto reparo por parte de ambos, del amor. El tiempo pasaba casi sin darnos cuenta. Era muy agradable conversar con él. Al tercer café y siendo casi las dos de la madrugada la charla estaba agotándose.
- La cerveza ya debe esta fría y no me gustaría que los chicos estén solos – dije acercándome al freezer.
- Es cierto, es tarde… aunque, no querés compartirla conmigo, es un buen somnífero – dijo mi vecino y no supe que responder.
No me negué ni asentí, pero cuando estaba a punto de abrir el freezer sentí las manos recias de Raúl sobre mis hombros y el bulto de su entrepierna apoyándose en mis nalgas.
Me quedé estática, paralizada. Tan fría como aquella cerveza que descansaba en el freezer.
No me negué ni asentí. Las manos de mi vecino descorrieron suavemente la bata dejando al descubierto mi espalda y mis tetas. Las sentí deslizarse minuciosas por mi columna haciendo pequeños masajes y moverse hasta mis senos con destreza.
No me negué ni asentí, solo lo dejé hacer.
Mis pezones estaban en el infierno. Los tomó con sus gruesos dedos, los apretó suavemente primero y después tiró de ellos con maestría.
Estaba sudando pero no quería que dejara de estirar mis pezones, deseaba que me volteara y los chupara profundamente, pero no lo hizo.
Mis nalgas seguían sintiendo como aquel bulto crecía y se apoyaba en mí con más dureza.
Besó mi cuello y pasó su lengua por mi oreja.
- Me gustaría metertelá en el culo – creí escucharlo decir, pero yo ya no sabía dónde estaba la realidad o la fantasía.
Sacándome de un tirón la bata, con un pequeño empujón apoyó mi cuerpo sobre la mesada de la cocina. Sus manos tomaron con firmeza mi cadera y, casi sin darme cuenta de sus movimientos, sentí como su lengua se hundía en mi concha.
No me negué ni asentí. Solo me deje llevar por esa sabia lengua y por sus labios succionando mi clítoris ardiente.
Su lengua se metía tan profundo que de mi concha brotaba como un manantial un flujo incontenible.
Metió sus dedos, gruesos como una pija, y los sacó chorreantes de fluidos. Parsimoniosa y sensualmente los acercó a mi boca.
- Chupalos – me dijo.
Estaba tan sudorosa y sedienta que no lo dudé. Metí sus dedos humedecidos por mis flujos en mi boca hambrienta chupándolos repetidas veces. Los lamí con desesperación. El sabor de mi concha se deshacía en mi boca.
- Me gustaría metertelá en el culo – creí escucharlo decir una vez más.
Me sentía en el limbo. No sabía dónde estaba el bien o el mal. Hacía tanto tiempo que no sentía la verga de un hombre adentro mío que nada me importaba. Ni siquiera por dónde.
- Hacelo – dije o creí decirle.
Un segundo después sentí el calor de su dedo índice, todavía humedecido por mi saliva y mi flujo, metiéndose en mi ano. Casi por instinto me puse en puntas de pie.
Fue una extraña sensación de dolor y placer. Intenté moverme, pero me apretó suavemente con la otra mano para que no lo hiciera. El culo me ardía. Sacó el dedo con delicadeza y mi ano, rítmicamente, comenzó a abrirse y cerrarse por el espasmo.
Agachándose, metió su lengua embebida en saliva en mi ano mientras sus dedos volvían a hundirse en mi concha.
Más chorreantes que antes, los sacó y esta vez metió en mi culo dos de ellos. Los dejó inmóviles por un rato. Sentí como mi recto los apretaba intentando expulsarlos. No lo logré. Gemí y, antes de gritar, apreté contra mi boca un repasador que descansaba sobre la mesada.
Volvió a sacar los dedos. Mi ano estaba absolutamente dilatado. Escuché el sonido de su bragueta abriéndose, y a él sacando su pija.
La apoyó en mis nalgas. Aquel contacto fue maravilloso. La piel suave de su verga frotaba la mía, me extasiaba el solo hecho de pensar en tenerla adentro.
Estiró su brazo por encima mío  y mientras mis dientes seguían mordiendo elrepasador pude ver su mano tomando la aceitera que descansaba sobre el mármol.
La destapó y, alejando su cuerpo unos centímetros, sentí como metía el metal frío de ese objeto en mi interior dejando caer un chorro de viscoso aceite en mi intestino.
Mi ano supuraba, absolutamente lubricado.
Apoyó la cabeza de su pija en el borde expandido y jugoso del orificio.  Colocó su mano cálida en mi espalda, que se arqueó como una rama, y sin darme tiempo a reaccionar fue hundiendo su verga en mi culo.
Abrió mis nalgas con sus manos y aquel pedazo de carne endurecida fue desapareciendo adentro mío. No sentía dolor. Él no se movía y los músculos de mi esfínter apretaban aquella pija con lujuria.
Con la delicadeza de un maestro comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante. Era delicioso disfrutar esa pija ardiendo en mis entrañas rítmicamente.
Sentí sus huevos calientes golpear contra mi vulva.
Fueron segundos, minutos eternos y deliciosos, donde ese tronco me llenó por dentro en todo sentido.
Mejor aún, fue disfrutar los disparos de semen caliente y pegajoso que salieron de su verga. Sentí salir de su pija tanta leche que llegué a pensar que hacía cinco años que no cogía como yo.
Me ardía el ano, pero no quería que la sacara, la apreté con mis nalgas para sacarle el máximo provecho y lentamente su pija agotada se fue escurriendo en mi interior.
De mi culo abierto y sangrante empezó a brotar ese delicioso líquido blancuzco cayendo hacia el piso.
Apoyó sus brazos en mis hombros y me abrazó cálidamente.
Las piernas me temblaban, estaba paralizada. Él se agachó, se subió el calzoncillo y después el pantalón, acomodando la herramienta que había abierto mi culo por primera vez y no había podido ver.
Como pude lo acompañé hasta la puerta. Apenas si podía caminar.
- Mañana te traigo a Mati – me dijo al despedirse, dándome un beso en la mejilla,  mientras terminaba de subir el cierre de su bragueta y acomodarse el pantalón.
 
Volví a la cocina a duras penas, agotada y dolorida, pero feliz recordando que la botella de cerveza aún seguía en el freezer.
La saqué, colocándola en la puerta de la heladera antes de que estallara como mi culo recibiendo la verga de mi vecino.

CONTINUARÁ…

5 comentarios - El porrón de mi vecino - Parte I

veteranodel60
Muy caliente el relato, espero la continuación ,y fotos por cierto van puntos