Los días pasaron sin roces, sin “accidentes”, sin miradas que duraran demasiado. V llegaba tarde casi siempre: reuniones en la firma, clientes que lo retenían, planos que había que revisar hasta la medianoche. B, en cambio, había cambiado de ritmo. Desde que encontró trabajo, llegaba temprano —demasiado temprano— a casa, se tiraba en el sofá con el teléfono en la mano, gruñía sobre el tráfico o los jefes y se dormía antes de las nueve. Yo me quedaba sola en la cocina o en la sala, escuchando el reloj de pared tic-tac, tic-tac, sintiendo el vacío crecer. V no estaba para cruzarnos en el pasillo, para que su brazo rozara el mío sin querer, para que sus ojos se detuvieran en mis piernas cuando me inclinaba a recoger algo. Y eso me frustraba más de lo que quería admitir.
Hasta ese miércoles por la noche.
Eran pasadas las doce. Yo ya estaba en la cama con B, que roncaba suavemente, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. De pronto vibró el teléfono de B sobre la mesita. Lo miré de reojo: un mensaje de V.
“Amigo, ábreme. Olvidé mis llaves. Llego en 10 min.”
Intenté despertar a B. Lo sacudí del hombro, le susurré al oído: “B, es V, se le olvidaron las llaves”. Nada. Ni un movimiento. Dormía como piedra, el aliento pesado a cerveza de la cena. Suspiré, me levanté. El impulso fue rápido, casi automático.
Me quité el pants gris y la blusa ancha que usaba para dormir. El espejo del armario me devolvió mi reflejo: el cuerpo que ya no me gustaba tanto desde que B dejó de mirarlo. Pero esa noche quise sentirme vista. Me puse una bata de gasa negra, transparente, que caía como niebla sobre mi piel. Debajo, solo un short blanco ajustado, de algodón fino, que se pegaba a mis caderas y marcaba cada curva de mis nalgas. Arriba, solo el bra de encaje negro que dejaba los pezones visibles bajo la tela fina de la bata. No era descarado… o sí. Era sutilmente provocador: lo suficiente para que pareciera casual, pero nada dejaba a la imaginación si la luz era la correcta.
Cuando tocó —tres golpes suaves, casi tímidos—, abrí la puerta despacio.
V estaba ahí, oliendo a noche y a cansancio. Me vio y se quedó congelado. Sus ojos bajaron de mi cara a mis pechos, a la curva de mis caderas, al short blanco que se adhería a mi piel, y volvieron a subir. Tragó saliva audiblemente.
y B dijo, no levanta, dije duerme como piedra.
—Perdón por levantarte tan tarde… —murmuró, la voz ronca, más grave de lo normal.
—No te preocupes —respondí, sonriendo apenas, la voz baja y suave—. Al contrario, es lo menos que puedo hacer por darnos hospedaje.
Pasé por delante de él para dejarlo entrar, rozando su brazo con mi hombro desnudo bajo la bata. Sentí su mirada quemándome la espalda mientras caminaba hacia la cocina. Me cubrí un poco el bra con los brazos cruzados, pero no mucho. Quería que viera.
—¿Quieres cena? Te caliento algo rápido —le dije, abriendo el refri. El frío me erizó la piel, los pezones se marcaron más bajo la tela.
—No es molestia… —empezó, pero yo lo corté.
—No es molestia. Siéntate.
Aceptó. Se fue a cambiar rápido a su cuarto —oí el clic de su puerta, el roce de ropa al caer— y volvió, descalzo. Se sentó a la mesa del comedor. Yo le calenté el pollo que había sobrado, el aroma cálido y picante llenando la cocina. Mientras servía, me senté en el sofá que daba frente al comedor, cruzando las piernas despacio, dejando que el short se subiera un poco por los muslos. Dije, como si nada:
—Es para que no te sientas solo comiendo.
Quedamos callados un rato. Solo el tintineo del tenedor contra el plato, el zumbido del refrigerador, el tic-tac del reloj. Encendí la tele en volumen bajo —un programa cualquiera de medianoche—, el brillo azul iluminando la sala. A propósito moví las piernas: las descrucé, las crucé del otro lado, las estiré un poco, dejando que la bata se abriera ligeramente sobre mis muslos. Sentí sus ojos en mí. No decía nada, pero cada vez que levantaba la vista del plato, me recorría: las piernas, el short blanco que marcaba todo, el bra asomando bajo la gasa.
Cuando terminó, se levantó para lavar el plato. Yo me puse de pie también.
—Gracias por la cena… y por abrirme —dijo, mirándome de frente.
Sonreí.
—Cuando quieras.
Me fui a mi recámara, pero antes de entrar, “accidentalmente” dejé caer una pulsera delgada que llevaba en la muñeca. Se oyó el tintineo metálico contra el piso. Me incliné despacio para recogerla, la bata abriéndose el short blanco subiéndose dando una vista completa. Sabía que él estaba mirando desde el comedor. Me tomé mi tiempo. Cuando me enderecé, lo vi: ojos oscuros, respiración un poco más rápida. Sonreí para mí misma y entré a mi cuarto.
Me metí a la cama, el corazón latiendo fuerte. Oí sus pasos en el pasillo. Entró al baño. No cerró la puerta del todo —supuce que penso que ya me iva a dormir… o como si quisiera que lo oyera. El agua empezó a correr: el chorro fuerte de la regadera, el vapor que imaginaba .
Me quedé quieta, escuchando. El impulso de salir fue enorme: imaginarme entrando, la bata cayendo, el agua caliente sobre los dos. Pero me frené. La situación era demasiado delicada. En cambio, metí la mano bajo la sábana. Me toqué despacio al principio, los dedos rozando el short blanco ya húmedo. Cerré los ojos y escuché: el agua cayendo, mordiéndome el labio.
Al día siguiente salí a la par con B. Antes de irme, dejé mi ropa interior —la tanga con la que me toqué esa noche, aún con mi olor— en la repisa baja bajo el lavabo del baño. La doblé con cuidado, visible. Cuando volví en la tarde, ya no estaba en el mismo sitio. la había tomado. Sonreí sola en la cocina, sintiendo un calor dulce en el vientre.
Me gusta recordar esto.
El silencio cargado cuando me incliné.
Hasta ese miércoles por la noche.
Eran pasadas las doce. Yo ya estaba en la cama con B, que roncaba suavemente, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. De pronto vibró el teléfono de B sobre la mesita. Lo miré de reojo: un mensaje de V.
“Amigo, ábreme. Olvidé mis llaves. Llego en 10 min.”
Intenté despertar a B. Lo sacudí del hombro, le susurré al oído: “B, es V, se le olvidaron las llaves”. Nada. Ni un movimiento. Dormía como piedra, el aliento pesado a cerveza de la cena. Suspiré, me levanté. El impulso fue rápido, casi automático.
Me quité el pants gris y la blusa ancha que usaba para dormir. El espejo del armario me devolvió mi reflejo: el cuerpo que ya no me gustaba tanto desde que B dejó de mirarlo. Pero esa noche quise sentirme vista. Me puse una bata de gasa negra, transparente, que caía como niebla sobre mi piel. Debajo, solo un short blanco ajustado, de algodón fino, que se pegaba a mis caderas y marcaba cada curva de mis nalgas. Arriba, solo el bra de encaje negro que dejaba los pezones visibles bajo la tela fina de la bata. No era descarado… o sí. Era sutilmente provocador: lo suficiente para que pareciera casual, pero nada dejaba a la imaginación si la luz era la correcta.
Cuando tocó —tres golpes suaves, casi tímidos—, abrí la puerta despacio.
V estaba ahí, oliendo a noche y a cansancio. Me vio y se quedó congelado. Sus ojos bajaron de mi cara a mis pechos, a la curva de mis caderas, al short blanco que se adhería a mi piel, y volvieron a subir. Tragó saliva audiblemente.
y B dijo, no levanta, dije duerme como piedra.
—Perdón por levantarte tan tarde… —murmuró, la voz ronca, más grave de lo normal.
—No te preocupes —respondí, sonriendo apenas, la voz baja y suave—. Al contrario, es lo menos que puedo hacer por darnos hospedaje.
Pasé por delante de él para dejarlo entrar, rozando su brazo con mi hombro desnudo bajo la bata. Sentí su mirada quemándome la espalda mientras caminaba hacia la cocina. Me cubrí un poco el bra con los brazos cruzados, pero no mucho. Quería que viera.
—¿Quieres cena? Te caliento algo rápido —le dije, abriendo el refri. El frío me erizó la piel, los pezones se marcaron más bajo la tela.
—No es molestia… —empezó, pero yo lo corté.
—No es molestia. Siéntate.
Aceptó. Se fue a cambiar rápido a su cuarto —oí el clic de su puerta, el roce de ropa al caer— y volvió, descalzo. Se sentó a la mesa del comedor. Yo le calenté el pollo que había sobrado, el aroma cálido y picante llenando la cocina. Mientras servía, me senté en el sofá que daba frente al comedor, cruzando las piernas despacio, dejando que el short se subiera un poco por los muslos. Dije, como si nada:
—Es para que no te sientas solo comiendo.
Quedamos callados un rato. Solo el tintineo del tenedor contra el plato, el zumbido del refrigerador, el tic-tac del reloj. Encendí la tele en volumen bajo —un programa cualquiera de medianoche—, el brillo azul iluminando la sala. A propósito moví las piernas: las descrucé, las crucé del otro lado, las estiré un poco, dejando que la bata se abriera ligeramente sobre mis muslos. Sentí sus ojos en mí. No decía nada, pero cada vez que levantaba la vista del plato, me recorría: las piernas, el short blanco que marcaba todo, el bra asomando bajo la gasa.
Cuando terminó, se levantó para lavar el plato. Yo me puse de pie también.
—Gracias por la cena… y por abrirme —dijo, mirándome de frente.
Sonreí.
—Cuando quieras.
Me fui a mi recámara, pero antes de entrar, “accidentalmente” dejé caer una pulsera delgada que llevaba en la muñeca. Se oyó el tintineo metálico contra el piso. Me incliné despacio para recogerla, la bata abriéndose el short blanco subiéndose dando una vista completa. Sabía que él estaba mirando desde el comedor. Me tomé mi tiempo. Cuando me enderecé, lo vi: ojos oscuros, respiración un poco más rápida. Sonreí para mí misma y entré a mi cuarto.
Me metí a la cama, el corazón latiendo fuerte. Oí sus pasos en el pasillo. Entró al baño. No cerró la puerta del todo —supuce que penso que ya me iva a dormir… o como si quisiera que lo oyera. El agua empezó a correr: el chorro fuerte de la regadera, el vapor que imaginaba .
Me quedé quieta, escuchando. El impulso de salir fue enorme: imaginarme entrando, la bata cayendo, el agua caliente sobre los dos. Pero me frené. La situación era demasiado delicada. En cambio, metí la mano bajo la sábana. Me toqué despacio al principio, los dedos rozando el short blanco ya húmedo. Cerré los ojos y escuché: el agua cayendo, mordiéndome el labio.
Al día siguiente salí a la par con B. Antes de irme, dejé mi ropa interior —la tanga con la que me toqué esa noche, aún con mi olor— en la repisa baja bajo el lavabo del baño. La doblé con cuidado, visible. Cuando volví en la tarde, ya no estaba en el mismo sitio. la había tomado. Sonreí sola en la cocina, sintiendo un calor dulce en el vientre.
Me gusta recordar esto.
El silencio cargado cuando me incliné.
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