Mi nombre es Julieta. Vengo de una familia de clase media. Cuando estaba en la universidad conocí a mi actual marido, proveniente de una acaudalada familia. Nos conocimos en la facultad de leyes, pero yo una vez que me casé nunca ejercí para convertirme en ama de casa. Él en cambio al igual que todos los hombres de su familia era un prominente abogado. Reconocido, respetado y con conexiones en todo el país e incluso en el exterior. La familia de él tenía un buen pasar. Como era la tradición familiar desde tiempos inmemoriales todos vivíamos en la misma casa. Una casa muy , muy grande. Gigante se puede decir. En ella tuve que convivir y de hecho convivo con mi peor enemiga, mi Suegra.

Mi Suegra es una típica “Vieja Con Plata” que nunca hizo nada en su vida, salvo casarse con el hombre correcto y no dejarlo escapar. Por eso es que se podía dar la gran vida que se podía dar. Por más suerte para ella su marido había fallecido hacía unos diez años dejándole toda su fortuna. Yo no llegué a conocerlo pero me contaron todos que además de ser uno de los 5 mejores abogados del país, el viejo William era una gran persona. Todos lo querían y lo respetaban. Su mujer era todo lo contrario. Nadie la quería y todos le temían. Su hijo no claro, pero era su madre, él la veía distinto a los demás. El no llegaba a darse cuenta de la clase de bruja que era su madre. No me quería para nada, y siempre que podía le hacía saber a su hijo que le parecía que yo era una vaga, una floja, y una tonta. Lo único a favor que le decía de mí y repetía en varias ocasiones era “Que linda chica te buscaste”. Yo creo que en parte envidiaba mi belleza y mi juventud. A ella ya le habían pasado unos cuantos abriles y las carnes se la habían caído, su piel se le había arrugado para siempre.

“Vos seguí arreglándote y yendo al gimnasio que ese culito y ese cuerpito ya van a servir para algo” me dijo una vez al pasar. Yo no le hice caso, estaba acostumbrada a su no-aceptación hacia mi persona y sus comentarios degradantes y ofensivos.

Yo era de vestirme a veces de manera atractiva. Lo cuál parecía no ser bien visto a los ojos de mi suegra. Ella siempre me miraba de arriba abajo. Muchas veces fijando su vista en mi culito por un largo rato. Incluso a veces pasaba por al lado mío y se las ingeniaba para rozármelo o tocármelo de forma accidental. Aunque ella no era lesbiana, era como si quisiera comprobar algo.

Un día cualquiera de noviembre, a los dos meses de haberme ido a vivir a la casa de mi marido y de mi suegra ella me dijo: “¿A ver hija, como va a pagar parte de los gastos? Mire que hoy viene el plomero a cobrar y hay que pagarle”. Yo no entendí a que se refería. Ya que era una familia de dinero, que nunca había pasado necesidades económicas. Sin embargo esta vieja, como mucha gente de su clase o calaña cuanto más riquezas tienen más avaros son. Y ella que no estaba dispuesta a compartirla con nadie mucho menos lo haría conmigo.

“Ring” sonó el timbre de la puerta. “Anda a atender” me dijo mi suegra. Yo voy y abro la puerta. Era el plomero. Lo hago pasar. El ingresa, se dirige hacia donde estaba mi suegra que le indica el trabajo que debe realizar. El plomero se pone manos a la obra y al cabo de dos horas termina el trabajo solicitado.

Suegra: -“Quiero que andes en bombacha y corpiño, como si salieras de bañarte o algo así. Así el plomero se excita y me cobra menos”.

Yo: -“¿Cómo?”.

Suegra: -“Dale no te hagas la mosquita muerta que sos bastante putita”.

Me quedé consternada. Shockeada por lo que esta vieja hija de puta me estaba pidiendo. El plomero estaba trabajando en la cocina. Yo subí a mi habitación me quité la ropa, me mojé un poco el pelo y me cubrí con un toallón para que parezca que había salido de bañarme. Luego fui a la cocina, a buscar algo, cualquier cosa, como excusa.

Entro a la cocina como si buscara alguna taza o un vaso. Tratando de ser amable le pregunto al plomero acerca de cómo va el trabajo. El me contesta que muy bien, ya casi por terminar. De reojo me mira las piernas. Mi suegra observaba la escena desde la habitación contigua ya que la puerta estaba abierta. Me doy vuelta para agarrar una taza y siento que el plomero me clava la mirada en el culo. Aunque no lo veía mi instinto de mujer me lo confirmaba. Mi suegra viene hacia la cocina. Presiento que algo raro va a pasar y mi suegra se las ingenia para hacer que el toallón que cubría mi cuerpo se enganchara con algo, se me sale y quedó semi-desnuda delante de aquél plomero. Guau! pensó él aunque no dijo nada y muy profesional siguió trabajando. Yo sentí mucha vergüenza y me sentí muy expuesta. Más usando lencería de color blanco. Traté de coger el toallón y volver a cubrirme pero mi suegra lo agarró del suelo antes que yo y dijo: “Huí esté toallón está todo sucio, lo voy a poner para lavar” y lo arrojó a un canasto dispuesto a tal efecto a un costado. Y no tenía con que taparme. Intenté entonces rápidamente salir de la habitación. Y así lo hice.

Plomero: -“Está linda la nena” le comentó a mi suegra.

Suegra: -“¿Te gusta?”.

Plomero: -“Era sólo un comentario. Es una linda chica”.

Suegra: -“Porque puedo hacer que veas más. Si querés claro está. Si querés y si no me cobrás el trabajo”.

Plomero: -“Necesito el dinero, pero déjemelo pensar un segundo”.

Instante de silencio y de reflexión del plomero.

Plomero: -“Que demonios. Págueme en especies”.

Suegra: -“Julieta vení un segundo” gritó

Yo escuché el llamado y fui hacia la cocina. Estaba a medio vestir pero un poco más y mejor tapada que antes.

No hizo falta que mi suegra iniciara todo. El plomero sin darle tiempo tomó la iniciativa.

Plomero: -“A ver putita, desnúdate”. Me dijo mirando fijamente y con una mirada fuerte, penetrante (como lo que vendría después).

Y yo lo hice, me desnudé en un segundo como una verdadera puta. Como una zorra de cabaret. Ya mi suegra se las había ingeniado para que estuviera a medio vestir con ropa fácil de sacar y que confiriera el aspecto de una mujer sumamente vulgar. Quedé desnudita delante de ellos dos. Mi suegra me miraba, me examinaba. Él sin perder tiempo comenzó a tocarme toda. Tetas, culo, vagina. No dejó un centímetro de mi cuerpo sin recorrer.

Luego, lo hicimos ahí sin más problemas, en la cocina de la casa. Cada tanto mi suegra pasaba y miraba. y/o le preguntaba a su “cliente”: -“¿La está pasando bien mijo?”.

“De maravillas” le respondió él. Al tiempo que le contestaba me seguía amasando las tetas como si tratara de una masa para hacer pan. Me besaba en el cuello y en la boca apasionadamente como si nos uniera algo más que sexo casual. Debo confesar que tenía una linda forma de penetrarme. Dulce, suave, con ritmo. Nada que ver a lo que yo suponía de antemano. Disfrute mucho esta cogida. Luego de que me acabo en mi vagina yo estaba lista para vestirme, cambiarme e irme. Pero él me dijo: -“El trabajo de plomería no está del todo completo sino hasta que revise el otro conducto”. Con esa metáfora me hizo poner en cuatro patas y comenzar una sesión de sexo anal. También estuvo muy buena. Pero aquí la dulzura se acabó y me penetró con mucha fuerza y potencia. Me nalgueó a más no poder, tal es así que me dejó toda la cola roja. Y siguió amasándome las tetas también, yo creía que tenía una obsesión con mis tetas porque no paraba de tocarlas, de “aprovecharlas”, de disfrutarlas. Cuando estuvo por acabar no lo hizo en mi culito. Sacó su verga de mi orto y me hizo arrodillar, ponerme en frente de él, mirarlo a los ojos y me eyaculó en la cara y en los pechos.

Este, el del plomero, fue uno de los primeros servicios que mi suegra me hizo hacer. Ella pronto vio que no sólo podía pagar las cuentas conmigo, sino que también vio que era negocio. Yo por momentos me sentía un poco putita, pero la verdad que si bien mi marido era un buen hombre con una madre muy hija de puta, el no me atendía sexualmente como corresponde. Y yo disfrutaba del servicio de un montón de hombres, sin siquiera tener que hacer el esfuerzo de buscarlos. Ellos venían hacia mí, y encima tenía la complicidad de mi suegra, que era una señora muy inteligente y manipuladora.

Un día cualquiera por la mañana ...

Suegra: -“Vestíte bien trolita y acompañame al almacén”.

En el almacén.

Suegra: -“Juntate un poco las tetas y mostrale el escote al señor. Que parezca casual”.

Lo hice.

Suegra: -“Date vuelta, hace que vas a agarrar algo, agachate y que se te vea TODO”.

Lo hice. El almacenero estaba como loco.

Gracias a esas maniobras que no sería la última vez que mi suegra me las hiciera hacer, el almacenero hizo mal las cuentas, no sé si por confusión matemática o a propósito y nos ahorramos como unos $ 20. ¿Esos $ 20 cambiarían en algo la situación económica de mi suegra? Seguramente no, pero a ella le gustaba hacer todo ese tipo de jueguitos.

Otro tarde cualquiera ... Estábamos ella y yo en un parque. Era un día soleado. No sé como había accedido a salir a pasear con mi suegra. Creo que ella me lo pidió, me dijo que tenía ganas de salir a caminar un rato o algo así. Y yo buena, tonta e ingenua accedí. Todo iba bien. Tomábamos un poco de aire y sol y charlábamos, aunque la charla con una mujer algo mayor que yo se tornaba por momentos bastante aburrida.

En un momento tres adolescentes que estaban paseando o jugando por el parque me miraron un poco. Lo de siempre, el culo, las tetas, etc. La malicia de mi suegra salió a la superficie. No justifico otras ocasiones, pero esta fue de las peores porque en esta ella no obtenía ningún provecho económico.

Suegra: -“Mira esos adolescentes. Que linda edad. Plena pubertad. Seguro que se masturban varias veces por día. Sabes que. Vamos a darles algunas imágenes para que lo hagan en el día de hoy”.

Yo: -“No entiendo”.

Suegra: -“Vas a tomar sol en bikini. Ahora”.

Yo: -“Pero no traje bikini”.

Suegra: -“Entonces la tanga y el sostén que tengas puesto estarán bien”.

Yo: -“Pero estamos en un lugar público”.

Suegra: -“Sí, y hay un montón de chicas tomando sol en bikini por allá”.

Yo: -“Exacto, pero yo no traigo puesta ninguna bikini”.

Suegra: -“¿Y cuál es la diferencia?”.

Yo: -“Hay diferencia”.

Suegra: -“Mirá, si no haces lo que te digo, le voy a tener que hacer llegar a tu marido un video de una chica con un plomero. ¿No sé si soy clara?”.

Yo: -“No lo puedo creer” (dije indignada). “Sos una vieja extorsionadora”.

Suegra: -“Mas respeto nena, eh! Además esa falda cortita y esa remerita bastante escotada que traes puestas que te cubren bastante poco las compramos el otro día en el shopping con MI tarjeta de crédito y vos todavía no me diste la plata. Así que por lo tanto técnicamente todavía me pertenecen”.

La vieja bruja tenía razón. Mal que me pesara. Así que muy sumisamente me saqué la remerita y se la dí. Me saqué la faldita y se la dí. En el medio del parque. Enseguida para no quedar tan expuesta me tiré de panza en el pasto boca abajo a tomar sol. Pero la tanga apenas cubría mi culo. Era una tanga hecha y pensada para momentos íntimos no para un lugar público. Los adolescentes que estaban cercano no me quitaban los ojos de encima. Primero nada, luego comencé a sentirme verdaderamente incómoda. Me acosaban con la mirada. Y lo peor: la maldita vieja disfrutaba. Ella se sentó en el pasto conmigo como si fuéramos dos grandes amigas de toda la vida charlando. Le encantaba las lascivas miradas que los jóvenes tenían para conmigo. Me sentía un pedazo de carne. De repente sacó algo de su cartera. Un bronceador y sin que yo se lo pidiera me lo comenzó a restregar por el cuerpo, sobre todo obviamente por el culo. En un momento fingió que se le quebró una uña e hizo un gesto de dolor, luego llamó a los jóvenes: -“¡Chicos, chicos! Por favor vengan, porque no me ayudan”.

Los jóvenes sin entender que pasaba se acercacaron.

Suegra: -“¿No le pasan el bronceador a ella que a mí se me rompió la uña?”.

“Por supuesto” dijo uno, “Sí claro” dijo otro, “Encantado” dijo el tercero. El primero, ya que siempre hay uno más audaz que los otros tomó el bronceador se puso en la mano y comenzó a pasármelo por la espalda, por poco tiempo, luego se fue directo al culo y allí me lo amasó la mayor parte del tiempo.

Mi suegra tuvo otra genial idea: -“Desabrochate el corpiño sino te van a quedar las marcas con el sol”. Yo no lo hice, pero sentí que alguien a mi espalda lo hacía.

Luego de que el segundo de ellos tuviera su rato de manosearme la espalda y el culo, ya no había excusa para el tercero. ¿Cuánto bronceador más podía necesitar mi culo con todo el que le habían puesto ya?.

Suegra: -“Ponete boca arriba sí te pasan de la parte de adelante”. Al tercero le quedó la parte de adelante. Me pasó bronceador por el cuello, los hombros, la panza, las piernas. Cuando me pasaba por las piernas se hacía un poco el tonto y se acercaba a mi vagina, pero ni fue lo suficientemente audaz ni había justificativo para que me tocara allí. No pasó lo mismo con mis senos. Del cuello con algo de disimulo fue bajando sus “caricias” y de a poco se fue adueñando de mis senos. Cuando mi suegra vio la situación le dijo a los otros dos que entre los cuatro hicieran como una especie de ronda para que otra gente que andaba por el parque no nos viera y ella con sus manos me terminó de sacar el corpiño que ya estaba desabrochado de atrás.

Suegra: -“Ahora sí, pasale bien el bronceador en los senos”. El joven estuvo masajeando, frotando y jugando con mis tetas todo el tiempo que quiso.

Los jóvenes estaban “al palo”. Podía notarlo. Podía sentirlo. Se respiraba su calentura masculina en el aire. Pero en lugar como eso la cosa no podía pasar de allí, que igualmente ya era bastante lo que había ocurrido hasta ese momento.

Las manos de esos jóvenes ya habían disfrutado bastante. Y sus penes se habían cargado de leche por la situación. Mi suegra no iba a dejar que todo terminara allí. Me devolvió el corpiño, la pollerita y la remera. “Vestíte” me dijo. “Vengan chicos” les dijo a ellos. “Vamos a tener una fiestita”. Salimos del parque hacia la calle y ella paró un taxi. “Al hotel más cercano” le dijo al chofer. “Y rápido” enfatizó.

El chofer del taxi, gran conocedor de las calles de la ciudad en menos de 5 minutos nos depósito en el albergue transitorio (hotel) más cercano. Entramos los 5 a una habitación suite, muy cara y lujosa.

Suegra: -“Chicos, descarguen toda su leche. Disfruten a la putita “.

Los pibes se abalanzaron sobre mí, desesperados. Salvajes. Me desvistieron casi arrancándome la ropa. Me dejaron completamente desnuda en un segundo. Y me metieron mano como nunca. Exploraron todos mis orificios. Cada uno de los tres se apropió de uno. Uno me besaba en la boca como si fuera su novia, y los otros dos primero con dedos y luego con lo que ya se imaginan se introdujeron en mí. Me tiraron en la cama. Y el dueño de mi boca, me introdujo su pene en ella para completar esta triple penetración.

Mientras me cogían sin parar, yo pensaba, como de tomar sol en un parque con mi suegra terminé en un hotel siendo cogida por tres pendejos que me daban sin parar y cuyas hormonas y erecciones estaban a pleno. No había respuesta para ello, pero pasada la culpa inicial de engañar a mi marido, la vagina comienza a dominar la cabeza, una se mete en el momento de sexo, se olvida de todo y comienza a disfrutar. Y eso fue precisamente lo que me pasó a mí. Me olvidé de todo y pensé “Vamos a disfrutar a estos tres pendejos, tan jóvenes. Tan potentes”. Además a ellos les dejarían un hermoso recuerdo que les duraría de por vida. Me cogieron, me cogieron y me cogieron. Para un lado, para el otro, en una posición, en otra. Por un lado, por otro hasta que pasaron las tres horas del turno y nos fuimos. Cuando nos estábamos yendo me di cuenta que mi maldita suegra había grabado todo con su célular.

En el mismo almacén del otro día ...

Suegra (hablándole a uno de los empleados del dueño del negocio): -“Me trae por favor el pedido a casa. Usted es un muchacho fornido y nosotras dos mujeres”.

Al rato.

“Ring”.

Suegra: -“Atendelo vos. Salí en ropa interior como si recién salieras de bañarte”.

Lo hice. Pero no en ropa interior por supuesto, sino cubierta con una toalla para el cuerpo y otra para el pelo (típico de las mujeres).

“¿Cómo te podría pagar esto?”

Mi suegra había cosido un cordón largo al toallón que yo siempre usaba, entonces pegó un tirón desde dónde estaba y me dejó en bolas. El empleado del almacén se sorprendió y se deleitó al mismo tiempo. No entendía nada, pero no le importaba mucho tampoco. Le gustaba y disfrutaba de lo que veía.

“Perdón” dije yo, me disculpa un segundo y me metí adentro. Cerré la puerta. Pero enseguida apareció mi suegra y la abrió.

Suegra: -“Disculpá a la maleducada de mi nuera. Vos nos trajiste nuestros bultos y ella te cierra la puerta en la cara. Después de todo si ella es bastante ligerita de ropa no es tu culpa. Vos sos hombres y la vas a mirar. Es lógico”.

El empleado del almacén asintió con la cabeza hizo un paso adentro de la casa y dejó las bolsas allí mismo.

Se estaba yendo, cuando mi suegra le dijo: -“Espera que te doy la propina”.

Suegra: -“Pedile disculpas al señor” me dijo.

Yo: -“Disculpame no fue mi intención cerrarte la puerta en la cara”.

Empleado almacén: -“No hay problema”.

Suegra: -“¿Cómo no hay problema? Disculpate bien querés dale una buena chupada de verga a este buen hombre”.

Al lado de la puerta de calle le abrí la bragueta. Saqué su pene afuera. Lo dejé colgando. Primero lo miré, lo examiné y noté que era inmenso. Se me hacía agua la boca. Comencé a mamarlo. Y le di una buena chupada. Estuve un ratito porque se la chupe a mucha velocidad y lo hice acabar enseguida para que el empleado pudiera volver a su trabajo. Semejante pija, traía una equivalente cantidad de leche y me llenó la boca de semen. Y la cosa no pasó a más porque el empleado tenía que retornar a sus labores, pero sospeché que no faltaría oportunidad para continuar este encuentro sexual.

Resumiendo un poco. En estos primeros meses que viví en esa casa, no sólo le “pagué” al plomero, sino que también lo hice con el Sodero, el Electricista, el Almacenero, el Carnicero, etc. y la lista sigue y es relativamente larga. No voy a contarles todas las veces que mi suegra me hizo hacer “cosas”. Pero hubo una en que se le fue la mano:

El día que terminó la obra vi que los obreros no se iban. Que se habían bañado y que todos esperaban en el hall de la casa. Me miraban con lujuria, como si fuera un pedazo de carne. De repente mi suegra apareció con una campana en la mano y dijo: -“A ver cuando suene esta campana una vez, mi nuerita pasa a ser toda de ustedes, cuando toque dos campanas, deja de serlo para volver a ser mía otra vez, ustedes dejan de hacer lo que están haciendo y se van”.

Me cogieron como 8 obreros. Todos muy rústicos y de muy malos modales, en cuanto a educación, pero sexuales también. Me rompieron toda. No disfruté nada. Eran como perros. Pero con mucha más fuerza. Me dieron como animales.

Cuando me terminaron de garchar los albañiles pasó mi suegra y me dijo: -“La semana que viene va a venir un sobrino mío del campo. Tiene 18 y es muy tímido. Y lo vas a tener que avivar. Así que si estos te parecieron sexualmente torpes y rústicos no sabes lo que te espera”.

fuente: juli / neias